lunes, 8 de agosto de 2011

CASABLANCA



Título: Casablanca
Director: Michael Curtiz
Intérpretes: Humphrey Bogart, Ingrid Bergman, Paul Henreid, Claude Rains, Sidney Greenstreet, Peter Lorre.
Año: 1943

Filmada en 1943, Casablanca es un metraje inmortal. La primera grata sorpresa procede de su acertada visión del mundo que le rodeaba. Muchas veces la historia exige tiempo para ser juzgada. En este caso, el paso de los decenios no ha servido sino para confirmar las propuestas allí realizadas sobre la actuación alemana, italiana, francesa... en la Segunda Guerra Mundial.
Richard Blaine (Humphrey Bogart) dirige el Rick’s Café Americain. Allí es ‘omnipotente’. Nadie duda de su capacidad de decisión. Es hombre duro, resuelto, cortante. Algunas escenas son antológicas, como cuando dirigiéndose a un ladronzuelo de poca monta, espeta:

"Si pensara en ti alguna vez, sería para despreciarte"



En el fondo, sin embargo, es un sentimental, que se derrite nada más ver a Ilse Lund (Ingrid Bergman), con quien tuvo un breve romance en París. Ignoraba entonces Blaine (y ella también, porque consideraba fallecido al marido en un intento de fuga de un campo de concentración) que Ilse estaba casada. Estalla el conflicto entre sentimientos y conciencia de lo correcto, que será resuelto con gran maestría. ¡Pocos saben hacer películas como éstas ahora, donde lo biológico parece demasiadas veces el único argumento válido!


Por el Rick’s Café Americain (reconstruido de algún modo en el Hyatt de Casablanca, y caro como pocos), pasan todos: los buenos y los menos buenos. Ugarte (Peter Lorre) es uno de los habituales. Ha logrado hacerse (tras matar a dos alemanes en un tren) con salvoconductos. Eso, para quienes se encuentran en una ciudad de paso, que les ha de permitir seguir viaje a Lisboa y luego a Estados Unidos, es un lujo al que se le puede sacar mucho fruto.

Victor Laszlo (Paul Henreid), marido de Ilse, es un importante jefe de la Resistencia checoslovaca. El oficial alemán Strasser (Conrad Veidt) tiene como objetivo detenerle.
El juego con los estereotipos es intenso. El francés es un enamoradizo (por no decir algo peor); el italiano, un ‘fantasma’; el alemán, un hombre ordenado, rígido, pero no especialmente brillante; los americanos (y aquí el director se autodenuncia), los mejores hombres del planeta, dispuestos a sacrificarse desinteresadamente por la tierra y sus habitantes.
Numerosas son las enseñanzas aplicables al mundo de la empresa en esta inolvidable película.


Entre otras:

1.- Con relativa frecuencia veces la autoridad juega sucio con los ciudadanos. En este caso, y ante la imperiosa orden de Strasser, el capitán Louis Renault (Claude Rains) ordena clausurar el local, porque, según ‘acaba de saber’, allí se juega.
Mientras sus subordinados cumplen la disposición, un empleado del Café que todavía no ha oído nada, se le acerca:
-Sus ganancias, Señor, dice, mientras le entrega un fajo de billetes ganados precisamente en la ruleta.

2.- El valor, la audacia, es una característica envidiada por la mayoría, pero asumida por pocos.

3.- Los sistemas autoritarios no se limitan a aplastar a la gente. Cuando les resulta viable, prescinden de ella sin especial escrúpulo. Así, tras matar a Ugarte, toda la cuestión que se plantea es si se dirá que se suicidó o que estaba intentando escaparse.

4.- Por mucho que los sentimientos tengan fuerza, hay que defender las instituciones. Así, Blaine da un ejemplo excelente cuando, tras engañar a Ilse, que ya ha perdido la cabeza y el sentido común, se juega la existencia para defender aquel matrimonio legítimo.

5.- La libertad es un valor por el que merece la pena apostar en serio. Victor Laszlo así lo hace en múltiples ocasiones.

6.- Quien parece de hierro, tiene alguna debilidad (o sencillamente ‘corazoncito’). Blaine se deshace para ayudar a las personas en peligro, porque quiere a una de ellas. Está dispuesta a perder todo lo que tiene para no defraudar a quienes en él han puesto la confianza.

7.- Incluso los más aparentemente materialistas y narcisistas (de nuevo, Blaine) son capaces de tomarse en serio algunos ideales. Lo relevante es descubrir cuáles son aquéllos por los que están dispuestos a cambiar sus rutinarias y aburguesadas costumbres.

8.- Los subordinados no son sólo gente de quita y pon, elementos indiferenciados de una cadena de producción. Cuando el local es clausurado, la primera preocupación del dueño es asegurar el salario de aquellos a los que ocupa. De otro lado, Sam (Doodley Wilson) está dispuesto a arrostrar un enfado de su superior, porque pretende ayudarle precisamente a defenderse de sí mismo, de su fragilidad, en este caso en forma de bebida alcohólica descontrolada.
Pépé-le-Moko (1937), de Julien Duvivier, y la norteamericana Argel (1938), de John Cronwell, son precedentes de Casablanca. Sin embargo, como los Oscars que ganó reconocieron (particularmente el de ‘Mejor Película’), Casablanca es una obra de arte que no debe faltar en las dvdtecas de los aficionados al séptimo arte.

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