lunes, 25 de abril de 2011

La recuperación del sentido común, también en la banca


“Pienso que las instituciones bancarias son más peligrosas para nuestras libertades que ejércitos enteros listos para el combate. Si el pueblo (…) permite un día que los bancos privados controlen su moneda, los bancos y todas las instituciones que florecerán en torno a ellos privarán a la gente de toda posesión, primero por medio de la inflación, luego por la recesión, hasta el día en que sus hijos se despertarán sin casa y sin techo sobre la tierra de sus padres”.



Esta afirmación no ha sido publicada por uno de esos periodistas o supuestos ideólogos de izquierda, que con mucho de visceralidad y escasez de fundamento, lanzan furibundos ataques contra las entidades financieras. Es, por el contrario, un texto de Thomas Jefferson escrito en 1802. Lo he rescatado del prólogo de un libro de Hessel.

La búsqueda del equilibrio es el reto que deberíamos plantearnos con rigor y exigencia en medio de la crisis que estamos viviendo. Tanto pavor me generan los sindicalistas que campan por sus respetos como los accionistas que, sin límite alguno, aprietan a empleados, proveedores y clientes ayunos de escrúpulo.

Tan fantasmagórico resulta el discurso de quien arenga la indefinida bondad del sector público, como quien lo denigra para exaltar las ventajas ilimitadas de lo privado. De las radicalidades, habitualmente, no sale la luz, sino únicamente el irracional esfuerzo por ver quién proclama más alto sus convicciones. De los fanatismos de una y otra orilla pocas cosas buenas pueden esperarse.

La banca ha de comprar dinero a un buen precio y venderlo con cierto margen. Ése es su negocio. Al realizarlo, como sucede en cualquier otra empresa, han de reservarse márgenes para abonar, entre otras cosas, sueldos y beneficios sociales. Lo que no resulta comprensible es por qué si alguien hunde una empresa en otro sector queda marcado y se le piden explicaciones, mientras que muchos supuestos banqueros y/o bancarios que han arruinado el negocio que dirigían se consideran con legitimidad para reclamar desproporcionadas prebendas. O, al menos, pretenden irse como si no tuvieran responsabilidades a las que hacer frente.

No entiendo por qué la medida con la que se valora a quienes se dedican a las entidades financieras ha de ser diferente a la de otros negocios. Quizá la introducción del sentido común en este ámbito vetaría las desproporcionadas prebendas de las que muchos se apropian, no sólo cuando triunfan, sino también cuando han descalabrado su entidad.

Y si esto tiene vigencia para bancarios y banqueros, ¿qué habría que decir de los políticos…?

lunes, 18 de abril de 2011

LA LEALTAD EN LA EMPRESA. El ejemplo de Orfeo


Casó Orfeo con Eurídice. Era ésta, no se sabe con certeza, una ninfa o una hija de Apolo. Aquel dúo feliz disfrutaba de su vida en pareja, hasta que un día en que Eurídice paseaba sola a la orilla de un río en Tracia, Aristeo perdió el norte y comenzó a perseguirla con el evidente propósito de satisfacer lujuriosas inclinaciones.

No era presa sencilla, porque estaba dispuesta la mujer a defender su honorabilidad y la de su marido. Comenzada la carrera, parecía que tomaba ventaja. Pero no era Aristeo la única alimaña que convertía en peligroso aquel lugar. Una serpiente atacó a la esposa fiel y murió ésta por el veneno del ofidio. Aunque con este comportamiento había sido ejemplar, no debía de haberlo sido en épocas precedentes, y fue Eurídice condenada al infierno.

Su enamorado esposo quedó desconsolado al conocer las nuevas. No lograba entender cómo viviría a partir de ese momento.
Decidió, pues, hacer lo posible y lo imposible por rescatarla del Hades. Allí se dirigió con su mejor arma: la música. Con las delicadas notas que salían de su lira no sólo aplacó a los monstruos del Tártaro, sino que consiguió otros efectos sorprendentes:

1.- La rueda de Ixión dejó de girar;

2.- La roca de Sísifo se mantuvo por unos momentos en equilibrio;

3.- Tántalo (condenado a permanecer sumergido en el agua hasta el cuello, sin poder beber porque el líquido retrocedía cada vez que trataba de meterlo en la boca; y cerca de un árbol cargado de frutos sobre su cabeza, pero que cuando levantaba el brazo las ramas que cerca pendían se levantaban bruscamente poniéndose fuera de su alcance) olvidó por unos instantes su hambre y su sed...; y

4.- Hasta las mismas Danaides dejaron de llenar su tonel sin fondo.
Hades y Perséfone acceden a restituir a Eurícide a un marido que manifiesta de tal manera su pasión, pero ponen una condición ineludible: que vuelva hacia la luz seguido de su esposa, pero sin volverse a mirarla antes de haber salido del reino de la oscuridad.
Orfeo acepta el reto y emprende la marcha. Durante mucho tiempo van avanzando con tranquilidad y seguridad. Confiado en la promesa camina hacia adelante. En la medida en que va concluyendo el túnel, su seguridad empieza a flaquear, principalmente porque no escucha pasos detrás de él. ¿Y si todo hubiese sido una ilusión vana? ¿Y si nada de lo que se le ha dicho fuese cierto? ¿Y si en realidad nadie le sigue? ¿No se habrán burlado de su credulidad? ¿Habrá sido su honradez tomada a chacota?

Carcomido por las dudas, opta por mirar hacia atrás.

Y sucede lo que se le había amenazado, pierde de vista a Eurícide, que se desvanece, y regresa a lo más profundo de los Infiernos, de donde ya no será posible volver a recuperarla. Mientras desaparece, clama la desdichada con profundísima tristeza:

-Orfeo, ojalá hubieses sido capaz de controlar tu impaciencia y tu falta de confianza unos pocos pasos más. Yo habría sido tuya por siempre. Pero ahora, por tu debilidad, debo regresar. Adiós, amor mío, adiós.

Cuando Orfeo lo intente, Caronte se negará a permitirle el tránsito, inconmovible ya incluso a la música de su lira. Desconsolado, hundido, Orfeo torna al mundo de los humanos.
Aquel por quien Persépone intercedió ante Hades suplicando:

-Haz lo que te pide, devuélvele a su querida Eurícide. Apíadate, porque un amor tan grande no debe ser destruido...,

ahora se ve reducido a vagar como sin sentido.

La lealtad es un hábito difícil, porque son muchas las solicitudes que se reciben en la empresa, a derecha e izquierda, para cambiar de orientación en las decisiones.

El valor de la lealtad viene señalado por la altura de los objetos a los que se refiere. Al hacer referencia a la voluntad, el hombre todo se convierte de alguna manera en aquel objeto al que es fiel. No se trata de permanecer siempre inalterable, sino de responder a los compromisos adquiridos, dando por supuesto que éstos merecen la pena. No sería verdadera lealtad la que se prestase a una banda de salteadores, sino la que se rinde a principios de peso, por los que tenga sentido renunciar a otros descaminos.

En tiempos pasados se entendió como deslealtad el cambio de empresa a lo largo de un recorrido profesional. Eso conducía a un cierto anquilosamiento, a una disminución de ese necesario espíritu de riesgo, de aventura, que es esencial en la vida.

Hoy, por el contrario, se ha pasado al extremo contrario. Se concede incluso el calificativo de leal a quien rompe vínculos, incluso sagrados, para correr tras su capricho. Ese espíritu de veleta inconsistente es aplaudido por muchos, porque resulta de lo más andadero: basta con dejarse llevar por la corriente...

Combinar la lealtad con el sentido común, es tanto como lograr una correcta imbricación entre los planes de carrera institucionales y los planes de carrera personales. Son los primeros los que diseña la empresa para sus empleados. Con excesiva frecuencia implican una entrega a muerte, con armas y bagaje, a los intereses de la entidad mercantil. A cambio, se recibe la promesa de ascensos y promociones. Muchas veces los más jóvenes entran en esta rueda, que les conduce a vender su alma a la gestión.

El plan de carrera personal es el más relevante. Debería cada uno diseñarlo a su medida, según las propias expectativas, necesidades, aptitudes y actitudes. Con el oportuno asesoramiento, habrá que tomar las decisiones adecuadas para apuntar a donde cada uno debe llegar. Su principal obligación será establecer claramente su deber-ser (las metas de su existencia) y poner los medios para alcanzarlo. De hecho, su ser -su presente- irá forjándose en función de aquel punto que desea alcanzar.

En ese equilibrio armónico en el que la existencia cumplida debe consistir, la lealtad a la empresa no deberá ser ciega. Principalmente por dos motivos:

1.- Las relaciones mercantiles quiebran. ¿Cuántas veces se ha utilizado el eufemismo “una inteligente política de personal”, para despedir gente, sin preocuparse de qué suceda con ellos? ¿Cuántos directivos andarán preocupados por sus empleados despedidos en vez de por las propias prebendas...?

2.- Las pleitesías no deben ser completas sino al Bien, a la Verdad y a la Belleza. ¡Demasiados que organizan toda su vida en torno y en función de un proyecto empresarial propio o ajeno, descubren luego con amargura que han olvidado aspectos esenciales de la existencia que les hubieran asegurado una felicidad de la que ahora carecen!
La lealtad profunda, la que no debería resquebrajarse jamás, ha de ser con principios esencialmente valiosos, con el propio programa vital: quien desea que su surco sea recto, ata su arado a una estrella.

Otra cosa es ese respeto a la propia empresa y a quienes la dirigen, que debe encuadrarse dentro de las sanas coordenadas del cumplimiento de las obligaciones profesionales. La fidelidad transita -como los demás hábitos operativos- por un sutil sendero que tiene a un extremo la escurridiza ladera del oportunismo del aprovechado, y por el otro el cerrilismo del fanático, ayuno de formación suficiente para interpretar la realidad de manera enriquecedora.

En una sociedad como la nuestra, vale la pena insistir en la relevancia de procurar difundir lealtad, porque la persecución del propio interés, de la personal calidad de vida, arrasa con ese necesario respeto que ha de tenerse a los principios que han de regir toda relación comercial.

No hay que olvidar tampoco que con desproporcionada frecuencia se insiste en la fidelidad que deben los asalariados a sus jefes. Pero también éstos deben lealtad a quienes con ellos colaboran en sacar adelante los proyectos. Abandonar al náufrago a su suerte es la fácil solución que algunos adoptan para quitarse problemas, olvidan que como en la obra literaria se recuerda: los cadáveres que vosotros despreciáis gozan de muy buena salud.

Antes o después, vuelven a cruzarse los caminos de unos y de otros. Haber dejado un rastro de buen hacer será la mejor tarjeta de visitas para futuras relaciones profesionales. Por el contrario, tener fama de persona que ante la dificultad abandona a los compañeros, desacredita para futuras iniciativas. La lealtad es siempre una interesante apuesta al medio y largo plazo, aunque al corto se premie más la infidelidad. Pero, así, en frío, ¿quién considerará seriamente que aquel que está traicionando a sus antiguos empleadores, mantendrá una voluntad firme de servicio para con los nuevos? ¿No sucederá, más bien, que esos astutos de ocasión empleará información privilegiada -cuando no robo de datos- para seguir escalando, dentro de esa carrera de trepas en las que se han embarcado?

lunes, 11 de abril de 2011

El árbol de los zuecos




Título: El árbol de los zuecos
Director: Ermanno Olmi
Actores: campesinos de Bérgamo.
Año: 1978
Temas: Despotismo. Economía solidaria. Explotación. Mandos intermedios. Revolución industrial. Sindicalismo.


Este clásico del cine, que recibió la Palma de Oro del Festival de Cannes, entra dentro del género del Cine forum.


Ermanno Olmi narra la historia de varias familias campesinas del norte de Italia, en el entorno de la revolución industrial. Si Ignazio Silone hubiera visto la película, la hubiera aprobado. Muchas de sus obras –Pane e vino, Uscita di sicurezza, Il segreto de Luca, etc.- apuntan en la misma dirección.


Con medios precarios, los campesinos bergamascos tratan de sacar adelante a los suyos. Los impuestos que han de pagar alcanzan los dos tercios de cada cosecha. Pero bien se encargan los trabajadores de reducir algo esa cantidad mediante trucos tan antiguos como la humanidad: cargando los carros de trigo con piedras, por ejemplo.


En medio de esa vida exigente, se suceden las alegrías. Cualquier novedad es festejo, aunque sólo sea por romper la monotonía. El núcleo familiar se encuentra consolidado, y los problemas se resuelven. Se describe el amor profundo a lo propio, entre otras ocasiones, al plantearse la conveniencia o no de enviar al orfanato a las dos hijas más pequeñas cuando su padre ha muerto y la madre a duras penas consigue salir adelante. El hijo mayor, todavía un crío de trece años, pero convertido en el apoyo de la cabeza de familia, está dispuesto a matarse a trabajar para mantener unidos a los hermanos.


Frente a lo que sucede habitualmente en el cine, la Iglesia es tratada con respeto. El sacerdote se manifiesta de palabra y con los hechos preocupado por el bien de su grey. Sus apariciones son oportunas, sin caer en esas fáciles ridiculizaciones a las que tan acostumbrados nos tiene Hollywood. Aquí, el cura cumple su función sin estridencias y se desvive por ayudar a los más necesitados.


Éstos son algunos de los consejos:


-No hay dinero que pueda pagar el amor.


-El paraíso comienza por el amor que somos capaces de tenernos en esta tierra.


Ese espíritu de colaboración, lleva a que las familias, por pobres que sean, atiendan con benevolencia a quienes se encuentran más necesitados. La sucesiva aparición de un mendigo, retrasado psíquico, es acogida con afecto y generosidad. Y, además, por un motivo superior al mero altruismo del que hacen gala con demasiada frecuencia algunas ONG’s actuales, herederas ignaras de aquella labor de atención social que comenzó a desarrollar la Iglesia hace tantos siglos.


El capataz (Consejero-Delegado) se muestra desconsiderado en el trato con los demás. A pesar de proceder de la misma clase social, se permite aires de grandeza, como si la confianza depositada en él por el dueño le concediese una patente de corso para actuar despóticamente.




Por lo demás, el propietario cierra un ojo, para permitir que su subordinado siga así. En el fondo, parece guardarse un as en la manga: afirmar que no conocía bien el sistema concreto de gobierno, por si en algún momento se produce una revuelta contra las maneras del capataz. Viejo truco es éste en el mundo organizativo: pero permitir que los mandos intermedios actúen de manera incorrecta, va contra quienes lo consienten. Quien teniendo autoridad no actúa para impedir desmanes, resulta más culpable que quien los comete. De esto habrían de dar cuenta no pocos altos directivos de organizaciones empresariales y de otras que no lo son...


El tema de la Comunicación es abordado de forma válida. Los problemas son transmitidos a quien hay que comunicárselos, en el momento y en el modo más oportuno. En esa expresión tan sencilla queda resumido el núcleo de un buen tratado de Sistemas de Información. En El árbol de los zuecos, la cuestión está resuelta: no se trasladan los problemas a quienes no harían sino preocuparles. Sólo aquellos que pueden contribuir a resolverlos están al tanto.


El mayor enemigo de la comunidad de trabajadores –plantea el metraje- es el vago, que ni trabaja ni colabora. La causa, en este caso, es un excesivo amor por el morapio, que reduce lo que debería ser una exigente voluntad a “muestra sin valor”.


El sindicalismo hace también su aparición, en la plaza del mercado.
-Unos pocos –proclama el audaz- han de estar en la vanguardia...
Mientras tanto -¡qué bien lo refleja la cinta!-, la gente está más preocupada por los problemas del momento. O por las posibilidades de sacar ventaja. Así, uno de los asistentes al meeting social sólo está ocupado en recoger una moneda que a alguien se le resbaló del bolsillo.


Los horrores comienzan cuando un chaval –que va para intelectual, o cuando menos estudia, gracias al buenhacer del cura- rompe a la salida de la escuela uno de sus zuecos. Su padre, que lleva con discreción el problema, tala un árbol y dedica la noche entera a construir otro para su hijo. Cuando el dueño llega a saber esto, decide expulsar de sus tierras al campesino que se atrevió a apropiarse de uno de sus cientos de árboles, aunque a él no le sirvan para nada.


La salida de la familia desgarra el alma, porque la condena es a un destierro incierto, en el que sin duda el hambre estará presente. Nadie sale a despedirles, nadie quiere dar la cara por temor a revanchas del malvado capataz.


Una de las moralejas es que sólo cuando se humanicen las relaciones laborales se llegará a un mundo más vivible. Si sustituimos a los campesinos por empleados de empresas actuales, reconoceremos que la enseñanza sigue pendiente de aplicar.


Javier Fernández Aguado
Catedrático en Foro Europeo. Escuela de Negocios de Navarra
Socio-Director de MindValue.

lunes, 4 de abril de 2011

El mes de abril

El mes de abril llega cargado, como siempre, de interesantes compromisos. Un viaje a Pamplona para atender mi Cátedra será el primero de mis desplazamientos fuera de Madrid. También tendré ocasión de encontrarme con directivos de una de las principales empresas energéticas del país con ocasión de un programa MBA específico para ellos en el que colaboro desde hace ya más de un lustro. No faltarán tampoco las habituales reuniones de trabajo con los Comités de Dirección a los que asesoro.

Además, los directivos que están siguiendo procesos de coaching conmigo ya tienen fechas cerradas en casi todos los casos.

En el plano de la investigación, lo más significativo del mes será seguir avanzando en el estudio que junto a Lourdes Molinero estoy realizando sobre el liderazgo en la mujer a lo largo de la historia. Tenemos como reto acabar el libro para el mes de junio. Esperemos lograrlo.

En estas próximas semanas no hay, sin embargo, previsto, ningún foro abierto. En marzo fueron dos: Expo DP y la presentación del libro del Symposium del 25 de febrero de 2010. Entre uno y otro, tuve ocasión de saludar a más de trescientos profesionales. Como siempre, un placer intercambiar ideas y comentar proyectos.

En mayo, Dios mediante, habrá ocasión de encontrarnos en Barcelona, en el Manager Business Forum, que este año se promete más numeroso que nunca.

Con todo, como las agendas son necesariamente flexibles, de surgir algún foro que pueda ser de interés y abierto a lo largo de abril, no dejaré de comunicarlo en el blog.