lunes, 11 de abril de 2011

El árbol de los zuecos




Título: El árbol de los zuecos
Director: Ermanno Olmi
Actores: campesinos de Bérgamo.
Año: 1978
Temas: Despotismo. Economía solidaria. Explotación. Mandos intermedios. Revolución industrial. Sindicalismo.


Este clásico del cine, que recibió la Palma de Oro del Festival de Cannes, entra dentro del género del Cine forum.


Ermanno Olmi narra la historia de varias familias campesinas del norte de Italia, en el entorno de la revolución industrial. Si Ignazio Silone hubiera visto la película, la hubiera aprobado. Muchas de sus obras –Pane e vino, Uscita di sicurezza, Il segreto de Luca, etc.- apuntan en la misma dirección.


Con medios precarios, los campesinos bergamascos tratan de sacar adelante a los suyos. Los impuestos que han de pagar alcanzan los dos tercios de cada cosecha. Pero bien se encargan los trabajadores de reducir algo esa cantidad mediante trucos tan antiguos como la humanidad: cargando los carros de trigo con piedras, por ejemplo.


En medio de esa vida exigente, se suceden las alegrías. Cualquier novedad es festejo, aunque sólo sea por romper la monotonía. El núcleo familiar se encuentra consolidado, y los problemas se resuelven. Se describe el amor profundo a lo propio, entre otras ocasiones, al plantearse la conveniencia o no de enviar al orfanato a las dos hijas más pequeñas cuando su padre ha muerto y la madre a duras penas consigue salir adelante. El hijo mayor, todavía un crío de trece años, pero convertido en el apoyo de la cabeza de familia, está dispuesto a matarse a trabajar para mantener unidos a los hermanos.


Frente a lo que sucede habitualmente en el cine, la Iglesia es tratada con respeto. El sacerdote se manifiesta de palabra y con los hechos preocupado por el bien de su grey. Sus apariciones son oportunas, sin caer en esas fáciles ridiculizaciones a las que tan acostumbrados nos tiene Hollywood. Aquí, el cura cumple su función sin estridencias y se desvive por ayudar a los más necesitados.


Éstos son algunos de los consejos:


-No hay dinero que pueda pagar el amor.


-El paraíso comienza por el amor que somos capaces de tenernos en esta tierra.


Ese espíritu de colaboración, lleva a que las familias, por pobres que sean, atiendan con benevolencia a quienes se encuentran más necesitados. La sucesiva aparición de un mendigo, retrasado psíquico, es acogida con afecto y generosidad. Y, además, por un motivo superior al mero altruismo del que hacen gala con demasiada frecuencia algunas ONG’s actuales, herederas ignaras de aquella labor de atención social que comenzó a desarrollar la Iglesia hace tantos siglos.


El capataz (Consejero-Delegado) se muestra desconsiderado en el trato con los demás. A pesar de proceder de la misma clase social, se permite aires de grandeza, como si la confianza depositada en él por el dueño le concediese una patente de corso para actuar despóticamente.




Por lo demás, el propietario cierra un ojo, para permitir que su subordinado siga así. En el fondo, parece guardarse un as en la manga: afirmar que no conocía bien el sistema concreto de gobierno, por si en algún momento se produce una revuelta contra las maneras del capataz. Viejo truco es éste en el mundo organizativo: pero permitir que los mandos intermedios actúen de manera incorrecta, va contra quienes lo consienten. Quien teniendo autoridad no actúa para impedir desmanes, resulta más culpable que quien los comete. De esto habrían de dar cuenta no pocos altos directivos de organizaciones empresariales y de otras que no lo son...


El tema de la Comunicación es abordado de forma válida. Los problemas son transmitidos a quien hay que comunicárselos, en el momento y en el modo más oportuno. En esa expresión tan sencilla queda resumido el núcleo de un buen tratado de Sistemas de Información. En El árbol de los zuecos, la cuestión está resuelta: no se trasladan los problemas a quienes no harían sino preocuparles. Sólo aquellos que pueden contribuir a resolverlos están al tanto.


El mayor enemigo de la comunidad de trabajadores –plantea el metraje- es el vago, que ni trabaja ni colabora. La causa, en este caso, es un excesivo amor por el morapio, que reduce lo que debería ser una exigente voluntad a “muestra sin valor”.


El sindicalismo hace también su aparición, en la plaza del mercado.
-Unos pocos –proclama el audaz- han de estar en la vanguardia...
Mientras tanto -¡qué bien lo refleja la cinta!-, la gente está más preocupada por los problemas del momento. O por las posibilidades de sacar ventaja. Así, uno de los asistentes al meeting social sólo está ocupado en recoger una moneda que a alguien se le resbaló del bolsillo.


Los horrores comienzan cuando un chaval –que va para intelectual, o cuando menos estudia, gracias al buenhacer del cura- rompe a la salida de la escuela uno de sus zuecos. Su padre, que lleva con discreción el problema, tala un árbol y dedica la noche entera a construir otro para su hijo. Cuando el dueño llega a saber esto, decide expulsar de sus tierras al campesino que se atrevió a apropiarse de uno de sus cientos de árboles, aunque a él no le sirvan para nada.


La salida de la familia desgarra el alma, porque la condena es a un destierro incierto, en el que sin duda el hambre estará presente. Nadie sale a despedirles, nadie quiere dar la cara por temor a revanchas del malvado capataz.


Una de las moralejas es que sólo cuando se humanicen las relaciones laborales se llegará a un mundo más vivible. Si sustituimos a los campesinos por empleados de empresas actuales, reconoceremos que la enseñanza sigue pendiente de aplicar.


Javier Fernández Aguado
Catedrático en Foro Europeo. Escuela de Negocios de Navarra
Socio-Director de MindValue.

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