lunes, 7 de noviembre de 2011

EL CLUB DE LOS POETAS MUERTOS



Director: Peter Weir
Intérpretes: Robin Williams, Ethan Hawke, Robert Sean Leonard, Josh Charles.
Año: 1989
Temas: Cambio cultural. Despido. Formación y adiestramiento. Gestión del cambio. Mediocridad. Poder y liderazgo.

Un colegio británico contrata a un nuevo profesor de literatura (Robin Williams). En esa institución, la burocratización ha hecho carne con la estructura. Todo está previsto, nadie quiere innovaciones, que son contempladas como potencialmente peligrosas. Lo que ha servido siempre tiene que seguir sirviendo ahora. ¡Nada de modificaciones! parece ser el lema.
El recién contratado no está de acuerdo con ese sistema. Su percepción de la realidad es más amplia. Sabe que frente a la rigidez de lo establecido, hay que introducir novedad: la flexibilidad de la vida. Así, comienza a entusiasmar a sus alumnos con la posibilidad de contemplar el mundo de forma más creativa, o, al menos, diversa.


Aceptar que las cosas no pueden ser cambiadas es propio de los viejos y Robin Williams no quiere que sus alumnos sean ancianos prematuros.
La existencia tiene un plazo determinado para cada uno. Ese periodo hay que aprovecharlo de la mejor manera. El maestro, para hacérselo percibir con más claridad, toma varias iniciativas:

1.- Ordena romper la introducción de un libro de poesía en que se aborda esa cuestión como si fuera un producto cuasi matemático.

2.- Indica a los muchachos que vayan subiendo a un pupitre para verificar que los ángulos desde los que puede ser contemplado un mismo espacio son diferentes.

3.- Conduce a la clase –en unas escenas que pueden ser calificadas de magistrales- al vestíbulo en el que se acumulan fotografías de antiguos residentes de aquel internado. Muchos de ellos están ya muertos. Robin Williams susurra a su gente:

-Carpe diem!, Carpe diem! ¡Aprovechad el momento! ¡Aprovechad el momento!

Esas medidas y otros comentarios llevan a que algunos se atrevan a tomar decisiones por cuenta propia a pesar de la clara oposición de sus progenitores. Otros descubren una antigua costumbre, denominada precisamente el club de los poetas muertos. Bajo ese título, se reunían en una cueva no muy lejana del College para recitar poemas ajenos, y también propios.
Retomada la costumbre, las emociones se agolpan. Frente a la rigidez impasible del sistema impuesto, han encontrado nuevos modos de enfrentarse con el entorno, o, cuando menos, de observarlo.

Sin apoyar explícitamente las consecuencias de las decisiones, Robin Williams sigue echando leña al fuego. Ahora con unos sugestivos versos de Walt Whitman:

“¡Capitán, mi capitán! Levántate y oye las campanas;
levántate, por ti ondea la bandera, por ti suena la corneta,
por ti hay flores y guirnaldas, por ti están las costas atestadas;
tu nombre aclama la multitud inquieta, volviendo ansiosos rostros”.


Uno de los muchachos considera que su vocación se encuentra en el teatro. Así, y en contra de la explícita voluntad de su padre, interpreta un papel. Su progenitor, sin atenderse a razones, se lo lleva a casa, y le prohíbe volver a intentar aquellos senderos. Además, manifiesta a la dirección del College su desagrado con los modos de entender la formación del nuevo profesor. Aquellas actuaciones acaban en desastre, porque el chico opta por suicidarse, al considerar que es el único camino para escapar de la imposición paterna.

Al final, el profesor es expulsado del Colegio, y las clases recomienzan con un nuevo docente que se adapta perfectamente a la inflexible metodología. En un último esfuerzo, los alumnos despiden a su antiguo profesor desafiando las normas que ahora han vuelto a tener vigencia.
Sorprende que un actor como Robin Williams, bien conocido por sus papeles cómicos, haya sido capaz de enfrentarse a un reto tan difícil como el planteado en este largometraje.
Como buena literatura que ha de ser el cine, no se plantean tanto respuestas como preguntas. En concreto, se cuestiona la conveniencia de mantener métodos de enseñanza (y de gobierno en general) en el que el único punto de referencia sea el pasado, lo que siempre se había hecho. Paralelamente, la novedad -¡la revolución!- apunta también sus riesgos. Si se prometen nuevos paraísos a personas que no saben gestionar adecuadamente sus potenciales, se corre el grave riesgo de hacerles daño. Muchos, por lo demás, pueden considerar que libertad es hacer lo prohibido hasta el momento.

Que hay que modificar el pasado es obvio. Que hay que poseer una aguda inteligencia, e inmensa prudencia para lograr hacerlo adecuadamente, también. Es en esa combinación de respeto a lo vivido precedentemente, y de ansia por descubrir nuevos mundos, donde se abre la genialidad. Hay dos posturas muy fáciles en el gobierno, y profundamente erróneas. Una es la consistente en enrocarse en lo hecho por otros, como si fuese la única alternativa real. Otra, cortar con lo anterior, sin prestarle atención, como si el fuego en el que ardiese inmisericorde la tradición fuese el seno de una nueva civilización sin tantas reglamentaciones.

Cómo combinar correctamente pasado con futuro, para lograr un presente apasionante, es la dificultad a la que cada persona y cada generación han de enfrentarse. Sólo quien asume plenamente lo vivido por otros, e intenta mejorarlo, diseñará actuaciones atrayentes en el presente. Que no sucede siempre así es obvio. Por eso, muchas instituciones se ven obligadas a provocar la revolución, porque no supieron gestionar el cambio, a la velocidad que la realidad lo exigía.

Carpe diem!, en fin, puede y debe ser un buen ‘grito de guerra’, pero no porque se prescinda de lo que hay detrás de la última barrera temporal, sino porque se tenga en cuenta que tras ese límite se obtendrá lo que previamente se sembró.
Una película, en fin, para pensar y hacer pensar, entre otras cuestiones, sobre la importancia de la formación de la juventud, y de la empatía.


Javier Fernández Aguado

1 comentario:

  1. Interesante tu disertación Javier; lo novedoso siempre exige mentes renovadas. Ningún viticultor profesional optaría nunca por echar el vino nuevo en unos odres viejos, porque al fermentar el vino joven en toda su fuerza reventaría los odres y el vino joven se perdería por los suelos. Siempre será dificil para las mentes " viejas" asimilar lo que sale de mentes "nuevas". Es por ello que la única manera de conservar el vino joven ( ó los nuevos pensamientos) es que nunca se compartan con los de mentes viejas, sino con los afines de mentes nuevas. De ahí el formar un club de mentes renovadas como lo es el de los poetas muertos. Las pregunta del rector fueron: ¿ que es eso del club de los poetas muertos? ¿ quienes son los que conforman ese club?. Al final de la película se ve claro cuando uno a uno se levantan para saludar al Capitán. ¿ No quería ud saber que es, y quienes son el club de los poetas muertos? Todos los que nos hemos subido al pupitre somos el club de los poetas muertos que hemos renacido para saludar y rendir homenaje a nuestro maestro y verdadero Capitán encauzador de nuestras vidas presentes y futuras. Un saludo Javier.

    Alfredo

    ResponderEliminar