domingo, 8 de enero de 2012

¿CONOCES A JOE BLACK?



Director: Martin Brest
Intérpretes: Brad Pitt, Anthony Hopkins, Claire Forlani, Jake Weber, Marcia Gay Harden.
Año: 1998
Temas: Asesoramiento. Coaching. Comunicación. Consultoría. Muerte. Trabajo y familia. Workaholic.

Basándose en “Death plays a Holiday” (La muerte se toma unas vacaciones), de Alberto Casella, Martin Brest puso en marcha la no fácil tarea de hacer presente a la muerte (Brad Pitt), que es a la vez una especie de coach, en la vida de un empresario triunfador y honesto: Bill Parrish (Anthony Hopkins).

El argumento es interesante, y son muchas las enseñanzas que van surgiendo a lo largo de la cinta. Para empezar, la siguiente: una empresa es mucho más –explica Parrish en una tormentosa reunión del Consejo de Administración- que comprar por un dólar y vender por dos.


Está en juego no sólo una cuestión económica, sino sobre todo un proyecto de vida: el deseo de plasmar en una obra concreta –en este caso una entidad mercantil- las propias aspiraciones.

La necesidad de la sinceridad en las relaciones personales, sean económicas o afectivas, es esencial. El cuñado de Parrish, en un momento de confidencia, estimulado por el buen morapio, confiesa a la muerte que uno de los secretos del amor es precisamente la claridad. Refiriéndose a su esposa, afirma: “conoce lo peor de mí y no le importa”. La relevancia de conocer, aceptar, e incluso amar, las limitaciones de aquellos con quienes se convive o se trabaja no es poca cosa.

La presencia del “trepa” –Drew (Jake Weber)- es una amenaza permanente. No suele faltar en las organizaciones un Judas dispuesto a aprovecharse de la honradez y buen hacer de los demás. Al final queda al descubierto. Lástima que no lo fuese antes. Esto acaece no sólo en organizaciones industriales, sino también en otras que aseguran que venden servicios a terceros. Se cumple muchas veces en estas últimas el principio de que en casa del herrero, cuchillo de palo.

La mayor parte de la gente se deja arrastrar por los vientos que soplan: falta personalidad en demasiados para defender “principios”. La reunión clandestina del Consejo de Administración es una muestra de maquiavelismo por parte del traidorzuelo, en la que no falta la mentira, el interés crematístico puro y duro, y las medias verdades que se convierten en arma arrojadiza.


Resulta interesante la enseñanza, pues se repite en muchas instituciones que aseguran que trabajan con el denominado modelo de gobierno colegial. Al final, salvo excepciones, alguien mueve los hilos. Si es honesto, la cosa puede marchar. Si es un obseso del poder, conducirá al desastre a quienes dice servir.

Las fusiones son demasiadas veces fruto de una obsesión mercantilista, ajena a principios humanistas que ojalá estuviesen presentes en cualquier organización. El factor humano no debería ser tratado como un mero recurso. Eso exigiría –y es lo que Parrish propone reiteradamente- considerar una entidad mercantil como algo más que un mero sistema de ganar dinero. Además, y tal como se explicita a lo largo de la narración, la idea inicial es la de despedazar la empresa. No hay proyecto, únicamente deseo de enriquecimiento rápido.

No sólo Bill Parrish tiene preocupación por el proyecto en su sentido más amplio. Varios de los consejeros están dispuestos a disminuir la rentabilidad de sus acciones en defensa de las ideas. No son mayoría, pero...

La muerte es una realidad que no debería ser sistemáticamente escondida ni soslayada. Mirarla con paz, cara a cara, podría ser una buena meta para cualquiera. El ejemplo que en este sentido ofrece el empresario protagonista es relevante. Su existencia íntegra le permite enfrentarse con paz a ese momento fundamental para todo ser humano.

Las diversas explicaciones que se ofrecen sobre el sentido del amor son estupendas. Por ejemplo, cuando se define como confianza, responsabilidad, lealtad a los principios, deseo de llevarlo hasta la eternidad...

El amor paterno-filial hace acto de presencia cuando la muerte (Joe Black) desea caprichosamente llevarse también a la hija del emprendedor. Éste se enfrenta firmemente a las veleidades de esa frívola guadaña (claramente insuficiente el papel de Brad Pitt en este caso: no basta con tener “buena pinta” para transmitir realidades profundas). Al final, el afecto paterno se impone, y la hija recibe la oportunidad de seguir viviendo.

La necesidad del coaching está presente en el largometraje. Todo el mundo precisa de alguien con quien contrastar sus ideas, sus proyectos, sus ilusiones, y también sus carencias. Quien sirva de frontón ha de recordar que una ética natural, y nada puede justificar el no vivirla, reclama silencio absoluto sobre lo conocido en un proceso de coaching. Cuando una organización emplea la confidencialidad conocida como instrumento de control de sus miembros se torna perversa, generadora de vidas hipócritas.

En toda la película sólo desmerece la actuación de Brad Pitt, particularmente cuando se enamora de Sussan Parrish (Claire Forlani). Con una mejorable asunción del papel por parte de Brad Pitt, la película hubiera abordado de modo eficaz una temática que ofrecía muchísimas más posibilidades. Al menos, ha sido un intento. Lástima que no sea redondo.

Javier Fernández Aguado
Catedrático de Foro Europeo
Escuela de Negocios de Navarra

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