Con frecuencia, se emplean expresiones que parecen inapelables, como si
un término cubriese de bondad cualquier tipo de decisión. Es el caso del
término progresista. Frente a él, el calificativo de conservador es un insulto
del que el acusado deberá defenderse, si es que puede…
En realidad, lo nuevo no es bueno por ser nuevo. Ni lo antiguo es malo
por proceder del pasado. La conveniencia o no de determinadas opciones no
depende del momento en el que fueron propuestas, ni tampoco de que algunos las
califiquen –a veces fruto de la ignorancia y con más frecuencia de la mala fe-
de progresista o de conservadora.
En estos últimos meses, para tratar de calificar decisiones políticas
y/o estructurales están empleándose a fondo los demagogos. ¿Es conservadora una
reforma laboral que lo que pretende es precisamente desembarazarse del
anquilosamiento paternalista-franquista, que luego fue curiosamente asumido por
sindicatos autoproclamados de izquierdas? ¿Es conservador, y en consecuencia
recusable, defender la vida de un inocente y proponer a la madre medios para
que desee llevar adelante su embarazo?
¿Es conservador, y por tanto menos merecedor de respeto, un juez que
pretende defender el Estado de Derecho mediante la aplicación de la ley? ¿Quién
ha dicho que sea progresista que alguien campe por sus respetos sin aceptar los
límites que la Constitución ofrece?
¿Fue Stalin progresista por condenar a millones de campesinos
soviéticos a la muerte por hambre? ¿Fue Mao progresista por hacer lo mismo en
China? ¿Fue Hitler conservador al provocar una de las peores guerras de la
historia de la humanidad? Fueron los tres, sin más, perversos dirigentes a los
que un calificativo no puede tratar de redimir.
Antes de aplicar o aceptar un calificativo, sería bueno dedicar un
minuto a la reflexión. Desafortunadamente, para muchos, políticos o no, el
único tiempo del que no disponen es el que deberían aplicar a ese objetivo que
nos convierte en humanos y no en seres gregarios. Como tantas veces se ha
dicho: ¡Piensa lo que quieras, pero piensa! ¡Que no nos vivan la vida!
Javier Fernández Aguado
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