lunes, 6 de junio de 2011

¡Qué bello es vivir!



Título: ¡Qué bello es vivir!
Director: Frank Capra.
Intérpretes: James Stewart, Donna Reed, Lionel Barrymore, Thomas Mitchell, Henry Travers, Beulah Bondi, Ward Bond, Frank Faylen, Gloria Grahame.
Año: 1946.
Temas: Economía solidaria. Microcrédito. Negociación bancaria. Proyectos empresariales.

La fuerza narrativa de este cuento de Navidad, que es a la vez un fuerte revulsivo para el optimismo y la reflexión, consiste
en mostrar alegres luces en medio de lo más triste y frío.
Comienza la película, tras un breve dialogo de ángeles, con un impecable flashback en el que el autor narra la vida de George Bailey (James Stewart), y de su mundo, la ciudad de Bedford Falls (EE.UU.). De pequeño, al salvar a su hermano de morir ahogado, quedó sordo de un oído. Su Ángel Custodio le susurrará buenos consejos, mientras el diablo no podrá hacer lo mismo con un sordo del oído izquierdo... De ahí que su comportamiento haya sido siempre ejemplar.
Dentro de cada ser humano se esconde lo mejor y lo peor. Como bien dijera Nelson Mandela, cada uno de nosotros somos el dueño de nuestro destino, capitán de nuestra alma. Con las innegables influencias del ambiente, cada persona decide dónde quiere posicionarse: en el lado de quienes aportan o de quienes dañan.
George es un soñador, inteligente y bueno. Gerente de un escasamente fructífero negocio de prestamista para que las gentes humildes construyan sus hogares, el soñador se convierte en el arquitecto de las vidas de muchos, a quienes no exige más garantías que un guiño de amistad.
Felizmente casado con Mary Hatch (Donna Reed), su existencia transcurre apacible, hasta que el Tío Billy (Thomas Mitchell) pierde una importante cantidad de dinero que va a caer en manos del banquero Potter (Lionel Barrymore).
George, arruinado y a punto de ser conducido a la cárcel, se agarra desesperado a la póliza de un seguro de vida que permitiría a su familia pagar la deuda y salir adelante: vale más muerto que vivo.
Interviene entonces Clarence (Henry Travers), un ángel algo torpe, quien a raíz de la manifestación del propio George de que desearía no haber nacido, le muestra cómo hubiera sido el mundo de haberse cumplido su deseo. Ese futurible resulta tremendo; incluso la ciudad hubiera tenido otro nombre –Pottervillage- en honor del perverso Potter.
George rectifica su decisión, y el pueblo entero se vuelca con él, prestándole dinero. Destaca en medio de la montaña de dólares un libro de Oliver Twist dedicado por el propio Clarence, donde afirma que la mayor riqueza de un hombre son sus amigos. Y George los tenía.
El sentido de la amistad, del amor, ideas como el egoísmo, la avaricia, la humildad, etc., se suceden en una película extraordinaria.
Producida en 1946, escrita por Frank Capra en colaboración con Frances Goodrich, dirigida por Capra, ¡Qué bello es vivir!, es una de las mejores películas de la historia del cine: no sólo han resistido el paso del tiempo, sino que ha mejorado con su transcurso.
El tratamiento del mundo bancario es ambivalente: de un parte se plantea la casi altruista actividad de George Bailey, capaz de ayudar a los otros fiado en la buena voluntad y rectas disposiciones.
De otra, la actitud de Potter acusa sin ambages a Bailey de falta de rigor. Él no arriesga, sino que acumula gracias a la rápida ejecución de los fallidos, más aún en un momento en el que su cuasi-monopolio -únicamente enturbiado por la actividad del odiado competidor- y la ausencia de cualquier tipo de defensa por parte de los clientes (¿qué hubiera sucedido de existir ya las asociaciones de usuarios de Banca?), le deja campo abierto para su actividad usurera.
La iniciativa de Bailey podría ser denominada como un ante litteram de esa banca de microcréditos que tan buen resultado ha dado en muchos países, y que ahora algunas entidades financieras están comenzando a promover también en España.
¡Qué bello es vivir! es un útil instrumento pedagógico para plantear la dicotomía entre dos modos
de entender el mundo de la banca: la maximización del beneficio y la de la amistad y la comprensión.
Capra toma claro partido por la actitud de Bailey, pero no estaría de más un apunte a la necesaria introducción de nuevas cargas de rigor en ese idealista modo de plantear los negocios. Quien sólo se fiara de la intuición y la generosidad, difícilmente será capaz de construir un proyecto sólido para el futuro.
Más allá del análisis de las entidades financieras, en este largometraje se plantea la necesidad de crear instituciones que potencien las posibilidades de inclinación al bien que cada ser humano alberga en su interior. En ocasiones, se propone el modelo del partido nazi para entender cómo una estructura perversa puede conducir al abismo a toda una generación. De manera más cercana, algunas organizaciones –incluso con fines supuestamente altruistas- debería reflexionar sobre los porqués de conducir al descalabro a muchos de quienes allí se acercaron por la aparente bonhomía de los promotores. Los fines nunca justifican los medios. Y esto no sólo cuando hablamos de modelos como el nazismo, el comunismo, el maoísmo o el castrismo, sino también de otros ilusoriamente positivos.
El equilibrio entre el bien organizativo y el bien de las personas, cuando se inclina desproporcionadamente hacia el primero de los platillos torna perverso cualquier proyecto. ¡Cuántas reflexiones debería provocar el largometraje de Capra, también en quienes emplean esta película como si a ellos no afectara el mensaje!

Javier Fernández Aguado
Catedrático
Foro Europeo. Escuela de Negocios de Navarra

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