lunes, 11 de mayo de 2015

ÁBRETE SÉSAMO


Narra el popular cuento infantil que una banda de ladrones ocultaba los caudales robados en una cueva a la que se accedía tras pronunciar el consabido ¡Ábrete Sésamo!

Con ayuda de su esposa, un pariente de Alí Babalogra introducirse en la gruta. Frente a lo que había hecho su concuñado y protagonista –llevarse lo preciso para vivir una temporada razonable-, el avaricioso Khazim optó por tratar de arramblar con todo lo posible. En su codiciosa obsesión, el malhadado perdió definitivamente el norte. No recordó, al cabo, ni siquiera lo esencial para poder salir de aquel antro.
            -¡Ábrete calabaza!, proclamó.
Ante la pasividad de la piedra que servía de puerta, rectificó:
            -¡Ábrete zanahoria!
La quietud siguió a su incorrecto grito.

Tratando de dar el golpe de su vida, en realidad la perdió, pues al llegar de nuevo los malandrines, con su perversa magia lo convirtieron en estatua…

¡Cuántas veces la desmesurada ambición provoca la pérdida de la cordura!

La causa de la insania no es sólo ni necesariamente el dinero. En ocasiones, es el supuesto prestigio profesional. En otras, el intento de impresionar a subordinados con capacidades superiores a las reales. No falta tampoco el prurito orgulloso de aspirar a situarse sobre los demás, como si él (o ella) se encontrase por encima de sus conmilitones, y todos debiesen rendir pleitesía a la reina de Saba que algunas y algunos piensa ser.

La gestión de la cordura no es sencilla. Hace no mucho, una dependiente de una gran superficie me manifestó su agrado al ser saludada con un:
            -Buenas tardes, ¿Qué tal van las cosas?
Me aclaró el motivo de su sonrisa:
            -Menos mal que algunas personas se dan cuenta de que nosotras también lo somos, y no meras prolongaciones de la caja registradora.

Gente hay que queda enzarzada en complejidades interiores –paranoias, esquizofrenias, depresiones, dobles personalidades…- de las que no saben escapar, porque han perdido la capacidad de contemplar con normalidad a su alrededor. Olvidan que debemos aprender de quienes nos rodean, que los demás también agradecen ser tratados con cordialidad, independientemente del puesto que cada uno ocupe en la escala social.

Jorge Cafrune afirmaba en sus Coplas del Payador Perseguido (en las que interpreta una de las grandes obras del maestro Atahualpa) que la vanidad es yuyo malo que envenena toda huerta, pero algunos hay que en vez de procurar controlarla con el azadón –proseguía el cantautor- la cultivan en su puerta.

No pocos de los males que afligen a las organizaciones, tanto públicas como privadas, proceden de patéticos personajes que, al igual que iluminados, creen encontrarse en posesión de la verdad. En su abismal ignorancia, actúan con jeribeques y pamplinas ampulosas empeñados en hacer creer a otros en proyectos que no son sino fanfarrias desentonadas.

La vida económica, la empresarial, la política o la organizativa, al igual que la de cada persona es más sencilla de lo que algunos pretenden. Con gran frecuencia, la complejidad procede de la incapacidad de algunos y algunas por salir de la maraña de obsesiones compulsivas. ¡Cuántas veces basta charlar con una persona sin malear, mejor si ha pasado ya de las seis décadas de vida (al menos cinco), para redescubrir el placer de caminar por este mundo disfrutando y haciendo disfrutar!


Existen dos tipos de personas: quienes te facilitan la vida y quienes te la complican. Los segundos serán incapaces de pronunciar ese ¡Ábrete Sésamo! que facilita respirar aire puro, agua clara, sin quedar encerrado en esas organizaciones o planteamientos endogámicos que tanto agradan a quienes pretenden dominar a los otros por el sencillo sendero de impedirles pensar.

lunes, 4 de mayo de 2015

EUGENIA GRANDET

BALZAC, Honoré (1799-1850): Eugenia Grandet


Félix Grandetes un avaro patológico que ha prosperado gracias a su olfato por los negocios y aprovechándose de la incertidumbre del momento. Además ha recibido varias herencias en pocos meses.A pesar de su riqueza, vive junto con su hija en una residencia cochambrosa cuya reforma no procura; únicamente tiene como objetivo acrecentar sus caudales.

Diversos varones, que intuyen la fortuna del señor Grandet, ven en su hija un excepcional partido. Dos de ellos aspiran a emparentar con la familia por medio de la muchacha: uno, Des Grassins; el otro, Cruchot. La familia del banquero y la del abogado visitan con asiduidad a los Grandet, y Félix las enfrenta para sacar provecho. Eugénie permanece ajena a todos estos tejemanejes.



La reflexión de Balzac aquí sólo esbozada plantea la relevancia de la avaricia como limitación vital. Quien vive obsesionado por acumular, más que vivir se limita a durar. 

martes, 28 de abril de 2015

CUATRO NOVEDADES



El próximo 9 de junio, en la sede del ICO en Madrid, me entregan el Micro de Oro-2015 del FORO ECOFIN como mejor conferenciante español de Economía y Empresa, según valoración realizada por los asistentes al último Congreso ECOFIN. En mayo de 2014, recibí el premio a Mejor Asesor de Alta Dirección y Conferenciante de habla hispana (Grupo Ejecutivos). Agradezco tanto a ECOFIN como a Grupo Ejecutivos estos reconocimientos.

Por otra parte, en estos días ha llegado a las librerías la obra Hablemos sobre Felicidad (Editorial LID). En ese texto, Juan Ramón Lucas (ONDA CERO) recoge y glosa las conversaciones que él ha pilotado con maestría y durante mesesde Sandra Ibarra conmigo. La obra está disponible tanto en formato papel como en ebook en la web de la editorial. 

El día 11 de junio, y promovido por TATUM, se presentará el informe sobre Empresa Saludable y Salud de la Empresa española, para el que en buena medida han empleado la metodología por mí desarrollada: Terapias para patologías organizativas. Deseo felicitar a Eugenio de Andrés y su equipo por su extraordinario trabajo.

Por último, y para quien pueda interesar, he desarrollado dos nuevos seminarios aplicados a la situación actual de las organizaciones, con el empleo de numerosos ejemplos de diversas organizaciones contemporáneas y pasadas:

1.- Gestión en tiempos de incertidumbre
2.- Cómo mejorar la Cultura organizativa

Los realizados hasta ahora están alcanzado los objetivos deseados: reflexionar para la acción.



Javier Fernández Aguado


lunes, 27 de abril de 2015

SI YO FUERA RICO


Título: Si yo fuera rico

Director: Gerard Bitton

Intérpretes: Jean-Pierre Darroussin, Valeria Bruno-Tedeschi, Richard Berry, François Morel

Año: 2002

Temas: Ambición. Amistad. Competencia desleal. Dinero y felicidad. Ética. Medios y fines. Refugio Afectivo. Sentido común. Sentido de la vida.


En algunas Escuelas de Negocio proponen, a modo de ejercicio, la reflexión sobre qué haría cada uno de los asistentes a la sesión en el caso de que ganaran una significativa cantidad de dinero.

Es precisamente éste el arranque de la película Si yo fuera Rico. La situación de Aldo, el protagonista es más bien lamentable. En su trabajo como comercial no es ciertamente el mejor. La relación con Alice, su esposa, no es la más perfecta y, por si fuera poco, la llegada de un nuevo jefe complica la situación. Fundamentalmente porque se trata de un ‘depredador’ que pronto acaba en la cama con la esposa de nuestro hombre.

En medio de esa triste situación, en la que ni siquiera falta una importante multa por haber sido pillado hablando en el coche con el móvil, gana la bonoloto. De repente, diez millones de euros pasan a ser de su propiedad.

La reacción inmediata es probablemente la de muchos. No quiere que los demás se den cuenta pero pronto comienza a vivir como un nuevo rico. Además, olvida el principio de que cada uno es señor de sus silencios y esclavo de sus palabras: así, comenta con un amigo el premio recibido.

Aprender a gastar no es difícil. Siempre es más fácil dar un paso hacia arriba que hacia abajo. Pasar de un menú a un gran restaurante es algo que pronto se aprende. Allí reconduce sus pasos con frecuencia inusitada. El bancario que ni siquiera la hubiera mirado a la cara en otra situación, pasa a ponerse a su disposición de la forma más servil posible. En un momento, su asesor financiero personal le confiesa algo que es muy habitual:

-El pobre sigue siendo pobre, y el rico sigue siendo rico.

Y eso –añade- que estamos siendo conservadores en las inversiones…

Disponer de dinero hace que lo que hasta ese momento siempre la había parecido de otro planeta, pase a estar al alcance de su mano. No para de gastar, a la vez que sufre para que los demás no se den cuenta de su nueva condición. Uno de los motivos de su discreción es esperar al divorcio, para que los millones de euros no entren en la división.

Dijo Woody Allen en cierta ocasión que el dinero no da la felicidad, pero que proporciona una sensación tan parecida que hace falta ser un gran experto para diferenciar ambas situaciones. El cínico comentario puede ser cierto probablemente en los inicios. No en vano se multiplican los interesados en agradar al ganador de la bonoloto. Pero pronto descubre una realidad que tantas veces la riqueza o el trabajo excesivo o la vanagloria hacen olvidar, siquiera por una temporada: la felicidad en realidad procede de tener alguien a quien esperar y alguien que nos espere.

Dicho de otro modo: mientras no existe alguien a quien queramos de manera totalmente diferenciada y alguien que nos quiera de igual forma, es prácticamente imposible que podamos saborear lo único en que todos estamos de acuerdo: queremos ser felices.

Con dinero puede comprar los mejores vinos, comer en los restaurantes más lujosos, ser adulado por dependientes y bancarios, pero no puede lograr lo más importante: que alguien desinteresadamente se ocupe de él. En una escena sublime, incapaz de saborear los manjares de uno de los extraordinarios restaurantes a los que ya se ha acostumbrado, sólo piensa en una cosa, en recuperar el cariño de su mujer. Más aún, ni siquiera eso le importa, lo que más desea es que sea feliz aun a costa de que se vaya con su jefe. En eso consiste, en el límite, la verdadera amistad, en aspirar al bien del otro, aunque en nada nos beneficie. Ese acto de suprema generosidad no es nada sencillo y –a decir de Aristóteles- pocos consiguen saborear ese tipo de amistad.

Además de la relevante enseñanza sobre las causas de la felicidad, hay otras en este largometraje. En concreto, a poco de llegar el nuevo jefe comienzan los despidos. En una escena que desafortunadamente se repite, los viejos del lugar andan dudosos sobre su futuro. Algunos, más prepotentes, consideran que incluso aquello se convertirá en una oportunidad de ascenso, porque los nuevos necesitarán quienes les orienten. Aun así, confiesa uno de ellos:

-No tengo ninguna intención de enseñarles nada, porque si aprenden corro el riesgo de que me echen a mí.

Sucede así, en efecto, al cabo de muy poco tiempo.

Nuestro protagonista, que fue colega del nuevo directivo, interviene como mediador. El jefe le hace sentar, pero no en la silla del invitado, sino en la propia.

Le pregunta entonces:

-¿Qué ves?

Responde el sorprendido subordinado:

-Nada.

-Precisamente por eso, soy yo quien ocupa ese puesto y no tú.

De un lado, los directivos tienen que tener una mayor capacidad de vislumbrar la realidad, y el peso de tomar decisiones relevantes para la Compañía recae sobre ellos. Por otro, quien sólo ve números y no personas, acabará por perder también las cifras, pues las empresas son en buena medida sus personas.