miércoles, 7 de diciembre de 2011

CON EL DINERO DE LOS DEMÁS


Director: Norman Jewison
Interpretes: Danny DeVito, Gregory Peck, Penelope Ann Miller, Piper Laurie, Dean Jones, Mo Gafney.
Año: 1991
Temas: Acoso sexual. Capitalismo salvaje. Especulación. Juntas de accionistas. Lealtad. Stakeholders.

Encontramos en esta ocasión a Danny DeVito en el papel de Lawrence Garfield, un nuevo Gordon Gekko como el inmortalizado por Michael Douglas en Wall Street, que también comentaré en estas páginas.
Se reviven las mejores comedias de Frank Capra de los años treinta: la avaricia aflora en los personajes. Además, se perfila la confrontación entre dos modos de ver el mundo y su particular manera de vivir el denominado sueño americano: el éxito rápido y a cualquier precio –el fin justifica los medios-, frente al esfuerzo y el aprecio de la gente.

Andrew Jogerson (Gregory Peck) es un hombre honesto y patriota, dedicado por completo al trabajo y a los suyos. Lawrence Garfield (Danny Devito) es un depredador, ambicioso y avaro que pretende hacerse con la compañía que viene dirigiendo Jogerson para dividirla y venderla. En medio de ambos, la joven abogada Kate Sullivan (Penelope Ann Miller) pretende salvar los intereses del viejo Jogerson, empleando sus armas de mujer.

Al más puro estilo de los ochenta parece que triunfa el malo.

Norman Jewison fue el productor y realizador de un producto que no obtuvo éxito comercial porque falla algo en la arquitectura de sus personajes. El exceso de guiños atrás –Lawrece Garfield recuerda en ocasiones a Groucho Marx- han hecho que la película se le escapara un poco de las manos.

Desde el punto de vista del estudio de las organizaciones tiene una gran utilidad, pues se abordan múltiples temas económicos y de gestión. El análisis del control especulativo de las empresas, los negocios sin corazón, son mostrados con claridad. Para el especulador nada tiene sentido salvo el dinero: el medio ambiente, la moralidad de los actos, el respeto de los demás, son pequeños incidentes de los que puede prescindir. Incluso, de forma descarnada, manifiesta que le parece un basurero la industria que para otros es un modo de vida.

Aparece crudamente su desconocimiento de los aspectos productivos de la empresa, y por supuesto del componente humano de cualquier entidad mercantil. Para Garfield sólo existe lo que puede transformarse en contante. Lo afirma sin ambages: “yo sólo quiero ganar dinero”, y a corto plazo.

Las necesidades afectivas de la persona también están presentes en este personaje. Él las resuelve por dos vías: una, la personificación de su ordenador -Carmen-, y un placer puntual: en este caso intentando seducir a la abogada de la parte contraria. La inconsistencia de ese modo de vida queda patente en las escenas en las que, tras los sucesivos triunfos, cae en depresión en su propia habitación. Y es que si falta el oportuno equilibrio vital, por mucho dinero que se acumule y por sucesivos que sean los placeres, la tristeza y la soledad son los resultados. En su egoísmo, se pregunta: ¿por qué traen a los niños? Todo lo que no es de su gusto, es superfluo o dañino. En uno de los pocos momentos de claridad, se declara: “quiero estar contigo toda la vida”, manifestando que el amor verdadero se encuentra sólo en compromisos imperecederos.

La mentira como arma en las negociaciones es manifestada radicalmente, como si en el mundo de los negocios fuese imposible la rectitud. Proclama Garfield una y otra vez que el sistema empresarial no es más que un juego al que es preciso adaptarse, asimilando reglas, independientemente de que éstas sean lícitas o no. Literalmente afirma:

-Me importa más el juego que los jugadores.
La traición del más directo colaborador de Andrew Jogerson sirve para lanzar un ataque frontal a la banca:

-Es banquero, no te fíes de él, le recomiendan.
Sin embargo, él, en su rectitud, responde:

-Tengo que confiar en mis amigos.

Los abogados quedan en mal lugar: eternos discutidores incapaces de ofrecer soluciones eficaces. Entre otras lindezas, afirma de ellos el patrón: las cabezas de los abogados son como bombas nucleares; si las usas, lo estropeas todo.
Los discursos finales en la Junta General de Accionistas sirven para poner de relieve dos modos bien diversos de analizar el mundo empresarial. Uno, el del capitalismo salvaje, donde lo único que importa es el rendimiento. Aunque no le falta razón a Garfield al defender que la obsolescencia condena a la desaparición a quienes caen en ella. Detecta el problema, pero no ofrece soluciones.

El otro de punto de vista es profundamente alternativo. La empresa es contemplada desde sus aspectos más humanistas, con una crítica a quienes intentan ser dioses-diablos con el dinero de otros, sin construir nada. Su clamor es tremendo: una empresa es mucho más que el precio de las acciones, son sueños, esperanzas e ilusiones. Una buena lección para quienes centran su existencia en los rendimientos crematísticos.

Quizá no es correcto ni el uno ni el otro, pues carecen de la necesaria complejidad. El mundo necesita de los grises. El maniqueísmo no explica suficientemente la realidad. Quienes no perciben los matices en su entorno, en el mundo de las organizaciones, y en el modo de ser de las personas, acaban tornándose sátrapas caprichosos de sus propios impulsos.

Javier Fernández Aguado
Catedrático
Foro Europeo (Escuela de Negocios de Navarra)




1 comentario:

  1. Cómo puedo encontrar esta película???, mi email es: piscis.1007@hotmail.com, me llamo Mª José Jiménez.
    Gracias. Un saludo.

    ResponderEliminar