lunes, 4 de diciembre de 2017

Quién era Bartolomé de las Casas

BORGEJ, Pedro (1990): Quién era Bartolomé de las Casas.

Obispo y dominico, de las Casas es un personaje en el centro de numerosas controversias. Entre otros motivos, porque él ejerció primero de propietario y explotador, para luego pasar a condenar en otros lo que él había practicado. En muchas de sus críticas pudo tener razón, pero le faltó la templanza y coherencia que se espera de una persona de su categoría. Quizá le pudo el afán de protagonismo.


lunes, 20 de noviembre de 2017

Stalingrado. Batalla en el infierno



Cuando la conclusión de la II Guerra Mundial estaba aún cercana, los alemanes se atrevieron a realizar este largometraje, casi un documental, en el que plantearon una profunda autocrítica de lo vivido.

La batalla de Stalingrado se planteó desde el primer momento como si fuera coser y cantar. Al menos así lo contemplaban los gerifaltes alemanes impulsados por Adolf Hitler. Desde los cómodos despachos de Berlín o de la Guarida del Lobo, mientras se tomaba té con pastas y se contemplaban hermosas vistas, todo parecía sencillo. Exactamente igual que cuando desde lejanos edificios lujosamente adornados se delinean estrategias comerciales sin conocer la cruda realidad.

Con escasa capacidad de enfrentamiento con el todopoderoso Führer, los generales alemanes agacharon la cabeza y aceptaron sistemáticamente las órdenes de un loco ególatra.

La invasión había comenzado bien. Los casi cuatro millones de soldados, de los cuales un cuarto eran aliados rumanos, italianos o búlgaros, habían arrasado las defensas soviéticas. El factor sorpresa, y más en concreto la inconsistencia de Stalin como dirigente, había permitido el fácil triunfo germano.

Tras días de aislamiento casi catatónico, y meses sucesivos de perplejidad, Stalin volvió a tomar las riendas. Una de las primeras medidas que tomó le honran: elegir para dirigir la operativa a un gran militar, previamente depurado. Zhukov volvió, como deben regresar los buenos técnicos, también cuando han sido depurados por directivos mediocres y/o envidiosos.

Stalin, rectificando su error, demostró –al menos en esta ocasión- que algo de sentido común le quedaba. No sólo eso, sino que fue capaz de convocar a todos los defensores de Stalingrado en torno a principios que el mismo había tratado de liquidar desde su llegada al poder. En concreto, los ideales de bandera, patria y religión volvieron a permitirse en lo que ya empezaba a ser una ciudad en ruina.

Para Stalin, esos sacrosantos principios eran meros instrumentos, y los empleó. Como buen marxista aplicaba que el fin justifica los medios. Si volver a hablar de la gran Rusia ilusionaba a los luchadores, pues bien estaba. Ya tendría tiempo de liquidar aquellas grandes verdades que para él eran sólo instrumentales.

Muchos soldados alemanes habían comenzado la invasión sin ser conscientes de dónde se metían. Al principio habían sido recibidos como liberadores. El cambio de percepción llegó cuando las SS emprendieron el asesinato sistemático de judíos, pero también de protestantes, católicos, intelectuales… hasta llegar a masacrar indiscriminadamente poblaciones enteras en Ucrania.

Cuando empieza el cerco de Stalingrado, la percepción de la población rusa con respecto a los invasores no puede ser más negativa. Están dispuestos a dejarse hasta la última gota de sangre por defender a la madre patria.

Frente a la decisión de Stalin de optar por su militar más preparado para responder, Hitler puso al frente de sus tropas a un burócrata. Von Paulus no era el directivo para la ocasión. Cada situación reclama contar con un perfil. Von Paulus hubiera estado bien, quizá, en un gabinete de estudio, pero nunca gobernando de tropas en un frente de batalla. Menos aún en una circunstancia tan complicada como la de Stalingrado.

Algunos generales alemanes trataron de resolver la situación cuando ésta estaba llegando al límite. En concreto, Von Manstein procuró –desobedeciendo en parte las órdenes de Hitler- romper el cerco en el que ya se encontraba el VI Ejército alemán. Su intentó quedó a pocos kilómetros de conseguir su propósito. Entre otros motivos, porque von Paulus no se atrevió a contradecir las insensatas indicaciones que le llegaban desde el cuartel general del Führer.

En las organizaciones –y más si son de carácter militar y en época de guerra- la obediencia es un gran valor. ¡Pero el sentido común no debería ser conculcado por el acatamiento!

En una organización, el principio de obediencia –insisto- es fundamental, pero sólo puede llegar allí donde choca con la propia conciencia. Que los soldados alemanes asesinaran a judíos no queda justificado –como algunos intentaron en Nuremberg- por la sumisión al superior. Que un mando intermedio –y es un ejemplo contemporáneo- soslaye la sacrosanta información confidencial de lo conocido en un proceso de coaching no puede quedar nunca argumentado porque un directivo así lo solicite. El secreto comisorio sigue teniendo vigencia.

La legalidad –es decir, lo indicado por una reglamentación- nunca puede ir más allá de la licitud, es decir de lo que la ética consiente. Este punto, tan relevante entonces como ahora, muchos no lo entendieron en aquel momento, y muchísimos lo ignoran todavía hoy.  





lunes, 6 de noviembre de 2017

Los templarios. Historia y tragedia,

BORDONOVE, GEORGES (1977): Los templarios. Historia y tragedia, Fondo de Cultura Económica.

Los templarios es una organización que ha levantado interés durante siglos. Se han escrito innumerables textos inconsistentes. Es grato encontrar libros bien documentados, como éste de Bordonove. Además de situar en la historia de la orden del Temple, proporciona datos relevantes sobre el proceso de disolución. Me ayudó cuando estaba elaborando mi ensayo sobre las enseñanzas de los templarios para organizaciones contemporáneas.


lunes, 23 de octubre de 2017

El desafío. Frost contra Nixon

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"El desafío: Frost contra Nixon" muestra de forma atractiva uno de los hitos de la política americana reciente. La historia es tan real como sencilla: el periodista inglés David Frost entrevistó en profundidad al ex presidente Richard Nixon. Éste, como es bien sabido, se había visto obligado a abandonar el cargo tras el escándalo del Watergate.

El director del largometraje, Ron Howard, ha dado en la clave de los ritmos.  Frank Langella (Richard Nixon) y Michael Sheen (David Frost) trabajan de forma sublime. Nixon aparece como un personaje egoísta, avaricioso, siniestro en ocasiones, y sobre todo avaricioso. Parecería que su principal preocupación es cómo sacar dinero en cada ocasión. Pero no es ése su peor defecto. La hibris está presente en cada una de sus actuaciones. Esa soberbia que atonta e impide contemplar la realidad con claridad parece que se ha apoderado del ex presidente. Él lo sabe todo, lo juzga todo… y los demás cuando le conceptúan negativamente es porque no entienden todo lo que él aporta.

Una velada, exaltado por unas copas de más, Nixon reta telefónicamente al reportero para que sea más incisivo. Durante los tres primeros asaltos, es decir, durante los primeros programas grabados le ha dejado hundido con palabrería.

Nixon refleja bien ese tipo de personajes que han llegado a la dirección –particularmente a la Alta Dirección- y sólo hablan y hablan, sin percepción de que ellos también deberían escuchar, siquiera de vez en cuando… ¡Cuántos de estos personajes he encontrado, particularmente en la universidad! Gente que, quizá porque tuvieron éxito en alguna ocasión, consideran que su palabra es la ley, como en el mariachi, y parlotean sin mesura. Los sufridos subordinados no tienen más remedio que aguantar pacientemente generalidades y vacuidades, que vedan el silencio, pero no aportan ideas.

El ex presidente norteamericano –si aceptamos lo propuesto en la película- ha parcializado su mirada sobre la realidad y sólo contempla lo que a él le interesa. El resto no existe o al menos no merece la pena prestarle atención.

En un momento destacado, casi al final del largometraje, Nixon afirma que es el presidente –más en concreto: él mismo en cuanto presidente- quien está en condiciones de crear la ley. La legalidad sería tal sencillamente porque la decisión tomada surgió de su voluntad…

Se ha señalado con acierto que –es un caso extremo- muchos movimientos terroristas han germinado en gente inicialmente religiosa. Efectivamente, quien fue intermediario entre Dios y los hombres, al perder la referencia al Ser Supremo, se convierten ellos en el pseudo-todopoderoso que puede decidir con total impunidad quién vive y quién muere, y de qué modo ha de ser organizada la realidad. Algo así es lo que sucede a Nixon en esta película, y lo que les acaece a bastantes dirigentes políticos que pecan de visionarios tras haber perdido el sentido común. Ejemplos los tenemos cercanos en el espacio y el tiempo: basta leer cualquier periódico. Se convierten entonces –y es lo menos peligroso- en mentirosos compulsivos, que mucho daño provocan en su entorno.

Los actores secundarios son excepcionales: Kevin Bacon protagoniza a la persona de confianza del presidente. La postura de este segundón es diáfana: cualquier cosa que beneficie a su jefe es adecuada. Cualquier realidad que vaya en su contra ha de ser eliminada. No se cumple en este caso el adagio platónico: soy amigo de Sócrates, pero más de la verdad. Aquí sucede al revés: la verdad se pone al servicio de los intereses de quien fuera cabeza. Que sea bueno o malo, que sea verdad o mentira lo que propone, da igual. Con ese tipo de fanatismos, muchas organizaciones -buenas o malas en cuanto a sus fines- han acabado en el derrumbadero…

Tras la inopinada llamada telefónica de Nixon a Frost, éste pone medios para informarse. Hasta ese momento ha sido un improvisador, más confiado en su experiencia pasada que en el trabajo y el esfuerzo. Cuando observa que está cayendo bien bajo, porque su contrincante es de primer nivel, se pone en marcha.

¡Cuántas veces he repetido que la mayor parte de las veces los fracasos no proceden de la falta de medios, sino de la miseria de voluntades! En el momento en el que Frost se esfuerza, analiza la realidad, reúne datos… se sienta de otra manera ante Nixon. Ha recobrado la confianza gracias a una energía que hasta ese momento no había desarrollado.

La visión negativa, por ausente de ética, de la política republicana, sólo puede responder a esa mendaz y hasta el momento inédita superioridad moral de la izquierda que se ha impuesto en muchas culturas. En este sentido, la película cae en un cliché tan repetido como infundado.