lunes, 18 de abril de 2011

LA LEALTAD EN LA EMPRESA. El ejemplo de Orfeo


Casó Orfeo con Eurídice. Era ésta, no se sabe con certeza, una ninfa o una hija de Apolo. Aquel dúo feliz disfrutaba de su vida en pareja, hasta que un día en que Eurídice paseaba sola a la orilla de un río en Tracia, Aristeo perdió el norte y comenzó a perseguirla con el evidente propósito de satisfacer lujuriosas inclinaciones.

No era presa sencilla, porque estaba dispuesta la mujer a defender su honorabilidad y la de su marido. Comenzada la carrera, parecía que tomaba ventaja. Pero no era Aristeo la única alimaña que convertía en peligroso aquel lugar. Una serpiente atacó a la esposa fiel y murió ésta por el veneno del ofidio. Aunque con este comportamiento había sido ejemplar, no debía de haberlo sido en épocas precedentes, y fue Eurídice condenada al infierno.

Su enamorado esposo quedó desconsolado al conocer las nuevas. No lograba entender cómo viviría a partir de ese momento.
Decidió, pues, hacer lo posible y lo imposible por rescatarla del Hades. Allí se dirigió con su mejor arma: la música. Con las delicadas notas que salían de su lira no sólo aplacó a los monstruos del Tártaro, sino que consiguió otros efectos sorprendentes:

1.- La rueda de Ixión dejó de girar;

2.- La roca de Sísifo se mantuvo por unos momentos en equilibrio;

3.- Tántalo (condenado a permanecer sumergido en el agua hasta el cuello, sin poder beber porque el líquido retrocedía cada vez que trataba de meterlo en la boca; y cerca de un árbol cargado de frutos sobre su cabeza, pero que cuando levantaba el brazo las ramas que cerca pendían se levantaban bruscamente poniéndose fuera de su alcance) olvidó por unos instantes su hambre y su sed...; y

4.- Hasta las mismas Danaides dejaron de llenar su tonel sin fondo.
Hades y Perséfone acceden a restituir a Eurícide a un marido que manifiesta de tal manera su pasión, pero ponen una condición ineludible: que vuelva hacia la luz seguido de su esposa, pero sin volverse a mirarla antes de haber salido del reino de la oscuridad.
Orfeo acepta el reto y emprende la marcha. Durante mucho tiempo van avanzando con tranquilidad y seguridad. Confiado en la promesa camina hacia adelante. En la medida en que va concluyendo el túnel, su seguridad empieza a flaquear, principalmente porque no escucha pasos detrás de él. ¿Y si todo hubiese sido una ilusión vana? ¿Y si nada de lo que se le ha dicho fuese cierto? ¿Y si en realidad nadie le sigue? ¿No se habrán burlado de su credulidad? ¿Habrá sido su honradez tomada a chacota?

Carcomido por las dudas, opta por mirar hacia atrás.

Y sucede lo que se le había amenazado, pierde de vista a Eurícide, que se desvanece, y regresa a lo más profundo de los Infiernos, de donde ya no será posible volver a recuperarla. Mientras desaparece, clama la desdichada con profundísima tristeza:

-Orfeo, ojalá hubieses sido capaz de controlar tu impaciencia y tu falta de confianza unos pocos pasos más. Yo habría sido tuya por siempre. Pero ahora, por tu debilidad, debo regresar. Adiós, amor mío, adiós.

Cuando Orfeo lo intente, Caronte se negará a permitirle el tránsito, inconmovible ya incluso a la música de su lira. Desconsolado, hundido, Orfeo torna al mundo de los humanos.
Aquel por quien Persépone intercedió ante Hades suplicando:

-Haz lo que te pide, devuélvele a su querida Eurícide. Apíadate, porque un amor tan grande no debe ser destruido...,

ahora se ve reducido a vagar como sin sentido.

La lealtad es un hábito difícil, porque son muchas las solicitudes que se reciben en la empresa, a derecha e izquierda, para cambiar de orientación en las decisiones.

El valor de la lealtad viene señalado por la altura de los objetos a los que se refiere. Al hacer referencia a la voluntad, el hombre todo se convierte de alguna manera en aquel objeto al que es fiel. No se trata de permanecer siempre inalterable, sino de responder a los compromisos adquiridos, dando por supuesto que éstos merecen la pena. No sería verdadera lealtad la que se prestase a una banda de salteadores, sino la que se rinde a principios de peso, por los que tenga sentido renunciar a otros descaminos.

En tiempos pasados se entendió como deslealtad el cambio de empresa a lo largo de un recorrido profesional. Eso conducía a un cierto anquilosamiento, a una disminución de ese necesario espíritu de riesgo, de aventura, que es esencial en la vida.

Hoy, por el contrario, se ha pasado al extremo contrario. Se concede incluso el calificativo de leal a quien rompe vínculos, incluso sagrados, para correr tras su capricho. Ese espíritu de veleta inconsistente es aplaudido por muchos, porque resulta de lo más andadero: basta con dejarse llevar por la corriente...

Combinar la lealtad con el sentido común, es tanto como lograr una correcta imbricación entre los planes de carrera institucionales y los planes de carrera personales. Son los primeros los que diseña la empresa para sus empleados. Con excesiva frecuencia implican una entrega a muerte, con armas y bagaje, a los intereses de la entidad mercantil. A cambio, se recibe la promesa de ascensos y promociones. Muchas veces los más jóvenes entran en esta rueda, que les conduce a vender su alma a la gestión.

El plan de carrera personal es el más relevante. Debería cada uno diseñarlo a su medida, según las propias expectativas, necesidades, aptitudes y actitudes. Con el oportuno asesoramiento, habrá que tomar las decisiones adecuadas para apuntar a donde cada uno debe llegar. Su principal obligación será establecer claramente su deber-ser (las metas de su existencia) y poner los medios para alcanzarlo. De hecho, su ser -su presente- irá forjándose en función de aquel punto que desea alcanzar.

En ese equilibrio armónico en el que la existencia cumplida debe consistir, la lealtad a la empresa no deberá ser ciega. Principalmente por dos motivos:

1.- Las relaciones mercantiles quiebran. ¿Cuántas veces se ha utilizado el eufemismo “una inteligente política de personal”, para despedir gente, sin preocuparse de qué suceda con ellos? ¿Cuántos directivos andarán preocupados por sus empleados despedidos en vez de por las propias prebendas...?

2.- Las pleitesías no deben ser completas sino al Bien, a la Verdad y a la Belleza. ¡Demasiados que organizan toda su vida en torno y en función de un proyecto empresarial propio o ajeno, descubren luego con amargura que han olvidado aspectos esenciales de la existencia que les hubieran asegurado una felicidad de la que ahora carecen!
La lealtad profunda, la que no debería resquebrajarse jamás, ha de ser con principios esencialmente valiosos, con el propio programa vital: quien desea que su surco sea recto, ata su arado a una estrella.

Otra cosa es ese respeto a la propia empresa y a quienes la dirigen, que debe encuadrarse dentro de las sanas coordenadas del cumplimiento de las obligaciones profesionales. La fidelidad transita -como los demás hábitos operativos- por un sutil sendero que tiene a un extremo la escurridiza ladera del oportunismo del aprovechado, y por el otro el cerrilismo del fanático, ayuno de formación suficiente para interpretar la realidad de manera enriquecedora.

En una sociedad como la nuestra, vale la pena insistir en la relevancia de procurar difundir lealtad, porque la persecución del propio interés, de la personal calidad de vida, arrasa con ese necesario respeto que ha de tenerse a los principios que han de regir toda relación comercial.

No hay que olvidar tampoco que con desproporcionada frecuencia se insiste en la fidelidad que deben los asalariados a sus jefes. Pero también éstos deben lealtad a quienes con ellos colaboran en sacar adelante los proyectos. Abandonar al náufrago a su suerte es la fácil solución que algunos adoptan para quitarse problemas, olvidan que como en la obra literaria se recuerda: los cadáveres que vosotros despreciáis gozan de muy buena salud.

Antes o después, vuelven a cruzarse los caminos de unos y de otros. Haber dejado un rastro de buen hacer será la mejor tarjeta de visitas para futuras relaciones profesionales. Por el contrario, tener fama de persona que ante la dificultad abandona a los compañeros, desacredita para futuras iniciativas. La lealtad es siempre una interesante apuesta al medio y largo plazo, aunque al corto se premie más la infidelidad. Pero, así, en frío, ¿quién considerará seriamente que aquel que está traicionando a sus antiguos empleadores, mantendrá una voluntad firme de servicio para con los nuevos? ¿No sucederá, más bien, que esos astutos de ocasión empleará información privilegiada -cuando no robo de datos- para seguir escalando, dentro de esa carrera de trepas en las que se han embarcado?

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