lunes, 29 de agosto de 2011

JMJ





Los días de agosto en que Madrid se convirtió en una fiesta juvenil no han sido vanos fuegos de artificio. Que más de un millón de chavales de todo el mundo se reúnan en torno a un intelectual de más de ochenta años, para que les reclamen esfuerzos y magnanimidad no entra dentro de la lógica racionalista.


El mensaje de Benedito XVI no ha sido complaciente, sino profundamente exigente. Y es que la inmensa mayoría de las personas se niegan a que su epitafio sea: ‘pudo haber sido’.


Todos precisamos que se nos rete. Y eso es lo que ha hecho el Papa: desafiar tanto a jóvenes como a mayores, para que seamos más conscientes de la necesidad de incrementar el balance de la generosidad.


Esos cientos de miles de peregrinos estaban indignados con la mediocridad. Vistos por la televisión parecían rebeldes dispuestos a transformarse a sí mismos, para de ese modo transformar la sociedad. Esa es la sana indocilidad eficaz y fructífera.



Revolucionarios son, demasiadas veces, quienes aspiran a cambiarlo todo menos a sí mismos. A mal fin conduce ese sendero.


Me apunto al grupo de los rebeldes.



Javier Fernández Aguado

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