lunes, 22 de mayo de 2017

Napola


 
Según diversos colaboradores de Hitler que escribieron Memorias tras penar durante años en cárceles como la de Spandau, eran frecuentes monólogos del Führer como el siguiente (recogido por Albert Speer, su ministro de Armamento): “yo era tan sólo un desconocido soldado de la Primera Guerra Mundial. No contaba con nada para comenzar. Y comencé cuando fracasaron todos los que parecían mucho más aptos que yo para ejercer una jefatura. Disponía únicamente de mi voluntad y por medio de ella me he impuesto. Todo el camino de mi vida demuestra que jamás capitulo. Los problemas de la guerra tienen que ser solucionados. Y repito: la palabra ‘imposible’ no existe para mí. ¡Esta palabra no existe para mí!”.

El líder nazi trasladó estos sentimientos a todos los estratos de la sociedad, y particularmente a la gente más joven, que es siempre la más dispuesta a creerse cualquier tipo de mensaje, sea éste extraordinariamente positivo o demencialmente perverso.

El cabo austriaco (como era calificado por los militares de carrera siempre en voz baja, obviamente) decidió crear Escuelas de Élite nazi para las jóvenes generaciones. Así surgió Napola.

Nos encontramos en el Berlín de 1942. Friedrich, con 16 años, acaba de concluir el bachillerato y es un boxeador eficaz. Entre sus sueños se incluyen el de llegar a ser alguien.  Durante un combate de boxeo, el profesor de Napola, una de las cuarenta Escuelas de elite de los nazis le anima a ingresar en ese lugar (llegaron a tener hasta 15.000 alumnos).  Allí, el profesor se convierte en el mentor de Friedric, a quien ayuda a soportar la estricta disciplina y el rigor de aquella escuela diseñada para crear personas dispuestas a morir y a matar por su líder sin hacer preguntas, y no plantearse la más mínima duda ni sobre los medios ni sobre los fines.

Otro de los alumnos es Albrecht, vástago de un funcionario nazi. Aquel muchacho, más frágil de físico que de inteligencia, manifiesta abierta y valientemente su distancia con la ideología que aquellos nazis inhumanos pretenden inculcar en la mente de los alumnos.

Surge el conflicto, porque en ciertos ambientes, lo más peligroso es atreverse a pensar por cuenta propia. En organizaciones fanatizadas, independientemente de que los objetivos sean sublimes o indignos, se admiten todos los errores y debilidades, pero no la audacia de plantear que hay problemas en el propio diseño del sistema. Esta situación llega al límite de que las evidencias son negadas.

En su histrionismo llegaría Hitler a afirmar a sus generales: “¡no sólo son ustedes unos cobardes notorios, sino que además carecen de sinceridad! ¡Son ustedes unos redomados embusteros! ¡En la escuela del Estado mayor se enseña ricamente a mentir y estafar! ¡Zeitzler, estos datos no son verdaderos! ¡También a usted le engañan! ¡Créame si le digo que la situación es expuesta conscientemente de manera desventajosa para incitarme a ordenar la retirada!”.

En ese sistema de pensamiento en el que lo palmario es rechazado de manera violenta, bien se comprende que aquellos dos amigos vayan a tener problemas. ¡Qué peligrosas con las organizaciones que optan por políticas en las que las discrepancias no son percibidas como aportaciones, sino como colosales amenazas!

En esta Escuela nazi –y en otros lugares que no lo son- parece que se viviese una moratoria del sentido moral y que lo único relevante fuese lo que los dirigentes, con mayor o menos improvisación (habitualmente bastante) proclaman en un momento determinado.

El colectivo es importante, porque sin él no existiría organización, pero la institución no ha de ser nunca diseñada contra las personas, sino a su favor. Que se ha llegado a un momento de inhumanidad tremenda se manifiesta en la extraordinaria escena del despido de la Escuela de quien fue acogido con tanto interés inicial. La gente no mira al expulsado. Incluso quienes más cerca estuvieron de él, o recibieron favores, miran para otro lado, ni le saludan. En el fondo, se ha impuesto una política del miedo al disidente, aunque éste lo único que deseaba era mejorar la situación.

Los miles de alumnos que se encontraban en aquellos centros de formación cuando la guerra estaba concluyendo fueron enviados al frente. Más de la mitad, también por falta de preparación para el combate, cayeron sin vida, cuando era ya inútil seguir luchando.

La ceguera que afecta a determinados directivos es un fenómeno que aún no ha sido suficientemente estudiado. En Patologías en las organizaciones, he procurado, junto a Francisco Alcaide y Marcos Urarte, dar nuevas pistas sobre esa ceguera y sordera directivas que tanto daño hacen a quienes se encuentran sometidos a directivos que padecen esas limitaciones.

En una reunión tras la caída de Mussolini, el general Jodl afirmó en la presencia de Hitler, con total inocencia: “en realidad, todo el fascismo ha estallado como una pompa de jabón”. Se produjo un silencio atroz y él salió de su aparente metedura de pata como pudo. Pocos meses después aquella expresión se convirtió en una verdadera profecía, que sirve para todas aquellas organizaciones que consideran que el bien de la institución ha de estar indiscriminadamente por encima de la de cada uno de los individuos que de ellas forma parte.



lunes, 1 de mayo de 2017

Unamuno. Profesor y rector en la universidad de Salamanca

BLANCO PRIETO, FRANCISCO (2011): Unamuno. Profesor y rector en la universidad de Salamanca, Ediciones Antena

Vuelvo a mencionar esta monumental obra, que ya recensioné hace cinco años. Es una de las mejores y más documentadas hagiografías de Unamuno. Su autor –Francisco blanco Prieto- puede estar plenamente satisfecho de su libro, que refleja las luces y sombras de la vida de este intelectual español, que como casi todos reaccionó de forma visceral ante el trato que recibió del poder político: de apoyo ferviente a reacción contraria mucho más por orgullo herido que por profundas convicciones intelectuales.


lunes, 3 de abril de 2017

Dirección por valores

BLANCHARD, Ken; O’CONNOR, Michael (1997): Dirección por valores.


Interesante propuesta particularmente para consultores de recursos humanos. Del estilo de Los 7 Hábitos de la gente altamente efectiva, de Covey, pero sin llegar a ese nivel. Propone reflexiones interesantes. Sin duda, mucho mejor que otro de homónimo título.

domingo, 26 de marzo de 2017

LA OLA



En 1967, un profesor de historia de un instituto de Palo Alto (California) llamado Ron Jones no supo que responder a uno de los estudiantes que le interrogó sobre la siguiente cuestión:
-¿Cómo es posible que el pueblo alemán alegue ignorancia sobre la masacre del pueblo judío?

El audaz docente emprendió un experimento con su clase: estableció un régimen de rígida disciplina, restringiendo libertades y convenciéndoles de que formaban una unidad que debía ser indisoluble. Dio el nombre de  The Third Wave a ese grupúsculo. El entusiasmo de los discípulos fue tal que comenzaron a espiarse unos a otros y a acosar a los que no deseaban incorporarse a ese grupo. En menos de una semana, Ron Jones tuvo que concluir la experiencia...

Con esos mimbres, el director alemán Dennis Gansel (conocido por su película Napola, que ya he comentado en otro ocasión) ha trasladado esta experiencia a la actualidad  y a su país. Introduce otros cambios. En esta ocasión es el profesor (llamado ahora Rainer Wegner) quien formula una pregunta a sus alumnos:
-¿Consideráis que es imposible que otra dictadura vuelva a implantarse en Alemania?
Una hermandad de ese tipo –que es modelo de muchas otras que han existido y existirán- tiene algunas claves que de forma algo confusa van apareciendo en el largometraje. Entre otras, las siguientes:
1.- el público que es captado cuenta con poca formación;
2.- falta profundidad en los juicios, a la vez que los partícipes van buscando algo que proporcione sentido a sus vacías existencias;
3.- uno de los mayores peligros de la sociedad contemporánea es el ruido. Quien no sabe encontrarse a solas consigo mismo acaba por asimilarse a un grupo que le hará comportarse del modo en que el grupo lo desee;
4.- la ausencia de valores sólidos a los que agarrarse es otra coordenada común a los implicados. El pensamiento se torna grupal, sencillamente porque parece que nadie tuviera ideas  valiosas que justificasen su comportamiento individual;
5.- un líder carismático parece que tiene todas las respuestas a cualquiera de las cuestiones. Eso lleva a que se traslade a sus decisiones la responsabilidad que cada uno debería asumir. Interesante consideración también en tiempos de crisis cuando, en demasiadas ocasiones, quienes parecieron asegurar su ayuda en todo momento dejan abandonados a otros con tal de salvar su cómoda existencia;
6.- el mayor enemigo de una organización con una cultura cuasi-sectaria es quien conociendo el interior decide escapar del tinglado (en este caso es un muchacho llamado Marco). Con maestría, es mostrada esa situación cerca de la conclusión de la película. La seguridad grupal lleva al casi linchamiento del alumno que manifiesta su disconformidad con aquella panda que se ha convertido en la práctica en una piara conducible a cualquier objetivo.

Algunos pensarán que todo esto es fruto de la mente calenturienta de un director de cine, y sin embargo, tal como he señalado al comienzo de estas líneas, la película está basada en hechos reales. Es más, aún hoy, en determinados colectivos se experimentan situaciones semejantes. Incluso cuando la bandera son objetivos humanistas que supuestamente se plantean para ayudar a muchas personas. Al final, acaban convirtiéndose en comunidades en las que quienes ocupan los puestos de dirección se deshumanizan, olvidando sus promesas precedentes.

Entre los más manipulables se encuentran aquellos que cuentan con menor respaldo familiar y afectivo. Un ejemplo: uno de los alumnos se ofrece como guardaespaldas al docente. Al preguntar el profesor el porqué de aquello, la respuesta es que por fin al ocuparse de aquello ha encontrado una respuesta a su existencia, hasta ese momento completamente vacía.

Todo el mundo necesita algo en que creer. Cuando la decisión no es personal, reflexiva, asumida..., acaban apareciendo pseudo profetas que arrastran a los demás. En no pocas ocasiones, las promesas serán altamente altruistas, pero acaban convirtiéndose en patentes mentiras con el paso del tiempo. Para mantener la cohesión del grupo será preciso crear logos propios –en este caso la camisa-, terminologías sectarias, saludos conocidos sólo por los pertenecientes al grupúsculo, desmedido orgullo de pertenencia... En el fondo, todo lo que responda a la necesidad del ser humano de sentirse parte de algo.

Cuando el montaje es desarmado, algunos se echan a llorar. ‘La ola es mi vida’ clama uno. Y así sucede siempre que alguien deposita excesiva confianza en grupos con culturas más o menos fuertes.

La crítica al sectarismo está bien planteada. Se echa en falta quizá una propuesta más creativa sobre qué debe hacerse para evitar que situaciones como el fascismo, el nazismo o el comunismo vuelvan a producirse a nivel global. Y también cómo evitar que instituciones más o menos estructuradas acaben haciendo perder la juventud a un buen número de personas también hoy en día.

La ola tiene mucho en común con El Club de los poetas muertos. Aunque en aquella se ofrecía una vía de salida: la necesidad del ser humano de llevarse bien consigo mismo, de aprender a abstraer y de no quedarse pegado a los sentidos. Quien piensa correrá muchos menos riesgos de quedar entrampado en situaciones tan patéticas como las narradas por Dennis Gansel.