lunes, 24 de octubre de 2011

DE PISTÓLAS Y CONTRATOS BLINDADOS

Hace unos días coincidí con un mando intermedio de una de las Cajas españolas que ha sido preciso recapitalizar con fondos públicos. Como no podía ser de otra manera, durante la conversación –en la que participábamos varias personas- salieron a relucir las millonarias indemnizaciones que los directivos, tras hundir el negocio, habían cobrado antes de retirarse.

Dominada por un incomprensible síndrome de Estocolmo, aquella audaz muchacha defendió a capa y espada los contratos blindados de aquellas personas. Tras diversas intervenciones, me permití señalar lo siguiente:

-Robar protegido por una pistola está mal. Hacerlo concediéndose ilícitas prebendas, por muy legalmente que se pretenda disfrazar el desfalco, es peor.

Si bien es cierto que no existe una regla matemática definitiva para definir cuáles han de ser los sueldos directivos, también lo es que quien hunde una empresa –incluso quien la lleva adelante con ganancias- no puede pretender que no existen límites para su codicia.

Protegerse tras un contrato blindado no es más decente que hacerlo tras un revólver.

Hemos perdido el sentido común y difícilmente será posible tornar al sendero del crecimiento si no se aplican los principios de la justicia. Y esencial entre esos principios es dar a cada uno lo suyo. Si quien hurtó no es obligado a devolver el fruto de sus trapacerías, no será posible reencauzar la dañada situación técnica y ética en la que vivimos.

Volver a las raíces no es un capricho, es el único camino para volver a un crecimiento sostenible de forma sólida. Y me refiero no sólo al económico-financiero, sino también al antropológico.

Javier Fernández Aguado

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