lunes, 24 de octubre de 2011

DE PISTÓLAS Y CONTRATOS BLINDADOS

Hace unos días coincidí con un mando intermedio de una de las Cajas españolas que ha sido preciso recapitalizar con fondos públicos. Como no podía ser de otra manera, durante la conversación –en la que participábamos varias personas- salieron a relucir las millonarias indemnizaciones que los directivos, tras hundir el negocio, habían cobrado antes de retirarse.

Dominada por un incomprensible síndrome de Estocolmo, aquella audaz muchacha defendió a capa y espada los contratos blindados de aquellas personas. Tras diversas intervenciones, me permití señalar lo siguiente:

-Robar protegido por una pistola está mal. Hacerlo concediéndose ilícitas prebendas, por muy legalmente que se pretenda disfrazar el desfalco, es peor.

Si bien es cierto que no existe una regla matemática definitiva para definir cuáles han de ser los sueldos directivos, también lo es que quien hunde una empresa –incluso quien la lleva adelante con ganancias- no puede pretender que no existen límites para su codicia.

Protegerse tras un contrato blindado no es más decente que hacerlo tras un revólver.

Hemos perdido el sentido común y difícilmente será posible tornar al sendero del crecimiento si no se aplican los principios de la justicia. Y esencial entre esos principios es dar a cada uno lo suyo. Si quien hurtó no es obligado a devolver el fruto de sus trapacerías, no será posible reencauzar la dañada situación técnica y ética en la que vivimos.

Volver a las raíces no es un capricho, es el único camino para volver a un crecimiento sostenible de forma sólida. Y me refiero no sólo al económico-financiero, sino también al antropológico.

Javier Fernández Aguado

lunes, 17 de octubre de 2011

EL PAGO DE COMISIONES. El ejemplo de Caronte y Drímaco.



Tal vez uno de los más conocidos personajes de la cultura griega sea Caronte. Quizá sea con él con quien puede comenzar a afirmarse que morirse es caro. Genio de los infiernos, su función es facilitar el tránsito de las almas a través de los pantanos del Aqueronte hasta la orilla opuesta del río de los muertos. Incluso para ese servicio hay que pagar un óbolo.


De horrible figura, con barba hirsuta y gris, cubierta su cabeza con un sombrero redondo, y sus carnes (?) con harapos, guía la barca con seguridad hacia los lugares malditos de los condenados. Ni siquiera acomete el esfuerzo de remar, pues eso corresponde a los propios penados, que comienzan ya así a pagar por sus pecados.


Como un mando intermedio ayuno de formación y ansioso de manifestar su poder sobre sus subordinados, Caronte conduce brutalmente a los condenados. Tal vez por venganza de cómo sus propios jefes le hablan a él (muchos olvidan uno de los principios fundamentales de la Total Quality Management: trata a tus empleados como a ti te agradaría que ellos se comportasen con el mejor de tus clientes). Así, cuando Heracles (el nombre más famoso de toda la mitología griega, del que hablamos en diversas ocasiones en estas páginas) quiso descender a los infiernos, Caronte no le recibió con buena cara. El héroe le golpeó brutalmente con el timón hasta que le acabó transportando, por supuesto, de muy mala gana.


En otra ocasión, desobedeciendo las normas que regían en tan tétrica empresa, se atrevió -sin duda a cambio de alguna comisión- a transportar a un viviente al reino de los muertos. Aquella ligereza le costó un año de encadenamiento: no se andaban sus superiores con chiquitas. Mal hacían, porque cuando en las empresas se condena a quien comete cualquier error, lo que está fomentándose es la actitud pasiva. Si cualquier innovación o propuesta -aunque sea equivocada- es rechazada y el promotor condenado, lo que se tendrá es un funcionario más: es decir, alguien que se limitará a partir de ese momento a hacer estrictamente lo que otro le diga, sin aportar lo más mínimo de su parte.


Aparece en ocasiones como demonio alado, con la cabellera entremezclada de serpientes y un mazo en la mano. Genio de la muerte, tal vez era también el encargado de rematar a los moribundos y arrastrarlos a la pena eterna. Eso sí, los aún vivos bien debían de cuidarse de meter en la boca del difunto una moneda, para que éste abonase su último tránsito de la manera estipulada. Gentes hay dispuestas a arrastrarse por unas migajas, como si en ellas se encontrase la meta que en realidad se proponen: la consecución de la felicidad.


En el infierno -a tal mando intermedio, tal jefe- reinaba Hades. Era un ejecutivo despiadado -reconcomido por su angustia existencial-, dispuesto a hacer insoportable la vida a los demás (porque él mismo era incapaz de auto-soportarse: ¡cuántas veces quien manda más improcedentemente no esconde dentro de sí sino un pobre hombre consumido por su insignificancia. Gentes miserables que no tienen sino un cetro que les supera y con el que en vez de liderar golpean, enturbiando ambientes que deberían ser gratos: la diferencia entre un cielo y un infierno son cosas pequeñas, esfuerzos minúsculos o cesiones improcedentes de personas débiles de carácter, incapaces de controlar sus propias tendencias).


Al lado de Hades reina Perséfone, que no se queda atrás en crueldad. Es frecuente que detrás de un hombre acomplejado haya una mujer autoatormentada. Hija de Deméter, era sobrina del propio Hades, y había sido raptada por éste cuando aquélla recogía flores en Sicilia. Zeus había ordenado a Hades que devolviera la muchacha a su madre, pero éste se negó.


Era Hades conocido como "el Invisible", y no gustaba de ser mencionado. Hacerlo suponía correr el riesgo de excitar su enfado: es bien sabido que aquel que no se autoposee, manifiesta su falta de control con un carácter tornadizo, que no es capaz de moderar. Con esa ira que bulle dentro de su pecho sufre y hace sufrir hasta que los que tiene alrededor se acostumbran a su falta de clase humana y deciden -en la medida de lo posible- alejarse de aquel que sólo produce lástima en su inmoderación. Curiosamente, esos solitarios personajillos se asombran de que los empleados huyan de ellos, que no se presten voluntariamente a rendir pleitesías que serían radicalmente inmerecidas.


Le acompañan en su Consejo de Administración personajes que no deben ser olvidados: Éaco, Minos y Radamantis. Estos tres tenían fama de ser más justos, pero en medio del ambiente que se había creado, difícilmente introducirían una atmósfera más sana en aquella institución.
Los ciudadanos de la isla de Quíos fueron los primeros en comprar esclavos. Eso les granjeó la condena de los dioses. Con o sin su ayuda, muchos siervos escaparon hacia las montañas. Capitaneados por Drímaco, periódicamente regresaban a las tierras de sus antiguos amos.
Como en muchas situaciones, el dinero se reveló una buena solución. Así se pactó: no habría más ataques a cambio de que los jefes de antaño abonaran un tributo a sus liberados y ahora amenazantes siervos. Con todo, no olvidaron poner precio a la cabeza de Drímaco. Éste, dispuesto a que se cobrara aquella comisión y cansado de vivir, pidió a un compañero que tras rebañarle el cuello, entregase el trofeo a cambio del premio. A partir de aquel momento, comenzaron de nuevo las razias.


Con el término comisiones se designan dos realidades que es importante diferenciar para evitar erróneas interpretaciones.


En primer lugar, es habitual en el ámbito comercial, hablar de comisiones -o, en su caso, de royalties- para referirse a esos complementos salariales aprobados por la empresa. En el caso de Caronte, si Zeus lo tenía aceptado, aquellos pagos eran perfectamente legítimos, pues no hacían sino estimular la productividad.


Bien diferente es el concepto de comisión entendido como un dinero que injustamente se solicita


-o cuanto menos se recibe- sin que de ningún modo sea razonable, porque el trabajo efectuado es realizado de acuerdo con unos pagos previamente establecidos. La comisión llevaría -en el caso de que fuese así la de Caronte- a tratar mejor a quienes abonaran esa cantidad, claramente abusiva y fuera de toda lógica ética.


Es a este segundo tipo al que sin duda se refieren los pagos realizados por los habitantes de Quíos. No era moral que se le exigiesen, porque venían a ser -como lo es toda mordida, o coima o sobre (que así se denomina según los países)- una especie de "impuesto revolucionario", a beneficio de quien en ese momento ocupase un puesto preeminente.


En un mundo mercantilizado como el que vivimos -se apunta con más detalle en otro lugar-, es bien conocido que muchas personas aprovechan su posición para procurarse todos los beneficios económicos -éticos o no- que se pongan a su alcance. Si -como sucede en demasiadas ocasiones- no es posible no cotizar, al menos habrá que poner los medios para no promover actitudes que den por sentado la "normalidad" de esa conducta.



Javier Fernández Aguado
Catedrático
Foro Europeo. Escuela de Negocios de Navarra

lunes, 10 de octubre de 2011

EL CÍRCULO DEL PODER


Título: El Círculo del poder
Director: Andrei Konchalovsky
Intérpretes: Tom Hulce, Lolita Davidovich, Bob Hoskins, Bess Meyer.
Música: Eduard Artemyev
Fecha: 1991


La historia de la Unión Soviética es un misterio que poco a poco va desvelándose. Ahí están libros tan interesantes como “El libro negro del Comunismo”, o “I figli dell’Arbat”. En línea con este último, escrito por Ribakov, compañero de juventud de Stalin, se encuentra una obra maestra de la cinematografía: “El Círculo del Poder”. Basado en una historia real, supera a la más prodigiosa de las imaginaciones.


En el Moscú de 1939, poco antes de la entrada en la Segunda Guerra, un operador de cabina, Sansin (Tom Hulce), es invitado (sin posible apelación, obviamente) a convertirse en servidor, en ese mismo puesto, de la sala de proyección de Stalin.

La autodefensa de sus habichuelas le lleva a traicionar a sus antiguos vecinos y amigos. Nadie quiere ser sospechoso de dañar a esa gloriosa Unión Soviética en la que, con mano de hierro, Stalin hace y deshace a voluntad. Pocas veces podrá encontrarse un ejemplo tan acabado de lo que he venido a denominar en algún trabajo la Dirección Por Amenazas. Lo importante es que nadie sepa muy bien a qué atenerse. De ese modo, la arbitrariedad puede ser completa. ¡Cuántas organizaciones manejan este tipo de gobierno, incuso con fines aparentemente loables!



Demasiados directivos son, en realidad, sátrapas vanidosamente convencidos de ser dioses.
La contemplación de los líderes como seres normales, con pasiones groseras -se atiborran de comida y bebida, arrebatan la mujer a los subordinados, son egoístas, ambiciosos hasta lo ridículo-, hacen templar las fuertes convicciones del operador. Pero sus escrúpulos son cubiertos con dinero: se le hace partícipe de las ventajas de la cercanía al poder con un mejor sueldo que la media, y sobre todo con prebendas, fundamentalmente paquetes de comida, de los que el resto de los mortales están privados.


Millones de personas padecieron las manías persecutorias de Stalin. Miles son los empleados que en determinadas organizaciones tienen que soportar hoy en día paranoias de mandos intermedios insuficientemente preparados. Gracias a Dios, no acaban en el Gulag, pero se ven preteridos, mientras parientes y/o amigotes trepan contra toda justicia.

Un sistema de control de los subordinados es la ruptura de la defensa del cariño verdadero. Al igual que en “Killing fields” (el comunismo no cambia, porque lo que ahora algunos llaman comunismo no se sabe bien lo que es..., salvo un remedo de cierta utopía en la que pocos cobran buenos sueldos a base de la ingenuidad de muchos), se ponen los medios para romper los lazos afectivos. Se premia a los hijos que denuncian a sus padres; se adiestra a esos cachorrillos, ávidos de autoafirmación, con el único deseo de que sigan ciegamente a sus jefes. Resultan de una gran fuerza las conversaciones entre Katia (la hija de los vecinos deportados y luego asesinados) y Anastasia, mujer del operador, que desea adoptarla, pero que no podrá hacerlo por miedo “al qué dirán”: para justificar la criminalización de sus padres, han sido calificados de enemigos del pueblo.


El poder de Stalin se refuerza el 21 de diciembre de 1940, cumpleaños del “Amo”. Todo parece perfecto, pues un pacto de no agresión libra a la Unión Soviética de los males que sacuden el continente. Hasta altares se le ponen a aquel que esclaviza con la ayuda de Beria (Bob Hoskins), ejemplo vivo de las bajas pasiones que puede tener el más depravado de los humanos.


La tensión producida por la vida junto a Beria (que se la robó al marido), llevan a Anastasia al suicidio. En ese momento, el operador, aunque aún tardará algún tiempo, comienza a recuperar el sentido común. Su vida ha sido una constante paradoja: acallar los propios sentimientos en defensa de su “statu quo”. Pasados los años, cae en la cuenta de que ha sido engañado, de que su vida ha sido una falsedad permanente, de que ha perdido lo que más quería, precisamente por haber aplicado a su vida aquel triste principio de que el fin justifica los medios.


Katia -¡oh, el patético adiestramiento acrítico de los inocentes!- acabará considerando que todo se lo debe al camarada Stalin, que la defendió de sus padres –enemigos del pueblo-, que la formó, la alimentó... Hasta el paroxismo se llega cuando el Amo fallece el 5 de marzo de 1953. Mil quinientas personas murieron en el intento de ver por última vez al “salvador” de la patria y de cada uno: el “padrecito” Stalin.


Meses después, hasta Beria paga con su vida lo que no fue más que una dictadura antihumana. Años más tarde, llegaría a contarse lo siguiente:


-¿Quién fue Hitler?


-Un pequeño dictadorzuelo contemporáneo de Stalin.


Muchas son las enseñanzas para las organizaciones de esta gran película. Entre otras:


1.- La confianza en un hombre (o en un conjunto de ellos) nunca ha de ser ciega.


2.- Menos predicar y más dar trigo, podría decírseles a muchos directivos.


3.- Mientras unos padecen de hambre, los gobernantes –entonces y ahora- reventaban en sus comilonas.


4.- La difusión del miedo como sistema de control y gobierno, acaba volviéndose contra quienes lo utilizan.


5.- El más aparente de los poderosos acaba en el cementerio, como los demás. No merece la pena traicionar la propia conciencia por nadie. Aunque la coherencia implique graves decisiones, la honradez lo reclama.


6.- El equilibrio afectivo es preciso: cuando se quiere manipular a la gente, se la aísla, para que no tenga nadie con quien contrastar sus ideas, y llegar a la objetividad. El fanatismo es un arma infame.


Javier Fernández Aguado
Catedrático
Foro Europeo. Escuela de Negocios de Navarra

lunes, 3 de octubre de 2011

EL MES DE OCTUBRE


Septiembre concluyó con dos conferencias. Una de ellas inesperada, a la que hice referencia en una nota anterior. Aún gozo con los recuerdos de esas jornadas transcurridas en Colombia. La otra, para una puntera multinacional alemana de formación en idiomas para directivos.

Octubre será, para mí, un mes muy americano. Arranca con un viaje que me llevará de Panamá a México, con conferencias y seminarios en ambos países, además de encuentros con empresarios y directivos de las dos repúblicas. Son ya muchas las veces que he viajado a México, y la segunda que lo haré a Panamá. Uno de los premios añadidos a esos viajes es el encontrarme con antiguos alumnos, ahora amigos, de un MBA-Executive que dirigí, para líderes hispanoamericanos, durante tres años, dentro del ámbito de la otrora Fundación Carolina.

La semana del día 17 estará, recién llegado a España, llena de actividad, con tres seminarios diferentes para altos directivos de empresas públicas y privadas.

Además, el martes 18, en Ifema, impartiré una conferencia, dentro del Manager Business Forum, sobre Los fundamentos conceptuales del coaching, y sus aplicaciones prácticas. Es un foro abierto, y quien desee asistir puede hacerlo inscribiéndose previamente en la web habilitada por Interban Network, empresa organizadora:

http://www.managernetwork.es/publica/Asistencia_Evento.asp?pmId=75&pmNumRand=19018


La semana concluirá –Dios mediante- con unas sesiones en Pamplona sobre Creación de Empresa, dentro de mi Cátedra en la Escuela de Negocios de Navarra.

La semana sucesiva regresaré a América. En este caso, a Ecuador. En Quito impartiré la conferencia inaugural del Congreso Iberoamericano de directores de RR.HH.

Otros compromisos pueblan este mes –Comités de dirección, sesiones de coaching…-, en el que espero entregar a la imprenta el libro La sociedad que no amaba a las mujeres, que he venido trabajando junto a Lourdes Molinero desde hace más de un año.

No puede faltar en este esquemático resumen una gran noticia: la publicación del libro Banca comercial con talento, de Fernando Moroy y Daniel Primo. Estos dos grandísimos profesionales han escrito una obra que me atrevo a calificar de imprescindible para cualquiera que tenga que ver con el mundo de la Banca. Mi más sincera felicitación a estos dos grandes profesionales, porque libros de este tipo son los que hacen falta, para transmitir ideas con claridad sin prescindir de la profundidad.