lunes, 7 de febrero de 2011

Cine y Empresa: American Beauty


Título: American Beauty
Director: Sam Mendes
Actores: Kevin Spacey, Annete Bening, Allison Janney, Peter Gallagher, Mena Suvary, Wes Bentley, Chris Cooper, Thora Birch y Scott Bakula.
Música: Thomas Newman
Año: 1999
Temas: Acoso Sexual. Auditoría de Calidad. Automotivación. Burguesía. Comunicación. Despido. Muerte.

Con cinco Oscars a sus espaldas, entre los que destaca el de Mejor Película (también mejor director, mejor actor, mejor guión original y mejor fotografía), American Beauty es un best-seller de la imagen. La historia –por cuyo guión Alan Ball mereció además del Oscar un Globo de Oro- es aparentemente sencilla: la vida de una familia media americana. Con esa excusa, la crítica al puritanismo imperante en USA es inmisericorde.
La situación de Lester Burnham (Kevin Spacey) no es sencilla. En primer lugar, por su trabajo. Se ve sometido a una Auditoría de Calidad, en la que hay que definir, entre otras cosas, su perfil; de ese modo se pretenden implantar nuevas técnicas para mejorar el rendimiento. Su actitud no es participativa, y es buen ejemplo de cómo muchos trabajadores reaccionan:
-Lo que queréis –espeta al responsable- es despedir a gente con una excusa, con una justificación.
Además de soez, su informe es provocativo. Como era de prever, acaba en la calle. En el fondo, afirma explícitamente, en todo el tiempo en que ha estado allí empleado sólo reflexionaba en algo: el profundo desprecio por los miembros de la dirección.
Con otra actitud, probablemente no hubiera concluido el contrato del modo en que lo hace. En sus actuaciones, Lester parece dominado por una fuerza superior que le lleva a encontrarse a merced de los vientos del destino y de sus instintos.
Sus relaciones familiares tampoco pasan por un buen momento. La falta de comunicación es total. Como reflejo de lo que es su propia inconsistencia en el trabajo, el hogar es un infierno. Así le increpa su hija, cuando él intenta encontrar un refugio sentimental a sus desarreglos laborales:
-No has hablado conmigo durante meses.
Podría afirmarse que vive solo en medio de los hombres (en este caso, de las mujeres: su esposa y su hija). A pesar de disponer de todos los medios que cualquier familia de clase media aspiraría tener, viven en destierro mutuo. La rutina parece ser responsable de tanto desatino y amargura. Tres solitarios nunca pueden formar un equipo.
Para Sam Mendes, no es culpa de nadie. Son cosas que suceden, sin más...
La esposa de Lester, Caroline (Annete Bening), trabaja duro. Utiliza técnicas de autoconvencimiento. Como su mundo es la promoción inmobiliaria, se auto receta un mantra:
-¡Voy a vender esta casa hoy!
Cuando no logra su objetivo, aparece un sentimiento de amargura y frustración difícil de superar. Entre otras cosas, por falta de vías de comunicación con su marido. Cuando alguno intenta desahogarse, se estrella con respuestas como:
-Si sigues hablando, me voy a perder un programa en la tele...
Las angustias de un trabajo no satisfactorio, unidas a la falta de interlocutor válido, conduce a existencias sin fundamento, carentes de puntos de referencia. Llega entonces la propuesta medicinal, fruto de alguna mente psicoanalizada: hay que dar rienda suelta a las pasiones.
Ella, por su lado, se lía con el dueño de una empresa. Todo acaba mal cuando son descubiertos por casualidad, pues Lester trabaja en la hamburguesería donde pasan para reabastecerse. Lo malo no parece lo que han hecho –ser infieles a la palabra dada-, sino haber sido descubiertos. ¡He aquí la confusión entre ética y estética en la que tantos viven inmersos! Lo importante no sería robar, o mentir, o cometer adulterio, sino que se supiese.
Lester, por su parte, trata de dar rienda suelta a sus necesidades con una compañera de su hija. Pero, en plena faena, se detiene, al saber de la virginidad de su interlocutora, que hasta ese momento se ha pavoneado de su activa vida sexual. Otra enseñanza: la gente suele tener la palabra larga por culpa de la vanagloria, por algo que piensa que será bien recibido o incluso envidiado. En realidad, genera pena entre sus interlocutores, aunque pocos se atrevan a decírselo con claridad.
En medio de ese caos a-rracional, cualquier cosa es posible: por ejemplo, que los críos fumen porros a discreción; o que la bebida acalle la preocupación por la falta de sentido, o que alguien –ante el comportamiento adúltero-, tenga como única argumentación:
-No te preocupes, lo peor es ser vulgar...
Pero las dificultades no se resuelven con expresiones biológicas, puntuales o reiteradas. De fondo, se percibe la angustia por la carencia de coordenadas en el trabajo y en la vida sentimental.
La falta de comunicación no es problema sólo en la casa de Kevin. El vecino tampoco entiende nada de su hijo (ni parece tener mucho interés), que en su aislamiento clama:
-Lo importante es el dinero.
Pero en cuanto encuentra –en la hija del vecino- a alguien con quien compartir un proyecto, tira por la ventana lo que hasta ese momento le parecía valioso. ¡Muchas veces lo que falta es ilusión, expectativas!
También Lester se dará cuenta de que ha vivido “materializado” cuando comienza a destrozar el mobiliario. Ante los gritos de su esposa, responde:
-Es sólo un sofá. Son sólo objetos. ¡Te importan más que vivir!, le echa en cara.
La película resulta de interés en lo que señala: la necesidad de encontrar un equilibrio entre trabajo y relaciones familiares; las actividades biológicas no resuelven las exigencias afectivas; y todo el mundo quiere ser escuchado y casi todos tienen algo que decir.
La muerte, en fin, aparece casi como una banalidad. Mejor sería vivir con las maletas hechas y las cuentas claras.

2 comentarios:

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