lunes, 14 de marzo de 2011

LA ATENCIÓN SOCIAL. El ejemplo de Pericles


El empleo de fondos públicos fue objeto de discusión ya en el comienzo de la organización de las polis. Desde entonces -y desafortunadamente casi siempre con cierta carga de razón-, se ha contemplado con cierta desconfianza el comportamiento de los administradores públicos. En ocasiones, porque éstos se han hecho acreedores de esas sombras de sospecha. Otras veces, porque los críticos estaban deseando, sencillamente, echar al que ocupaba la poltrona para ocuparla ellos y dedicar ese poder y ese dinero para los objetivos que les parecieran más relevantes.


Como muchos dictadores -que obligan a los demás a vivir a su dictado-, una de sus primeras ocupaciones fue la de engrandecer la propia tierra, o aquella de la que se llega a ocupar el poder.


En este caso, las críticas le llegaron a Pericles por lo que se consideraba un dispendio de los fondos que los aliados de Atenas -la liga ateniense- proporcionaba. Eso que algunos criticaban, otros lo exaltaban, pues consideraban que era de justicia que se embelleciese la que de hecho era la capital de aquella amplia gama de entidades asociadas entre sí. Estas posiciones contrapuestas dieron lugar a no pocos debates, especialmente entre los que tenían una mayor orientación hacia la democracia y consideraban que aquellas inversiones revertían en bien del pueblo; y los oligarcas, que no acaban de entender aquellos gastos que a ellos particularmente en nada beneficiaban. Entre los "objetos" causantes de aquel agrio debate se encontraba el mismísimo Partenón, pues surgieron numerosos rumores de que habían circulado comisiones (como ahora en prácticamente todas las partes del mundo: ¡qué poco hemos cambiado!) en torno a la persona a la que Pericles había encargado aquellas obras: Fidias.

Los asociados a Atenas tenían que sufrir, principalmente, el pago de tributos, la presencia de representación oficial ateniense y las imposiciones jurídicas que llegaban desde la capital. Por otro lado -y por eso deseaban permanecer habitualmente en la confederación-, era comúnmente aceptado que esa alianza les hacía ganar en seguridad y en prosperidad, al agilizar transacciones comerciales.

En Atenas no faltaban tampoco dos facciones contrapuestas: unos a favor y otros en contra. Pero el sentimiento mayoritario se inclinaba hacia el mantenimiento de ese sistema, que a la vez que reforzaba su poder militar, incrementaba los negocios.

El intento de Tucidides de desbancar a Pericles acabó en fracaso. En consecuencia, y tal como era más o menos costumbre, fue condenado al ostracismo, en el año 443.

Que también Protágoras y Anaxágoras fueran acusados de estar conchabados con Pericles, demuestra cuanto menos el tipo de personas con los que el gobernante se relacionaba: nolis velis se trataba de la flor y nata de la intelectualidad de la época. Y eso, independientemente de lo que se piense de sus tendencias filosóficas, demuestra un cierto nivel en el punto de partida.

Aunque Pericles siguió comportándose con un desapego notable y ejemplar de los medios que tenía a su alcance, en un permanente guiño a las clases más desfavorecidas, fue adoptando medidas protectoras, que enseguida veremos. Una de las razones de aquella aparente dedicación a los más necesitados procedía de considerar que los barcos de guerra, movidos por remos, eran esenciales para la supervivencia de la Liga. Atender a las justas reivindicaciones -presentes o futuras- de los remeros, le pareció prudencial. Introdujo -probablemente fue el primer gobernante que lo hizo en la historia de la humanidad- un salario estatal (misthosis) para esta primera clase funcionarial que, como tal, se conoce en Grecia (aunque también hay que aclarar que existen rastros de fenómenos semejantes en pueblos precedentes).

Paralelamente -o probablemente con un poco de anticipación- estableció que también debían recibir una remuneración los miembros de los juzgados (dikasteria) en los que se había ido distribuyendo la justicia unificada precedente. Esos jurados populares eran elegidos por sorteo de entre seis mil ciudadanos con más de treinta años de edad. El pago quedó establecido en dos olos, que pasarían a ser tres en torno al 425. También decidió establecer retribución para quienes trabajasen el el Consejo (boule). Otras fuentes aseguran que ya desde el 439 recibían salarios los miembros de la jerarquía militar e incluso los directivos de lo que hoy denominaríamos "cuerpo de funcionarios".

Muchos alabaron por razonables estas medidas, pues beneficiaban a toda la estructura social. Además, se democratizaba el ejercicio de la justicia y el ascenso a la carrera pública. Aunque, como no dejó de señalar Tucídides, esos abonos fueran insuficientes para atraer a los mejores, arrastrando más bien a gentes sin oficio ni beneficio y/o a jubilados.
El comienzo del subsidio a los más necesitados supuso también el arranque de críticas despiadadas. Entre otras, las de Platón que afirmó que el pago estatal realizado hacía de los atenienses gente baja, más que resolver problemas promovía vagos, bullangueros, avariciosos...

Éste y otro tema, conceptual y financieramente cercano, pesaron mucho en las discusiones a favor y en contra de Pericles: a partir de entonces sólo recibirían la ciudadanía quienes naciese nde padres que la poseyesen y siempre que lo hiciesen en la propia ciudad. Era un modo de evitar que se diluyese -y por tanto se valorase menos- el hecho de ser ateniense. Conceptualmente es claro, financieramente se entiende, porque desde el año 454 al 440, la cifra de subsidiados había crecido hasta la fantástica cantidad -para la época en que nos encontramos- de 20.000 personas.

Sucesos, en fin, como su apoyo a la guerra del Peloponeso, cuyo futuro en el caso de no haber fallecido Pericles permanece en el ámbito de los posibles hasta el momento en que nos sea dado conocerlo en el valle de Josafat, fueron también motores de importantes polémicas.
Desde aquellos tiempos hasta los nuestros sigue siendo objeto de debate la conveniencia o no de ayudar a quienes por el motivo que sea -siempre que no sea una descarada pereza- precisan de cierto apoyo de la sociedad para abrirse camino.
Muchas veces las radicales críticas a cualquier tipo de ayuda social, por bien argumentadas e instrumentadas que parezcan, proceden de personas que no han tenido la "fortuna" de necesitarlas. Choca que ciertos banqueros que no se han visto nunca en situaciones personales o familiares de carencia, se permitan desaforadas condenas a ese tipo de actuaciones.

Es fácil despreciar a otros -si no en cuanto personas si las situaciones por las que atraviesan- cuando se ha tenido desde la cuna acceso a todo tipo de medios. O cuando circunstancias como las relaciones establecidas, o la inteligencia, o la fortuna, u otras causas -más o menos confesables-, han situado lejos de la indigencia.

Resulta escandaloso que quien acumula millones en sus cuentas bancarias, o sus anotaciones en cuenta de acciones suman cantidades nada despreciables, prediquen en contra de la ayuda a los desfavorecidos, proclamando en línea con Platón que eso sólo sirve para entorpecer el desarrollo de la sociedad. O, como también sucede, que funcionarios -y por tanto sueldos asegurados de por vida- lancen venablos envenenados contra un cierto proteccionismo. Creeré en esos sermones liberales cuando quienes los formulan renuncien definitivamente a su puesto en el escalafón o entreguen su fortuna y se pongan a luchar como tantos otros en las trincheras del esfuerzo diario para llegar a fin de mes. Lo otro son malabarismos propios de sofistas, avezados en la tergiversación de la terminología con fuerte sabor liberal.


Javier Fernández Aguado
Catedrático de foro europeo
Socio Director de MindValue

1 comentario:

  1. Si algún día llegáramos a sentir el sufrimiento y el dolor ajeno como propios, no podríamos acostarnos a dormir tan tranquilos!! Un saludo desde Colombia!!

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