lunes, 13 de febrero de 2012

LA DUREZA EN EL JUICIO. El ejemplo de Anaxáreta




 En general, el culpable de lo que sucede es siempre el ausente. En el mundo de la empresa suele ser el último despedido, o el último que abandonó la Compañía (pero sólo hasta que otro se va o es expulsado, pues es éste quien pasa a ser el chivo). Cuando no es así, suele ser un subordinado, y en este caso ya importa menos que esté o no presente: sobre todo para aquellos directivos que consideran que en su puesto le es permitido el lujo de pisotear a otros. No pocas veces serán los mismos que proclamen en las Juntas de Accionistas:

            -El principal activo de esta Compañía son las personas que en ella trabajan...

Con mucha frecuencia se juzga de manera descarnada no sólo sobre los hechos sino también -y esto es peor- sobre las intenciones. Se contemplan con grandísima indulgencia los propios errores, fallos, equivocaciones... Y se considera malvado a aquel que... hace lo mismo (o una centésima parte) de lo que uno se exculpa. Un ejemplo para empezar: cierto docente, directivo de una universidad privada española, cerraba la puerta de su clase apenas comenzaba la lección, para que los alumnos retrasados no interrumpieran su mediocre exposición. Pero, ¡ay de aquel profesor que se le ocurriera hacer lo mismo! Era inmediatamente recriminado por no entender a los muchachos.

 Ese tipo de contradicciones vitales son más habituales en la medida en que el directivo tiene menos luces (a veces añado, casi ni las de posición...). Eso le lleva a aplicar varas de medir radicalmente diferentes si se trata de su caso (o el de algún pariente, amiguete o conocido) o del de otra persona que no esté dispuesto a entrar al juego de permanecer pasivamente bajo el ámbito del gobernante con complejo de gallina clueca cruzado con perro del hortelano: ni hacen ni les gusta que otros hagan, porque entonces queda más claramente al descubierto su  escasa capacidad de trabajo, o de cerebro, o de esfuerzo.

Directivos hay que ganan cifras desmesuradas -muchas veces han ascendido a base de no pesar-, que riñen desconsideradamente a alguien -normalmente más valioso-, porque ha gastado una cifra insignificante y además por el bien de la compañía.

 Sea como fuere, cuanta menor es la capacidad intelectual, mayor es la radicalidad en los juicios. Aunque la empresa no puede vivir ajena a la necesidad de incrementar sus ingresos (ése es su fin natural y si no lo cumple dejará de existir), tampoco debería convertirse en un ámbito donde cualquier atisbo de comprensión se observa con malos ojos. Es más, los buenos directivos son precisamente aquellos que mayor capacidad tienen de ponerse en lugar del otro. De ese modo aprenden a mandar con más delicadeza y son obedecidos con mejor y más esforzada voluntad. La capacidad de empatía, sin embargo, sólo surge en gente formada, no en patanes aunque habiten despacho de Consejero-Delegado.

Era Anaxáreta una muchacha chipriota, perteneciente a una familia descendiente de Teucro, fundador de Salamina de Chipre. La chiquita en cuestión no había hecho más que nacer con suerte, pero se verá enseguida que aquello lo consideraba como algo merecido, y se le había subido a la cabeza. Triste realidad la de quienes -con mérito de su parte o sin él- consideran que los demás han de rendirles pleitesía. Quien se considera por encima de todos y de todo acaba por ser, cuanto menos, el hazmerreír explícito o implícito de los demás.

 La tal Anaxéreta debía de haberse tragado el palo de una escoba porque no tenía ojos sino para sí misma.

Un joven del lugar, capaz de contemplar sólo la belleza externa -porque la mozuela no debía de estar mal- era sin embargo miope para la interna (con falsa etimología se ha dicho que el origen de novio es: no-vio), porque de otra manera hubiera huido de aquella que ocultaba bajo sus bellas y atractivas curvas un nido de serpientes venenosas. Respondía el desdichado al nombre de Ifis.

  Gozaba la muchacha haciendo sufrir al enamoradizo joven, despreciándolo cuanto podía y si era a las claras y en público más disfrutaba en su maldad.

 Al cabo, desesperado y desanimado ante tantos e injustos desprecios, decidió aquel hombre poner fin a sus desdichas. Lo hizo de una manera tremenda: ahorcándose ante la puerta de la casa de aquella que le despreciaba.

Cualquiera con un poco de sensibilidad hubiera reaccionado cuanto menos con pena. Esta desdichada -como ciertos directivos que no ven hombres, sino números bajo su escabel- en vez de preocuparse por lo sucedido se alegró en el fondo de su alma. Aquello alimentaba su ego enfermizo: pensaba que hacía elevar su imagen ante las demás chicas de la zona.

Sin la menor compunción, decidió Anaxáreta asistir al espectáculo del entierro, como quien acude a algo que le entretiene. El resto de la población se hallaba entristecida por los sucesos, y los llantos de los más compasivos chocaban inútilmente contra  la dura e impasible roca del corazón de la criatura vanidosa sin calar lo más mínimo en su ánimo. Las lamentaciones de los otros, más que removerla la halagaban: aquel miserable había reconocido ante todos que una vida no valía nada ante la belleza inapreciable de ella misma.

 Aquella señorita, al igual que muchos ejecutivos, olvidaba que la persona está formada por un equilibrio inestable entre sentimientos, voluntad y razón. Cuando esa armónica estructura se estropea, ya nada funciona. En las entidades mercantiles -al igual que en la vida- es preciso estar atentos para evitar las rupturas. Tan malo sería que un directivo sufriera hasta el llanto al despedir a un empleado como que por dejar en la calle a una persona -con derechos y deberes como él mismo tiene- no se sintiera lo más mínimamente afectado, como si aquello no fuera con él. Más grave es el caso, si cabe, cuando resulta que ejecutivos despóticos reciben remuneraciones sorprendentemente infladas mientras que los empleados son pagados con salarios de hambre y despedidos con motivaciones fútiles.

 Malo puede ser en la empresa ser excesivamente sentimental, pero infinitamente peor ser frío como un tempano, y esto por muchos motivos. Apunto dos. Primero, porque quien no es capaz de removerse por los problemas ajenos, se pierde también las mejores alegrías, porque éstas proceden no tanto de éxitos materiales, sino del sentirse querido y comprendido: con su insensibilidad se han hecho incapaces de entender eso. Sucede, en segundo término, que a quienes son frígidos para lo que no afecta a sus raquíticos intereses, suelen estallarles los sentimientos cuanto menos se lo esperan con una potencia de fuerza telúrica que los descentra de una vez por todas.

Cierto directivo fue cumplidor hasta el final en su tarea de despedir a una serie de empleados. Parecía que era capaz de maltratar a otros sin mover un músculo. Cierto día, cruzándosele una moza por delante, perdió los papeles, abandonó el trabajo, la familia, los deberes comprometidos y se fue detrás de unas faldas cuando ya no era un niño. Quien parecía que no tenía corazón, le explosionó en las manos, causando además daño a bastantes personas, como antes lo había hecho con otras que estaban asombradas de que siguiese siempre su propio interés e incluso disfrutase con obligaciones que a otro le hubieran revuelto las tripas.

Quien siempre vientos recoge tempestades, reza el refrán. O también, de aquellos barros vinieron estos lodos. Afrodita no soportó por más tiempo la dureza de aquel patético personaje. Decidió castigarla. Así, la convirtió en estatua de piedra precisamente con la misma postura que la moza había adoptado al asomarse a la ventana para observar el paso del féretro del frustrado  enamoradizo.

 Aquella escultura, denominada Venus Prospiciens, habría pasado a ser conservada en un templo de la propia ciudad, como recuerdo del castigo que los cielos habían infligido merecidamente a quien había tenido un trozo de piedra en lugar de corazón.

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Una anécdota

 En una de las diversas sociedades en las que Cayo tenía participación, había un gerente duro, casi frío como el hielo. Nada gustaba en general Sempronio, pero un grupo mayoritario de accionistas -él mismo, sus hijos y algún otro- lo habían impuesto. Aquel hombre, experimentado y trabajador, había tenido tiempo atrás algún problema con la justicia por impagos en empresas de su propiedad. Se  había metido en negocios a los que no pudo hacer frente. Y dejó coleando varios millones de euros en deudas.

Tuvo este caballero (es un eufemismo llamarle así) un duro enfrentamiento con algunos accionistas minoritarios. Particularmente con uno, quien había aportado la idea del negocio que empezaba a dar pingües beneficios.

Tras dos conversaciones cortantes, tomó una decisión "sangrienta": montó una operación acordeón para echar de allí a aquel que no entraba en sus planes.

 Para preparar el terreno, faltando en parte a la verdad, y por cuestiones que hubiesen podido resolverse de otra manera, le puso una querella criminal, que asustó y no poco a aquel personaje. Después de haberla comunicado -muy hábil era el letrado, implicado en irregularidades con Sempronio-, diseñó la operación financiera, en la que, como era previsible, él aumentaba considerablemente su participación.

 Llegado el día de la Junta, algún socio comentó que aquel montaje -la querella, la reducción-ampliación...- no le parecía honesto ni sensato. Hizo ver a aquel pedazo de hielo que gerenciaba, que aunque sólo fuera por unos días, el aún socio iría a la cárcel.

            -Sólo cuando una persona se encuentra en esa situación extrema suelta dinero, se limitó a comentar, en el mismo momento en el que le iba a desposeer de algo que era suyo (del otro, se entiende).

 Él, que decía que no podía acabar el mes sin una docena de miles de euros; él, que al cabo de pocos días tuvo que salir a hurtadillas de la oficina y ocultarse en casa de uno  de los socios, porque unos obreros de la anterior empresa iban dispuestos a cobrar a cualquier precio lo que les debía, pues les había dejado en la ruina; él, que era buscado en más de quince juzgados por las deudas provocadas; él, que no podía acercarse a un banco, porque con su historial nadie le hubiera concedido un crédito...

            -Nunca le he deseado un mal a nadie, comentó mi amigo cuando me narraba estos hechos, pero resulta en este caso no me faltan ganas de que sea él quien se tuviese que enfrentar a unos días de encierro. Tal vez eso le humanizaría un poco. ¿Cómo es posible tener el corazón tan duro...?

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