martes, 20 de diciembre de 2011

LOS ORÍGENES DEL COMUNISMO


 Desde hace años vengo cuestionándome por la incomprensible superioridad moral de la izquierda. Cuando quiere descalificarse a alguien se le anatemiza –con toda razón- con el término nazi. Nadie entendería que hoy en día se bailara el agua a un partido de esa ideología. Sucede, y es bueno que así sea, que cuando se descubren células de insensatos que la propugnan, son fieramente perseguidas.
Sin embargo, en prácticamente todos los países del mundo siguen existiendo partidos comunistas. Además, personajes más o menos pintorescos controlan dictatorialmente a sus conciudadanos bajo el sorprendente amparo ideológico de esa utópica doctrina, que se ha tornado siempre en la práctica tan inhumana o más que el nazismo.
Entre los múltiples libros que he leído sobre la cuestión, me atrevo a recomendar dos para los posibles interesados en conocer cómo surgió, fruto de conversaciones entre un rico, caprichoso y lujurioso heredero, Engels, y un lector inquieto con notable afición por el alcohol y el sexo: Marx. Por lo demás, su conocimiento de la situación obrera fue siempre tangencial.
La obra Karl Marx, de Francis Wheen, es memorable. Lleva años en el mercado español, con menos éxito del que merece, aunque recibió en Alemania, en 2001, el Deutscher Memorial Prize.
El reciente volumen de TristamHunt, El gentleman comunista. La vida revolucionaria de Friedrich Engels (2011), es un imprescindible complemento. Está bien documentado, aunque escaso en algún pasaje de buena pluma.
El comunismo es una ideología que acierta en muchas de las cosas que mantiene y yerra gravemente en múltiples temas que condena sin análisis ni conocimiento profundo. Ojalá algún día sea posible separar el trigo de la paja y elaborar una teoría que recogiendo lo mejor del liberalismo y el comunismo sea respetuosa con la persona humana. El proyecto está lejos de conseguirse, pero no estaría de más que muchos se empeñaran en lograr esa fusión que es tan necesaria como conveniente.
Mientras tanto, quienes alardean de la bandera comunista deberían estudiar un poco mejor sus orígenes para evitar el ridículo, por ejemplo, de muchas de sus afirmaciones sobre la libertad del hombre, que sus padres fundadores negaron apodícticamente. 

viernes, 9 de diciembre de 2011

El 19 de diciembre, presentación de ROMA. ESCUELA DE DIRECTIVOS


Recién llegado de América, la editorial LID me confirma que la presentación de ROMA. ESCUELA DE DIRECTIVOS, tendrá lugar el próximo 19 de diciembre a las 19:30. Será en Madrid en la calle Antonio López, 243, sede de Steelcase en España. Intervendrán personas de la relevancia de Fernando Moroy, Alejandro Pociña, Emilio Molinero, y César Piernavieja. También yo, como autor de la obra, diré algunas palabras. Al concluir, se servirá un cóctel, y habrá ocasión, por tanto, de charlar un rato entre amigos.

Es conveniente escribir a Laura Díez, para anunciar asistencia. Su mail es laura.diez@lideditorial.com

Nos vemos, quienes puedan y quieran, el día 19, lunes, también para felicitarnos la ya inminente Navidad. 

miércoles, 7 de diciembre de 2011

CON EL DINERO DE LOS DEMÁS


Director: Norman Jewison
Interpretes: Danny DeVito, Gregory Peck, Penelope Ann Miller, Piper Laurie, Dean Jones, Mo Gafney.
Año: 1991
Temas: Acoso sexual. Capitalismo salvaje. Especulación. Juntas de accionistas. Lealtad. Stakeholders.

Encontramos en esta ocasión a Danny DeVito en el papel de Lawrence Garfield, un nuevo Gordon Gekko como el inmortalizado por Michael Douglas en Wall Street, que también comentaré en estas páginas.
Se reviven las mejores comedias de Frank Capra de los años treinta: la avaricia aflora en los personajes. Además, se perfila la confrontación entre dos modos de ver el mundo y su particular manera de vivir el denominado sueño americano: el éxito rápido y a cualquier precio –el fin justifica los medios-, frente al esfuerzo y el aprecio de la gente.

Andrew Jogerson (Gregory Peck) es un hombre honesto y patriota, dedicado por completo al trabajo y a los suyos. Lawrence Garfield (Danny Devito) es un depredador, ambicioso y avaro que pretende hacerse con la compañía que viene dirigiendo Jogerson para dividirla y venderla. En medio de ambos, la joven abogada Kate Sullivan (Penelope Ann Miller) pretende salvar los intereses del viejo Jogerson, empleando sus armas de mujer.

Al más puro estilo de los ochenta parece que triunfa el malo.

Norman Jewison fue el productor y realizador de un producto que no obtuvo éxito comercial porque falla algo en la arquitectura de sus personajes. El exceso de guiños atrás –Lawrece Garfield recuerda en ocasiones a Groucho Marx- han hecho que la película se le escapara un poco de las manos.

Desde el punto de vista del estudio de las organizaciones tiene una gran utilidad, pues se abordan múltiples temas económicos y de gestión. El análisis del control especulativo de las empresas, los negocios sin corazón, son mostrados con claridad. Para el especulador nada tiene sentido salvo el dinero: el medio ambiente, la moralidad de los actos, el respeto de los demás, son pequeños incidentes de los que puede prescindir. Incluso, de forma descarnada, manifiesta que le parece un basurero la industria que para otros es un modo de vida.

Aparece crudamente su desconocimiento de los aspectos productivos de la empresa, y por supuesto del componente humano de cualquier entidad mercantil. Para Garfield sólo existe lo que puede transformarse en contante. Lo afirma sin ambages: “yo sólo quiero ganar dinero”, y a corto plazo.

Las necesidades afectivas de la persona también están presentes en este personaje. Él las resuelve por dos vías: una, la personificación de su ordenador -Carmen-, y un placer puntual: en este caso intentando seducir a la abogada de la parte contraria. La inconsistencia de ese modo de vida queda patente en las escenas en las que, tras los sucesivos triunfos, cae en depresión en su propia habitación. Y es que si falta el oportuno equilibrio vital, por mucho dinero que se acumule y por sucesivos que sean los placeres, la tristeza y la soledad son los resultados. En su egoísmo, se pregunta: ¿por qué traen a los niños? Todo lo que no es de su gusto, es superfluo o dañino. En uno de los pocos momentos de claridad, se declara: “quiero estar contigo toda la vida”, manifestando que el amor verdadero se encuentra sólo en compromisos imperecederos.

La mentira como arma en las negociaciones es manifestada radicalmente, como si en el mundo de los negocios fuese imposible la rectitud. Proclama Garfield una y otra vez que el sistema empresarial no es más que un juego al que es preciso adaptarse, asimilando reglas, independientemente de que éstas sean lícitas o no. Literalmente afirma:

-Me importa más el juego que los jugadores.
La traición del más directo colaborador de Andrew Jogerson sirve para lanzar un ataque frontal a la banca:

-Es banquero, no te fíes de él, le recomiendan.
Sin embargo, él, en su rectitud, responde:

-Tengo que confiar en mis amigos.

Los abogados quedan en mal lugar: eternos discutidores incapaces de ofrecer soluciones eficaces. Entre otras lindezas, afirma de ellos el patrón: las cabezas de los abogados son como bombas nucleares; si las usas, lo estropeas todo.
Los discursos finales en la Junta General de Accionistas sirven para poner de relieve dos modos bien diversos de analizar el mundo empresarial. Uno, el del capitalismo salvaje, donde lo único que importa es el rendimiento. Aunque no le falta razón a Garfield al defender que la obsolescencia condena a la desaparición a quienes caen en ella. Detecta el problema, pero no ofrece soluciones.

El otro de punto de vista es profundamente alternativo. La empresa es contemplada desde sus aspectos más humanistas, con una crítica a quienes intentan ser dioses-diablos con el dinero de otros, sin construir nada. Su clamor es tremendo: una empresa es mucho más que el precio de las acciones, son sueños, esperanzas e ilusiones. Una buena lección para quienes centran su existencia en los rendimientos crematísticos.

Quizá no es correcto ni el uno ni el otro, pues carecen de la necesaria complejidad. El mundo necesita de los grises. El maniqueísmo no explica suficientemente la realidad. Quienes no perciben los matices en su entorno, en el mundo de las organizaciones, y en el modo de ser de las personas, acaban tornándose sátrapas caprichosos de sus propios impulsos.

Javier Fernández Aguado
Catedrático
Foro Europeo (Escuela de Negocios de Navarra)




jueves, 1 de diciembre de 2011

El mes de Diciembre




Comienzo el mes de diciembre en América. Y lo hago de una manera muy grata: impartiendo en México D.F. la conferencia de clausura del programa de alta dirección que Pemex ha desarrollado este año para un largo centenar de los miembros de su alta dirección. Este honor me ha sido otorgado, según me han informado, por haber sido el ponente mejor valorado por los asistentes. Gracias a todos ellos.

Es mi esfuerzo permanente el satisfacer expectativas de quienes acuden a mis conferencias y seminarios. Cuando se logra esa meta, y con más motivo si cabe en una empresa de esta categoría por calidad y tamaño, los motivos de alegría se incrementan.

Desde el Distrito Federal viajaré a Querétaro, ciudad en la que impartiré dos jornadas sobre el Liderazgo necesario para los miembros de Alta dirección en los actuales tiempos de incertidumbre.

El 4 de diciembre, de regreso a D.F. y pasando por Guatemala, llegaré a Costa Rica, para trabajar allí con la Alta Dirección de una de las principales empresas del país. Posteriormente emprenderé regreso a España, donde el resto del mes me esperan abundantes reuniones con Comités de Dirección y directivos de diversos sectores.

Antes de entrar en Navidad, probablemente el lunes 19 por la tarde,tendrá lugar la presentación del recientemente publicado ROMA. ESCUELA DE DIRECTIVOS. Sobre este acto detallaré más en cuanto disponga de información, pues la editorial LID y los patrocinadores de la obra están coordinando los detalles.

No quiero concluir estas líneas sin desear a quienes se interesan por mi trabajo, un estupendo mes de diciembre, que –para quienes se encuentren en Madrid- probablemente nos traiga, como acabo de señalar, la ocasión de saludarnos personalmente con motivo de la presentación de ese libro que me ha supuesto cuatro años de investigación.

En esas fechas irá tocando felicitar las Navidades.

miércoles, 23 de noviembre de 2011

ROMA, ESCUELA DE DIRECTIVOS




He estado trabajando casi cuatro años en este texto, en el que recojo numerosas enseñanzas de la Roma Clásica para las organizaciones contemporáneas. He analizado la toma de decisiones de personajes muy conocidos, como Julio César, Calígula o Nerón, pero también múltiples aspectos del gobierno de personas y organizaciones tal como estaba diseñado en ese Imperio que perduró desde el 753 a.C. hasta el 476 d.C. Entre otros, el diseño de los procesos de formación en grado y postgrado o la fiscalidad.


El libro es entendible por todos, pues me he empeñado en que el rigor de cada uno de los 71 capítulos se conjugara con que cualquiera –independientemente de su nivel cultural o de su conocimiento de la Cultura clásica- pueda disfrutar con su lectura.

Ojalá lo haya conseguido.

Javier Fernández Aguado

lunes, 21 de noviembre de 2011

COPAGO Y SENTIDO COMÚN




La vida está fundamentada en unos pocos principios que, cuando se conculcan, pasan factura. Por ejemplo: “el número ideal de personas para llevar adelante un proyecto es siempre un número impar e inferior a dos”. Salvo raras excepciones, cuando se intenta transgredir, las iniciativas no arrancan. Roma comenzó a desarrollarse cuando Rómulo fue quien se hizo con el timón…


Otro principio irrenunciable es que “cuando el coste es cero, la demanda es infinita”.
Resulta políticamente correcto señalar que el estado del bienestar ha logrado que todo el mundo disponga de sanidad gratuita. Pero eso no es cierto. Aunque alguien no pague en ese momento una operación, la sanidad no es gratuita. Alguien la paga. En el caso de España, todos los contribuyentes.

Me produce hilaridad escuchar a políticos de uno y otro signo afirmando que han realizado grandes esfuerzos para mantener el estado del bienestar. En sentido estricto, ellos no han hecho nada. Lo hemos hecho todos los ciudadanos con nuestros impuestos.
El copago no es una obsesión de la derecha, ni debería ser el arma arrojadiza de la izquierda. El copago –aunque fuese inicialmente de un euro- es el comienzo para que la Sanidad pública sea sostenible en España.

La costumbre española, y de otros países, de que otros paguen la última trampa, o un último capricho o una verdadera necesidad está quedando al descubierto con la actual crisis. ¿Por qué hemos de pagar entre todos la falta de esfuerzo de los griegos? ¿Por qué entre todos hemos de abonar los desmanes de determinados directivos de la banca? ¿Por qué hemos de poner dinero para dar cobertura indiscriminada e ilimitada a otros?
Es razonable redistribuir riqueza, porque el mercado no es perfecto, ni mucho menos. Pero entre la creencia ciega en la bondad del mercado y la obsesión insensata de creer que alguien tiene la obligación de pagar lo que yo necesito, hay una distancia grandísima a la que sólo el sentido común puede poner coto.
La demagogia puede ser útil en un mitin o en una tertulia radiofónica, pero al llegar al momento de la verdad, hay que mostrarla al desnudo. La vacuidad de muchas afirmaciones políticas o sindicales no nos devolverán al sendero del crecimiento. Sólo desde la objetividad y el conocimiento de la ciencia económica y empresarial saldremos adelante con garbo.

Javier Fernández Aguado

lunes, 14 de noviembre de 2011

LA FORTALEZA EN LA EMPRESA. El ejemplo de Heracles



Gentes hay que no saben perder. Lepreo (hijo de Caucón y Astidamía) sugirió a Augias que no pagase a Hércules lo previsto por haber limpiado los establos del rey. Aconsejó además que se cargase de cadenas al héroe y que se le encerrase en la cárcel.
No gustó todo esto a Heracles y llegó a casa de Caucón dispuesto a vengarse de aquellas malvadas sugerencias. Intervino, como siempre, la madre. Por respeto a ella, retó Hércules al hijo deslenguado. Perdió Lepreo en beber, en comer y en lanzar el disco. No contento con ser derrotado, se encolerizó.


Cuando arremetió contra Hércules éste le mató. Y es que Lepreo no había sabido medir sus fuerzas.
Cuando Heracles tenía ocho meses, Hera puso los medios para perderlo. Un día, al atarceder, Alcmena había acostado a dos gemelos, Heracles e Ificles. A medianoche, introdujo en el cuarto dos grandes serpientes. Ificles estalló en sollozos. Heracles, todo valentía, agarró los reptiles, uno con cada mano, y los mató. Algún motivo tenía Hera para comportarse así, y es que Heracles, sin saber controlar su fortaleza, al recibir el pecho había mamado con tal fuerza que hizo daño a la diosa. La respuesta de ésta fue un poco desproporcionada.

Al poco de cumplir dieciocho años, llevó a cabo su primera gran hazaña: matar al león de Citerón.


Era éste de gran tamaño y ferocidad. Cometía tremendas tropelías en los rebaños de Anfitrión y del Tespio, rey.

Al regresar de aquella hazaña -y es que el empresario nunca puede estar confiado-, tropezó, cerca de Tebas, con los emisarios del rey de Orcómeno Ergino, que se dirigían a reclamar el tributo que los tebanos pagaban a sus ciudadanos. Heracles no se andó con chiquitas: les cortó la nariz y las orejas; las enhebró en un cordel y las colgó del cuello de aquellos pobrecillos. Les indicó entonces que fuesen de vuelta a casa de su señor con ese tributo.

Ergino, más que molestó, atacó Tebas, pero Heracles derrotó a sus mesnadas e impuso un tributo a ese pueblo, en beneficio de Tebas, exactamente el doble de lo que a él había sido solicitado.

El rey de Tebas agradeció semejante servicio entregándole en matrimonio a Mégara, la hija mayor. Paralelamente casó a la menor con Ificles. A causa de un acceso de locura enviado por Hera mató a todos sus hijos, y también a los que tuvo Ificles. Atena intervino, golpeándole con una piedra, y dejándole dormido.

Suele decir un empresario judío, buen amigo, que el mundo de la empresa es como una carrera de obstáculo en la que nunca se sabe cuál será el siguiente con el que uno se encontrará. Así fueron los doce trabajos de Heracles, que llevó a cabo a las órdenes de su primo Euristeo.

A decir de Eurípides, Heracles aspiraba a regresar a Argos. Euristeo lo aceptó con la condición de que superase algunas pruebas. Esa esclavitud, que duraría doce años, sería el medio de expiar el asesinato de los hijos que había tenido con Mégara. Aunque hubiesen sido involuntarios, había que limpiar esa mancha con algunos comportamientos específicos.

Para culturas posteriores, y de categoría superior, los trabajos de Heracles no serían sino el símbolo del alma que va superando una sucesión de pruebas para liberarse progresivamente de la servidumbre de la propia materialidad. Una vez aplastadas -o cuanto menos domadas- las pasiones, la felicidad podría ser perfecta.

Según diversas tradiciones, los primeros seis “trabajos” tuvieron lugar en el Peloponeso. La otra mitad, en Creta, Tracia, Escitia, el Occidente extremo, el país de las Hespérides y los Infiernos.

Éstos son, de manera resumida, una muestra de algunos obstáculos que superó el héroe:

1.- El león de Nemea. Era éste un monstruo hijo de Ortor. Colocado por Hera, asolaba la región de Nemea, devorando tanto a los ganados como a los propios habitantes. Nuestro hombre, armado con una maza, lo condujo a su gruta. Allí cerró una de las entradas. Al salir el animal por la otra, Heracles lo capturó con sus propias manos y desgarró luego la piel del león con las propias garras de éste. Zeus puso al león entre las constelaciones para que perpetuamente quedase probada la hazaña del luchador.

2.- La hidra de Lerna. Era ésta un monstruo, hijo de Esquidna y de Tifón. El hálito de su boca era mortal. Quienquiera que osaba acercarse a las fauces de uno de ellos, por ejemplo mientras dormía, fallecía de manera casi instantánea. Devastaba las tierras cultrivadas; Heracles empleó flechas ardiendo.

3.- El jabalí de Erimanto. Consistía esta penitencia en llevar a Euristeo una ejemplar de jabalí horrible. Heracles lo asustó a base de gritos (Esta vez funcionó y probablemente no quedaba más remedio que actuar así, pero ¡cuántas veces acudir al expediente de los berridos no es sino una muestra de no tener la razón...!).

4.- El toro de Creta. Por cuenta de Zeus raptó a Europa (según otros, fue secuestrado por personas que podían “sacar más juego” de aquello). Heracles capturó al animal y lo devolvió encerrado. La diosa se negó a aceptar un don ofertado en nombre de Heracles, y liberó al animal.

5.- Las yeguas de Diomedes. Este rey de Tracia fue propietario de ciertas yeguas, de nombres Podargo, Lampón, Janto y Deino, que tenían por costumbre consumir carne humana. Heracles echó al propio Diomedes a las fieras, y luego éstos se dejaron conducir sin más problemas.

6.- El cinturón de la reina Hipólita. Nada más desembarcar para lograrlo, pues lo había solicitado Admete, hija de Euristeo, se rompieron las hostilidades. Cayó la hermana de Hipólita -Melanipa- en manos de Heracles y sus compañeros. Luego, vino el intercambio entre el cinturón y la prisionera.

7.- Los bueyes de Geriones. Al llegar a Eritia, le vio el perro Ortro, que los custodiaba. Un mazazo acabó con aquel bicho ladrador. El boyero Euritión, que había acudido en ayuda del animal, también recibió su merecido. Menetes, el pastor, fue a buscar a Geriones, quien se presentó enseguida. Pero junto a la ribera del río Ántemo cayó bajo las flechas del héroe.

8.- El can Cerbero. Mal hubiera acabado en este difícil trance si no hubiera intervenido Zeus, solicitando a Hermes y Atenea que le ayudaran. Para bajar a los infiernos, tomó Heracles la senda del Ténaro. Al verlo aparecer, los muertos tuvieron miedo (?) y huyeron. Sólo dos aguantaron el tipo: Gorgona Medua y el héroe Meleagro. Una vez vencidos con diversas tretas, y con permiso de Perséfone, liberó a Teseo. Sin embargo, Píritoo permaneció en el infierno. Ayudó luego a Ascálafo, quien, desde que había cometido su falta (denunciar a Perséfone cuando comió un grano de granada, rompiendo el ayuno y perdiendo la esperanza de ver nunca más la luz del día), permanecía aprisionado bajo un enorme bloque. Poco después lo transformaría Deméter en lechuza, modificando el suplicio.

Llegado hasta Hades, le solicitó autorización para llevarse a Cerbero. Accedió el dios, pero bajo la condición de que debería controlar al animal sin las armas normales, simplemente con su coraza y la piel de léon. A pesar de la dificultad, lo venció también, saliendo del infierno por la puerta que se hallaba en Trecén.

A aventuras semejantes a éstas deberá enfrentarse el emprendedor. No será el suyo camino de rosas. Muchos obstáculos se sucederán: desde el desánimo interior, a los ataques de la competencia, pasando por las traiciones de los socios (en ocasiones plagiando la idea; en otras, trabajando mucho menos de lo que deberían, o pretendiendo adueñarse de bienes que no les corresponden), o la tendencia al desánimo, fruto de ese cansancio que estropea toda acción, y que es causado por el mayor enemigo de un proyecto: la rutina.
Si ante el primer embate, abandona, difícilmente alcanzará objetivos valiosos. La existencia de cualquiera, y en particular la de quien aspire a desarrollar un proyecto empresarial, se ve habitualmente sucedida por contradicciones. Bueno es ir haciendo músculos para superarlas, aguantando el tipo. Gracias a esas sucesivas pruebas va formándose una personalidad fuerte, no de mantequilla, capaz de asimilar las posteriores contradicciones, que no son sólo inevitables sino que resultan convenientes para no dormirse en los laureles.

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Una anécdota
Se enamoró Ticio (el director comercial) de Sempronia (la responsable de atención al cliente). La diferencia de edad y circunstancias era espectacular. El primero había convivido con dos mujeres previamente. Tenía una hija que veía muy de vez en cuando, pues la custodia la había logrado la primera compañera. Era una vendedor nato: convencería a un esquimal de comprar helados en el polo, o a un ciclista de poner un cenicero en su bicicleta. Profesionalmente valioso, estaba vitalmente desorientado.
Sempronia era una mozuela maja, jovencísima (casi veinte años les separaban). A punto de concluir la carrera, había comenzado a realizar prácticas. Era una promesa para el futuro. Decidida, no se arredraba ante ningún problema. En cuanto surgía una dificultad, se lanzaba a la calle para dar la cara por la empresa.
Como era patente su enamoramiento, fueron a ver a Cayo, el Presidente, para preguntarle si a pesar de su mutuo amor podían seguir trabajando en la empresa. No les puso pega alguna. Les dijo que no deseaba meterse en su vida personal, que lo único que esperaba es que aquello no redundara en daño para la Compañía, por su propio bien y por el de quienes allí trabajaban.

El Consejero Delegado -un pelín metomentodo- se permitió animarles:

-Si estáis enamorados, adelante.

-Es que mi padre, alegó ella, cuando se entere montará en cólera.

-No te preocupes lo más mínimo. Lo importante es hacer lo que el corazón te pida. Además, has

elegido un gran hombre...

Y así siguió, introduciéndose en un berenjenal, del que Cayo todo ignoraba y que pensaba y piensa que a él en absoluto competía.
Pocos días más tarde, estando él ausente, anunció la secretaria a Cayo una llamada de una persona a quien corría mucha prisa hablar con el Consejero Delegado o con el máximo responsable.

Atendió la llamada. Se trataba de la responsable del centro en el que estudiaba aún la encargada de relaciones públicas:

-Ha estado aquí el padre de Sempronia. Se dirige pistola en mano a ver al Consejero Delegado para "comentarle" lo que piensa sobre los consejos que ha dado a su hija.
Nada más colgar, volvió a sonar el aparato:
-Mientras hablaba, el padre de Sempronia ha telefoneado para decir que viene arma en mano a ver...
-Sí , ya lo sé -respondió Cayo-, al Consejero.... sentimental.
No estaba en ese momento en la sede de la Compañía. Indicó Cayo que le localizaran. Llegó minutos antes que el padre de la empleada. Pidió al Presidente que le acompañara a la "reunión".
Entró primero Cayo. Como un basilisco, gritó el otro:
-¿Es usted el (omito el epíteto) que ha hablado con mi hija?
-No, respondió, pero conozco a de ese (repitió Cayo el calificativo) y deseo estar presente en el encuentro.
Fue una hora inolvidable. Gritos, amagos de pegarse, amenazas de bajar a por el arma (que gracias a Dios había dejado en la guantera del automóvil), acercamientos al teléfono para llamar a la policía... Todo acabó en nada, pues cuando se amenaza mucho es cuando habitualmente menos se hace después...
Meses después casáronse, y se fueron del país. Del padre de la muchacha nunca volvió a saberse. En el fondo, Cayo estaba muy de acuerdo con él... (con el progenitor).


Javier Fernández Aguado

lunes, 7 de noviembre de 2011

EL CLUB DE LOS POETAS MUERTOS



Director: Peter Weir
Intérpretes: Robin Williams, Ethan Hawke, Robert Sean Leonard, Josh Charles.
Año: 1989
Temas: Cambio cultural. Despido. Formación y adiestramiento. Gestión del cambio. Mediocridad. Poder y liderazgo.

Un colegio británico contrata a un nuevo profesor de literatura (Robin Williams). En esa institución, la burocratización ha hecho carne con la estructura. Todo está previsto, nadie quiere innovaciones, que son contempladas como potencialmente peligrosas. Lo que ha servido siempre tiene que seguir sirviendo ahora. ¡Nada de modificaciones! parece ser el lema.
El recién contratado no está de acuerdo con ese sistema. Su percepción de la realidad es más amplia. Sabe que frente a la rigidez de lo establecido, hay que introducir novedad: la flexibilidad de la vida. Así, comienza a entusiasmar a sus alumnos con la posibilidad de contemplar el mundo de forma más creativa, o, al menos, diversa.


Aceptar que las cosas no pueden ser cambiadas es propio de los viejos y Robin Williams no quiere que sus alumnos sean ancianos prematuros.
La existencia tiene un plazo determinado para cada uno. Ese periodo hay que aprovecharlo de la mejor manera. El maestro, para hacérselo percibir con más claridad, toma varias iniciativas:

1.- Ordena romper la introducción de un libro de poesía en que se aborda esa cuestión como si fuera un producto cuasi matemático.

2.- Indica a los muchachos que vayan subiendo a un pupitre para verificar que los ángulos desde los que puede ser contemplado un mismo espacio son diferentes.

3.- Conduce a la clase –en unas escenas que pueden ser calificadas de magistrales- al vestíbulo en el que se acumulan fotografías de antiguos residentes de aquel internado. Muchos de ellos están ya muertos. Robin Williams susurra a su gente:

-Carpe diem!, Carpe diem! ¡Aprovechad el momento! ¡Aprovechad el momento!

Esas medidas y otros comentarios llevan a que algunos se atrevan a tomar decisiones por cuenta propia a pesar de la clara oposición de sus progenitores. Otros descubren una antigua costumbre, denominada precisamente el club de los poetas muertos. Bajo ese título, se reunían en una cueva no muy lejana del College para recitar poemas ajenos, y también propios.
Retomada la costumbre, las emociones se agolpan. Frente a la rigidez impasible del sistema impuesto, han encontrado nuevos modos de enfrentarse con el entorno, o, cuando menos, de observarlo.

Sin apoyar explícitamente las consecuencias de las decisiones, Robin Williams sigue echando leña al fuego. Ahora con unos sugestivos versos de Walt Whitman:

“¡Capitán, mi capitán! Levántate y oye las campanas;
levántate, por ti ondea la bandera, por ti suena la corneta,
por ti hay flores y guirnaldas, por ti están las costas atestadas;
tu nombre aclama la multitud inquieta, volviendo ansiosos rostros”.


Uno de los muchachos considera que su vocación se encuentra en el teatro. Así, y en contra de la explícita voluntad de su padre, interpreta un papel. Su progenitor, sin atenderse a razones, se lo lleva a casa, y le prohíbe volver a intentar aquellos senderos. Además, manifiesta a la dirección del College su desagrado con los modos de entender la formación del nuevo profesor. Aquellas actuaciones acaban en desastre, porque el chico opta por suicidarse, al considerar que es el único camino para escapar de la imposición paterna.

Al final, el profesor es expulsado del Colegio, y las clases recomienzan con un nuevo docente que se adapta perfectamente a la inflexible metodología. En un último esfuerzo, los alumnos despiden a su antiguo profesor desafiando las normas que ahora han vuelto a tener vigencia.
Sorprende que un actor como Robin Williams, bien conocido por sus papeles cómicos, haya sido capaz de enfrentarse a un reto tan difícil como el planteado en este largometraje.
Como buena literatura que ha de ser el cine, no se plantean tanto respuestas como preguntas. En concreto, se cuestiona la conveniencia de mantener métodos de enseñanza (y de gobierno en general) en el que el único punto de referencia sea el pasado, lo que siempre se había hecho. Paralelamente, la novedad -¡la revolución!- apunta también sus riesgos. Si se prometen nuevos paraísos a personas que no saben gestionar adecuadamente sus potenciales, se corre el grave riesgo de hacerles daño. Muchos, por lo demás, pueden considerar que libertad es hacer lo prohibido hasta el momento.

Que hay que modificar el pasado es obvio. Que hay que poseer una aguda inteligencia, e inmensa prudencia para lograr hacerlo adecuadamente, también. Es en esa combinación de respeto a lo vivido precedentemente, y de ansia por descubrir nuevos mundos, donde se abre la genialidad. Hay dos posturas muy fáciles en el gobierno, y profundamente erróneas. Una es la consistente en enrocarse en lo hecho por otros, como si fuese la única alternativa real. Otra, cortar con lo anterior, sin prestarle atención, como si el fuego en el que ardiese inmisericorde la tradición fuese el seno de una nueva civilización sin tantas reglamentaciones.

Cómo combinar correctamente pasado con futuro, para lograr un presente apasionante, es la dificultad a la que cada persona y cada generación han de enfrentarse. Sólo quien asume plenamente lo vivido por otros, e intenta mejorarlo, diseñará actuaciones atrayentes en el presente. Que no sucede siempre así es obvio. Por eso, muchas instituciones se ven obligadas a provocar la revolución, porque no supieron gestionar el cambio, a la velocidad que la realidad lo exigía.

Carpe diem!, en fin, puede y debe ser un buen ‘grito de guerra’, pero no porque se prescinda de lo que hay detrás de la última barrera temporal, sino porque se tenga en cuenta que tras ese límite se obtendrá lo que previamente se sembró.
Una película, en fin, para pensar y hacer pensar, entre otras cuestiones, sobre la importancia de la formación de la juventud, y de la empatía.


Javier Fernández Aguado

martes, 1 de noviembre de 2011

El mes de noviembre



Concluye octubre. Han sido cuatro los países de América que he visitado en este tiempo: EE.UU., Panamá, México y, por último, Ecuador, lugar del que acabo de regresar. Experiencias gratísimas en las que, además de las conferencias, jornadas, seminarios o asesoramiento que me llevaban a esas tierras, he tenido ocasión de seguir aprendiendo. He charlado con directivos y empresarios, con funcionarios y miembros de diversos gobiernos centrales o regionales de esas naciones.

Frente a la obsesión casi paranoica por la crisis en Europa y EE.UU., bastantes países de Hispanoamérica rezuman alegría, optimismo, crecimiento…

El mes de noviembre participaré en diversos Congresos o Convenciones, tanto en Madrid como en otros lugares. De los abiertos, los más significativos son el de Zaragoza del día 15, en el Foro Empresa 2011. Allí hablaré sobre cómo competir en la actualidad. Al día siguiente, en el Banco de España, en Madrid, pronunciaré una conferencia sobre Innovación en Banca, durante una jornada promovida por el Centro de Cooperación Interbancaria-CCI.

Todas las semanas del mes están salpicadas de encuentros con comités de dirección, y también de sesiones de coaching. No faltarán dos jornadas en Pamplona dentro del ámbito de mi Cátedra en esa ciudad. Eso será tanto el día 18 como el 25 de noviembre.

Un mes, en fin, que concluirá con el comienzo de un nuevo viaje que me llevará, Dios mediante, a México y a algún otro país de América. Son cada vez más numerosas las instituciones públicas y las empresas que se interesan por los modelos de gestión que he venido creando, y por mis estudios en el ámbito del Management. Viajar hasta esos países tiene un coste añadido por el número de horas de vuelo, pero siempre merece la pena.

Javier Fernández Aguado

lunes, 24 de octubre de 2011

DE PISTÓLAS Y CONTRATOS BLINDADOS

Hace unos días coincidí con un mando intermedio de una de las Cajas españolas que ha sido preciso recapitalizar con fondos públicos. Como no podía ser de otra manera, durante la conversación –en la que participábamos varias personas- salieron a relucir las millonarias indemnizaciones que los directivos, tras hundir el negocio, habían cobrado antes de retirarse.

Dominada por un incomprensible síndrome de Estocolmo, aquella audaz muchacha defendió a capa y espada los contratos blindados de aquellas personas. Tras diversas intervenciones, me permití señalar lo siguiente:

-Robar protegido por una pistola está mal. Hacerlo concediéndose ilícitas prebendas, por muy legalmente que se pretenda disfrazar el desfalco, es peor.

Si bien es cierto que no existe una regla matemática definitiva para definir cuáles han de ser los sueldos directivos, también lo es que quien hunde una empresa –incluso quien la lleva adelante con ganancias- no puede pretender que no existen límites para su codicia.

Protegerse tras un contrato blindado no es más decente que hacerlo tras un revólver.

Hemos perdido el sentido común y difícilmente será posible tornar al sendero del crecimiento si no se aplican los principios de la justicia. Y esencial entre esos principios es dar a cada uno lo suyo. Si quien hurtó no es obligado a devolver el fruto de sus trapacerías, no será posible reencauzar la dañada situación técnica y ética en la que vivimos.

Volver a las raíces no es un capricho, es el único camino para volver a un crecimiento sostenible de forma sólida. Y me refiero no sólo al económico-financiero, sino también al antropológico.

Javier Fernández Aguado

lunes, 17 de octubre de 2011

EL PAGO DE COMISIONES. El ejemplo de Caronte y Drímaco.



Tal vez uno de los más conocidos personajes de la cultura griega sea Caronte. Quizá sea con él con quien puede comenzar a afirmarse que morirse es caro. Genio de los infiernos, su función es facilitar el tránsito de las almas a través de los pantanos del Aqueronte hasta la orilla opuesta del río de los muertos. Incluso para ese servicio hay que pagar un óbolo.


De horrible figura, con barba hirsuta y gris, cubierta su cabeza con un sombrero redondo, y sus carnes (?) con harapos, guía la barca con seguridad hacia los lugares malditos de los condenados. Ni siquiera acomete el esfuerzo de remar, pues eso corresponde a los propios penados, que comienzan ya así a pagar por sus pecados.


Como un mando intermedio ayuno de formación y ansioso de manifestar su poder sobre sus subordinados, Caronte conduce brutalmente a los condenados. Tal vez por venganza de cómo sus propios jefes le hablan a él (muchos olvidan uno de los principios fundamentales de la Total Quality Management: trata a tus empleados como a ti te agradaría que ellos se comportasen con el mejor de tus clientes). Así, cuando Heracles (el nombre más famoso de toda la mitología griega, del que hablamos en diversas ocasiones en estas páginas) quiso descender a los infiernos, Caronte no le recibió con buena cara. El héroe le golpeó brutalmente con el timón hasta que le acabó transportando, por supuesto, de muy mala gana.


En otra ocasión, desobedeciendo las normas que regían en tan tétrica empresa, se atrevió -sin duda a cambio de alguna comisión- a transportar a un viviente al reino de los muertos. Aquella ligereza le costó un año de encadenamiento: no se andaban sus superiores con chiquitas. Mal hacían, porque cuando en las empresas se condena a quien comete cualquier error, lo que está fomentándose es la actitud pasiva. Si cualquier innovación o propuesta -aunque sea equivocada- es rechazada y el promotor condenado, lo que se tendrá es un funcionario más: es decir, alguien que se limitará a partir de ese momento a hacer estrictamente lo que otro le diga, sin aportar lo más mínimo de su parte.


Aparece en ocasiones como demonio alado, con la cabellera entremezclada de serpientes y un mazo en la mano. Genio de la muerte, tal vez era también el encargado de rematar a los moribundos y arrastrarlos a la pena eterna. Eso sí, los aún vivos bien debían de cuidarse de meter en la boca del difunto una moneda, para que éste abonase su último tránsito de la manera estipulada. Gentes hay dispuestas a arrastrarse por unas migajas, como si en ellas se encontrase la meta que en realidad se proponen: la consecución de la felicidad.


En el infierno -a tal mando intermedio, tal jefe- reinaba Hades. Era un ejecutivo despiadado -reconcomido por su angustia existencial-, dispuesto a hacer insoportable la vida a los demás (porque él mismo era incapaz de auto-soportarse: ¡cuántas veces quien manda más improcedentemente no esconde dentro de sí sino un pobre hombre consumido por su insignificancia. Gentes miserables que no tienen sino un cetro que les supera y con el que en vez de liderar golpean, enturbiando ambientes que deberían ser gratos: la diferencia entre un cielo y un infierno son cosas pequeñas, esfuerzos minúsculos o cesiones improcedentes de personas débiles de carácter, incapaces de controlar sus propias tendencias).


Al lado de Hades reina Perséfone, que no se queda atrás en crueldad. Es frecuente que detrás de un hombre acomplejado haya una mujer autoatormentada. Hija de Deméter, era sobrina del propio Hades, y había sido raptada por éste cuando aquélla recogía flores en Sicilia. Zeus había ordenado a Hades que devolviera la muchacha a su madre, pero éste se negó.


Era Hades conocido como "el Invisible", y no gustaba de ser mencionado. Hacerlo suponía correr el riesgo de excitar su enfado: es bien sabido que aquel que no se autoposee, manifiesta su falta de control con un carácter tornadizo, que no es capaz de moderar. Con esa ira que bulle dentro de su pecho sufre y hace sufrir hasta que los que tiene alrededor se acostumbran a su falta de clase humana y deciden -en la medida de lo posible- alejarse de aquel que sólo produce lástima en su inmoderación. Curiosamente, esos solitarios personajillos se asombran de que los empleados huyan de ellos, que no se presten voluntariamente a rendir pleitesías que serían radicalmente inmerecidas.


Le acompañan en su Consejo de Administración personajes que no deben ser olvidados: Éaco, Minos y Radamantis. Estos tres tenían fama de ser más justos, pero en medio del ambiente que se había creado, difícilmente introducirían una atmósfera más sana en aquella institución.
Los ciudadanos de la isla de Quíos fueron los primeros en comprar esclavos. Eso les granjeó la condena de los dioses. Con o sin su ayuda, muchos siervos escaparon hacia las montañas. Capitaneados por Drímaco, periódicamente regresaban a las tierras de sus antiguos amos.
Como en muchas situaciones, el dinero se reveló una buena solución. Así se pactó: no habría más ataques a cambio de que los jefes de antaño abonaran un tributo a sus liberados y ahora amenazantes siervos. Con todo, no olvidaron poner precio a la cabeza de Drímaco. Éste, dispuesto a que se cobrara aquella comisión y cansado de vivir, pidió a un compañero que tras rebañarle el cuello, entregase el trofeo a cambio del premio. A partir de aquel momento, comenzaron de nuevo las razias.


Con el término comisiones se designan dos realidades que es importante diferenciar para evitar erróneas interpretaciones.


En primer lugar, es habitual en el ámbito comercial, hablar de comisiones -o, en su caso, de royalties- para referirse a esos complementos salariales aprobados por la empresa. En el caso de Caronte, si Zeus lo tenía aceptado, aquellos pagos eran perfectamente legítimos, pues no hacían sino estimular la productividad.


Bien diferente es el concepto de comisión entendido como un dinero que injustamente se solicita


-o cuanto menos se recibe- sin que de ningún modo sea razonable, porque el trabajo efectuado es realizado de acuerdo con unos pagos previamente establecidos. La comisión llevaría -en el caso de que fuese así la de Caronte- a tratar mejor a quienes abonaran esa cantidad, claramente abusiva y fuera de toda lógica ética.


Es a este segundo tipo al que sin duda se refieren los pagos realizados por los habitantes de Quíos. No era moral que se le exigiesen, porque venían a ser -como lo es toda mordida, o coima o sobre (que así se denomina según los países)- una especie de "impuesto revolucionario", a beneficio de quien en ese momento ocupase un puesto preeminente.


En un mundo mercantilizado como el que vivimos -se apunta con más detalle en otro lugar-, es bien conocido que muchas personas aprovechan su posición para procurarse todos los beneficios económicos -éticos o no- que se pongan a su alcance. Si -como sucede en demasiadas ocasiones- no es posible no cotizar, al menos habrá que poner los medios para no promover actitudes que den por sentado la "normalidad" de esa conducta.



Javier Fernández Aguado
Catedrático
Foro Europeo. Escuela de Negocios de Navarra

lunes, 10 de octubre de 2011

EL CÍRCULO DEL PODER


Título: El Círculo del poder
Director: Andrei Konchalovsky
Intérpretes: Tom Hulce, Lolita Davidovich, Bob Hoskins, Bess Meyer.
Música: Eduard Artemyev
Fecha: 1991


La historia de la Unión Soviética es un misterio que poco a poco va desvelándose. Ahí están libros tan interesantes como “El libro negro del Comunismo”, o “I figli dell’Arbat”. En línea con este último, escrito por Ribakov, compañero de juventud de Stalin, se encuentra una obra maestra de la cinematografía: “El Círculo del Poder”. Basado en una historia real, supera a la más prodigiosa de las imaginaciones.


En el Moscú de 1939, poco antes de la entrada en la Segunda Guerra, un operador de cabina, Sansin (Tom Hulce), es invitado (sin posible apelación, obviamente) a convertirse en servidor, en ese mismo puesto, de la sala de proyección de Stalin.

La autodefensa de sus habichuelas le lleva a traicionar a sus antiguos vecinos y amigos. Nadie quiere ser sospechoso de dañar a esa gloriosa Unión Soviética en la que, con mano de hierro, Stalin hace y deshace a voluntad. Pocas veces podrá encontrarse un ejemplo tan acabado de lo que he venido a denominar en algún trabajo la Dirección Por Amenazas. Lo importante es que nadie sepa muy bien a qué atenerse. De ese modo, la arbitrariedad puede ser completa. ¡Cuántas organizaciones manejan este tipo de gobierno, incuso con fines aparentemente loables!



Demasiados directivos son, en realidad, sátrapas vanidosamente convencidos de ser dioses.
La contemplación de los líderes como seres normales, con pasiones groseras -se atiborran de comida y bebida, arrebatan la mujer a los subordinados, son egoístas, ambiciosos hasta lo ridículo-, hacen templar las fuertes convicciones del operador. Pero sus escrúpulos son cubiertos con dinero: se le hace partícipe de las ventajas de la cercanía al poder con un mejor sueldo que la media, y sobre todo con prebendas, fundamentalmente paquetes de comida, de los que el resto de los mortales están privados.


Millones de personas padecieron las manías persecutorias de Stalin. Miles son los empleados que en determinadas organizaciones tienen que soportar hoy en día paranoias de mandos intermedios insuficientemente preparados. Gracias a Dios, no acaban en el Gulag, pero se ven preteridos, mientras parientes y/o amigotes trepan contra toda justicia.

Un sistema de control de los subordinados es la ruptura de la defensa del cariño verdadero. Al igual que en “Killing fields” (el comunismo no cambia, porque lo que ahora algunos llaman comunismo no se sabe bien lo que es..., salvo un remedo de cierta utopía en la que pocos cobran buenos sueldos a base de la ingenuidad de muchos), se ponen los medios para romper los lazos afectivos. Se premia a los hijos que denuncian a sus padres; se adiestra a esos cachorrillos, ávidos de autoafirmación, con el único deseo de que sigan ciegamente a sus jefes. Resultan de una gran fuerza las conversaciones entre Katia (la hija de los vecinos deportados y luego asesinados) y Anastasia, mujer del operador, que desea adoptarla, pero que no podrá hacerlo por miedo “al qué dirán”: para justificar la criminalización de sus padres, han sido calificados de enemigos del pueblo.


El poder de Stalin se refuerza el 21 de diciembre de 1940, cumpleaños del “Amo”. Todo parece perfecto, pues un pacto de no agresión libra a la Unión Soviética de los males que sacuden el continente. Hasta altares se le ponen a aquel que esclaviza con la ayuda de Beria (Bob Hoskins), ejemplo vivo de las bajas pasiones que puede tener el más depravado de los humanos.


La tensión producida por la vida junto a Beria (que se la robó al marido), llevan a Anastasia al suicidio. En ese momento, el operador, aunque aún tardará algún tiempo, comienza a recuperar el sentido común. Su vida ha sido una constante paradoja: acallar los propios sentimientos en defensa de su “statu quo”. Pasados los años, cae en la cuenta de que ha sido engañado, de que su vida ha sido una falsedad permanente, de que ha perdido lo que más quería, precisamente por haber aplicado a su vida aquel triste principio de que el fin justifica los medios.


Katia -¡oh, el patético adiestramiento acrítico de los inocentes!- acabará considerando que todo se lo debe al camarada Stalin, que la defendió de sus padres –enemigos del pueblo-, que la formó, la alimentó... Hasta el paroxismo se llega cuando el Amo fallece el 5 de marzo de 1953. Mil quinientas personas murieron en el intento de ver por última vez al “salvador” de la patria y de cada uno: el “padrecito” Stalin.


Meses después, hasta Beria paga con su vida lo que no fue más que una dictadura antihumana. Años más tarde, llegaría a contarse lo siguiente:


-¿Quién fue Hitler?


-Un pequeño dictadorzuelo contemporáneo de Stalin.


Muchas son las enseñanzas para las organizaciones de esta gran película. Entre otras:


1.- La confianza en un hombre (o en un conjunto de ellos) nunca ha de ser ciega.


2.- Menos predicar y más dar trigo, podría decírseles a muchos directivos.


3.- Mientras unos padecen de hambre, los gobernantes –entonces y ahora- reventaban en sus comilonas.


4.- La difusión del miedo como sistema de control y gobierno, acaba volviéndose contra quienes lo utilizan.


5.- El más aparente de los poderosos acaba en el cementerio, como los demás. No merece la pena traicionar la propia conciencia por nadie. Aunque la coherencia implique graves decisiones, la honradez lo reclama.


6.- El equilibrio afectivo es preciso: cuando se quiere manipular a la gente, se la aísla, para que no tenga nadie con quien contrastar sus ideas, y llegar a la objetividad. El fanatismo es un arma infame.


Javier Fernández Aguado
Catedrático
Foro Europeo. Escuela de Negocios de Navarra

lunes, 3 de octubre de 2011

EL MES DE OCTUBRE


Septiembre concluyó con dos conferencias. Una de ellas inesperada, a la que hice referencia en una nota anterior. Aún gozo con los recuerdos de esas jornadas transcurridas en Colombia. La otra, para una puntera multinacional alemana de formación en idiomas para directivos.

Octubre será, para mí, un mes muy americano. Arranca con un viaje que me llevará de Panamá a México, con conferencias y seminarios en ambos países, además de encuentros con empresarios y directivos de las dos repúblicas. Son ya muchas las veces que he viajado a México, y la segunda que lo haré a Panamá. Uno de los premios añadidos a esos viajes es el encontrarme con antiguos alumnos, ahora amigos, de un MBA-Executive que dirigí, para líderes hispanoamericanos, durante tres años, dentro del ámbito de la otrora Fundación Carolina.

La semana del día 17 estará, recién llegado a España, llena de actividad, con tres seminarios diferentes para altos directivos de empresas públicas y privadas.

Además, el martes 18, en Ifema, impartiré una conferencia, dentro del Manager Business Forum, sobre Los fundamentos conceptuales del coaching, y sus aplicaciones prácticas. Es un foro abierto, y quien desee asistir puede hacerlo inscribiéndose previamente en la web habilitada por Interban Network, empresa organizadora:

http://www.managernetwork.es/publica/Asistencia_Evento.asp?pmId=75&pmNumRand=19018


La semana concluirá –Dios mediante- con unas sesiones en Pamplona sobre Creación de Empresa, dentro de mi Cátedra en la Escuela de Negocios de Navarra.

La semana sucesiva regresaré a América. En este caso, a Ecuador. En Quito impartiré la conferencia inaugural del Congreso Iberoamericano de directores de RR.HH.

Otros compromisos pueblan este mes –Comités de dirección, sesiones de coaching…-, en el que espero entregar a la imprenta el libro La sociedad que no amaba a las mujeres, que he venido trabajando junto a Lourdes Molinero desde hace más de un año.

No puede faltar en este esquemático resumen una gran noticia: la publicación del libro Banca comercial con talento, de Fernando Moroy y Daniel Primo. Estos dos grandísimos profesionales han escrito una obra que me atrevo a calificar de imprescindible para cualquiera que tenga que ver con el mundo de la Banca. Mi más sincera felicitación a estos dos grandes profesionales, porque libros de este tipo son los que hacen falta, para transmitir ideas con claridad sin prescindir de la profundidad.

martes, 27 de septiembre de 2011

COLOMBIA



En 1991 volé por primera vez a América. Desde entonces, he viajado docenas de veces en ese Continente, siempre por motivos laborales. He recorrido muchos países, desde Canadá a Chile, dando conferencias, impartiendo cursos de doctorado para profesores de Escuelas de Negocios y Universidades, asesorando empresas…


En 1992 visité por primera vez Colombia. Estuve en Bogotá y en Cali. No había regresado hasta hace pocos días.


Invitado por el Ministerio de Economía, el pasado viernes, 23 de septiembre, me encontraba en Medellín con más de ochocientos empresarios y altos directivos de la administración pública del país. La reunión tuvo lugar en la Caja de Madera, como conocen en la ciudad de la eterna primavera a su Palacio de Convenciones.


He regresado entusiasmado. ¡Qué potencia en los directivos y empresarios, dispuestos a tirar de su país hacia arriba! ¡Qué políticos, volcados en apoyar a su clase empresarial!


Tuve ocasión de charlar con el Ministro de Economía, quien hizo luego en televisión un detallado y bien elaborado resumen de mis propuestas. También me reuní con Juan Manuel Santos, actual presidente.


Es más que probable que regrese pronto a ese maravilloso país. Con un crecimiento del 6%, piensan en desarrollarse, en crecer, no en la crisis. Rechazan actitudes perezosas y rutinarias. Se plantean mejoras y avances. Dan por hecho que el esfuerzo será imprescindible. Se aprontan a él.


Da gusto verificar que en muchas partes de este mundo nuestros hay políticos y funcionarios que conocen bien su función, y responden a ella. Y empresarios y directivos que entienden cuál se su trabajo y lo realizan acabadamente.


Mucho que aprender tenemos aún en este viejo Continente. Además, en Colombia, como parte de su idiosincrasia, lo enseñan de forma dulce.


Javier Fernández Aguado

lunes, 19 de septiembre de 2011

ALGUNOS POLÍTICOS ¿SON AVIESOS O SENCILLAMENTE MENTECATOS?



Hace pocos días tuve ocasión de leer en un periódico progubernamental unas declaraciones de José María Barreda. No suelo dedicar tiempo ni atención a la política contemporánea. Me aburre soberanamente por su falta de perspectiva y profundidad. En esta ocasión lo hago porque, de ser ciertas las palabras recogidas en ese Medio, difícilmente puede plantearse otra alternativa: o estamos en manos de inicuos o de majaderos.

La pregunta formulada era la siguiente:
- Durante su mandato, Castilla-La Mancha se convirtió en la comunidad con más déficit.

La respuesta (cito literalmente):
- Yo soy un presidente autonómico, no un contable, y no afronto la política con esa mentalidad.

Hay que lograr la sostenibilidad del sistema pero cuando llegué a la Junta, Castilla-La Mancha tenía un déficit histórico más importante. Somos la comunidad con más déficit pero también la que más ha invertido en educación, la que mejor sanidad pública tiene, la mejor comunicada por autovías, la mejor en atención a la dependencia... He dejado una comunidad mucho mejor preparada para el futuro.

¿Alguien con sentido común podría aceptar que el director general de una Compañía afirmase: Yo soy presidente de una empresa, no un contable, y no afronto mi trabajo con esa mentalidad?
¿Alguien con dedo y medio de frente podría aceptar que un padre de familia dijese: Yo soy padre de familia, no un contable, y no afronto mi responsabilidad con esa mentalidad?
¿Cómo es posible que alguien deje en la ruina una organización y sacar pecho para afirmar que ha hecho lo correcto?

No hay que ser contable, sino poseer una mediana inteligencia (no excesiva) para saber que gastar lo que no se debe es un grave error. A veces, puede ser un delito, y cuando menos es una manifestación de insania.

Y se permite continuar el conspicuo personaje con las siguientes reflexiones: En 2008, cuando cayó abruptamente el sector inmobiliario, ese nivel de ingresos bajó y nos vimos afectados de la noche a la mañana, pero no renunciamos a mantener los proyectos emprendidos.

Lo que para un directivo sería indicio delito –emprender a sabiendas inversiones que con certeza no puede pagar-, algunos político lo asumen como lo más normal del mundo.

Sólo en un punto estoy de acuerdo con las nefandas declaraciones a las que me estoy remitiendo. En el punto en el que el político afirma: Me gustaría que se pusiera la lupa de la misma forma en Murcia o Valencia.

Javier Fernández Aguado

lunes, 12 de septiembre de 2011

LA AUDACIA PARA ASUMIR RIESGOS CONTROLADOS. El ejemplo de Ícaro



Era Ícaro hijo de Dédalo y de Náucrate, esclava de Minos (rey de Creta). Dédalo enseñó a Ariadna cómo podría Teseo hallar la salida de el Laberinto. Había sucedido que la hija de los reyes se había enamorado locamente de Teseo, llegado a la isla para luchar con el Minotauro. Era éste un monstruo con cabeza de hombre y cuerpo de toro. Su nombre real era Asterio, y era fruto de ciertos amores bestiales entre Pasífae y un toro enviado por Poseidón.



Avergonzado Minos por lo desvergonzado de aquella acción y el fruto de aquélla, que se la recordaba, había encargado a Dédalo un inmenso palacio, denominado, como hemos dicho, el Laberinto. En medio de aquellas complicadísimas estancias, sólo Dédalo estaba capacitado para orientarse. Cada tres años se le daba de comer al Minotauro. En concreto, siete jóvenes y siete doncellas, tributo que pagaba la ciudad de Atenas.


Teseo se había presentado voluntario a aquel holocausto, pero con la ayuda de Ariadna -gracias a su vez a la de Dédalo- había conseguido no sólo matar al fruto de aquellos amores bestiales sino también encontrar la salida del inmenso y embrollado local. Todo el truco había consistido en devanar un hilo para volver a la puerta de entrada... (a veces lo aparentemente más complicado se resuelve con métodos sorprendentemente sencillos).


La huida de Ariadna con Teseo se interrumpió en la isla de Naxos, pues allí el joven (amores de estudiantes flores de un día son) la abandonó. Al despertarse por la mañana y verse engañada no le duró mucho la preocupación a la muchacha, porque llegó Dionisio y su alegre cortejo. No se sabe con qué grado de claridad, se enamoró el rey de la juerga de aquella muchacha y se la llevó al Olimpo en su carro tirado por panteras.


Con todos estos sucesos no había quedado muy contento Minos, quien condenó a Dédalo y a su hijo Ícaro a permanecer encerrados precisamente en el Laberinto.


No era Dédalo hombre para quedar mano sobre mano. Puso en marcha su imaginación y como persona industriosa que era encontró la solución: si no se podía salir andando, habría que escapar volando. Y ésta es una lección importante en la vida empresarial: donde una puerta se cierra, otra se abre. Es improcedente limitarse al lamento. Cuando algo se estropea, habrá que poner los medios para solucionarlo. Con quejas nada se consigue. Trabajando, por el contrario, casi todo acaba por estar al alcance de la mano. Parafraseando a Gregorio Marañón, puede decirse: “no sé que pasa, pero cuanto más trabajo, más suerte tengo”.


Construyó Dédalo unas alas para sí mismo, y otras para el crío. Parte de las uniones estaban selladas con cera, y el padre aconsejó al hijo que tomase medidas de prudencia. Riesgo, sí, porque era imprescindible para salir de aquella situación (habitualmente habrá que contar con financiación ajena para comenzar o continuar negocios), pero no tales apuestas que se corriese el riesgo de precipitarse hacia la nada (y es que -aunque parezca una obviedad no lo es- se encuentra a veces en el mundo de los negocios a gentes que han olvidado que los créditos -o los préstamos- ¡hay que devolverlos! De hecho, a ese olvido juegan esos buitres carroñeros que conceden fáciles hipotecas a corto plazo, recibiendo los intereses por adelantado, sabiendo que en muchas ocasiones cobrarán en forma de inmuebles su aportación, pues muchos hay que calculan lamentablemente mal sus posibilidades de generar tesorería).


Ícaro no quiso hacer caso a las sensatas recomendaciones de su padre, y en vez de seguirle, para aprender, para hacer experiencia, para ir asentando los principios fundamentales, prefirió organizarse por su cuenta, prescindir del asesoramiento ajeno, pensar que los demás -en este caso su progenitor- era un timorato que desconocía las posibilidades de aquel negocio...


Orgulloso, pagado de sí mismo, cerrado a visiones sensatas de quienes le ayudaban, comenzó a elevarse hacia el sol. En su inconsciente contento, no sintió cómo todo el armatoste iba quebrándose. Cuando quiso poner solución a sus desvaríos era ya demasiado tarde, y se precipitó hacia el mar, cerca de la isla de Samos (a partir de entonces se denominó a aquél el mar de Icaria).


No todas las experiencias son tan épicas. De hecho, este mismo mito es recogido de otra manera por otros autores. Dícese que en la huida de la isla de Creta -que en esto sí coinciden-, padre e hijo tomaron diferentes embarcaciones: Dédalo -siempre la autorizada voz de la experiencia- había inventado el uso de la vela. El mozo, que en vez de aprender había preferido holgar, se encontró al poco superado por vientos y corrientes, y acabó volcando. Allí falleció ahogado.


Encontrado su cuerpo, Dédalo lo enterró en un cabo del mar Egeo. Erigió en aquel lugar dos columnas: una en honor de su hijo; la otra, con su nombre, en las islas del Ambar. Más tarde, y para seguir recordando la memoria de su hijo, muerto por exceso de audacia e insuficiencia de prudencia, representó en las puertas del tempo de Cumas (dedicado a Apolo) el lamentable fin de un emprendedor que quiso ir por libre, sin fiarse de opiniones más maduras.


No acabaron así las aventuras de Dédalo, pues Minos -prescindiendo del dolor que le hubiera causado a su antiguo empleado la muerte del hijo- seguía dispuesto a la venganza. Llegado a Cumas, tuvo que seguir huyendo, yendo a ocultarse a Camico (Sicilia), protegido por el rey Cócalo.


Era también Minos hombre de recursos, y sospechando de la presencia de Dédalo en aquella tierra, puso medios para descubrirle. Se le ocurrió lo siguiente: pasearse con una concha de caracol y un hilo, ofreciendo importante recompensa a quien fuese capaz de hacer pasar el hilo por las espirales del caparazón.


Nadie lograba solucionar aquella dificultad. Y Cócalo cayó de pleno en la trampa. Planteó la dificultad a su huesped, que le sugirió que atase la cuerdecilla a una hormiga. De ese modo hizo pasar el fino cordel por aquel difícil laberinto. No tardó Minos en sacar a Cócalo la información que deseaba, pues bien sabía que sólo Dédalo con su ingenio y experiencia habría resuelto aquella cuestión.


A pesar de haber confesado, no quiso Cócalo entregar a Dédalo, y contravenir así las sagradas leyes de la hospitalidad. Así pues, encargó a sus hijas que escaldasen a Minos en la bañera, sustituyendo el agua por pez hirviendo. Quizá, incluso, a instancias del mismo Dédalo, que había puesto en marcha un nuevo sistema de tuberías.


Tal vez es la experiencia más lenta que esos impulsos ansiosos de los bisoños, pero es casi siempre más eficaz. Para llegar a algún sitio hay que saber dónde se va, con qué medios de cuenta, qué apoyos será posible convocar... Avanzar a tontas y a locas, despreciar lo que otros han vivido son los primeros pasos hacia un rotundo fracaso.



Javier Fernández Aguado
Catedrático
Foro Europeo. Escuela de Negocios de Navarra

lunes, 5 de septiembre de 2011

CIELO DE OCTUBRE



Título: Cielo de octubre
Director: Joe Johnston
Intérpretes: Jake Gyllenhaal, Chris Cooper, William Lee Sott, Chris Owen, Chad Lindberg, Natalie Canerday, Laura Dem.
Música: Mark Isham
Fecha: 1999

La vida es dura en un pequeño pueblo de América donde las perspectivas son, cuando más, heredar la profesión del padre: con toda probabilidad, la de minero. Nos encontramos en la década de los cincuenta. Un suceso conmueve a esa comunidad: los rusos han puesto en órbita el satélite Sputnik.

Para la mayor parte, no es sino un momento de entretenimiento o incluso de desarrollo de temores frente a los enemigos de la postguerra. Para Homer Hickman (Jake Gyllenhaal), hay mucho más. Con una mezcla de motivos patrióticos -¡América no puede quedarse atrás!-, profesionales -¡qué horror pasarse la vida picando piedra en las entrañas de una montaña!-, de amistad -¡otros pueden cambiar también su existencia!-, etc., se lanza a la aventura de desarrollar científicamente el lanzamiento de cohetes.

Como a cualquiera que procura salirse de la norma, de lo –hasta cierto punto- mediocre, todo se le tornan problemas. Los más graves surgen en su propio hogar. John Hickman (Chris Cooper), su padre, es jefe de capataces en la explotación. Su vida se encuentra centrada en su trabajo y en sus hombres. Cualquier perspectiva que no sea ésa le parece una lamentable pérdida de tiempo. Es una enfermedad grave la de quienes no pueden percibir más que su propio y endogámico mundico.

Los diálogos entre el progenitor y su hijo son duros, descarnados, y muestran a la perfección el choque generacional. Para quien no está dispuesto a admitir la sorpresa, lo novedoso, todo lo que hace aquel vástago, sólo tiene una definición: inutilidad. Sólo quien admite que no está enrocado en la verdad puede progresar. Los excesivamente seguros de sus principios se limitan a menospreciar a los demás.

Como en cualquier iniciativa, empresarial o no, los comienzos nunca son fáciles. Los experimentos iniciales son un fracaso seguido de un fiasco. Llega incluso el caso de que los emprendedores son acusados de incendio de un bosque cercano. Eso les supone el ostracismo de muchos de sus compañeros. Algo después se demostrará que era infundada la acusación, pero sigue flotando en el ambiente la desconfianza ante aquellos inventores “de pacotilla”. Pocos creen en ellos, y son menos aún los dispuestos a ayudarles.

Los tres amigos-socios de Homer Hickman son seguidores natos. Sin líder no habrían pasado de mineros. De hecho, en varias ocasiones son tentados por el deseo de abandonar aquella iniciativa. Dirigidos por Homer, se convierten también ellos en héroes. Destaca especialmente la figura del empollón, que no era tan raro como los demás pensaban, sino que sencillamente vivía demasiado centrado en su genialidad, sin hacer partícipes a los demás. Tanto éste como otro de los implicados, con un padre borracho y desaprensivo, y el tercero, más gris, son personajes con vida, no de plástico. Aportan visiones sobre la realidad diversas y complementarias.

Muchas son las enseñanzas de esta película para el mundo de la empresa. Entre otras:

1.- Nada resulta sencillo. Quien considere que algo es fácil probablemente nunca lo ha intentado.

2.- Pueden empezarse proyectos de forma aislada, pero contar con socios es en bastantes ocasiones conveniente.

3.- Nunca nadie nos está esperando. Para la gente normal –sin grandes apellidos o herencias-, la vida se desarrolla en función del trabajo que se desempeña. A raíz de éste, a veces –no siempre-, surgirá la suerte.

4.- Si uno se cansa a la primera, o a la segunda, o a la tercera, los proyectos no salen. Es esencial insistir una y otra vez, hasta lograr los objetivos. Por decirlo con una expresión: “perseverar para alcanzar”.

5.- En la vida es importante contar con un coach que, aunque no sepa mucho de lo que cada uno

lleva entre manos, tenga la sabiduría suficiente para proporcionar esas orientaciones que tantas veces salvan la vida. En este caso ese papel corresponde a una profesora, la Señorita Riley (Laura Dern).

6.- Frecuentemente, las madres tienen más agudeza que los padres. En este caso es Elsie Hickman (Natalie Canerday) quien saca las castañas del fuego en uno de los momentos más arduos del proyecto.

7.- Quienes abandonan en los momentos malos, tornan corriendo cuando husmean vacas gordas. Los últimos lanzamientos de los coheteros ya no es un tema de minorías, sino algo que pertenece a todo el pueblo. Antes sólo comentaban con escepticismo; a la hora de la gloria nadie quiere ser acusado de haber puesto en solfa la valía de sus conciudadanos-inventores

8.- Los proyectos raramente son lineales. A veces se gana y a veces se pierde. No vale desanimarse, hay que seguir adelante.

9.- En ocasiones es preciso aparcar el propio proyecto, porque hay que sacar adelante a la familia. En este caso, cuando John Hickman se encuentra convaleciente por un accidente en la mina, es su hijo inventor quien lo hace. El liberalismo es un sistema feroz. El capataz, que ha sido herido en el desarrollo de su trabajo, corre el riesgo de perder casa y enseres (son de la Compañía), si alguien no toma el relevo. Es su hijo Homer quien lo hará, mientras el hermano continúa con sus estudios.

La historia narrada podría parecer una nueva versión de la Cenicienta, pero no lo es. Responde a hechos acaecidos, y recientemente narrados por el ingeniero-líder que –como la película recoge- trabaja en la actualidad para la NASA. El sueño americano es plasmado en la pantalla con un sabor real, nada ñoño. Se combina nostalgia y deseos de triunfo, pero en ningún momento se cae en la complacencia de ciertas películas de Hollywood.


Javier Fernández Aguado
Catedrático
Foro Europeo. Escuela de Negocios de Navarra

jueves, 1 de septiembre de 2011

El mes de septiembre



Recién llegado de Querétaro (México), donde he impartido un seminario para altos directivos de una de las mayores multinacionales de Hispanoamérica (150.000 empleados), comienza un retador mes de septiembre.

Espigo algunos de los compromisos adquiridos: mi actividad docente me llevará a Pamplona, para atender actividades de mi Cátedra en la Escuela de Negocios de Navarra, entre las que se incluyen un seminario para profesores de Foro Europeo.

El día 19, en las cercanías de Madrid, daré una conferencia para la Alta Dirección y directores de Centros de la más prestigiosa cadena de residencias de mayores de España. Será el kick off de su convención anual.

El 21, también en las cercanías de Madrid, me encontraré con una treintena de altos directivos de una de las principales entidades financieras del mundo. El tema será ‘Liderazgo enfocado a personas’.

El 22 por la mañana, en formato de desayuno de trabajo, pronunciaré una conferencia de carácter abierto –bajo invitación- para directores de RR.HH. y posiciones afines. El tema: ‘Liderazgo para la postcrisis’. Si alguien está interesado, puede dirigirse a LID Conferenciantes -pedro.romeral@lideditorial.com- para verificar si quedan plazas disponibles, pues el aforo será, como digo, abierto, pero limitado. El acto tendrá lugar en la zona de AZCA, en Madrid.

El 23 estaré, Dios mediante, en Zamora, con directivos del Ministerio de Economía y Hacienda, para unas sesiones sobre el valor de lo público, que imparto desde hace años dentro de mi colaboración con el Instituto de Estudios Fiscales.

A lo largo del mes se celebrarán también la media docena de sesiones de los procesos de coaching que en la actualidad dirijo.

Omito otras conferencias, sesiones y actividades para no aburrir.


Un saludo.


Javier Fernández Aguado.

lunes, 29 de agosto de 2011

JMJ





Los días de agosto en que Madrid se convirtió en una fiesta juvenil no han sido vanos fuegos de artificio. Que más de un millón de chavales de todo el mundo se reúnan en torno a un intelectual de más de ochenta años, para que les reclamen esfuerzos y magnanimidad no entra dentro de la lógica racionalista.


El mensaje de Benedito XVI no ha sido complaciente, sino profundamente exigente. Y es que la inmensa mayoría de las personas se niegan a que su epitafio sea: ‘pudo haber sido’.


Todos precisamos que se nos rete. Y eso es lo que ha hecho el Papa: desafiar tanto a jóvenes como a mayores, para que seamos más conscientes de la necesidad de incrementar el balance de la generosidad.


Esos cientos de miles de peregrinos estaban indignados con la mediocridad. Vistos por la televisión parecían rebeldes dispuestos a transformarse a sí mismos, para de ese modo transformar la sociedad. Esa es la sana indocilidad eficaz y fructífera.



Revolucionarios son, demasiadas veces, quienes aspiran a cambiarlo todo menos a sí mismos. A mal fin conduce ese sendero.


Me apunto al grupo de los rebeldes.



Javier Fernández Aguado

lunes, 22 de agosto de 2011

Sociedades Abiertas

Las organizaciones son tremendamente semejantes, independientemente de la época, o del servicio o producto que comercialicen. Incluyo en esta reflexión no sólo a las organizaciones mercantiles o financieras, sino también a los partidos políticos, las ideologías u otras estructuras que ofrecen, por ejemplo, ‘servicios de salvación’. Salvo excepciones, entre las distinciones que pueden realizarse se encuentra la que diferencia entre sociedades abiertas y cerradas.

Las abiertas son las menos, porque la tendencia del ser humano se dirige a promover las cerradas. Un sistema cerrado–y sigo entre otros autores a Koestler- propone un método universal de pensamiento que aspira a explicar todos los fenómenos y ofrecer un remedio para todo lo que sucede. Es un régimen que no admite que los hechos modifiquen la teoría y por contra desarrolla las defensas precisas para contrarrestar cualquier impacto contrario. Además, es un paradigma en el que, en cuanto uno pone los pies dentro de su círculo de influencia, le priva de toda base en la que fundamentar su discernimiento.

El sistema cerrado excluye la posibilidad de cualquier argumentación objetiva, empleando dos procedimientos: a) se cancela todo valor probatorio a los hechos no coincidentes; b) se neutralizan las objeciones, desplazando el debate al motivo psicológico que provoca la objeción.
Un sistema cerrado se transforma en una especie deinvernadero emocional. La falta de objetividad de los debates es compensada por el fervor de la creencia en la perfección del propio modelo. El discípulo recibe un adoctrinamiento total en específicas metodologías de razonamiento.

Por todo esto, resulta relevante respirar ‘aire puro’. Aceptar ciegamente la bondad de una organización es un gran error.

El reto ha de ser siempre apostar por diálogos libres de dominio que permitan tomar decisiones autónomas, no mediatizadas por instituciones que –para cumplir sus objetivos- aspiran a paralizar la capacidad de reflexión del ser humano.


Javier Fernández Aguado

lunes, 15 de agosto de 2011

EL INTUITIVO EN LA EMPRESA. El ejemplo de Calcante, Casandra, Frasio, Faetonte, Hipócrates y Hestia.





Se produce en el mundo mercantil una difícil combinación entre arte y ciencia.


Crear y mantener empresas es ciencia por cuanto existen ciertas normas -en la vida en general y en la empresarial en particular- que de no ser aceptadas conducen indefectiblemente al desastre.


Alguna excepción se da, pero esas coordenadas existenciales tienen vigencia universal. A modo de ejemplo: nuera y suegra en la misma casa, bronca asegurada.


Pues bien, para la cuestión que nos ocupa, el plan de viabilidad no es un opcional que uno pueda o no desear. Se trata, en un altísimo porcentaje de casos, de un fundamental instrumento. No emplearlo, soslayarlo, no prestarle la debida atención tiende a conducir a corto plazo al fracaso del proyecto en el que se trabaje.

Junto a ese aspecto de ciencia, el mundo de la empresa es también arte, ya que no se conocen con certeza los frutos de la brega. A igual ilusión e idéntico esfuerzo, surgirán resultados diametralmente opuestos. La "verdad" de las empresas -al igual que la de las personas- se descubre en su hacerse: un laborar que no ha de ser arbitrario, pero en el que aparecerán situaciones imprevistas en períodos limitados de tiempo.

El intuitivo -el visionario- es un personaje peligroso para la empresa, pues aunque acierte durante algún tiempo, su carencia de rigor está abocada al fracaso, muchas veces antes de lo que él mismo se espera (mejor dicho, de lo que otros calculan, porque quien se considera profeta se juzga como infalible).
Dos realidades olvida habitualmente el intuitivo: la necesidad de contar con la experiencia, y la urgencia por incrementar en su propia vida el hábito operativo de la prudencia (puede verse a este respecto mi trabajo La prudencia como ventaja competitiva en las decisiones empresariales, en las Actas del Congreso del X Congreso de AECA).

Era Calcante (hijo del dios Téstor) un adivino de Micenas. Se consideraba dotado por Apolo del don de la profecía. No faltaron a lo largo de la guerra contra Troya intervenciones de nuestro personaje. Por ejemplo, cuando anunció que esa ciudad no sería tomada sin la participación de un muchacho. De ahí que Testis incluyera a su hijo entre las hijas del rey de Esciro. Más adelante, interpretó el presagio de que la ciudad sería conquistada en una década. Tras el fallecimiento de Paris, impulsó a los griegos para que capturasen a Héleno, pues era el único que podría ofrecer los datos oportunos para la ansiada conquista. Fue él, en fin, quien sugirió que, en vista de la inutilidad de los esfuerzos militares, debería de construirse el famoso caballo de madera con el que introducirse definitivamente en la ciudad. Y, pasando de las palabras a los hechos, él también se incluyó en aquel artilugio que permitió el triunfo.

Los intuitivos tienen puntos flacos: uno de ellos, tropezar con otro intuitivo. Como no se discute de datos sino de opiniones, las disputas serán eternas. Así le sucedio a Calcante. De retirada ya de la vencida guerra, se embarcó con Leonteo, Podalirio y Polipetes. También se sumó a la expedición Anfíloco (hijo de Anfiarao), de profesión adivino. La nave en que viajaban acabó por motivos no claros en Colofón, donde el "intuitivo" de turno era Mopso. Empezó el "choque de espadas" entre los dos vanidosos adivinos:

-¿Cuántos higos tiene esa higuera?, interrogó Calcante, en vez de detenerse a contarlas, como haría alguien que quiere controlar los stocks, y no se contenta con impresiones.

-Diez mil y un celemín y un higo de más, respondió rápidamente Mopso, que acertó, como se verificó una vez auditada oportunamente la cuestión.
Pasó entonces éste al ataque.

-¿Cuántas crías lleva dentro esa cochina y dentro de cuánto tiempo parirá?

Ignorando que como explicaría luego Aristóteles sobre el futuro, en sentido estricto, no hay verdad ni mentira. Clacante se pronunció muy seguro:

-Ocho.

Llegó una abrupta rectificación de Mopso:

-Nueve, todos machos. Parirá a la hora sexta de mañana.

Difícilmente conviven dos gallos en un gallinero, y Calcante murió de disgusto (según otros, se suicidó). Fue enterrado en Nocio, junto a Colofón.

Hija de Príamo y Hécuba tenemos otra intuitiva destacada: Casandra.


Dieron sus padres una fiesta en el templo de Apolo Timbreo (junto a las puertas de Troya) con ocasión de nacimiento. Algo de más debieron de libar los progenitores, porque al retirarse de la fiesta dejaron olvidadas a las criaturas. A la mañana siguiente, recuperados de la resaca, al ir por los hijos, vieron que dos serpientes les pasaban la lengua por los órganos de los sentidos, como para purificarlos. Ante los gritos paternos, los animales huyeron. Aquel paseo de las ofidios fue el origen de su capacidad de anticipar el futuro.

Muchas son las profecías adjudicadas a Casandra, casi todas referidas a la guerra de Troya. Cuando llega Paris, por ejemplo, anuncia que traerá la desgracia a la ciudad. También dio a conocer con antelación el regreso de Paris con la raptada Helena, y que aquello traería el fin de Troya, pero no fue escuchada. Y eso a pesar de que en ocasiones, a base de anunciar posibilidades, el intuitivo acierta. Muchas menos veces, desde luego, de las que definiría correctamente si utilizara adecuadamente el rigor.

También comunicó la vuelta de Príamo con los restos de Héctor, y se opuso a la entrada del caballo de madera que los griegos habían simulado olvidar. Pero Apolo envió serpientes (Porce y Caribea) que devoraron a Laocoonte (quien la había apoyado en aquellas advertencias) y sus hijos, y los troyanos se desentendieron de las advertencias.

Tras el desastre de la ciudad, fue entregada a Agamenón, a quien dio gemelos: Teledamo y Péolope. (¡Había sido virgen hasta ese momento a pesar de los numerosos pretendientes que la habían cortejado!). Nada bien sentó aquello a la mujer de Agamenón, que les esperaba en Micenas. Tan así, que mató a los dos. A la intuitiva, le suele faltar tacto para descubrir ciertos aspectos del negocio, cuya desatención conduce al desastre.

Frasio, por su parte, procedente de Chipre, se traladó a Egipto, durante tiempos de prolongada carestía. Predijo a Busiris, el rey, que aquella plaga quedaría resuelta si sacrificaba a algún extranjero anualmente:

-Tú serás el primero, respondió el Monarca.

Y así fue.

Muchos otros ejemplos tenemos. Faetonte, por ser hijo del Sol, pensó que, a diferencia de los otros, no necesitaba él más formación. Le bastaba con su experiencia y su intuición. Pidió a su padre que le dejase conducir un carro. Se negó el progenitor, pero, tras persistente insistencia, cedió, eso sí con mil recomendaciones. A éstas, a decir verdad, ni poca ni mucha atención prestó el muchacho, confiado en una pericia de la que en realidad carecía.

Se encaminó por el sendero que dirige hacia la bóveda celeste. Pero una vez en marcha, se aterrorizó porque nunca había ido nunca ni tan lejos ni solo. Abandonando las sugerencias de su padre y también la trocha que seguía, se precipitó sobre la tierra, y a punto estuvo de incendiarla. Sin preocuparse por informarse mejor, volvió otra vez a ponerse en marcha. Tan alto subió que los astros se molestaron y acudieron a Zeus. Cansado éste de tanto juego, lo precipitó al río Erídano, donde falleció. Sus hermanas se encargaron de las pompas fúnebres de quien había estado a punto de crear conflictos por no poner los medios que tenía a su alcance para conducir correctamente sus proyectos.

Frente a los poco rigurosos, se encuentran quienes poseen pondus, que no realizan afirmaciones sin haber sopesado cuidadosamente cada aspecto de la sentencia. Éste es el caso de Hipócrates.


Sus obras sobre el cuerpo y la naturaleza, sobre el hombre y la enfermedad, siguen siendo en muchos aspectos punto de referencia. Tal vez, y sobre todo, el denominado juramento hipocrático. Lo más importante del mismo es la solidez con la que se basa en una antropología realista y vivible, no fruto de actitudes visionarias sino de análisis científicos apurados.

Sorprende en este sentido cómo en aquella época se unió ética y técnica sin falsas rupturas como las que luego se han vivido periódicamente a lo largo de los siglos, llegando hasta el momento actual. El objetivo final -por recordar el ejemplo por él utilizado- es curar no matar. Por eso, prácticas como la eutanasia o el aborto, aunque en un primer vistazo parezcan recomendables para situaciones límites, son rechazadas de plano por el médico griego como horrendas, especialmente para quienes se han preparado para ayudar a otros en su salud.

Es bueno desconfiar -valga esta irónica consideración final- de quien escribe prometiendo hacer rico a los lectores. Si él suspira por eso, y supiese cómo llegar, ya lo sería y no redactaría libros. En el mundo de la empresa, hay negocios peores y mejores, pero lo que no existen ya -salvo una excepción entre un millón- son mirlos blancos. Y menos frecuenta aún resulta que esos mirlos blancos se anuncien a los cuatro vientos. En la raíz de muchos fracasos empresariales -y personales- se encuentra el enfrentamiento entre el sentido común y el obrar.

Ese "sentido común" también lo representó la mitología griega. Hestia es la primera hija de Crono y Rea, y hermana de Zeus y Hera. Pese a haber recibido insinuaciones de Apolo y Posidón, fue bendecida con el don de la virginidad por Zeus.

Mientras los demás dioses recorren el mundo, Hestia permanece impasible en el Olimpo. Del mismo modo que el hogar doméstico es el punto de referencia de la morada; Hestia es el centro del sentido común -y de la espiritualidad- en la mansión divina.

Su dedicación a la contemplación facilita que proporcione oportunos consejos cuando son necesarios. Frente a la agitación de quienes corren sin saber a dónde van, Hestia está en condiciones de aportar soluciones, para dar el toque inteligente y certero que evite carreras hacia ningún sitio.

Cuando falta ese sentido común para observar la realidad empresarial y personal con un poco de amplitud, se crea una charca inmunda donde el cadáver de la Hidra de Lerna (nacida de Tifón y Equidna) impide sobrevivir a cualquier persona honesta. Puesta la mira en la obtención inmediata de resultados económicos, el intuitivo no ve más allá del polvo de sus zapatos. Todos los peces que se saquen de esa laguna (de ese ambiente empresarial) están muertos. Mala ponzoña que no tiene fácilmente remedio, la de quienes son incapaces de contemplar la realidad de manera global, sin encerrarse en pequeños y egoístas caparazones.


Javier Fernández Aguado