lunes, 28 de febrero de 2011

Aprender del Pasado: 5 ejemplos sobre la crisis




Escribió Polibio en torno al año 140 a.D.C.: “los acontecimientos pasados nos hacen prestar especial atención al futuro, si realmente indagamos a fondo cada caso del pasado” (XII, 25e, 6). Únicamente la desatención al consejo del primero de los autores que se propuso escribir una historia universal, explica el que con excesiva frecuencia repitamos errores sin necesidad.
Quería mostrar, siquiera a vuelapluma, cómo nuestros antepasados detectaron yerros que nosotros nos empeñamos en reiterar. Lo haré con frases literales, tres procedentes del Imperio Romano.


Si bien los sabios aprenden de la experiencia, los más sabios procuran hacerlo de la experiencia de los demás…


Comencemos en el siglo I a.d.C. Proclamó Cicerón, en el año 55, con frase que ha sido repetida en múltiples ocasiones desde el comienzo de la actual crisis: "El presupuesto debe equilibrarse, el Tesoro debe ser reaprovisionado, la deuda pública debe ser disminuida, la arrogancia de los funcionarios públicos debe ser moderada y controlada, y la ayuda a otros países debe eliminarse para que Roma no vaya a la bancarrota. La gente debe aprender nuevamente a trabajar, en lugar de vivir a costa del Estado."


Sigamos por el siglo II de nuestra era: Antonino Pío decidió racionalizar la función pública. Tras el oportuno análisis (aún pendiente de hacer en España y muy particularmente en las Comunidades Autónomas), Antonino redujo el número de funcionarios. Se lee en la historia Augusta: "suprimió los salarios de muchos que veía que los percibían a pesar de mantenerse ociosos, alegando que no había cosa más vergonzosa, o incluso más cruel, que el que arruinaran a la república aquellos individuos que no aportaban nada a ella con su trabajo". La administración pública no es simplemente algo conveniente, es una necesidad imperiosa en cualquier Estado. Lo que no es explicable es que los servidores públicos –auténtica columna vertebral- se multipliquen sin ton ni son. ¿Cuánto tardarán nuestros gobernantes en inspirarse en las sabias decisiones de ese emperador que transitó entre el siglo I y el II?


No mucho después (siglo III), Dión Casio ponía en boca de Mecenas la siguiente afirmación (referida al siglo I): “las ciudades no deberían consentir la construcción de demasiadas obras públicas a gran escala, ni despilfarrar sus recursos en un gran número o variedad de juegos públicos para no agotarse en proyectos inútiles, o alimentar rivalidades irracionales que las conduzcan a disputas entre ellas mismas. Deberían, por supuesto, organizar sus fiestas y espectáculos (…), pero no hasta el punto de que el erario público o el patrimonio de los ciudadanos particulares queden exhaustos, o que ningún residente extranjero tenga que contribuir a semejante gasto”. Bastantes regidores municipales deberían asumir como lema estas consideraciones…


Saltando los siglos tropezamos con el siguiente párrafo: “La gravedad de la crisis económica actual, la miseria pública creciente cada día, la paralización de los negocios, el retraimiento cada vez mayor de los capitales, todos los síntomas, en fin, de la terrible enfermedad económica que sufre el país, han llegado a producir el desaliento más completo en el público, y muy especialmente en el comercio. Todo el mundo se pregunta con ansiedad: ¿cuándo terminará esta horrible situación?”. Para muchos, podría ser algo escrito en los últimos días en casi cualquier periódico, tanto económico como de información general. Pues bien, es un texto aparecido en La Semana Mercantil, ¡el 17 de julio de 1893!, en México D.F.


Una última cuestión: ¿cómo se explica que gente sensata e incluso preparada en algunos ámbitos de actividad pueda resultar tan miope cuando hablamos de cuestiones que aparentemente deberían pertenecer al sentido común? Dicho de otro modo, ¿cómo es posible que determinadas ideologías cieguen ante evidencias económicas, sociales o políticas casi empíricas?


La respuesta la aporta en esta ocasión el denominado con acierto el Mefístofeles moderno, Jospeh Goebbels. Escribió este siniestro propagandista (como le gustaba ser llamado): “evidentemente, es cuestión de gustos el admirar una propaganda que, al encerrar herméticamente a campesinos y obreros lejos del mundo exterior, y al repetirles de continuo grase vacuas acerca de su salvación y de la felicidad universal, etc., ha logrado engañarlos, haciéndoles creer que este estado de cosas constituía el paraíso en la tierra. No es posible emitir un juicio personal sino por medio de comparaciones. Aquí, se carece totalmente de medios de comparación. El campesino –o el obrero- se parece a un hombre preso en un sótano oscuro. Tras varios años de cautiverio, es fácil convencerle de que una lámpara de petróleo, o de aceite, encendida, es la luz del sol… Una inteligencia nacional susceptible de luchar contra ese sistema, ya no existe. Toda la nación se halla penetrada por una red de informaciones que abusan de la confianza de los niños contra sus propios padres”. Este texto fue redactado el 19 de julio de 1942. Difícilmente podría darse mejor definición de lo que Goebbels pretendía con su trabajo. Sin embargo, él lo escribió para explicar lo que “por alma rusa cabe entender”.


Deberíamos tratar, al menos, de ser originales en los errores. Repetir los de otros manifiesta, además de fragilidad, nesciencia.

lunes, 21 de febrero de 2011

Algunas fechas de marzo para poder encontrarnos

Marzo comienza para mí, desde el punto de actividades públicas, el día 3. En esa jornada y durante toda la mañana tendrá lugar Expo-DP, dentro de Magno foro de Expo-elearning.

A lo largo de cinco horas, se sucederán en IFEMA dos mesas redondas, con la presencia de grandes expertos en la dirección de RR.HH. y otra con Directores Generales y directores de RR.HH. de grandes compañías.

La conferencia inaugural correrá a cargo de José Aguilar; la de clausura me ha sido amablemente ofrecida y gratamente aceptada. Los interesados en conocer todo el programa y en inscribirse pueden hacerlo en: http://www.expo-dp.com

Organizado por Aefol, promete ser un encuentro apasionante en las relaciones y denso en los contenidos.

El día 9, en este caso en el hotel Santo Mauro de Madrid, se celebrará un encuentro limitado para directores de RR.HH., en el que me han solicitado que analice cómo será la función de esos profesionales una vez superada la crisis. Quienes deseen acudir, pueden ponerse en contacto con los organizadores en las siguientes coordenadas: E-Mail: mailto:info@cfie.es Teléfono: 915 779 317

El 22 de marzo, a las 18:30, en el Salón de actos de la EOI se presentará el libro editado con ocasión del I Symposium Internacional celebrado en el 2010 sobre mi pensamiento. Quienes deseen asistir, han de reservar su plaza en http://www.eoi.es/portal/guest/evento/1430/presentacion-del-libro-i-symposium-internacional-sobre-el-pensamiento-de-javier-fernandez-aguado/inscribir

Muchas otras actividades poblarán, Dios mediante, este tercer mes de 2011: la participación como ponente en la apertura de una MBA Executive en el norte de España; en la jornada del paso del Ecuador de un Programa de Alta Dirección en Canarias, además de reuniones con Comités de Dirección con varias grandes Compañías, y encuentros de coaching con media docena de altos directivos, de organizaciones tanto nacionales como multinacionales…

Un mes, en fin, lleno de apasionantes encuentros con amigos, colegas y muy diversos profesionales interesados en mis investigaciones y asesoramiento.

No termino hoy sin mi expreso agradecimiento a los más de cuatrocientos interesados en la presentación de La soledad del directivo que tuvo lugar en la Bolsa de Madrid el día 17 de febrero. Por motivos de aforo, los organizadores tuvieron que avisar a la mitad de ellos para que no acudieran. En los encuentros abiertos que este mes se celebran, y que acabo de anunciar, podremos saludarnos personalmente. Para los interesados en las ponencias de presentación del libro, la web www.frooze.tv pronto las ofrecerá de forma abierta para quien desee escucharlas.

lunes, 14 de febrero de 2011

El ejemplo de Hipodamia y los concursos públicos


Hipodamía era hija de Enómao, rey de Pisa (Élide). Era su madre la pléyade Estérope, aunque otros afirman que fue la danaide Eurítoe o Evarete, hermana de Leucipo.
Todos se hacían lenguas de la hermosura de aquella señorita, y muchos habían sido los pretendientes. Sin embargo, su padre no tenía intención ninguna de darla en casamiento, al parecer porque había recibido avisos fehacientes de que su yerno lo mataría. Mejor era -pensaba- no arriesgarse. Prevenir es siempre mejor que curar. ¿Para qué asumir riesgos graves sin necesidad ninguna?, se preguntaba.
Había diseñado un concurso público, y también varios sistemas para que nadie lo venciese. Se trataba de una carrera de carros. El candidato a novio, junto con la pretendida, iban en el primero. Su padre tenía que alcanzarlos, no sin antes sacrificar un carnero a Zeus. Entre el peso, las distracciones al contemplar a aquella hermosa mozuela y que los caballos del potencial suegro habían sido regalados por Ares y eran por tanto de carácter divino, los novios eran prontamente alcanzados y, en cualquier caso, no llegaban al altar de Poseidón, en Corinto, meta de la apuesta. El castigo era también ejecutado con presteza: consistía en degollar al derrotado; luego, su cabeza era colocadas en la puerta sobre una lanza para desanimar a otros concursantes. Trece habían sido los malhadados: Mermno, Hipótoo, Euríloco, Automedonte, Pélope de Opunte, Acarnán, Eurímaco, Lasio, Calcón, Tricorono, Alcátoo hijo de Portaón, Aristómaco y Crólato.
La llegada de Pélope modificó sustancialmente la situación. Hipodamía quedó esta vez prendada de la belleza del recién llegado, y contando con la complicidad de Mirtilo (auriga del progenitor), introdujo variaciones en el plan habitual. En concreto, hizo cambiar las clavijas del carro de su padre por otras de cera. Se produjo un accidente fatal, pues al quedar Enómao enredado en las riendas fue arrastrado por los caballos. ¿Quién sabe si no fue el propio Pélope el que lo remató?
Como toda colaboración tiene un precio, parece ser que el de Mirtilo fue el pasar una noche con la hija del asesinado. Duro es pensar que se entregase en manos del instrumento del parricidio, pero la experiencia muestra que una vez que se ha disipado del panorama el sentido común, y es la pasión la que toma el timón, todo es posible. La ceguera que producen los hábitos operativos negativos es tremenda. La realidad deja de ser tal y el desgraciado comienza a crear unas coordenadas independientes que le sirvan para justificar sus comportamientos.
Tiempo más tarde, fuese porque el auriga se sobrepasase, o porque quien lo intentase fuera Hipodamía y honesto el auriga, el caso es que denunciado el caso, murió Mirtilo a manos de Pélope.
Que no era Hipodamía de fiar ya lo hemos visto. Pero aún hay otras pruebas: fue la principal responsable en pergeñar la muerte de Crisipo (hijo o yerno de Hipodamía). Como Atreo y Tiestes (hijos de la instigadora) no estuvieran por la labor, ella misma se encargó de hacerlo, con la espada de Layo (que no era por cierto un ejemplo de virtudes pues era al parecer amante del mismo Crisipo, e "inventor" del amor contra natura), que luego moriría, por su parte, a manos de su hijo Edipo.
Agonizante aún Crisipo reveló la verdad, a pesar de que la astuta Hipodamía había dejado la espada de Layo junto al cadáver para despistar sobre la autoría: o mejor dicho, para que Layo fuese el acusado. Descubierto el crimen, Pélope desterró a su esposa, que fallecería tiempo después en Midea (Argólide).
Interesa especialmente para el caso la primera parte de la historia. Son las subvenciones y los concursos públicos, mundos acotados, con mil trampas y trucos, muchas veces diseñados a propósito para ahuyentar a los ingenuos que por aquellos lares se aproximan.
Mucho mejor sería reducir en buena medida ese amplio tinglado de funcionarios e instituciones estatales y paraestatales que vegetan con la excusa de repartir prebendas. Si estos medios, y esas gentes, estuvieran batallando en el libre mercado, superiores serían probablemente los frutos. Con tantas subvención, y tanto concurso público, se deteriora siquiera una parte de la corriente económica del país. El Estado debería regular algunas ayudas, pero sólo en casos de extrema necesidad, no sustituyendo a la sociedad en su labor, sino cumplimentando -subsidiariedad- lo que ésta no llegase a cubrir.
Se enturbia más aún la cosa cuando viene a saberse que, desafortunadamente, incluso partes de aquellas ayudas no son siquiera destinadas a la finalidad para la que fueron diseñadas. Y de serlo, pasan muchas veces a través de personajes que, como los perros de caza, se quedan siempre buenos trozos entre los dientes.
Proporcionar de nuevo claridad y transparencia a los concursos públicos sería uno de los modos de dar confianza a los esforzados contribuyentes. Porque triste es que para pagar seamos todos Hacienda, pero para recibir, unos sean más beneficiados que otro sin existencia de motivos objetivos.
Estos procesos son semejantes en muchos niveles. La endogamia -es decir, el reparto entre amiguetes que sólo tienen, por ejemplo, que falsificar pliegos de condiciones- ha ido extendiéndose de manera muy peligrosa y rápida. De tal forma que en no pocas ocasiones, las personas que se presentan a unas oposiciones ignoran que algunos de sus compañeros conocen las cuestiones que van a preguntarse con semanas o meses de anticipación.
Esos comportamientos rompen los ritmos de comunicación y también la claridad necesaria en las relaciones interpersonales. Para muchos entrar en ese ambiente cerrado y oscuro será el único modo de sacar una plaza.
La recuperación de un aire puro en las organizaciones públicas pasa por un período de regeneración que en ocasiones supondrá el transcurso de varios años. En los numerosos viajes realizados por países del Centro y Este de Europa, llegué a la conclusión de que en algunas naciones controladas por el comunismo, será preciso el paso de una generación para que vuelva a soplar purificado el aire de la libertad. ¿Qué hacer en aquellos lugares donde debería respirarse limpieza y sin embargo el ambiente se encuentra injustificadamente cargado?

*****************************
Una anécdota
Cayo, experto empresario, no estaba dispuesto a que se le escapase ni una sola oportunidad de medrar, sea por la vía privada sea por la pública. Muchas eran sus habilidades. Entre otras, consiguió que los responsables de las ayudas para determinadas actividades socio-económicas, le pusieran a disposición con anticipación no sólo el pliego de condiciones, sino que se brindaran a publicar en el correspondiente boletín el que él redactase, para que ya desde el primer momento quedase bien claro quién iba a ser el que ganaría el concurso.
No lo hicieron por nada. Habilidoso como era, puso a disposición de aquellas personas un despacho en su propia empresa: la excusa era un alquiler a precio razonable para aquellas instituciones. La realidad era tener bajo su dirección (o al menos bajo su vista) las ayudas públicas.
Ni corto ni perezoso encargó a sus colaboradores la preparación del documento. ¿Que podían intervenir empresas no fundadas en su ciudad? Condición: que sólo fuesen admitidas las presentes en esa localidad. ¿Que podrían presentarse con posibilidades de éxito compañías fundadas recientemente? Condición: no sería tramitado ningún expediente de entidades con menos de cinco años de existencia. ¿Que aún había otros que competirían? Condición: el capital social plenamente desembolsado con meses de anticipación (imposible en cualquier caso de cumplir) debería ser ....
Poco a poco fueron saliendo verdaderas perlas de aquella máquina de hacer pliegos de condiciones. Se imposibilitó que nadie que no fuese su Compañía accediese a aquel concurso, pues de tal manera lo pergeñó que ninguna otra cumplía, ni de lejos, los condicionamientos que había ido planteando: no por casualidad sino, como acaba de decirse, con el afán de presentarse en solitario.
Al cabo, ironías del destino, a pesar de lo bien diseñado del proyecto y de haber estimulado a algunos funcionarios, no llegó aquello a ponerse en marcha.
Podía perfectamente haber triunfado a corto plazo, pero... Antes o después todo viene a saberse. Y a quien precede la fama de listillo pocos querrán acercársele. Y quien lo haga será porque considera que es lo suficientemente habilidoso no sólo como para no dejarse engañar, sino para sorprender al otro en su... mala fe.

martes, 8 de febrero de 2011

Un cambio de Ubi y otro de Quando

La vida es cambiante, y es precisa agilidad para adaptarse a ella. En el caso que nos ocupa, se trata de dos pequeñas modificaciones de lugar o de tiempo en citas anunciadas en un post precedente.

El primero de los cambios es el del lugar en el que se celebrará la presentación de la quinta edición de 'La soledad del directivo'. Será en la Bolsa de Madrid, el día 17 de febrero, a las 19:30, tal como se había anunciado. Los organizadores han optado por este lugar, ya que resulta más céntrico y de fácil acceso para muchos de los posibles interesados. Resulta importante inscribirse con antelación, por dos motivos: primero, el aforo es limitado; segundo, es preciso -por tratarse de ese emblemático lugar- haber comunicado antes el número de DNI. Todo eso puede hacerse on line, enviando un mail a eventos@atisa.es Al acabar el acto, está anunciado un cocktail en el emblemático Salón de los Pasos Perdidos. Más detalles pueden verse en la invitación.

Por otro lado, la presentación el libro sobre el Symposium Internacional, ha sido trasladado del 22 de febrero al 22 de marzo. La sede será la misma: la EOI. Os dejo los detalles de la invitación de la web de la EOI.

Aunque son hechos ajenos a mi voluntad, pido disculpas por los posibles inconvenientes causados a cualquier madrugador que hubiese apuntado la información precedente.

lunes, 7 de febrero de 2011

Cine y Empresa: American Beauty


Título: American Beauty
Director: Sam Mendes
Actores: Kevin Spacey, Annete Bening, Allison Janney, Peter Gallagher, Mena Suvary, Wes Bentley, Chris Cooper, Thora Birch y Scott Bakula.
Música: Thomas Newman
Año: 1999
Temas: Acoso Sexual. Auditoría de Calidad. Automotivación. Burguesía. Comunicación. Despido. Muerte.

Con cinco Oscars a sus espaldas, entre los que destaca el de Mejor Película (también mejor director, mejor actor, mejor guión original y mejor fotografía), American Beauty es un best-seller de la imagen. La historia –por cuyo guión Alan Ball mereció además del Oscar un Globo de Oro- es aparentemente sencilla: la vida de una familia media americana. Con esa excusa, la crítica al puritanismo imperante en USA es inmisericorde.
La situación de Lester Burnham (Kevin Spacey) no es sencilla. En primer lugar, por su trabajo. Se ve sometido a una Auditoría de Calidad, en la que hay que definir, entre otras cosas, su perfil; de ese modo se pretenden implantar nuevas técnicas para mejorar el rendimiento. Su actitud no es participativa, y es buen ejemplo de cómo muchos trabajadores reaccionan:
-Lo que queréis –espeta al responsable- es despedir a gente con una excusa, con una justificación.
Además de soez, su informe es provocativo. Como era de prever, acaba en la calle. En el fondo, afirma explícitamente, en todo el tiempo en que ha estado allí empleado sólo reflexionaba en algo: el profundo desprecio por los miembros de la dirección.
Con otra actitud, probablemente no hubiera concluido el contrato del modo en que lo hace. En sus actuaciones, Lester parece dominado por una fuerza superior que le lleva a encontrarse a merced de los vientos del destino y de sus instintos.
Sus relaciones familiares tampoco pasan por un buen momento. La falta de comunicación es total. Como reflejo de lo que es su propia inconsistencia en el trabajo, el hogar es un infierno. Así le increpa su hija, cuando él intenta encontrar un refugio sentimental a sus desarreglos laborales:
-No has hablado conmigo durante meses.
Podría afirmarse que vive solo en medio de los hombres (en este caso, de las mujeres: su esposa y su hija). A pesar de disponer de todos los medios que cualquier familia de clase media aspiraría tener, viven en destierro mutuo. La rutina parece ser responsable de tanto desatino y amargura. Tres solitarios nunca pueden formar un equipo.
Para Sam Mendes, no es culpa de nadie. Son cosas que suceden, sin más...
La esposa de Lester, Caroline (Annete Bening), trabaja duro. Utiliza técnicas de autoconvencimiento. Como su mundo es la promoción inmobiliaria, se auto receta un mantra:
-¡Voy a vender esta casa hoy!
Cuando no logra su objetivo, aparece un sentimiento de amargura y frustración difícil de superar. Entre otras cosas, por falta de vías de comunicación con su marido. Cuando alguno intenta desahogarse, se estrella con respuestas como:
-Si sigues hablando, me voy a perder un programa en la tele...
Las angustias de un trabajo no satisfactorio, unidas a la falta de interlocutor válido, conduce a existencias sin fundamento, carentes de puntos de referencia. Llega entonces la propuesta medicinal, fruto de alguna mente psicoanalizada: hay que dar rienda suelta a las pasiones.
Ella, por su lado, se lía con el dueño de una empresa. Todo acaba mal cuando son descubiertos por casualidad, pues Lester trabaja en la hamburguesería donde pasan para reabastecerse. Lo malo no parece lo que han hecho –ser infieles a la palabra dada-, sino haber sido descubiertos. ¡He aquí la confusión entre ética y estética en la que tantos viven inmersos! Lo importante no sería robar, o mentir, o cometer adulterio, sino que se supiese.
Lester, por su parte, trata de dar rienda suelta a sus necesidades con una compañera de su hija. Pero, en plena faena, se detiene, al saber de la virginidad de su interlocutora, que hasta ese momento se ha pavoneado de su activa vida sexual. Otra enseñanza: la gente suele tener la palabra larga por culpa de la vanagloria, por algo que piensa que será bien recibido o incluso envidiado. En realidad, genera pena entre sus interlocutores, aunque pocos se atrevan a decírselo con claridad.
En medio de ese caos a-rracional, cualquier cosa es posible: por ejemplo, que los críos fumen porros a discreción; o que la bebida acalle la preocupación por la falta de sentido, o que alguien –ante el comportamiento adúltero-, tenga como única argumentación:
-No te preocupes, lo peor es ser vulgar...
Pero las dificultades no se resuelven con expresiones biológicas, puntuales o reiteradas. De fondo, se percibe la angustia por la carencia de coordenadas en el trabajo y en la vida sentimental.
La falta de comunicación no es problema sólo en la casa de Kevin. El vecino tampoco entiende nada de su hijo (ni parece tener mucho interés), que en su aislamiento clama:
-Lo importante es el dinero.
Pero en cuanto encuentra –en la hija del vecino- a alguien con quien compartir un proyecto, tira por la ventana lo que hasta ese momento le parecía valioso. ¡Muchas veces lo que falta es ilusión, expectativas!
También Lester se dará cuenta de que ha vivido “materializado” cuando comienza a destrozar el mobiliario. Ante los gritos de su esposa, responde:
-Es sólo un sofá. Son sólo objetos. ¡Te importan más que vivir!, le echa en cara.
La película resulta de interés en lo que señala: la necesidad de encontrar un equilibrio entre trabajo y relaciones familiares; las actividades biológicas no resuelven las exigencias afectivas; y todo el mundo quiere ser escuchado y casi todos tienen algo que decir.
La muerte, en fin, aparece casi como una banalidad. Mejor sería vivir con las maletas hechas y las cuentas claras.