lunes, 25 de julio de 2011

KOESTLER



Arthur Koestler se convirtió en mi juventud en autor de culto. Me sucedió lo mismo con algunos más: Silone, Tolstoy, Steinbeck, Steiner, Schopenhauer, Nietzsche, Camus, Frankl, Solzhenitzyn, Green…Pasaron por mis manos docenas de sus obras, que absorbí apasionadamente en el intento de penetrar desde diversos ángulosen el sentido del mundo.


Mi reciente cumpleaños, y un oportuno regalo de mi esposa, me han permitido disponer de las memorias de Koestler, nuevamente reeditadas: casi mil páginas. Las primeras seiscientas las he leído de un tirón. El resto, desafortunadamente, pierde la grandiosidad.
Koestler fue un intelectual comprometido, y lo suficientemente coherente para reconocer sus errores. De su fe marxista habla magistralmente. Y más aún del fiasco que le supuso descubrir las falacias criminales del comunismo.


Su descripción de las sociedades cerradas es épica. Sus explicaciones se aplican no sólo a los partidos radicales de izquierda o al nazismo, sino también a muchas otras organizaciones, incluso algunas que prometen fines mucho más espirituales. Señala el autor húngaro que en una sociedad cerrada sólo hay dos principios: primero, la verdad es lo que la cúpula ha afirmado; segundo, si alguien disiente, tiene un problema psicológico que hay que abordar. Nunca, en una sociedad cerrada, se admite la reflexión sobre los errores o la falta de perspectiva que daña a quienes promete ayudar.


Uno de los múltiples ejemplos que he conocido de sociedades cerradas fue una pyme en la que el máximo directivo espetó a un empleado que deseaba abandonar, porque consideraba aquel ambiente irrespirable:


-Tienes esta empresa para triunfar; fuera de aquí, el mundo para fracasar.
Falacias semejantes se reiteran cuando falta reflexión y apertura suficiente para columbrar la limitación de las propias percepciones.
Hace pocas semanas, uno de esos amigos de cuya conversación disfruto desde hace décadas –con interrupciones por mis años de residencia fuera de España-, me describía una organización que tuvo prestigio en nuestro país hace años:


-Su gran problema es que para lograr ‘su’ bien, hacen muchísimo mal.
Sublime resumen.
Otro de los múltiples aciertos de la autobiografía de Koestler es su diferenciación entre revolucionarios y rebeldes. Para él, los primeros son sencillamente burócratas de una utopía. Los segundos son entusiastas de un proyecto. Afirma en su obra que el comunismo acabó en burocracia cruel y despiadada (¿cómo olvidar las sucesivas y provocadas hambrunas stalinistas y maoístas?). Él procuró seguir siendo un rebelde.

Ojalá, cada uno en lo suyo, procure ser un intraemprendedor, que es un modo de rebeldía; y no convertirse en un revolucionario de pacotilla: de ésos que pretenden cambiarlo todo, menos a sí mismos.



Javier Fernández Aguado

lunes, 18 de julio de 2011

¡VIVAN LOS MEDIOCRES! El ejemplo de Babis, Dédalo, Lamia y Miseno


Marsias (hijo de Hiagnis y Olimpo, o quizá de Eagro) era un sileno -nombre genérico dado a los sátiros en su vejez- procedente de Frigia. Es considerado como el inventor de la flauta de doble tubo, que se diferencia en parte de otro instrumento musical con mucha historia: la siringa o flauta de Pan. Era Siringe una hamadríade (o ninfa de los árboles) procedente de la región de Arcadia, que enamoró a Pan (dios de los pastores y los rebaños).

Éste la persiguió para conocerla, pero cuando ya estaba a punto de alcanzarla, ella se transformó en caña, en las orillas del río Ladón. El viento, al agitarlas, las hacia sonar. Tuvo así una idea el dios Pan: unir varias, de diferente longitud, con cera. Se formó así la siringa, instrumento musical que denominó con ese nombre en memoria de la ninfa amada.


Cerca de la ciudad de Éfeso existía una caverna en la que Pan depositó su siringa. Las mozas que aseguraban ser vírgenes eran invitadas a encerrarse en aquel lugar. Si lo eran (y es que por mucho que se diga, era un valor -al igual que en nuestros días- el que las mujeres se conservasen lozanas para el matrimonio), se oían en el interior de la cueva sones armónicos procedentes del musical instrumento. La puerta se abría y, coronada de pino, salía la casta muchacha. De no serlo, unos gritos fúnebres invadían el entorno, y al abrir la puerta pasadas algunas jornadas, nada quedaba de la mentirosa. Pero volvamos a Marsias. Como inventor de ese nuevo tipo de flauta, se le representaba en ocasiones en el cortejo de Cibeles, cuyos componentes disfrutaban tocando tanto el tamboril como la flauta.


También se narraba, y es en parte coincidente, que fue Atenea la que en realidad inventó la flauta. Un día, mientras se entretenía haciéndola sonar, se vio reflejada en un río. Contemplar sus mejillas deformadas -¡ay, la estética!- le produjo tal impresión que lanzó el instrumento cuanto lejos pudo. Quizá sucedió -según otros- que fabricó la proto-flauta con huesos de ciervo, frutos de un impresionante banquete digno de la mansión de los dioses.

En plena función, Hera y Afrodita se burlaron de ella, pues la faz quedaba algo ridícula. No fiándose de la información de dos competidoras, fue a Frigia a mirarse en un arroyo. Al verificar Atenea la información recibida, tiró el tubo musical, llenando de amenazas a cualquier que se atreviese a emplear aquella fuente de melodías por ella despreciada. Marsias, poco atento a las graves amenazas, la recogió y se atrevió a retar a la lira de Apolo (y es que a pesar de la vejez que su título le otorga, no debía Marsias de tener mucho sentido común -no en vano es éste el menos común de los sentidos-, porque inflarse con vanidosas fanfarronerías no acaba bien). El dios aceptó el reto, y puso las condiciones: quien perdiese se entregaría al libre antojo del vencedor. De otras debía de haberse librado el anciano sátiro cuando aceptó.

El primer intento resultó un total fracaso, pero el astuto Apolo marcó las reglas del juego (¡nunca hay que dejar a la contraparte la redacción de un contrato o de un protocolo de acuerdos previos...!): desafió al contrincante a tocar el instrumento en posición invertida, como hacía él con la lira. Marsias salió derrotado y Apolo cumplió su amenaza: lo colgó de un árbol (plátano a decir de Plinio) y lo desolló. Arrepentido quizá por aquel comportamiento tan vengativo, acabó Apolo por romper la lira y transformó a Marias en un río.


Babis es hermano de Marsias. Al igual que su hermano, también toca la flauta, pero de un solo tubo, mientras que -como acabamos de ver- Marsias emplea de doble. Tan mal lo hacía Babis, que resulta un inocentón ni siquiera merecedor de sufrir las furias de la cólera desatada del dios.


Frente a lo que se dice en los anuncios de empleo, no se busca a los valiosos sino a quienes no darán problemas. Se potencia habitualmente la pasividad, la negligencia, el oficialismo... Sobre todo aquel que se esfuerza por trabajar, saliendo del adocenamiento en el que tan fácil es caer al cabo de un tiempo, independientemente del trabajo que se realice, se alza la guadaña envidiosa de los apoltronados, de quienes no están dispuestos a esforzarse nada más que lo imprescindible para seguir hozando en sus puestos.

Es la medianía el lugar más apto para permanecer en el trabajo. Será preciso -para ser contratado- manifestar alguna cualidad especial, pero una vez dentro del barco, lo más seguro será "no hacer nada", asentir amorfamente a los deseos del inmediato superior, aunque éste sea un gañán.


El ideal de extender "learning organizations", es decir, instituciones en las que se promueva la mejora continua es todavía una utopía en la mayor parte de los casos.


Las propuestas de algunos teóricos del Management de premiar el error, pues apostar es el mejor modo de manifestar audacia (quien jamás se equivoca es que nunca arriesga), parece un modelo excesivamente lejano. Lograr eso, pasaría por mandar a sus casas a muchos directivos ascendidos a base de no pesar, de pleitesías rendidas e hipócritas, que nada saben y a nada aspiran más que a vegetar. Utilizan un medio para esconder su insipiencia: quejarse sistemáticamente de lo mucho que tienen que hacer. Cualquier observador imparcial ríe a mandíbula batiente al contemplar esos acomodados mandos de escaso valor, perezosos, engordados en inútiles comidas a cargo de la empresa, que "sangran" a las entidades con retribuciones desproporcionadas, mientras atienden a gastos insignificantes de sus subordinados.


Su obsesión habitual se convierte en impedir que los valiosos asciendan, porque entonces se vería con claridad que ellos, pomposos directivos, sobran. No es sencillo, porque para llegar y mantenerse en esos puestos se han creado densas redes de intereses mutuos -de simétricos y vacíos autobombos- que es difícil romper. Aun así, no está de más desear una sana clarificación del panorama de las entidades mercantiles (mientras hay sueños e ilusiones, existe juventud: lamentos surgirán en el día en el que uno acepte el status quo sin poner algún medio para mejorar el entorno). Era Dédalo un ateniense de la familia real de Cécrope, tal como hemos ya explicado. Prototipo de artista universal, arquitecto, escultor, inventor... Se le llegaron a atribuir incluso las estatuas animadas a las que se refiere Platón en el Menón. Su hermana Pérdix le solicitó que acogiera como aprendiz a su hijo Talo. El chaval era espabilado y pronto demostró tal pericia que en Dédalo afloró uno de los pecados capitales más habituales: la envidia. Los malvados sentimientos fueron a mayores cuando el sobrino (el subordinado) demostró plenamente su valía inventando la sierra, tomando como inspiración los dientes de una serpiente. Cegado ya, Dédalo precipitó al aprendiz desde lo alto de la Acrópolis (hoy en día le habrían despedido sin contemplaciones bajo cualquier excusa por no querer reconocer la capacidad del joven).


Como todos -incluso los más torticeros-, tuvo Dédalo una segunda oportunidad en Creta, junto al rey Minos, de quien llegó a ser arquitecto y escultor habitual. Por dar contento a la mujer del monarca, Pasífae, construyó una vaca de madera. Más tarde llegó el propio Dédalo a padecer persecución por parte de su anfitrión, que envidió su ingenio para escapar de la condena a que había sido sometido junto con Icaro. Y es que, antes o después, salvo los muy rastreros, quién más quién menos tiene que pasar por la prueba de que otros miren con malos ojos lo que él hace, independientemente de la rectitud con que actúe. Bueno es estar prevenido para no sorprenderse cuando ocurra.


Nada sucede: ladran, luego cabalgamos. El envidioso tiene afán por molestar, porque con ese incordio se siente él realizado. Era Lamia una doncella nacida en Libia (hija de Belo y Libia). Zeus ya la había conocido, pero cada vez que intentaba dar a luz, Hera, llena de celos, hacía perecer a la criatura recién nacida. Atenazada por esas podridas artimañas, Lamia huyó para ocultarse en una cueva solitaria. Desesperada por tanta desgracia, fue ella también atacada por el mal de la envidia. Convertida en monstruo, robaba y devoraba a los hijos de las madres dichosas. Hera, malvada hasta lo inverosímil, la había privado del descanso nocturno para que ampliase el horario en el que realizar sus barbaridades. Zeus, compadecido al fin de tanto infortunio, le proporcionó la posibilidad de quitarse los ojos y volver a ponérselos, según quisiese.


De este modo, sobre todo en circunstancias de especial tensión, o cuando había libado demasiado, se los quitaba, y los introducía en una vasija. Era entonces inofensiva. Otras veces, por el contrario, andaba errante de un lado para otro, con ansias de dañar a cualquiera que apuntase el más mínimo vislumbre de contento. Siempre acaba la envidia en algún tipo de locura. Es ésta personificada por Manía. Es, analógicamente a las Erinias y a los demás genios infernales, mitad divinidad y mitad abstracción. En cualquier caso, agentes de la cólera de los dioses. Remitida a aquellos que no aceptan las reglas -el sentido común, el respeto por los demás...-, los saca de sus casillas de forma permanente. Precipita a odiar a gentes en las que cualquier juicio objetivo y no nublado por la maldad no vería sino honestidad. Acaba el vanidoso pagando sus "fantasmadas".


Miseno, compañero de aventuras de Ulises, un día que la flota se encontraba anclada en Campania, desafió a los dioses, asegurando que hacía sonar la trompeta como nadie en el mundo. El dios marino, Tritón, tocador de la concha, le arrojó al mar, donde se ahogó. Acabaron enterrándole en el lugar al que dieron su nombre.


Javier Fernández Aguado

lunes, 11 de julio de 2011

BUGSY



Título: Bugsy


Director: Barry Levinson


Actores: Warren Beatty, Annette Bening, Hervey Keitel, Ben Kingsley, Wendy Phillips.


Año: 1991


Temas: Alianzas Estratégicas. Capitalización empresarial. Competencia. Fusiones. Huida hacia delante. Socios.




Bugsy Siegel (Warren Beatty) es un ejecutivo eficaz en el ámbito de los negocios en que se mueve: fundamentalmente droga y juego. Como también en esos sectores el criterio es “o crece o muere”, los responsables de la costa Este deciden ampliar, adquiriendo la competencia, en la costa Oeste. Bugsy recibe de Meyer Lansky (Ben Kingsley) y otros jefes y socios, el encargo de responsabilizarse de esa operación. La llegada de Bugsy a California es recibida con temor, porque muchos conocen de sus métodos: si cabe calificarlos de algún modo, es de poco ortodoxos. Con amenazas de muerte, logra su propósito: los socios se sienten inicialmente satisfechos.




Quien se dedica a este tipo de negocios no es un dechado de virtudes. Bugsy se amolda a la regla. Bebedor, brutal, cruel y mujeriego, tras múltiples revolcones, cae en las garras de una calientacamas, Virginia Hill (Annete Bening).




Entre las muchas ideas que Bugsy alienta, por ejemplo tras conocer a la mujer de un jerifalte italiano, amigo de Mussolini, se encuentra la de ir personalmente a Italia a asesinar a aquel dictadorzuelo, colaborador de Hitler.




Podría pensarse que se trata del típico metraje de gansters, producto de un guionista con mediana imaginación. Pues, no. Todo lo narrado –y lo que viene a continuación-, salvo detalles de ambientación, es historia real. Sucedió en Estados Unidos en la década de los cuarenta, y es el origen de la ciudad de Las Vegas. En un viaje con la zorrupia y un amigo, Bugsy cierra, por indicación de aquélla, un local de juego que no le ha resultado suficientemente digno.




Atravesando el desierto, de repente Bugsy considera que el desarrollo del negocio ha de fundamentarse en nuevas ideas. La que propondrá enseguida es la construcción de un hotel “en medio de ningún sitio”, que sea lugar de encuentro de muchos jugadores, en un Estado en el que no está prohibido apostar. Considera –y lo explica poco después a los socios- que con esa operación podrán no sólo ganar mucho dinero, sino también introducirse en el mundo de la política, pues con guita comprarán a aquellos politicastros que se les pongan por delante (como por otra parte ya lo vienen haciendo con un fiscal). Refunfuñando los socios, comienza la construcción del hotel Flamingo.


Tanta actividad, sin embargo, junto con la presencia de Virgina Hill en su existencia, no favorece para nada la esporádica convivencia entre Bugsy y su esposa, Esta Siegel (Wendy Phillips), que está dispuesta a aceptar algún escarceo, pero no el sistemático desprecio hacia ella y hacia las niñas del que hace gala Bugsy. Así, y sin que él se atreva a plantearlo, es ésta la que toma la iniciativa en el sendero hacia el divorcio. Bugsy, entre tanto, no dispuesto a que nadie le traicione, acaba con la vida de Michey Cohen (Hervery Keitel), que, siempre necesitado de dinero, se ha ido un poco de la lengua de manera imprudente.


Aquel crimen le cuesta a Bugsi un periodo en prisión (no en vano el fiscal está comprado), y pronto vuelve a la calle y a las andadas. Virginia Hill, que además de pelandusca es ladrona, aprovecha la confianza de su amante, para desplumarle. Así, de aquel millón de dólares inicial que iba a costar la construcción del complejo hotelero, en poco tiempo se baraja ya la cifra de seis millones. Dos de ellos, no porque fueran necesarios, sino porque la prójima los ha despistado hacia una cuenta bancaria en Suiza.


Tan enamorado está Bugsy de ella que ni siquiera cuando le aseguran que está produciéndose aquella sangría acaba de creérselo. Todo ello, unido al fracaso de la inauguración del hotel a causa de una tremenda tormenta, le cuesta la vida. El encargado de terminar con ella es Meyer, quien hasta ese momento parecía ser su mejor socio y amigo.




Muchas son las enseñanzas para el mundo de la empresa, en este metraje que –insisto- si no fuese reflejo de una historia real, podría ser acusado de fantasioso:




1.- La familia hay que cuidarla, porque por mucha paciencia que tenga la contraparte y/o los hijos, malos tiempos llegarán cuando los críos pregunten: -Mamá (o papá), ¿cuándo viene papá (o mamá) de visita la próxima vez? Tener dominado-controlado el trabajo no es sencillo, pero es el único camino posible para una existencia equilibrada.




2.- Quien se mete en negocios turbios, antes o después acaba por estrellarse, aunque durante una temporada considere que las cosas van de maravilla, porque el dinero entra a raudales.




3.- Si no existe un poco de sentido común, el dinero, lo mismo que llega, se va. Por muchos millones que se perciban, al final se acaba sin un ochavo.




4.- Ir buscando amores de ocasión es triste. No cabe sorprenderse de que también la buscona (o el calavera) lleven camino recorrido. Es curioso cómo quien no es capaz de ser fiel, tiende a exigir a la otra parte que sí lo sea...




5.- Cuando de poseer avariciosamente dinero se trata, la amistad se torna relativo, y puede desaparecer en cualquier momento: lo crematístico –salvo en personas de buenas disposiciones- acaba arrasando con todo, incluido el afecto.




Javier Fernández Aguado


Catedrático Foro Europeo.


Escuela de Negocios de Navarra

lunes, 4 de julio de 2011

EL MES DE JULIO



El comienzo del mes de julio me encuentra en la playa con la familia. Unos días para pasear, leer y acumular fuerzas para unas semanas llenas de actividad en diversos lugares de Europa y América. Los míos tendrán la fortuna de quedarse durante un par de meses.

Como suele suceder en estas fechas, no habrá actividades abiertas, pero sí bastantes reuniones in company: desde sesiones con comités de dirección a jornadas con empresas de diversos sectores: farmacéutico, asegurador, etc.

Entre los sucesos próximos más relevantes se encuentra un proyecto de formación para la alta dirección de una de las mayores multinacionales hispanoamericanas que me llevará en sucesivas ocasiones a América entre agosto y diciembre. Los ‘finalistas’ para el proyecto –según me comentaron explícitamente- habíamos sido S. Covey y quien esto escribe.

También se ha confirmado otro proyecto de formación, ya puesto en marcha, para la alta dirección de una de las mayores entidades financieras del mundo. Intervenimos, como columna vertebral del programa, un profesor de IMD Business Schooly quien suscribe.

Por lo que a la producción intelectual se refiere, dentro de pocas fechas espero poder dar a la imprenta los dos nuevos libros ya pre-anunciados. Quedan los últimos remates.

A la vez, tengo que concluir la revisión de nuevas ediciones de obras como La soledad del directivo y 1010 Consejos para un Emprendedor, de nuevo agotadas.

Para quien pueda interesar, adjunto una entrevista aparecida en relación a la primera.

http://www.slideshare.net/jfaguado32/entrevista-javier-fernndez-aguado-y-jos-aguilar




Javier Fernández Aguado