lunes, 18 de julio de 2011

¡VIVAN LOS MEDIOCRES! El ejemplo de Babis, Dédalo, Lamia y Miseno


Marsias (hijo de Hiagnis y Olimpo, o quizá de Eagro) era un sileno -nombre genérico dado a los sátiros en su vejez- procedente de Frigia. Es considerado como el inventor de la flauta de doble tubo, que se diferencia en parte de otro instrumento musical con mucha historia: la siringa o flauta de Pan. Era Siringe una hamadríade (o ninfa de los árboles) procedente de la región de Arcadia, que enamoró a Pan (dios de los pastores y los rebaños).

Éste la persiguió para conocerla, pero cuando ya estaba a punto de alcanzarla, ella se transformó en caña, en las orillas del río Ladón. El viento, al agitarlas, las hacia sonar. Tuvo así una idea el dios Pan: unir varias, de diferente longitud, con cera. Se formó así la siringa, instrumento musical que denominó con ese nombre en memoria de la ninfa amada.


Cerca de la ciudad de Éfeso existía una caverna en la que Pan depositó su siringa. Las mozas que aseguraban ser vírgenes eran invitadas a encerrarse en aquel lugar. Si lo eran (y es que por mucho que se diga, era un valor -al igual que en nuestros días- el que las mujeres se conservasen lozanas para el matrimonio), se oían en el interior de la cueva sones armónicos procedentes del musical instrumento. La puerta se abría y, coronada de pino, salía la casta muchacha. De no serlo, unos gritos fúnebres invadían el entorno, y al abrir la puerta pasadas algunas jornadas, nada quedaba de la mentirosa. Pero volvamos a Marsias. Como inventor de ese nuevo tipo de flauta, se le representaba en ocasiones en el cortejo de Cibeles, cuyos componentes disfrutaban tocando tanto el tamboril como la flauta.


También se narraba, y es en parte coincidente, que fue Atenea la que en realidad inventó la flauta. Un día, mientras se entretenía haciéndola sonar, se vio reflejada en un río. Contemplar sus mejillas deformadas -¡ay, la estética!- le produjo tal impresión que lanzó el instrumento cuanto lejos pudo. Quizá sucedió -según otros- que fabricó la proto-flauta con huesos de ciervo, frutos de un impresionante banquete digno de la mansión de los dioses.

En plena función, Hera y Afrodita se burlaron de ella, pues la faz quedaba algo ridícula. No fiándose de la información de dos competidoras, fue a Frigia a mirarse en un arroyo. Al verificar Atenea la información recibida, tiró el tubo musical, llenando de amenazas a cualquier que se atreviese a emplear aquella fuente de melodías por ella despreciada. Marsias, poco atento a las graves amenazas, la recogió y se atrevió a retar a la lira de Apolo (y es que a pesar de la vejez que su título le otorga, no debía Marsias de tener mucho sentido común -no en vano es éste el menos común de los sentidos-, porque inflarse con vanidosas fanfarronerías no acaba bien). El dios aceptó el reto, y puso las condiciones: quien perdiese se entregaría al libre antojo del vencedor. De otras debía de haberse librado el anciano sátiro cuando aceptó.

El primer intento resultó un total fracaso, pero el astuto Apolo marcó las reglas del juego (¡nunca hay que dejar a la contraparte la redacción de un contrato o de un protocolo de acuerdos previos...!): desafió al contrincante a tocar el instrumento en posición invertida, como hacía él con la lira. Marsias salió derrotado y Apolo cumplió su amenaza: lo colgó de un árbol (plátano a decir de Plinio) y lo desolló. Arrepentido quizá por aquel comportamiento tan vengativo, acabó Apolo por romper la lira y transformó a Marias en un río.


Babis es hermano de Marsias. Al igual que su hermano, también toca la flauta, pero de un solo tubo, mientras que -como acabamos de ver- Marsias emplea de doble. Tan mal lo hacía Babis, que resulta un inocentón ni siquiera merecedor de sufrir las furias de la cólera desatada del dios.


Frente a lo que se dice en los anuncios de empleo, no se busca a los valiosos sino a quienes no darán problemas. Se potencia habitualmente la pasividad, la negligencia, el oficialismo... Sobre todo aquel que se esfuerza por trabajar, saliendo del adocenamiento en el que tan fácil es caer al cabo de un tiempo, independientemente del trabajo que se realice, se alza la guadaña envidiosa de los apoltronados, de quienes no están dispuestos a esforzarse nada más que lo imprescindible para seguir hozando en sus puestos.

Es la medianía el lugar más apto para permanecer en el trabajo. Será preciso -para ser contratado- manifestar alguna cualidad especial, pero una vez dentro del barco, lo más seguro será "no hacer nada", asentir amorfamente a los deseos del inmediato superior, aunque éste sea un gañán.


El ideal de extender "learning organizations", es decir, instituciones en las que se promueva la mejora continua es todavía una utopía en la mayor parte de los casos.


Las propuestas de algunos teóricos del Management de premiar el error, pues apostar es el mejor modo de manifestar audacia (quien jamás se equivoca es que nunca arriesga), parece un modelo excesivamente lejano. Lograr eso, pasaría por mandar a sus casas a muchos directivos ascendidos a base de no pesar, de pleitesías rendidas e hipócritas, que nada saben y a nada aspiran más que a vegetar. Utilizan un medio para esconder su insipiencia: quejarse sistemáticamente de lo mucho que tienen que hacer. Cualquier observador imparcial ríe a mandíbula batiente al contemplar esos acomodados mandos de escaso valor, perezosos, engordados en inútiles comidas a cargo de la empresa, que "sangran" a las entidades con retribuciones desproporcionadas, mientras atienden a gastos insignificantes de sus subordinados.


Su obsesión habitual se convierte en impedir que los valiosos asciendan, porque entonces se vería con claridad que ellos, pomposos directivos, sobran. No es sencillo, porque para llegar y mantenerse en esos puestos se han creado densas redes de intereses mutuos -de simétricos y vacíos autobombos- que es difícil romper. Aun así, no está de más desear una sana clarificación del panorama de las entidades mercantiles (mientras hay sueños e ilusiones, existe juventud: lamentos surgirán en el día en el que uno acepte el status quo sin poner algún medio para mejorar el entorno). Era Dédalo un ateniense de la familia real de Cécrope, tal como hemos ya explicado. Prototipo de artista universal, arquitecto, escultor, inventor... Se le llegaron a atribuir incluso las estatuas animadas a las que se refiere Platón en el Menón. Su hermana Pérdix le solicitó que acogiera como aprendiz a su hijo Talo. El chaval era espabilado y pronto demostró tal pericia que en Dédalo afloró uno de los pecados capitales más habituales: la envidia. Los malvados sentimientos fueron a mayores cuando el sobrino (el subordinado) demostró plenamente su valía inventando la sierra, tomando como inspiración los dientes de una serpiente. Cegado ya, Dédalo precipitó al aprendiz desde lo alto de la Acrópolis (hoy en día le habrían despedido sin contemplaciones bajo cualquier excusa por no querer reconocer la capacidad del joven).


Como todos -incluso los más torticeros-, tuvo Dédalo una segunda oportunidad en Creta, junto al rey Minos, de quien llegó a ser arquitecto y escultor habitual. Por dar contento a la mujer del monarca, Pasífae, construyó una vaca de madera. Más tarde llegó el propio Dédalo a padecer persecución por parte de su anfitrión, que envidió su ingenio para escapar de la condena a que había sido sometido junto con Icaro. Y es que, antes o después, salvo los muy rastreros, quién más quién menos tiene que pasar por la prueba de que otros miren con malos ojos lo que él hace, independientemente de la rectitud con que actúe. Bueno es estar prevenido para no sorprenderse cuando ocurra.


Nada sucede: ladran, luego cabalgamos. El envidioso tiene afán por molestar, porque con ese incordio se siente él realizado. Era Lamia una doncella nacida en Libia (hija de Belo y Libia). Zeus ya la había conocido, pero cada vez que intentaba dar a luz, Hera, llena de celos, hacía perecer a la criatura recién nacida. Atenazada por esas podridas artimañas, Lamia huyó para ocultarse en una cueva solitaria. Desesperada por tanta desgracia, fue ella también atacada por el mal de la envidia. Convertida en monstruo, robaba y devoraba a los hijos de las madres dichosas. Hera, malvada hasta lo inverosímil, la había privado del descanso nocturno para que ampliase el horario en el que realizar sus barbaridades. Zeus, compadecido al fin de tanto infortunio, le proporcionó la posibilidad de quitarse los ojos y volver a ponérselos, según quisiese.


De este modo, sobre todo en circunstancias de especial tensión, o cuando había libado demasiado, se los quitaba, y los introducía en una vasija. Era entonces inofensiva. Otras veces, por el contrario, andaba errante de un lado para otro, con ansias de dañar a cualquiera que apuntase el más mínimo vislumbre de contento. Siempre acaba la envidia en algún tipo de locura. Es ésta personificada por Manía. Es, analógicamente a las Erinias y a los demás genios infernales, mitad divinidad y mitad abstracción. En cualquier caso, agentes de la cólera de los dioses. Remitida a aquellos que no aceptan las reglas -el sentido común, el respeto por los demás...-, los saca de sus casillas de forma permanente. Precipita a odiar a gentes en las que cualquier juicio objetivo y no nublado por la maldad no vería sino honestidad. Acaba el vanidoso pagando sus "fantasmadas".


Miseno, compañero de aventuras de Ulises, un día que la flota se encontraba anclada en Campania, desafió a los dioses, asegurando que hacía sonar la trompeta como nadie en el mundo. El dios marino, Tritón, tocador de la concha, le arrojó al mar, donde se ahogó. Acabaron enterrándole en el lugar al que dieron su nombre.


Javier Fernández Aguado

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