lunes, 17 de octubre de 2011

EL PAGO DE COMISIONES. El ejemplo de Caronte y Drímaco.



Tal vez uno de los más conocidos personajes de la cultura griega sea Caronte. Quizá sea con él con quien puede comenzar a afirmarse que morirse es caro. Genio de los infiernos, su función es facilitar el tránsito de las almas a través de los pantanos del Aqueronte hasta la orilla opuesta del río de los muertos. Incluso para ese servicio hay que pagar un óbolo.


De horrible figura, con barba hirsuta y gris, cubierta su cabeza con un sombrero redondo, y sus carnes (?) con harapos, guía la barca con seguridad hacia los lugares malditos de los condenados. Ni siquiera acomete el esfuerzo de remar, pues eso corresponde a los propios penados, que comienzan ya así a pagar por sus pecados.


Como un mando intermedio ayuno de formación y ansioso de manifestar su poder sobre sus subordinados, Caronte conduce brutalmente a los condenados. Tal vez por venganza de cómo sus propios jefes le hablan a él (muchos olvidan uno de los principios fundamentales de la Total Quality Management: trata a tus empleados como a ti te agradaría que ellos se comportasen con el mejor de tus clientes). Así, cuando Heracles (el nombre más famoso de toda la mitología griega, del que hablamos en diversas ocasiones en estas páginas) quiso descender a los infiernos, Caronte no le recibió con buena cara. El héroe le golpeó brutalmente con el timón hasta que le acabó transportando, por supuesto, de muy mala gana.


En otra ocasión, desobedeciendo las normas que regían en tan tétrica empresa, se atrevió -sin duda a cambio de alguna comisión- a transportar a un viviente al reino de los muertos. Aquella ligereza le costó un año de encadenamiento: no se andaban sus superiores con chiquitas. Mal hacían, porque cuando en las empresas se condena a quien comete cualquier error, lo que está fomentándose es la actitud pasiva. Si cualquier innovación o propuesta -aunque sea equivocada- es rechazada y el promotor condenado, lo que se tendrá es un funcionario más: es decir, alguien que se limitará a partir de ese momento a hacer estrictamente lo que otro le diga, sin aportar lo más mínimo de su parte.


Aparece en ocasiones como demonio alado, con la cabellera entremezclada de serpientes y un mazo en la mano. Genio de la muerte, tal vez era también el encargado de rematar a los moribundos y arrastrarlos a la pena eterna. Eso sí, los aún vivos bien debían de cuidarse de meter en la boca del difunto una moneda, para que éste abonase su último tránsito de la manera estipulada. Gentes hay dispuestas a arrastrarse por unas migajas, como si en ellas se encontrase la meta que en realidad se proponen: la consecución de la felicidad.


En el infierno -a tal mando intermedio, tal jefe- reinaba Hades. Era un ejecutivo despiadado -reconcomido por su angustia existencial-, dispuesto a hacer insoportable la vida a los demás (porque él mismo era incapaz de auto-soportarse: ¡cuántas veces quien manda más improcedentemente no esconde dentro de sí sino un pobre hombre consumido por su insignificancia. Gentes miserables que no tienen sino un cetro que les supera y con el que en vez de liderar golpean, enturbiando ambientes que deberían ser gratos: la diferencia entre un cielo y un infierno son cosas pequeñas, esfuerzos minúsculos o cesiones improcedentes de personas débiles de carácter, incapaces de controlar sus propias tendencias).


Al lado de Hades reina Perséfone, que no se queda atrás en crueldad. Es frecuente que detrás de un hombre acomplejado haya una mujer autoatormentada. Hija de Deméter, era sobrina del propio Hades, y había sido raptada por éste cuando aquélla recogía flores en Sicilia. Zeus había ordenado a Hades que devolviera la muchacha a su madre, pero éste se negó.


Era Hades conocido como "el Invisible", y no gustaba de ser mencionado. Hacerlo suponía correr el riesgo de excitar su enfado: es bien sabido que aquel que no se autoposee, manifiesta su falta de control con un carácter tornadizo, que no es capaz de moderar. Con esa ira que bulle dentro de su pecho sufre y hace sufrir hasta que los que tiene alrededor se acostumbran a su falta de clase humana y deciden -en la medida de lo posible- alejarse de aquel que sólo produce lástima en su inmoderación. Curiosamente, esos solitarios personajillos se asombran de que los empleados huyan de ellos, que no se presten voluntariamente a rendir pleitesías que serían radicalmente inmerecidas.


Le acompañan en su Consejo de Administración personajes que no deben ser olvidados: Éaco, Minos y Radamantis. Estos tres tenían fama de ser más justos, pero en medio del ambiente que se había creado, difícilmente introducirían una atmósfera más sana en aquella institución.
Los ciudadanos de la isla de Quíos fueron los primeros en comprar esclavos. Eso les granjeó la condena de los dioses. Con o sin su ayuda, muchos siervos escaparon hacia las montañas. Capitaneados por Drímaco, periódicamente regresaban a las tierras de sus antiguos amos.
Como en muchas situaciones, el dinero se reveló una buena solución. Así se pactó: no habría más ataques a cambio de que los jefes de antaño abonaran un tributo a sus liberados y ahora amenazantes siervos. Con todo, no olvidaron poner precio a la cabeza de Drímaco. Éste, dispuesto a que se cobrara aquella comisión y cansado de vivir, pidió a un compañero que tras rebañarle el cuello, entregase el trofeo a cambio del premio. A partir de aquel momento, comenzaron de nuevo las razias.


Con el término comisiones se designan dos realidades que es importante diferenciar para evitar erróneas interpretaciones.


En primer lugar, es habitual en el ámbito comercial, hablar de comisiones -o, en su caso, de royalties- para referirse a esos complementos salariales aprobados por la empresa. En el caso de Caronte, si Zeus lo tenía aceptado, aquellos pagos eran perfectamente legítimos, pues no hacían sino estimular la productividad.


Bien diferente es el concepto de comisión entendido como un dinero que injustamente se solicita


-o cuanto menos se recibe- sin que de ningún modo sea razonable, porque el trabajo efectuado es realizado de acuerdo con unos pagos previamente establecidos. La comisión llevaría -en el caso de que fuese así la de Caronte- a tratar mejor a quienes abonaran esa cantidad, claramente abusiva y fuera de toda lógica ética.


Es a este segundo tipo al que sin duda se refieren los pagos realizados por los habitantes de Quíos. No era moral que se le exigiesen, porque venían a ser -como lo es toda mordida, o coima o sobre (que así se denomina según los países)- una especie de "impuesto revolucionario", a beneficio de quien en ese momento ocupase un puesto preeminente.


En un mundo mercantilizado como el que vivimos -se apunta con más detalle en otro lugar-, es bien conocido que muchas personas aprovechan su posición para procurarse todos los beneficios económicos -éticos o no- que se pongan a su alcance. Si -como sucede en demasiadas ocasiones- no es posible no cotizar, al menos habrá que poner los medios para no promover actitudes que den por sentado la "normalidad" de esa conducta.



Javier Fernández Aguado
Catedrático
Foro Europeo. Escuela de Negocios de Navarra

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