lunes, 12 de septiembre de 2011

LA AUDACIA PARA ASUMIR RIESGOS CONTROLADOS. El ejemplo de Ícaro



Era Ícaro hijo de Dédalo y de Náucrate, esclava de Minos (rey de Creta). Dédalo enseñó a Ariadna cómo podría Teseo hallar la salida de el Laberinto. Había sucedido que la hija de los reyes se había enamorado locamente de Teseo, llegado a la isla para luchar con el Minotauro. Era éste un monstruo con cabeza de hombre y cuerpo de toro. Su nombre real era Asterio, y era fruto de ciertos amores bestiales entre Pasífae y un toro enviado por Poseidón.



Avergonzado Minos por lo desvergonzado de aquella acción y el fruto de aquélla, que se la recordaba, había encargado a Dédalo un inmenso palacio, denominado, como hemos dicho, el Laberinto. En medio de aquellas complicadísimas estancias, sólo Dédalo estaba capacitado para orientarse. Cada tres años se le daba de comer al Minotauro. En concreto, siete jóvenes y siete doncellas, tributo que pagaba la ciudad de Atenas.


Teseo se había presentado voluntario a aquel holocausto, pero con la ayuda de Ariadna -gracias a su vez a la de Dédalo- había conseguido no sólo matar al fruto de aquellos amores bestiales sino también encontrar la salida del inmenso y embrollado local. Todo el truco había consistido en devanar un hilo para volver a la puerta de entrada... (a veces lo aparentemente más complicado se resuelve con métodos sorprendentemente sencillos).


La huida de Ariadna con Teseo se interrumpió en la isla de Naxos, pues allí el joven (amores de estudiantes flores de un día son) la abandonó. Al despertarse por la mañana y verse engañada no le duró mucho la preocupación a la muchacha, porque llegó Dionisio y su alegre cortejo. No se sabe con qué grado de claridad, se enamoró el rey de la juerga de aquella muchacha y se la llevó al Olimpo en su carro tirado por panteras.


Con todos estos sucesos no había quedado muy contento Minos, quien condenó a Dédalo y a su hijo Ícaro a permanecer encerrados precisamente en el Laberinto.


No era Dédalo hombre para quedar mano sobre mano. Puso en marcha su imaginación y como persona industriosa que era encontró la solución: si no se podía salir andando, habría que escapar volando. Y ésta es una lección importante en la vida empresarial: donde una puerta se cierra, otra se abre. Es improcedente limitarse al lamento. Cuando algo se estropea, habrá que poner los medios para solucionarlo. Con quejas nada se consigue. Trabajando, por el contrario, casi todo acaba por estar al alcance de la mano. Parafraseando a Gregorio Marañón, puede decirse: “no sé que pasa, pero cuanto más trabajo, más suerte tengo”.


Construyó Dédalo unas alas para sí mismo, y otras para el crío. Parte de las uniones estaban selladas con cera, y el padre aconsejó al hijo que tomase medidas de prudencia. Riesgo, sí, porque era imprescindible para salir de aquella situación (habitualmente habrá que contar con financiación ajena para comenzar o continuar negocios), pero no tales apuestas que se corriese el riesgo de precipitarse hacia la nada (y es que -aunque parezca una obviedad no lo es- se encuentra a veces en el mundo de los negocios a gentes que han olvidado que los créditos -o los préstamos- ¡hay que devolverlos! De hecho, a ese olvido juegan esos buitres carroñeros que conceden fáciles hipotecas a corto plazo, recibiendo los intereses por adelantado, sabiendo que en muchas ocasiones cobrarán en forma de inmuebles su aportación, pues muchos hay que calculan lamentablemente mal sus posibilidades de generar tesorería).


Ícaro no quiso hacer caso a las sensatas recomendaciones de su padre, y en vez de seguirle, para aprender, para hacer experiencia, para ir asentando los principios fundamentales, prefirió organizarse por su cuenta, prescindir del asesoramiento ajeno, pensar que los demás -en este caso su progenitor- era un timorato que desconocía las posibilidades de aquel negocio...


Orgulloso, pagado de sí mismo, cerrado a visiones sensatas de quienes le ayudaban, comenzó a elevarse hacia el sol. En su inconsciente contento, no sintió cómo todo el armatoste iba quebrándose. Cuando quiso poner solución a sus desvaríos era ya demasiado tarde, y se precipitó hacia el mar, cerca de la isla de Samos (a partir de entonces se denominó a aquél el mar de Icaria).


No todas las experiencias son tan épicas. De hecho, este mismo mito es recogido de otra manera por otros autores. Dícese que en la huida de la isla de Creta -que en esto sí coinciden-, padre e hijo tomaron diferentes embarcaciones: Dédalo -siempre la autorizada voz de la experiencia- había inventado el uso de la vela. El mozo, que en vez de aprender había preferido holgar, se encontró al poco superado por vientos y corrientes, y acabó volcando. Allí falleció ahogado.


Encontrado su cuerpo, Dédalo lo enterró en un cabo del mar Egeo. Erigió en aquel lugar dos columnas: una en honor de su hijo; la otra, con su nombre, en las islas del Ambar. Más tarde, y para seguir recordando la memoria de su hijo, muerto por exceso de audacia e insuficiencia de prudencia, representó en las puertas del tempo de Cumas (dedicado a Apolo) el lamentable fin de un emprendedor que quiso ir por libre, sin fiarse de opiniones más maduras.


No acabaron así las aventuras de Dédalo, pues Minos -prescindiendo del dolor que le hubiera causado a su antiguo empleado la muerte del hijo- seguía dispuesto a la venganza. Llegado a Cumas, tuvo que seguir huyendo, yendo a ocultarse a Camico (Sicilia), protegido por el rey Cócalo.


Era también Minos hombre de recursos, y sospechando de la presencia de Dédalo en aquella tierra, puso medios para descubrirle. Se le ocurrió lo siguiente: pasearse con una concha de caracol y un hilo, ofreciendo importante recompensa a quien fuese capaz de hacer pasar el hilo por las espirales del caparazón.


Nadie lograba solucionar aquella dificultad. Y Cócalo cayó de pleno en la trampa. Planteó la dificultad a su huesped, que le sugirió que atase la cuerdecilla a una hormiga. De ese modo hizo pasar el fino cordel por aquel difícil laberinto. No tardó Minos en sacar a Cócalo la información que deseaba, pues bien sabía que sólo Dédalo con su ingenio y experiencia habría resuelto aquella cuestión.


A pesar de haber confesado, no quiso Cócalo entregar a Dédalo, y contravenir así las sagradas leyes de la hospitalidad. Así pues, encargó a sus hijas que escaldasen a Minos en la bañera, sustituyendo el agua por pez hirviendo. Quizá, incluso, a instancias del mismo Dédalo, que había puesto en marcha un nuevo sistema de tuberías.


Tal vez es la experiencia más lenta que esos impulsos ansiosos de los bisoños, pero es casi siempre más eficaz. Para llegar a algún sitio hay que saber dónde se va, con qué medios de cuenta, qué apoyos será posible convocar... Avanzar a tontas y a locas, despreciar lo que otros han vivido son los primeros pasos hacia un rotundo fracaso.



Javier Fernández Aguado
Catedrático
Foro Europeo. Escuela de Negocios de Navarra

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