lunes, 14 de noviembre de 2011

LA FORTALEZA EN LA EMPRESA. El ejemplo de Heracles



Gentes hay que no saben perder. Lepreo (hijo de Caucón y Astidamía) sugirió a Augias que no pagase a Hércules lo previsto por haber limpiado los establos del rey. Aconsejó además que se cargase de cadenas al héroe y que se le encerrase en la cárcel.
No gustó todo esto a Heracles y llegó a casa de Caucón dispuesto a vengarse de aquellas malvadas sugerencias. Intervino, como siempre, la madre. Por respeto a ella, retó Hércules al hijo deslenguado. Perdió Lepreo en beber, en comer y en lanzar el disco. No contento con ser derrotado, se encolerizó.


Cuando arremetió contra Hércules éste le mató. Y es que Lepreo no había sabido medir sus fuerzas.
Cuando Heracles tenía ocho meses, Hera puso los medios para perderlo. Un día, al atarceder, Alcmena había acostado a dos gemelos, Heracles e Ificles. A medianoche, introdujo en el cuarto dos grandes serpientes. Ificles estalló en sollozos. Heracles, todo valentía, agarró los reptiles, uno con cada mano, y los mató. Algún motivo tenía Hera para comportarse así, y es que Heracles, sin saber controlar su fortaleza, al recibir el pecho había mamado con tal fuerza que hizo daño a la diosa. La respuesta de ésta fue un poco desproporcionada.

Al poco de cumplir dieciocho años, llevó a cabo su primera gran hazaña: matar al león de Citerón.


Era éste de gran tamaño y ferocidad. Cometía tremendas tropelías en los rebaños de Anfitrión y del Tespio, rey.

Al regresar de aquella hazaña -y es que el empresario nunca puede estar confiado-, tropezó, cerca de Tebas, con los emisarios del rey de Orcómeno Ergino, que se dirigían a reclamar el tributo que los tebanos pagaban a sus ciudadanos. Heracles no se andó con chiquitas: les cortó la nariz y las orejas; las enhebró en un cordel y las colgó del cuello de aquellos pobrecillos. Les indicó entonces que fuesen de vuelta a casa de su señor con ese tributo.

Ergino, más que molestó, atacó Tebas, pero Heracles derrotó a sus mesnadas e impuso un tributo a ese pueblo, en beneficio de Tebas, exactamente el doble de lo que a él había sido solicitado.

El rey de Tebas agradeció semejante servicio entregándole en matrimonio a Mégara, la hija mayor. Paralelamente casó a la menor con Ificles. A causa de un acceso de locura enviado por Hera mató a todos sus hijos, y también a los que tuvo Ificles. Atena intervino, golpeándole con una piedra, y dejándole dormido.

Suele decir un empresario judío, buen amigo, que el mundo de la empresa es como una carrera de obstáculo en la que nunca se sabe cuál será el siguiente con el que uno se encontrará. Así fueron los doce trabajos de Heracles, que llevó a cabo a las órdenes de su primo Euristeo.

A decir de Eurípides, Heracles aspiraba a regresar a Argos. Euristeo lo aceptó con la condición de que superase algunas pruebas. Esa esclavitud, que duraría doce años, sería el medio de expiar el asesinato de los hijos que había tenido con Mégara. Aunque hubiesen sido involuntarios, había que limpiar esa mancha con algunos comportamientos específicos.

Para culturas posteriores, y de categoría superior, los trabajos de Heracles no serían sino el símbolo del alma que va superando una sucesión de pruebas para liberarse progresivamente de la servidumbre de la propia materialidad. Una vez aplastadas -o cuanto menos domadas- las pasiones, la felicidad podría ser perfecta.

Según diversas tradiciones, los primeros seis “trabajos” tuvieron lugar en el Peloponeso. La otra mitad, en Creta, Tracia, Escitia, el Occidente extremo, el país de las Hespérides y los Infiernos.

Éstos son, de manera resumida, una muestra de algunos obstáculos que superó el héroe:

1.- El león de Nemea. Era éste un monstruo hijo de Ortor. Colocado por Hera, asolaba la región de Nemea, devorando tanto a los ganados como a los propios habitantes. Nuestro hombre, armado con una maza, lo condujo a su gruta. Allí cerró una de las entradas. Al salir el animal por la otra, Heracles lo capturó con sus propias manos y desgarró luego la piel del león con las propias garras de éste. Zeus puso al león entre las constelaciones para que perpetuamente quedase probada la hazaña del luchador.

2.- La hidra de Lerna. Era ésta un monstruo, hijo de Esquidna y de Tifón. El hálito de su boca era mortal. Quienquiera que osaba acercarse a las fauces de uno de ellos, por ejemplo mientras dormía, fallecía de manera casi instantánea. Devastaba las tierras cultrivadas; Heracles empleó flechas ardiendo.

3.- El jabalí de Erimanto. Consistía esta penitencia en llevar a Euristeo una ejemplar de jabalí horrible. Heracles lo asustó a base de gritos (Esta vez funcionó y probablemente no quedaba más remedio que actuar así, pero ¡cuántas veces acudir al expediente de los berridos no es sino una muestra de no tener la razón...!).

4.- El toro de Creta. Por cuenta de Zeus raptó a Europa (según otros, fue secuestrado por personas que podían “sacar más juego” de aquello). Heracles capturó al animal y lo devolvió encerrado. La diosa se negó a aceptar un don ofertado en nombre de Heracles, y liberó al animal.

5.- Las yeguas de Diomedes. Este rey de Tracia fue propietario de ciertas yeguas, de nombres Podargo, Lampón, Janto y Deino, que tenían por costumbre consumir carne humana. Heracles echó al propio Diomedes a las fieras, y luego éstos se dejaron conducir sin más problemas.

6.- El cinturón de la reina Hipólita. Nada más desembarcar para lograrlo, pues lo había solicitado Admete, hija de Euristeo, se rompieron las hostilidades. Cayó la hermana de Hipólita -Melanipa- en manos de Heracles y sus compañeros. Luego, vino el intercambio entre el cinturón y la prisionera.

7.- Los bueyes de Geriones. Al llegar a Eritia, le vio el perro Ortro, que los custodiaba. Un mazazo acabó con aquel bicho ladrador. El boyero Euritión, que había acudido en ayuda del animal, también recibió su merecido. Menetes, el pastor, fue a buscar a Geriones, quien se presentó enseguida. Pero junto a la ribera del río Ántemo cayó bajo las flechas del héroe.

8.- El can Cerbero. Mal hubiera acabado en este difícil trance si no hubiera intervenido Zeus, solicitando a Hermes y Atenea que le ayudaran. Para bajar a los infiernos, tomó Heracles la senda del Ténaro. Al verlo aparecer, los muertos tuvieron miedo (?) y huyeron. Sólo dos aguantaron el tipo: Gorgona Medua y el héroe Meleagro. Una vez vencidos con diversas tretas, y con permiso de Perséfone, liberó a Teseo. Sin embargo, Píritoo permaneció en el infierno. Ayudó luego a Ascálafo, quien, desde que había cometido su falta (denunciar a Perséfone cuando comió un grano de granada, rompiendo el ayuno y perdiendo la esperanza de ver nunca más la luz del día), permanecía aprisionado bajo un enorme bloque. Poco después lo transformaría Deméter en lechuza, modificando el suplicio.

Llegado hasta Hades, le solicitó autorización para llevarse a Cerbero. Accedió el dios, pero bajo la condición de que debería controlar al animal sin las armas normales, simplemente con su coraza y la piel de léon. A pesar de la dificultad, lo venció también, saliendo del infierno por la puerta que se hallaba en Trecén.

A aventuras semejantes a éstas deberá enfrentarse el emprendedor. No será el suyo camino de rosas. Muchos obstáculos se sucederán: desde el desánimo interior, a los ataques de la competencia, pasando por las traiciones de los socios (en ocasiones plagiando la idea; en otras, trabajando mucho menos de lo que deberían, o pretendiendo adueñarse de bienes que no les corresponden), o la tendencia al desánimo, fruto de ese cansancio que estropea toda acción, y que es causado por el mayor enemigo de un proyecto: la rutina.
Si ante el primer embate, abandona, difícilmente alcanzará objetivos valiosos. La existencia de cualquiera, y en particular la de quien aspire a desarrollar un proyecto empresarial, se ve habitualmente sucedida por contradicciones. Bueno es ir haciendo músculos para superarlas, aguantando el tipo. Gracias a esas sucesivas pruebas va formándose una personalidad fuerte, no de mantequilla, capaz de asimilar las posteriores contradicciones, que no son sólo inevitables sino que resultan convenientes para no dormirse en los laureles.

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Una anécdota
Se enamoró Ticio (el director comercial) de Sempronia (la responsable de atención al cliente). La diferencia de edad y circunstancias era espectacular. El primero había convivido con dos mujeres previamente. Tenía una hija que veía muy de vez en cuando, pues la custodia la había logrado la primera compañera. Era una vendedor nato: convencería a un esquimal de comprar helados en el polo, o a un ciclista de poner un cenicero en su bicicleta. Profesionalmente valioso, estaba vitalmente desorientado.
Sempronia era una mozuela maja, jovencísima (casi veinte años les separaban). A punto de concluir la carrera, había comenzado a realizar prácticas. Era una promesa para el futuro. Decidida, no se arredraba ante ningún problema. En cuanto surgía una dificultad, se lanzaba a la calle para dar la cara por la empresa.
Como era patente su enamoramiento, fueron a ver a Cayo, el Presidente, para preguntarle si a pesar de su mutuo amor podían seguir trabajando en la empresa. No les puso pega alguna. Les dijo que no deseaba meterse en su vida personal, que lo único que esperaba es que aquello no redundara en daño para la Compañía, por su propio bien y por el de quienes allí trabajaban.

El Consejero Delegado -un pelín metomentodo- se permitió animarles:

-Si estáis enamorados, adelante.

-Es que mi padre, alegó ella, cuando se entere montará en cólera.

-No te preocupes lo más mínimo. Lo importante es hacer lo que el corazón te pida. Además, has

elegido un gran hombre...

Y así siguió, introduciéndose en un berenjenal, del que Cayo todo ignoraba y que pensaba y piensa que a él en absoluto competía.
Pocos días más tarde, estando él ausente, anunció la secretaria a Cayo una llamada de una persona a quien corría mucha prisa hablar con el Consejero Delegado o con el máximo responsable.

Atendió la llamada. Se trataba de la responsable del centro en el que estudiaba aún la encargada de relaciones públicas:

-Ha estado aquí el padre de Sempronia. Se dirige pistola en mano a ver al Consejero Delegado para "comentarle" lo que piensa sobre los consejos que ha dado a su hija.
Nada más colgar, volvió a sonar el aparato:
-Mientras hablaba, el padre de Sempronia ha telefoneado para decir que viene arma en mano a ver...
-Sí , ya lo sé -respondió Cayo-, al Consejero.... sentimental.
No estaba en ese momento en la sede de la Compañía. Indicó Cayo que le localizaran. Llegó minutos antes que el padre de la empleada. Pidió al Presidente que le acompañara a la "reunión".
Entró primero Cayo. Como un basilisco, gritó el otro:
-¿Es usted el (omito el epíteto) que ha hablado con mi hija?
-No, respondió, pero conozco a de ese (repitió Cayo el calificativo) y deseo estar presente en el encuentro.
Fue una hora inolvidable. Gritos, amagos de pegarse, amenazas de bajar a por el arma (que gracias a Dios había dejado en la guantera del automóvil), acercamientos al teléfono para llamar a la policía... Todo acabó en nada, pues cuando se amenaza mucho es cuando habitualmente menos se hace después...
Meses después casáronse, y se fueron del país. Del padre de la muchacha nunca volvió a saberse. En el fondo, Cayo estaba muy de acuerdo con él... (con el progenitor).


Javier Fernández Aguado

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