lunes, 15 de agosto de 2011

EL INTUITIVO EN LA EMPRESA. El ejemplo de Calcante, Casandra, Frasio, Faetonte, Hipócrates y Hestia.





Se produce en el mundo mercantil una difícil combinación entre arte y ciencia.


Crear y mantener empresas es ciencia por cuanto existen ciertas normas -en la vida en general y en la empresarial en particular- que de no ser aceptadas conducen indefectiblemente al desastre.


Alguna excepción se da, pero esas coordenadas existenciales tienen vigencia universal. A modo de ejemplo: nuera y suegra en la misma casa, bronca asegurada.


Pues bien, para la cuestión que nos ocupa, el plan de viabilidad no es un opcional que uno pueda o no desear. Se trata, en un altísimo porcentaje de casos, de un fundamental instrumento. No emplearlo, soslayarlo, no prestarle la debida atención tiende a conducir a corto plazo al fracaso del proyecto en el que se trabaje.

Junto a ese aspecto de ciencia, el mundo de la empresa es también arte, ya que no se conocen con certeza los frutos de la brega. A igual ilusión e idéntico esfuerzo, surgirán resultados diametralmente opuestos. La "verdad" de las empresas -al igual que la de las personas- se descubre en su hacerse: un laborar que no ha de ser arbitrario, pero en el que aparecerán situaciones imprevistas en períodos limitados de tiempo.

El intuitivo -el visionario- es un personaje peligroso para la empresa, pues aunque acierte durante algún tiempo, su carencia de rigor está abocada al fracaso, muchas veces antes de lo que él mismo se espera (mejor dicho, de lo que otros calculan, porque quien se considera profeta se juzga como infalible).
Dos realidades olvida habitualmente el intuitivo: la necesidad de contar con la experiencia, y la urgencia por incrementar en su propia vida el hábito operativo de la prudencia (puede verse a este respecto mi trabajo La prudencia como ventaja competitiva en las decisiones empresariales, en las Actas del Congreso del X Congreso de AECA).

Era Calcante (hijo del dios Téstor) un adivino de Micenas. Se consideraba dotado por Apolo del don de la profecía. No faltaron a lo largo de la guerra contra Troya intervenciones de nuestro personaje. Por ejemplo, cuando anunció que esa ciudad no sería tomada sin la participación de un muchacho. De ahí que Testis incluyera a su hijo entre las hijas del rey de Esciro. Más adelante, interpretó el presagio de que la ciudad sería conquistada en una década. Tras el fallecimiento de Paris, impulsó a los griegos para que capturasen a Héleno, pues era el único que podría ofrecer los datos oportunos para la ansiada conquista. Fue él, en fin, quien sugirió que, en vista de la inutilidad de los esfuerzos militares, debería de construirse el famoso caballo de madera con el que introducirse definitivamente en la ciudad. Y, pasando de las palabras a los hechos, él también se incluyó en aquel artilugio que permitió el triunfo.

Los intuitivos tienen puntos flacos: uno de ellos, tropezar con otro intuitivo. Como no se discute de datos sino de opiniones, las disputas serán eternas. Así le sucedio a Calcante. De retirada ya de la vencida guerra, se embarcó con Leonteo, Podalirio y Polipetes. También se sumó a la expedición Anfíloco (hijo de Anfiarao), de profesión adivino. La nave en que viajaban acabó por motivos no claros en Colofón, donde el "intuitivo" de turno era Mopso. Empezó el "choque de espadas" entre los dos vanidosos adivinos:

-¿Cuántos higos tiene esa higuera?, interrogó Calcante, en vez de detenerse a contarlas, como haría alguien que quiere controlar los stocks, y no se contenta con impresiones.

-Diez mil y un celemín y un higo de más, respondió rápidamente Mopso, que acertó, como se verificó una vez auditada oportunamente la cuestión.
Pasó entonces éste al ataque.

-¿Cuántas crías lleva dentro esa cochina y dentro de cuánto tiempo parirá?

Ignorando que como explicaría luego Aristóteles sobre el futuro, en sentido estricto, no hay verdad ni mentira. Clacante se pronunció muy seguro:

-Ocho.

Llegó una abrupta rectificación de Mopso:

-Nueve, todos machos. Parirá a la hora sexta de mañana.

Difícilmente conviven dos gallos en un gallinero, y Calcante murió de disgusto (según otros, se suicidó). Fue enterrado en Nocio, junto a Colofón.

Hija de Príamo y Hécuba tenemos otra intuitiva destacada: Casandra.


Dieron sus padres una fiesta en el templo de Apolo Timbreo (junto a las puertas de Troya) con ocasión de nacimiento. Algo de más debieron de libar los progenitores, porque al retirarse de la fiesta dejaron olvidadas a las criaturas. A la mañana siguiente, recuperados de la resaca, al ir por los hijos, vieron que dos serpientes les pasaban la lengua por los órganos de los sentidos, como para purificarlos. Ante los gritos paternos, los animales huyeron. Aquel paseo de las ofidios fue el origen de su capacidad de anticipar el futuro.

Muchas son las profecías adjudicadas a Casandra, casi todas referidas a la guerra de Troya. Cuando llega Paris, por ejemplo, anuncia que traerá la desgracia a la ciudad. También dio a conocer con antelación el regreso de Paris con la raptada Helena, y que aquello traería el fin de Troya, pero no fue escuchada. Y eso a pesar de que en ocasiones, a base de anunciar posibilidades, el intuitivo acierta. Muchas menos veces, desde luego, de las que definiría correctamente si utilizara adecuadamente el rigor.

También comunicó la vuelta de Príamo con los restos de Héctor, y se opuso a la entrada del caballo de madera que los griegos habían simulado olvidar. Pero Apolo envió serpientes (Porce y Caribea) que devoraron a Laocoonte (quien la había apoyado en aquellas advertencias) y sus hijos, y los troyanos se desentendieron de las advertencias.

Tras el desastre de la ciudad, fue entregada a Agamenón, a quien dio gemelos: Teledamo y Péolope. (¡Había sido virgen hasta ese momento a pesar de los numerosos pretendientes que la habían cortejado!). Nada bien sentó aquello a la mujer de Agamenón, que les esperaba en Micenas. Tan así, que mató a los dos. A la intuitiva, le suele faltar tacto para descubrir ciertos aspectos del negocio, cuya desatención conduce al desastre.

Frasio, por su parte, procedente de Chipre, se traladó a Egipto, durante tiempos de prolongada carestía. Predijo a Busiris, el rey, que aquella plaga quedaría resuelta si sacrificaba a algún extranjero anualmente:

-Tú serás el primero, respondió el Monarca.

Y así fue.

Muchos otros ejemplos tenemos. Faetonte, por ser hijo del Sol, pensó que, a diferencia de los otros, no necesitaba él más formación. Le bastaba con su experiencia y su intuición. Pidió a su padre que le dejase conducir un carro. Se negó el progenitor, pero, tras persistente insistencia, cedió, eso sí con mil recomendaciones. A éstas, a decir verdad, ni poca ni mucha atención prestó el muchacho, confiado en una pericia de la que en realidad carecía.

Se encaminó por el sendero que dirige hacia la bóveda celeste. Pero una vez en marcha, se aterrorizó porque nunca había ido nunca ni tan lejos ni solo. Abandonando las sugerencias de su padre y también la trocha que seguía, se precipitó sobre la tierra, y a punto estuvo de incendiarla. Sin preocuparse por informarse mejor, volvió otra vez a ponerse en marcha. Tan alto subió que los astros se molestaron y acudieron a Zeus. Cansado éste de tanto juego, lo precipitó al río Erídano, donde falleció. Sus hermanas se encargaron de las pompas fúnebres de quien había estado a punto de crear conflictos por no poner los medios que tenía a su alcance para conducir correctamente sus proyectos.

Frente a los poco rigurosos, se encuentran quienes poseen pondus, que no realizan afirmaciones sin haber sopesado cuidadosamente cada aspecto de la sentencia. Éste es el caso de Hipócrates.


Sus obras sobre el cuerpo y la naturaleza, sobre el hombre y la enfermedad, siguen siendo en muchos aspectos punto de referencia. Tal vez, y sobre todo, el denominado juramento hipocrático. Lo más importante del mismo es la solidez con la que se basa en una antropología realista y vivible, no fruto de actitudes visionarias sino de análisis científicos apurados.

Sorprende en este sentido cómo en aquella época se unió ética y técnica sin falsas rupturas como las que luego se han vivido periódicamente a lo largo de los siglos, llegando hasta el momento actual. El objetivo final -por recordar el ejemplo por él utilizado- es curar no matar. Por eso, prácticas como la eutanasia o el aborto, aunque en un primer vistazo parezcan recomendables para situaciones límites, son rechazadas de plano por el médico griego como horrendas, especialmente para quienes se han preparado para ayudar a otros en su salud.

Es bueno desconfiar -valga esta irónica consideración final- de quien escribe prometiendo hacer rico a los lectores. Si él suspira por eso, y supiese cómo llegar, ya lo sería y no redactaría libros. En el mundo de la empresa, hay negocios peores y mejores, pero lo que no existen ya -salvo una excepción entre un millón- son mirlos blancos. Y menos frecuenta aún resulta que esos mirlos blancos se anuncien a los cuatro vientos. En la raíz de muchos fracasos empresariales -y personales- se encuentra el enfrentamiento entre el sentido común y el obrar.

Ese "sentido común" también lo representó la mitología griega. Hestia es la primera hija de Crono y Rea, y hermana de Zeus y Hera. Pese a haber recibido insinuaciones de Apolo y Posidón, fue bendecida con el don de la virginidad por Zeus.

Mientras los demás dioses recorren el mundo, Hestia permanece impasible en el Olimpo. Del mismo modo que el hogar doméstico es el punto de referencia de la morada; Hestia es el centro del sentido común -y de la espiritualidad- en la mansión divina.

Su dedicación a la contemplación facilita que proporcione oportunos consejos cuando son necesarios. Frente a la agitación de quienes corren sin saber a dónde van, Hestia está en condiciones de aportar soluciones, para dar el toque inteligente y certero que evite carreras hacia ningún sitio.

Cuando falta ese sentido común para observar la realidad empresarial y personal con un poco de amplitud, se crea una charca inmunda donde el cadáver de la Hidra de Lerna (nacida de Tifón y Equidna) impide sobrevivir a cualquier persona honesta. Puesta la mira en la obtención inmediata de resultados económicos, el intuitivo no ve más allá del polvo de sus zapatos. Todos los peces que se saquen de esa laguna (de ese ambiente empresarial) están muertos. Mala ponzoña que no tiene fácilmente remedio, la de quienes son incapaces de contemplar la realidad de manera global, sin encerrarse en pequeños y egoístas caparazones.


Javier Fernández Aguado

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