martes, 20 de diciembre de 2011

LOS ORÍGENES DEL COMUNISMO


 Desde hace años vengo cuestionándome por la incomprensible superioridad moral de la izquierda. Cuando quiere descalificarse a alguien se le anatemiza –con toda razón- con el término nazi. Nadie entendería que hoy en día se bailara el agua a un partido de esa ideología. Sucede, y es bueno que así sea, que cuando se descubren células de insensatos que la propugnan, son fieramente perseguidas.
Sin embargo, en prácticamente todos los países del mundo siguen existiendo partidos comunistas. Además, personajes más o menos pintorescos controlan dictatorialmente a sus conciudadanos bajo el sorprendente amparo ideológico de esa utópica doctrina, que se ha tornado siempre en la práctica tan inhumana o más que el nazismo.
Entre los múltiples libros que he leído sobre la cuestión, me atrevo a recomendar dos para los posibles interesados en conocer cómo surgió, fruto de conversaciones entre un rico, caprichoso y lujurioso heredero, Engels, y un lector inquieto con notable afición por el alcohol y el sexo: Marx. Por lo demás, su conocimiento de la situación obrera fue siempre tangencial.
La obra Karl Marx, de Francis Wheen, es memorable. Lleva años en el mercado español, con menos éxito del que merece, aunque recibió en Alemania, en 2001, el Deutscher Memorial Prize.
El reciente volumen de TristamHunt, El gentleman comunista. La vida revolucionaria de Friedrich Engels (2011), es un imprescindible complemento. Está bien documentado, aunque escaso en algún pasaje de buena pluma.
El comunismo es una ideología que acierta en muchas de las cosas que mantiene y yerra gravemente en múltiples temas que condena sin análisis ni conocimiento profundo. Ojalá algún día sea posible separar el trigo de la paja y elaborar una teoría que recogiendo lo mejor del liberalismo y el comunismo sea respetuosa con la persona humana. El proyecto está lejos de conseguirse, pero no estaría de más que muchos se empeñaran en lograr esa fusión que es tan necesaria como conveniente.
Mientras tanto, quienes alardean de la bandera comunista deberían estudiar un poco mejor sus orígenes para evitar el ridículo, por ejemplo, de muchas de sus afirmaciones sobre la libertad del hombre, que sus padres fundadores negaron apodícticamente. 

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