miércoles, 23 de noviembre de 2011

ROMA, ESCUELA DE DIRECTIVOS




He estado trabajando casi cuatro años en este texto, en el que recojo numerosas enseñanzas de la Roma Clásica para las organizaciones contemporáneas. He analizado la toma de decisiones de personajes muy conocidos, como Julio César, Calígula o Nerón, pero también múltiples aspectos del gobierno de personas y organizaciones tal como estaba diseñado en ese Imperio que perduró desde el 753 a.C. hasta el 476 d.C. Entre otros, el diseño de los procesos de formación en grado y postgrado o la fiscalidad.


El libro es entendible por todos, pues me he empeñado en que el rigor de cada uno de los 71 capítulos se conjugara con que cualquiera –independientemente de su nivel cultural o de su conocimiento de la Cultura clásica- pueda disfrutar con su lectura.

Ojalá lo haya conseguido.

Javier Fernández Aguado

lunes, 21 de noviembre de 2011

COPAGO Y SENTIDO COMÚN




La vida está fundamentada en unos pocos principios que, cuando se conculcan, pasan factura. Por ejemplo: “el número ideal de personas para llevar adelante un proyecto es siempre un número impar e inferior a dos”. Salvo raras excepciones, cuando se intenta transgredir, las iniciativas no arrancan. Roma comenzó a desarrollarse cuando Rómulo fue quien se hizo con el timón…


Otro principio irrenunciable es que “cuando el coste es cero, la demanda es infinita”.
Resulta políticamente correcto señalar que el estado del bienestar ha logrado que todo el mundo disponga de sanidad gratuita. Pero eso no es cierto. Aunque alguien no pague en ese momento una operación, la sanidad no es gratuita. Alguien la paga. En el caso de España, todos los contribuyentes.

Me produce hilaridad escuchar a políticos de uno y otro signo afirmando que han realizado grandes esfuerzos para mantener el estado del bienestar. En sentido estricto, ellos no han hecho nada. Lo hemos hecho todos los ciudadanos con nuestros impuestos.
El copago no es una obsesión de la derecha, ni debería ser el arma arrojadiza de la izquierda. El copago –aunque fuese inicialmente de un euro- es el comienzo para que la Sanidad pública sea sostenible en España.

La costumbre española, y de otros países, de que otros paguen la última trampa, o un último capricho o una verdadera necesidad está quedando al descubierto con la actual crisis. ¿Por qué hemos de pagar entre todos la falta de esfuerzo de los griegos? ¿Por qué entre todos hemos de abonar los desmanes de determinados directivos de la banca? ¿Por qué hemos de poner dinero para dar cobertura indiscriminada e ilimitada a otros?
Es razonable redistribuir riqueza, porque el mercado no es perfecto, ni mucho menos. Pero entre la creencia ciega en la bondad del mercado y la obsesión insensata de creer que alguien tiene la obligación de pagar lo que yo necesito, hay una distancia grandísima a la que sólo el sentido común puede poner coto.
La demagogia puede ser útil en un mitin o en una tertulia radiofónica, pero al llegar al momento de la verdad, hay que mostrarla al desnudo. La vacuidad de muchas afirmaciones políticas o sindicales no nos devolverán al sendero del crecimiento. Sólo desde la objetividad y el conocimiento de la ciencia económica y empresarial saldremos adelante con garbo.

Javier Fernández Aguado

lunes, 14 de noviembre de 2011

LA FORTALEZA EN LA EMPRESA. El ejemplo de Heracles



Gentes hay que no saben perder. Lepreo (hijo de Caucón y Astidamía) sugirió a Augias que no pagase a Hércules lo previsto por haber limpiado los establos del rey. Aconsejó además que se cargase de cadenas al héroe y que se le encerrase en la cárcel.
No gustó todo esto a Heracles y llegó a casa de Caucón dispuesto a vengarse de aquellas malvadas sugerencias. Intervino, como siempre, la madre. Por respeto a ella, retó Hércules al hijo deslenguado. Perdió Lepreo en beber, en comer y en lanzar el disco. No contento con ser derrotado, se encolerizó.


Cuando arremetió contra Hércules éste le mató. Y es que Lepreo no había sabido medir sus fuerzas.
Cuando Heracles tenía ocho meses, Hera puso los medios para perderlo. Un día, al atarceder, Alcmena había acostado a dos gemelos, Heracles e Ificles. A medianoche, introdujo en el cuarto dos grandes serpientes. Ificles estalló en sollozos. Heracles, todo valentía, agarró los reptiles, uno con cada mano, y los mató. Algún motivo tenía Hera para comportarse así, y es que Heracles, sin saber controlar su fortaleza, al recibir el pecho había mamado con tal fuerza que hizo daño a la diosa. La respuesta de ésta fue un poco desproporcionada.

Al poco de cumplir dieciocho años, llevó a cabo su primera gran hazaña: matar al león de Citerón.


Era éste de gran tamaño y ferocidad. Cometía tremendas tropelías en los rebaños de Anfitrión y del Tespio, rey.

Al regresar de aquella hazaña -y es que el empresario nunca puede estar confiado-, tropezó, cerca de Tebas, con los emisarios del rey de Orcómeno Ergino, que se dirigían a reclamar el tributo que los tebanos pagaban a sus ciudadanos. Heracles no se andó con chiquitas: les cortó la nariz y las orejas; las enhebró en un cordel y las colgó del cuello de aquellos pobrecillos. Les indicó entonces que fuesen de vuelta a casa de su señor con ese tributo.

Ergino, más que molestó, atacó Tebas, pero Heracles derrotó a sus mesnadas e impuso un tributo a ese pueblo, en beneficio de Tebas, exactamente el doble de lo que a él había sido solicitado.

El rey de Tebas agradeció semejante servicio entregándole en matrimonio a Mégara, la hija mayor. Paralelamente casó a la menor con Ificles. A causa de un acceso de locura enviado por Hera mató a todos sus hijos, y también a los que tuvo Ificles. Atena intervino, golpeándole con una piedra, y dejándole dormido.

Suele decir un empresario judío, buen amigo, que el mundo de la empresa es como una carrera de obstáculo en la que nunca se sabe cuál será el siguiente con el que uno se encontrará. Así fueron los doce trabajos de Heracles, que llevó a cabo a las órdenes de su primo Euristeo.

A decir de Eurípides, Heracles aspiraba a regresar a Argos. Euristeo lo aceptó con la condición de que superase algunas pruebas. Esa esclavitud, que duraría doce años, sería el medio de expiar el asesinato de los hijos que había tenido con Mégara. Aunque hubiesen sido involuntarios, había que limpiar esa mancha con algunos comportamientos específicos.

Para culturas posteriores, y de categoría superior, los trabajos de Heracles no serían sino el símbolo del alma que va superando una sucesión de pruebas para liberarse progresivamente de la servidumbre de la propia materialidad. Una vez aplastadas -o cuanto menos domadas- las pasiones, la felicidad podría ser perfecta.

Según diversas tradiciones, los primeros seis “trabajos” tuvieron lugar en el Peloponeso. La otra mitad, en Creta, Tracia, Escitia, el Occidente extremo, el país de las Hespérides y los Infiernos.

Éstos son, de manera resumida, una muestra de algunos obstáculos que superó el héroe:

1.- El león de Nemea. Era éste un monstruo hijo de Ortor. Colocado por Hera, asolaba la región de Nemea, devorando tanto a los ganados como a los propios habitantes. Nuestro hombre, armado con una maza, lo condujo a su gruta. Allí cerró una de las entradas. Al salir el animal por la otra, Heracles lo capturó con sus propias manos y desgarró luego la piel del león con las propias garras de éste. Zeus puso al león entre las constelaciones para que perpetuamente quedase probada la hazaña del luchador.

2.- La hidra de Lerna. Era ésta un monstruo, hijo de Esquidna y de Tifón. El hálito de su boca era mortal. Quienquiera que osaba acercarse a las fauces de uno de ellos, por ejemplo mientras dormía, fallecía de manera casi instantánea. Devastaba las tierras cultrivadas; Heracles empleó flechas ardiendo.

3.- El jabalí de Erimanto. Consistía esta penitencia en llevar a Euristeo una ejemplar de jabalí horrible. Heracles lo asustó a base de gritos (Esta vez funcionó y probablemente no quedaba más remedio que actuar así, pero ¡cuántas veces acudir al expediente de los berridos no es sino una muestra de no tener la razón...!).

4.- El toro de Creta. Por cuenta de Zeus raptó a Europa (según otros, fue secuestrado por personas que podían “sacar más juego” de aquello). Heracles capturó al animal y lo devolvió encerrado. La diosa se negó a aceptar un don ofertado en nombre de Heracles, y liberó al animal.

5.- Las yeguas de Diomedes. Este rey de Tracia fue propietario de ciertas yeguas, de nombres Podargo, Lampón, Janto y Deino, que tenían por costumbre consumir carne humana. Heracles echó al propio Diomedes a las fieras, y luego éstos se dejaron conducir sin más problemas.

6.- El cinturón de la reina Hipólita. Nada más desembarcar para lograrlo, pues lo había solicitado Admete, hija de Euristeo, se rompieron las hostilidades. Cayó la hermana de Hipólita -Melanipa- en manos de Heracles y sus compañeros. Luego, vino el intercambio entre el cinturón y la prisionera.

7.- Los bueyes de Geriones. Al llegar a Eritia, le vio el perro Ortro, que los custodiaba. Un mazazo acabó con aquel bicho ladrador. El boyero Euritión, que había acudido en ayuda del animal, también recibió su merecido. Menetes, el pastor, fue a buscar a Geriones, quien se presentó enseguida. Pero junto a la ribera del río Ántemo cayó bajo las flechas del héroe.

8.- El can Cerbero. Mal hubiera acabado en este difícil trance si no hubiera intervenido Zeus, solicitando a Hermes y Atenea que le ayudaran. Para bajar a los infiernos, tomó Heracles la senda del Ténaro. Al verlo aparecer, los muertos tuvieron miedo (?) y huyeron. Sólo dos aguantaron el tipo: Gorgona Medua y el héroe Meleagro. Una vez vencidos con diversas tretas, y con permiso de Perséfone, liberó a Teseo. Sin embargo, Píritoo permaneció en el infierno. Ayudó luego a Ascálafo, quien, desde que había cometido su falta (denunciar a Perséfone cuando comió un grano de granada, rompiendo el ayuno y perdiendo la esperanza de ver nunca más la luz del día), permanecía aprisionado bajo un enorme bloque. Poco después lo transformaría Deméter en lechuza, modificando el suplicio.

Llegado hasta Hades, le solicitó autorización para llevarse a Cerbero. Accedió el dios, pero bajo la condición de que debería controlar al animal sin las armas normales, simplemente con su coraza y la piel de léon. A pesar de la dificultad, lo venció también, saliendo del infierno por la puerta que se hallaba en Trecén.

A aventuras semejantes a éstas deberá enfrentarse el emprendedor. No será el suyo camino de rosas. Muchos obstáculos se sucederán: desde el desánimo interior, a los ataques de la competencia, pasando por las traiciones de los socios (en ocasiones plagiando la idea; en otras, trabajando mucho menos de lo que deberían, o pretendiendo adueñarse de bienes que no les corresponden), o la tendencia al desánimo, fruto de ese cansancio que estropea toda acción, y que es causado por el mayor enemigo de un proyecto: la rutina.
Si ante el primer embate, abandona, difícilmente alcanzará objetivos valiosos. La existencia de cualquiera, y en particular la de quien aspire a desarrollar un proyecto empresarial, se ve habitualmente sucedida por contradicciones. Bueno es ir haciendo músculos para superarlas, aguantando el tipo. Gracias a esas sucesivas pruebas va formándose una personalidad fuerte, no de mantequilla, capaz de asimilar las posteriores contradicciones, que no son sólo inevitables sino que resultan convenientes para no dormirse en los laureles.

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Una anécdota
Se enamoró Ticio (el director comercial) de Sempronia (la responsable de atención al cliente). La diferencia de edad y circunstancias era espectacular. El primero había convivido con dos mujeres previamente. Tenía una hija que veía muy de vez en cuando, pues la custodia la había logrado la primera compañera. Era una vendedor nato: convencería a un esquimal de comprar helados en el polo, o a un ciclista de poner un cenicero en su bicicleta. Profesionalmente valioso, estaba vitalmente desorientado.
Sempronia era una mozuela maja, jovencísima (casi veinte años les separaban). A punto de concluir la carrera, había comenzado a realizar prácticas. Era una promesa para el futuro. Decidida, no se arredraba ante ningún problema. En cuanto surgía una dificultad, se lanzaba a la calle para dar la cara por la empresa.
Como era patente su enamoramiento, fueron a ver a Cayo, el Presidente, para preguntarle si a pesar de su mutuo amor podían seguir trabajando en la empresa. No les puso pega alguna. Les dijo que no deseaba meterse en su vida personal, que lo único que esperaba es que aquello no redundara en daño para la Compañía, por su propio bien y por el de quienes allí trabajaban.

El Consejero Delegado -un pelín metomentodo- se permitió animarles:

-Si estáis enamorados, adelante.

-Es que mi padre, alegó ella, cuando se entere montará en cólera.

-No te preocupes lo más mínimo. Lo importante es hacer lo que el corazón te pida. Además, has

elegido un gran hombre...

Y así siguió, introduciéndose en un berenjenal, del que Cayo todo ignoraba y que pensaba y piensa que a él en absoluto competía.
Pocos días más tarde, estando él ausente, anunció la secretaria a Cayo una llamada de una persona a quien corría mucha prisa hablar con el Consejero Delegado o con el máximo responsable.

Atendió la llamada. Se trataba de la responsable del centro en el que estudiaba aún la encargada de relaciones públicas:

-Ha estado aquí el padre de Sempronia. Se dirige pistola en mano a ver al Consejero Delegado para "comentarle" lo que piensa sobre los consejos que ha dado a su hija.
Nada más colgar, volvió a sonar el aparato:
-Mientras hablaba, el padre de Sempronia ha telefoneado para decir que viene arma en mano a ver...
-Sí , ya lo sé -respondió Cayo-, al Consejero.... sentimental.
No estaba en ese momento en la sede de la Compañía. Indicó Cayo que le localizaran. Llegó minutos antes que el padre de la empleada. Pidió al Presidente que le acompañara a la "reunión".
Entró primero Cayo. Como un basilisco, gritó el otro:
-¿Es usted el (omito el epíteto) que ha hablado con mi hija?
-No, respondió, pero conozco a de ese (repitió Cayo el calificativo) y deseo estar presente en el encuentro.
Fue una hora inolvidable. Gritos, amagos de pegarse, amenazas de bajar a por el arma (que gracias a Dios había dejado en la guantera del automóvil), acercamientos al teléfono para llamar a la policía... Todo acabó en nada, pues cuando se amenaza mucho es cuando habitualmente menos se hace después...
Meses después casáronse, y se fueron del país. Del padre de la muchacha nunca volvió a saberse. En el fondo, Cayo estaba muy de acuerdo con él... (con el progenitor).


Javier Fernández Aguado

lunes, 7 de noviembre de 2011

EL CLUB DE LOS POETAS MUERTOS



Director: Peter Weir
Intérpretes: Robin Williams, Ethan Hawke, Robert Sean Leonard, Josh Charles.
Año: 1989
Temas: Cambio cultural. Despido. Formación y adiestramiento. Gestión del cambio. Mediocridad. Poder y liderazgo.

Un colegio británico contrata a un nuevo profesor de literatura (Robin Williams). En esa institución, la burocratización ha hecho carne con la estructura. Todo está previsto, nadie quiere innovaciones, que son contempladas como potencialmente peligrosas. Lo que ha servido siempre tiene que seguir sirviendo ahora. ¡Nada de modificaciones! parece ser el lema.
El recién contratado no está de acuerdo con ese sistema. Su percepción de la realidad es más amplia. Sabe que frente a la rigidez de lo establecido, hay que introducir novedad: la flexibilidad de la vida. Así, comienza a entusiasmar a sus alumnos con la posibilidad de contemplar el mundo de forma más creativa, o, al menos, diversa.


Aceptar que las cosas no pueden ser cambiadas es propio de los viejos y Robin Williams no quiere que sus alumnos sean ancianos prematuros.
La existencia tiene un plazo determinado para cada uno. Ese periodo hay que aprovecharlo de la mejor manera. El maestro, para hacérselo percibir con más claridad, toma varias iniciativas:

1.- Ordena romper la introducción de un libro de poesía en que se aborda esa cuestión como si fuera un producto cuasi matemático.

2.- Indica a los muchachos que vayan subiendo a un pupitre para verificar que los ángulos desde los que puede ser contemplado un mismo espacio son diferentes.

3.- Conduce a la clase –en unas escenas que pueden ser calificadas de magistrales- al vestíbulo en el que se acumulan fotografías de antiguos residentes de aquel internado. Muchos de ellos están ya muertos. Robin Williams susurra a su gente:

-Carpe diem!, Carpe diem! ¡Aprovechad el momento! ¡Aprovechad el momento!

Esas medidas y otros comentarios llevan a que algunos se atrevan a tomar decisiones por cuenta propia a pesar de la clara oposición de sus progenitores. Otros descubren una antigua costumbre, denominada precisamente el club de los poetas muertos. Bajo ese título, se reunían en una cueva no muy lejana del College para recitar poemas ajenos, y también propios.
Retomada la costumbre, las emociones se agolpan. Frente a la rigidez impasible del sistema impuesto, han encontrado nuevos modos de enfrentarse con el entorno, o, cuando menos, de observarlo.

Sin apoyar explícitamente las consecuencias de las decisiones, Robin Williams sigue echando leña al fuego. Ahora con unos sugestivos versos de Walt Whitman:

“¡Capitán, mi capitán! Levántate y oye las campanas;
levántate, por ti ondea la bandera, por ti suena la corneta,
por ti hay flores y guirnaldas, por ti están las costas atestadas;
tu nombre aclama la multitud inquieta, volviendo ansiosos rostros”.


Uno de los muchachos considera que su vocación se encuentra en el teatro. Así, y en contra de la explícita voluntad de su padre, interpreta un papel. Su progenitor, sin atenderse a razones, se lo lleva a casa, y le prohíbe volver a intentar aquellos senderos. Además, manifiesta a la dirección del College su desagrado con los modos de entender la formación del nuevo profesor. Aquellas actuaciones acaban en desastre, porque el chico opta por suicidarse, al considerar que es el único camino para escapar de la imposición paterna.

Al final, el profesor es expulsado del Colegio, y las clases recomienzan con un nuevo docente que se adapta perfectamente a la inflexible metodología. En un último esfuerzo, los alumnos despiden a su antiguo profesor desafiando las normas que ahora han vuelto a tener vigencia.
Sorprende que un actor como Robin Williams, bien conocido por sus papeles cómicos, haya sido capaz de enfrentarse a un reto tan difícil como el planteado en este largometraje.
Como buena literatura que ha de ser el cine, no se plantean tanto respuestas como preguntas. En concreto, se cuestiona la conveniencia de mantener métodos de enseñanza (y de gobierno en general) en el que el único punto de referencia sea el pasado, lo que siempre se había hecho. Paralelamente, la novedad -¡la revolución!- apunta también sus riesgos. Si se prometen nuevos paraísos a personas que no saben gestionar adecuadamente sus potenciales, se corre el grave riesgo de hacerles daño. Muchos, por lo demás, pueden considerar que libertad es hacer lo prohibido hasta el momento.

Que hay que modificar el pasado es obvio. Que hay que poseer una aguda inteligencia, e inmensa prudencia para lograr hacerlo adecuadamente, también. Es en esa combinación de respeto a lo vivido precedentemente, y de ansia por descubrir nuevos mundos, donde se abre la genialidad. Hay dos posturas muy fáciles en el gobierno, y profundamente erróneas. Una es la consistente en enrocarse en lo hecho por otros, como si fuese la única alternativa real. Otra, cortar con lo anterior, sin prestarle atención, como si el fuego en el que ardiese inmisericorde la tradición fuese el seno de una nueva civilización sin tantas reglamentaciones.

Cómo combinar correctamente pasado con futuro, para lograr un presente apasionante, es la dificultad a la que cada persona y cada generación han de enfrentarse. Sólo quien asume plenamente lo vivido por otros, e intenta mejorarlo, diseñará actuaciones atrayentes en el presente. Que no sucede siempre así es obvio. Por eso, muchas instituciones se ven obligadas a provocar la revolución, porque no supieron gestionar el cambio, a la velocidad que la realidad lo exigía.

Carpe diem!, en fin, puede y debe ser un buen ‘grito de guerra’, pero no porque se prescinda de lo que hay detrás de la última barrera temporal, sino porque se tenga en cuenta que tras ese límite se obtendrá lo que previamente se sembró.
Una película, en fin, para pensar y hacer pensar, entre otras cuestiones, sobre la importancia de la formación de la juventud, y de la empatía.


Javier Fernández Aguado

martes, 1 de noviembre de 2011

El mes de noviembre



Concluye octubre. Han sido cuatro los países de América que he visitado en este tiempo: EE.UU., Panamá, México y, por último, Ecuador, lugar del que acabo de regresar. Experiencias gratísimas en las que, además de las conferencias, jornadas, seminarios o asesoramiento que me llevaban a esas tierras, he tenido ocasión de seguir aprendiendo. He charlado con directivos y empresarios, con funcionarios y miembros de diversos gobiernos centrales o regionales de esas naciones.

Frente a la obsesión casi paranoica por la crisis en Europa y EE.UU., bastantes países de Hispanoamérica rezuman alegría, optimismo, crecimiento…

El mes de noviembre participaré en diversos Congresos o Convenciones, tanto en Madrid como en otros lugares. De los abiertos, los más significativos son el de Zaragoza del día 15, en el Foro Empresa 2011. Allí hablaré sobre cómo competir en la actualidad. Al día siguiente, en el Banco de España, en Madrid, pronunciaré una conferencia sobre Innovación en Banca, durante una jornada promovida por el Centro de Cooperación Interbancaria-CCI.

Todas las semanas del mes están salpicadas de encuentros con comités de dirección, y también de sesiones de coaching. No faltarán dos jornadas en Pamplona dentro del ámbito de mi Cátedra en esa ciudad. Eso será tanto el día 18 como el 25 de noviembre.

Un mes, en fin, que concluirá con el comienzo de un nuevo viaje que me llevará, Dios mediante, a México y a algún otro país de América. Son cada vez más numerosas las instituciones públicas y las empresas que se interesan por los modelos de gestión que he venido creando, y por mis estudios en el ámbito del Management. Viajar hasta esos países tiene un coste añadido por el número de horas de vuelo, pero siempre merece la pena.

Javier Fernández Aguado