lunes, 20 de diciembre de 2010

Historias griegas: Las mentiras en la negociación


El ejemplo de los Sofistas, de Arión, Arquelao, Bato y otros.

El término sofista (sophistes) surgió en el siglo V antes de Cristo. Inicialmente significaba sencillamente sabio (sophos), o también experto o poeta. Con el tiempo comenzó a ser empleado para designar personas que enturbiaban el conocimiento, incluyendo esa denominación en los aerópagos, con el sentido negativo que desde entonces arrastra.

Inicialmente -y a pesar de que es impreciso calificarlos como un grupo unitario-, los sofistas fueron profesores particulares, dedicados a la retórica, la lógica, la gramática, la ética, la política, la física, la metafísica, e incluso las ciencias militares. Posteriormente centraron su atención no tanto en su posible aportación a la ciencia o al bien de sus alumnos, sino en las ventajas que obtenían sus bolsillos. Y, aplicando ante litteram el principio marxista de que el fin justifica los medios, unificaron sus esfuerzos en lo que era más rentable: enseñar a defender cualquier argumento -prescindiendo de su verdad o falsedad- se convirtió en un lucrativo negocio. Tal vez no fueron los primeros, pero sí los más famosos, de ese tipo de empresarios que han separado radicalmente la ética de la técnica: lo que era posible hacer -defendían- no había razón para no llevarlo a cabo, siempre que fuera crematísticamente rentable.

Entre sus primeras tesis se encontraba la distinción entre naturaleza (physis) y la ley y costumbres de cada ciudad o colectivo (nomos). Poco más querían los interesados, porque con esta distinción utilizaban la physis como arma arrojadiza contra la necesidad de obedecer las normas. Bien tramados los silogismos, tranquilizaban las conciencias de quienquiera deseaba saltarse a la torera la legislación. (Hay que añadir que lo que ellos proponían como physis, y sobre la que hacían pilotar su sistema, no era la ley natural, ni nada que se le pareciera, sino más bien intereses biologicistas. He abordado esta cuestión en “Aprender la libertad”, dentro de mi libro Sobre el Hombre y la Empresa ).

Las conclusiones de sabor nihilista que extraían, herían la sensibilidad de los mayores, pero fascinaban a una juventud, cada vez más individualista y cínica. Poco les importaba esto a los sofistas mientras cobrasen sus sabrosas dietas: porque eso sí, las facturas no eran de risa.
Entre los representantes de este lucrativo negocio de la mentira destacó Protágoras (490-420 a.d.C), quien tanto en conferencias públicas, como en congresos o cursos privados -cualquier foro valía si la remuneración era suficiente- se dedicó a expandir sus destructivos principios.
Falsificando todos los conceptos que caían en su entorno, se postuló como defensor de la virtud, asegurando que quienes le escuchaban y seguían su doctrina volvían a casa convertidos en mejores personas. Este agnóstico de lo humano y lo divino, afirmó en el comienzo de una de sus obras: "nada sé acerca de los dioses, si existen o no, o cuáles sean sus características. Muchos aspectos imposibilitan su conocimiento, entre otros, la obscuridad del tema y la brevedad de la vida humana". Y no es que Protágoras fuese ateo, es que veneraba a otro dios -el dinero-, que imposibilitaba compatibilizar con ninguna otra creencia.

Relativista redomado, afirmaba que es el hombre centro y medida de la realidad. Con esto apoyaba su proceso de relativización de cualquier afirmación o conocimiento. Lo único absoluto eran sus facturaciones...

No fue Protágoras hombre de altos vuelos intelectuales, ni se le admitió en las sedes donde se gestionaban entonces conocimientos. Fue más bien mercenario de cursos y cursillos, robertito de seminarios intranscedentes, meretriz de la sabiduría... Sócrates, Platón, Aristóteles..., todos los grandes de la época y posteriores sintieron por él, en fin, lástima. La fortuna acumulada por Protágoras tal vez le llevó a ser uno de los más ricos del cementerio, pero nunca traspasó el umbral de los intelectualmente mediocres.

Muchos hay en las empresas que copian estos comportamientos. Nada hay verdad ni mentira, sólo los resultados. Las cuentas de explotación se convierten para demasiados en las nuevas tablas de la ley, con las que dictaminan justicia sobre la valía de unos y de otros.
Pero, como se menciona en otros lugares, el uso de la mentira es grave particularmente para quien la emplea, porque la consecuencia de falsear es que uno se torna doble. A veces, esa consecuencia antropológica tiene también otras, como la pérdida de la fama, al descubrirse que alguien tiene más de una cara (a veces muchas).

Era Arión un honrado trabajador, músico en Lesbos. Periandro, gobernador de Corinto -su empleador- le permitió dedicarse durante un tiempo a la actividad de freelance, recorriendo la Magna Grecia y Sicilia, cantando.

Al cabo, para regresar a su ciudad de origen, negoció con ciertos marineros el transporte. Éstos, envidiosos del dinero que sosprecharon tenía, aceptaron que subiera a bordo, pero con la perversa intención no de cobrarle como pasajero -honorable transacción mercantil-, sino de aprovecharse del desdichado. Arión algo sospechó y se previno, porque el mentiroso es habitualmente traicionado por lo torvo de su mirada: rara vez miran a los ojos.
Así, cuando al fin salió a la luz la falsía de aquellas alimañas que se habían presentado como honrados empresarios, Arión solicitó un último favor antes de ser arrojado al mar: cantar en esas circunstancias postreras. A ese melodioso grito de ayuda, acudieron los delfines (de cuyos orígenes míticos se habla en estas páginas). Fiándose de su suerte -fortuna audaces audivat, debió de pensar-, saltó sobre el lomo de uno de aquellos, que le condujo hasta Ténaro.
Ya en tierra firme, y tras adorar a Apolo, a quien agradeció su salvación, se dirigió a Corinto. Narró allí sus malaventuras.

Llegado el barco a puerto, Periandro preguntó por Arión. Continuando con la serie de mentiras, alegaron:
-Murió durante la travesía, no aguantó hasta llegar a tierra...
Apareció entonces Arión, según lo previsto por su gobernante.
Los asesinos -porque no sólo se mata con las armas, demasiadas veces se hace con las palabras que, aunque parezca sorprendente, es peor- fueron condenados a la crucifixión. Otros dicen que acabaron empalados. Lo mismo da para el caso: antes o después se descubre al traficante de mentiras.
Para recordar aquellos sucesos, Apolo transformó en constelación la lira de Arión y el compasivo delfín.

El infortunio acecha a todos, particularmente a los más rectos, a quienes cuesta pensar que sus interlocutores son gentes sin honorabilidad. Era Arquelao hijo de Témeno, y por tanto uno de los descendientes de Heracles. Tras dejar la ciudad de Argos a causa de algunos malentendidos con sus hermanos, se dirigó a Macedonia. Allí fue recibido por Ciseo, el rey, que en aquel momento atravesaba un momento difícil, pues se hallaba a punto de quebrar (es decir, de ser aniquilada su ciudad por los enemigos que la tenían rodeada).

En esta difícil situación, prometió su hija a Arquelao, si éste les libraba de aquella inminente amenaza: los mentirosos actúan de manera zalamera para atraerse la voluntad de quienes pueden ayudarles....

Con la formación que tenía y su esfuerzo, salió airoso de aquella dificultad, y restableció el orden en un solo combate (en un ejercicio volvió a los beneficios, diríamos). Salvado Ciseo, y tomando en consideración a ciertos consejeros malvados, negó la recompensa al esforzado Arquelao. No contento con esto, pensó que el mejor modo de acabar con los "problemas" era asesinar a su redentor. (Muchas veces los retorcidos sienten vómito sólo de ver a quienes de manera honesta y sin otras pretensiones que la del trabajo bien concluido se mueven en su entorno).
Sin atreverse a ir de frente, como sucede con quienes han hecho de la doblez una profesión, hizo preparar un foso, que llenó de brasas ardientes. Recubierto con ramas ligeras, se dispuso a lanzar a Arquelao a aquella trampa mortal.

Pero, como casi siempre, los buenos cuentan con la ayuda de gentes más desinteresadas: un empleado de Ciseo reveló a Arquelao las trapacerías orquestadas por aquel que le debía la vida. Así, fue el mentiroso quien acabó cayendo en su propia trampa. Arquelao, por si acaso, abandonó aquel clima poco aconsejable y se estableció en Ege, también en Macedonia. Pasa por ser uno de los antecesores del mismísimo Alejandro Magno.

Otro ejemplo nos aporta la cultura griega: Apolo, locamente enamorado de Himeneo, hijo de Magnes, descuidaba la custodia del ganado. Y ya hay aquí una primera lección, que algunas empresas se aplican: no admitir amores entre miembros de la misma, principalmente por dos motivos:

1.- Estarán más preocupados por su mutuo cariño que por los intereses de la Compañía. Eso llevará, cuanto menos, a que pierdan tiempo en conversaciones, miradas, "escapadas", etc.
2.- Si surgen problemas, se defenderán mutuamente con ahínco frente a cualquier "ataque" externo.


Sea como fuere, el caso es que Hermes, aprovechando aquellos románticos momentos por los que atravesaba Apolo (¡la normalidad con que aceptaban los griegos la homosexualidad!), se dedicaba a robarle reses. Las trasladaba entonces a Ménalo, en el Peloponeso.
Por allí residía Bato, un anciano. Temeroso Hermes de que aquel vejete hablara, le prometió una ternera si sellaba sus labios. Aceptado el compromiso, quiso Hermes confirmar la solidez moral de aquel que tan prontamente se había predispuesto a colaborar.
Disfrazándose, regresó por aquellos lares, y preguntó al mismo Bato por cierto ganado. Lógicamente prometió algún regalo a quien colaborase en la búsqueda. Infiel a la promesa previamente realizada Bato cantó la gallina. Indignado, Hermes lo transformó en roca.
Búcolo, por su parte, era hijo de Colono de Tanagra (en Beocia). Ocne, su hermana, era notablemente pizpireta, y pretendió a Eunosto, muchacho bien formado y honesto, que se negó a seguir las inmodestas proposiciones. Acudió al expediente de mentir, acusando al pobre chaval de haber intentado violarla. Los crédulos hermanos de la trapacera mataron a Eunosto. Al cabo, sin embargo, Ocne, consumida por los remordimientos, confesó su maldad. Los hermanos tuvieron que huir, porque el padre de Eunosto pasó de timorado padre a ansioso vengador. La desvergonzada acabó por suicidarse.
Por citar un último paradigma, hablemos de Cafena. Era ésta una mozuela de la ciudad de Críaso (zona de Caria). Guiados por Ninfeo, se había establecido por allí una colonia de griegos procedentes de Melos. Sin poner límites a la fecundidad, se habían ido convirtiendo en un núcleo poderoso.
Los residentes en Críaso comenzaron a temer por su seguridad y, haciendo empleo de la mentira, invitaron a los griegos a una fiesta. Era su plan asesinarlos en plena celebración. Cafena, localmente enamorada de Ninfeo, no estaba dispuesta a que eso sucediese. Le comunicó la conspiración.
Aceptaron los atenienses las formalidades, pero pusieron como condición que también acudieran sus mujeres. Así, llegados a los festejos, iban ellos desarmados, pero sus esposas llevaban oculta una espada debajo del traje. Cuando los carios se lanzaron a la carga, tomaron éstos las armas que sus esposas habían transportado, y mataron a sus traidores anfitriones. Luego, arrasaron la ciudad, y construyeron una nueva, denominada Críaso la Nueva.
Casaron los enamorados Cafena y Ninfeo, y les fueron concedidos notables honores en agradecimiento por haberles salvado la vida. Y es que muchas veces, cuando se miente, aunque a corto plazo las cosas parezcan ir bien, a medio y largo todo se enreda notablemente.
***********************************
Una anécdota
Era Ticio hombre inmerso en el mundo de los negocios. No había para él verdad ni mentira, sólo incrementos en la cuenta de explotación.
Dispuesto a cualquier cosa para lograr sus objetivos tenía un sistema de negociación consolidado. Siempre que llamaba a un proveedor, disponía sobre su mesa una oferta semejante, presuntamente elaborada con el mismo objetivo por una empresa de la competencia.
Para escenificar el engaño, se hacía llamar por alguna secretaria o colaborador durante el proceso de negociación. De ese modo, el interlocutor podía, con cierto disimulo, echar un vistazo sobre aquella información. Solía cambiar notablemente su actitud, especialmente si estaba presionado por su Compañía para cerrar la operación.
Alguno de sus socios le había afeado su conducta, pero no entendía este empresario (?) de lo que el denominaba "escrúpulos" en el mundo mercantil.
-Ésas son cosas de mujercillas, resumía despectivo a quien le hacía ver que aquello no era en absoluto correcto.
Pasado el tiempo, sucedió que una de las personas con las que negociaba -en este caso era la puesta en marcha de una franquicia-, había sido precisamente director comercial de una empresa proveedora en ese momento de Ticio. Cayó en sus manos por casualidad una de aquellos falsificados documentos.
Bromeó el otro sobre la cuestión, pero el potencial franquiciado abandonó aquellas relaciones comerciales porque quien miente una vez lo vuelve a repetir siempre que le resulta posible (quien hace un cesto, hace ciento).

Otros miembros de la organización, con fama de gente honesta, siguieron haciendo negocios mucho tiempo después. Aquel que se apoyaba siempre en la mentira, tuvo que dejarlos, porque se labró la suficiente fama como para que nadie quisiera trabajar con él. No llegaba a entenderlo, porque seguía considerándose el palico de la gaita. Y quien no capta los intereses de los demás, empezando por sus propios socios y compañeros, difícilmente tendrá un recorrido profesional largo.

No hay comentarios:

Publicar un comentario en la entrada