lunes, 20 de junio de 2011

ORGULLO PERSONAL Y COLECTIVO






En el año 1274 a.d.C, tuvo lugar un enfrentamiento que supuso un importante punto de inflexión en el reinado del Faraón Ramses II. Se trata de la conocida como batalla de Qadesh. En ella, el faraón se enfrentaba a las tropas hititas, dirigidas por Muwatallis.
Los asesores de imagen de Ramses II, instados por él, convirtieron un suceso técnicamente de empate en un memorable éxito para su jefe. Los textos que se conservan –obviamente inspirados por el monarca- así lo muestran. He aquí un ejemplo de lo que hizo que se escribiera en piedra sobre él: “no es un hombre el que está entre nosotros, es el dios Sutej, de inmensa valentía; es Baal en persona Sus proezas no son acciones propias de un hombre, sino de un ser único, que tiene la potestad de deshacer a cientos de miles sin ayuda de la infantería ni de los escuadrones de carros. Fijaos, si alguien se acerca a él, su brazo desfallece; no hay ya quien sea capaz de echar mano del arco o de la lanza cuando ve a éste venir a su encuentro galopando por el camino. ¡Huyamos de él, antes de que arrebate a nuestras bocas el aliento!”.

La mitificación del máximo responsable es algo común en la historia de las organizaciones. En parte, porque muchos se dejan enredar en la perniciosa red de la vanidad; pero también, porque quienes rodean al dirigente se empeñan en halagarle –y en cegarle- con paladas de prescindible incienso.

En ocasiones, tanto en el pasado como en la actualidad, el orgullo incontrolado de un emprendedor, de un dirigente, de un político… lleva a la difusión de esa patología a toda la organización. Así, determinadas marcas empresariales se atribuyen la exclusividad en un determinado sector. El orgullo puede transitar de lo individual a lo colectivo casi por ósmosis. En el ámbito de algunos países, y por lo que respecta

Hace pocos días, uno de los más destacados pensadores contemporáneos de la ciencia del Management me narraba su encuentro con una empleada –poco más que secretaria e incorporada hace apenas dos años- de una encumbrada Escuela de Negocios, que hace años fue diferencial y hoy ha perdido gran parte de su fuelle. Con todo, el orgullo institucional llevaba a esa subalterna a asegurar con firmeza que quien no estuviera en el entorno de su organización nada podría aportar, pues el arcano de la ciencia lo poseían ellos.

Mi amigo tuvo que aguantarse la risa ante semejantes afirmaciones. Y es que lajactanciacorporativa afecta a quienes carecen del suficiente sentido común preciso para pasarse la vida aprendiendo en vez de afirmar que se ha llegado a la cumbre.

Profesionales valiosos hay que, por envidia –provocada en ocasiones por alguna afección psiquiátrica- son incapaces de crear, y optan o por enrocarse en el castillo de sus marcas (que antes o después acaban por tambalearse) o en ridículas críticas, que provocan hilaridad.
Nuestro país avanzaría más deprisa si todo el mundo sustituyera quiméricas posiciones de orgullo y/o envidia por el sano deseo de emular a quienes, en este país o en otros, aportan en su respectivo ámbito profesional.

Javier Fernández Aguado

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