lunes, 12 de marzo de 2012

LOS VOLUNTARIOS DE LAS ONG's. El ejemplo de Ancuro, Antíloco, Argeno, los piratas y otros.



En una entidad mercantil, la gente plenamente motivada procura darse, es decir, aporta todas las personales capacidades y valores. Pero esto es especialmente relevante en el caso de quienes dedican sus mejores esfuerzos a trabajar en el ámbito de las Organizaciones No Gubernamentales.

Con ellas, y de manera más particular si cabe en aquellas que se dedican a proyectos de desarrollo sostenible (a saber, las que se proponen como meta no dar peces, sino enseñar a pescar: sin que nos inclinemos ni por unas ni por otras, pues cada una tiene su "hueco" en el mercado), deberíamos colaborar cuando sea posible.

Lo que buscan las personas que se acercan a una Entidad No Lucrativa no es sólo ni principalmente un producto, aspiran más bien a ser tratadas con el respeto y la dignidad de cualquiera, aunque ellas en esas circunstancias -y aunque éstas duren todo el arco de su existencia- sean las necesitadas de ayuda. Por lo demás, casi siempre los más beneficiados no son los receptores de los bienes,  sino quienes dedican su tiempo y entrega a aquello: muchas veces se humanizan, se hacen más receptivos a las necesidades del prójimo, y son capaces incluso de incrementar su capacidad de felicidad, porque se han abierto, han sabido darse. Tal como decía Kierkeegard, las puertas de la felicidad se abren hacia afuera y quien intente forzarlas hacia adentro no logrará, sino cerrarlas más fuertemente. 

Aunque se trate de una enseñanza específica para quienes desarrollan su labor profesional en torno a las ONG's, sirve para todos, especialmente para quienes hacen cabeza en una organización o en uno de sus departamentos, hablemos del mundo mercantil, de la administración pública, etc.

Midas, rey de Frigia, tuvo un hijo, Ancuro, quien heredó la corona. Preocupado por su pueblo, atendía las diversas necesidades que iban presentándose. Era uno de aquellos dispuesto a hacer respetar sus derechos, pero estaba sobre todo inclinado a cumplir sus deberes. Tenía perfecta conciencia de que quien gobierna tiene como principal función servir. 

Quienes se dedican a liderar deberían tener bien presente que su función de gobierno es sobre todo un modo de favorecer a los demás, creando las condiciones de posibilidades de una vida honorable. Como recuerda la etimología, el verbo administrar procede del latín, ad-ministrare: para servir. Quien ocupa cargos debería hacerlo no para beneficiarse de las ventajas que se presenten en el reparto del poder o del dinero, sino sobre todo como otro modo de poner a disposición de los demás sus propias capacidades. Sólo quien asume así el mando podrá legítimamente aspirar a ser respetado por aquellos a quienes debe orientar.

Función del dirigente es poner los medios a su alcance para promover las coordenadas que hagan viable la felicidad -a la vez que se cumplen los objetivos precisos, pues la competitividad no perdona- de aquellos que a él se encuentran subordinados. 

De esto era bien consciente Ancuro. Cuando surgieron los problemas no se arredró. En este caso se trataba de un profundo abismo que amenazaba con tragarse nada más ni nada menos que la capital. De un modo o de otro, esto ocurre con reiterada frecuencia: los objetivos alcanzados se ven amenazados, sea por fuerzas externas (la competencia), sea por otras internas (más frecuentes: la ineficacia del personal, la falta de preparación, de motivación, de coordinación, etc.).

Ancuro no podía quedarse tranquilo. Quizá un empleado ignore los problemas de la organización, tal vez un asalariado se limitará a cumplir su función y retirarse después, pero a un ejecutivo, a un empresario, a un mando intermedio, no le está permitido comportarse así. Precisamente porque asume responsabilidades por otros, se le remunera más. Pero a la hora del deber habrá de responder ejemplarmente. 

Acudió pues a un Consultor externo (el oráculo), para recibir indicaciones sobre cuál podía ser el mejor comportamiento para evitar daño a la organización. Éste le respondió que -para el objetivo que pretendía: conjurar ese peligro- estaba obligado a arrojar al abismo lo más precioso que tuviese. 

Ni el oro ni la plata, ni las joyas de toda clase de Ancuro lanzó sirvieron para nada. Allí permanecía abierto el foso amenazador. Tras pensarlo no poco, Ancuro se precipitó en él. En ese mismo instante, el abismo quedó colmado. 

No se le pide al trabajador de una ONG, o al directivo de una organización que dé algo, se le "exige" que se dé entero, con absoluta responsabilidad. A gentes dispuestas a gastarse de esa manera plena se les sigue sin pararse en matices, porque se verifica que se han tomado en serio lo que tienen entre manos. ¡Comprometidos con el propio deber! He ahí la solución que habrían de poner por obra muchos directivos que se pasan el día entre críticas de los empleados y desencantos por los resultados obtenidos. Si ellos mismos no saben cumplir con lo que habrían de realizar, no será de extrañar que otros que se encuentren "fuera" del núcleo duro, en la "periferia" de las decisiones, adopten también medidas de reserva y no estén dispuestos a quemar las naves a lo Hernán Cortes mientras contemplan que sus jefes padecen el síndrome de Onasis, manteniéndose siempre en disposición para construir nuevos yates y huir del peligro mientras dejan a los subordinados en la estacada. 

Semejante fue el ejemplo de Antíloco. Acudió éste en defensa de su progenitor, que era atacado por numerosos enemigos. Aun a sabiendas de las dificultades en las que se metía, y que probablemente se jugaba la vida, se presentó en el lugar de la prueba. Cubrió el cuerpo de su padre con su propio escudo. Pero a él, aquella demostración de gran valor y de amor hacia aquel a quien debía la existencia terrena, le costó la suya. 

No recibió premio en esta vida, pero sí cara a la posteridad, pues sus cenizas fueron situadas junto con las de Aquiles y las de Patroclo (de quienes hablamos en otro lugar como modelos, entre otras cosas, de amistad y sana camaradería). Los tres héroes llevan en el más allá una existencia de premios por sus buenas acciones en el más acá. 

No sólo razones exteriores exigen sacrificios últimos, también la defensa de los propios principios reclaman a veces llegar hasta el final... En este caso será no la solidaridad con personas concretas, sino con el ideal que sobre la humanidad en su conjunto uno puede haberse planteado, lo que exigirá el esfuerzo definitivo. Hijo de Pisídice, era Argeno un chaval cuyos males procedieron de ser sencillamente atractivo. No hacía más que ocuparse en sus cosas, y en concreto aquel día bañarse en el Cefiso. Pero donde no hay nada de lo que avergonzarse, otros son capaces de crear deshonores. Así Agamenón (una vez más, el carácter paradójico del hombre: quien es el rey por excelencia en la antigüedad, comandante en jefe del ejército aqueo en la Ilíada, manifiesta las más deshonestas tendencias: nada habrá que decir de quien las tenga como enfermedad, pero sí de quien no sepa mantenerlas a raya...), que se encontraba de paso por Aulide esperando un viento favorable para hacerse a la mar, se enamoró -contra natura- de aquella criatura. 

Argeno no quiso dejarse poseer de forma innoble y antes que ceder a las retorcidas pretensiones de Agamenón se arrojó a un rió y falleció ahogado. Su lucha por defender aquello en lo que creía será puesta siempre como ejemplo. Sus propios contemporáneos alabaron su conducta y le fue construido un espectacular monumento funerario. 

Dionisio, en fin, fue también indirecta causa de un cambio importante en las costumbres de ciertos emprendedores tiburones. Quiso el dios pasar a Naxos, y contrató los servicios de unos navegantes tirrenos, que resultaron ser piratas. Como esos empresarios que parecen ser negociantes y en realidad son vampiros...

Fingiendo aceptar el trato, dejaron embarcar al incauto. En vez de cumplir lo pactado, se dirigieron hacia Asia, con el propósito de venderle como esclavo. Cuando se dio cuenta, transformó los remos en serpientes, llenó el barco de hiedra e hizo resonar flautas misteriosas. Paralizada la nave en medio de unas parras marinas, los piratas enloquecieron y se lanzaron al mar. Acabaron convertidos en delfines. Arrepentidos de sus maldades, se dedican desde entonces a ayudar a los náufragos.

Durante un tiempo de hambruna, indicó el oráculo que el remedio debía ser el sacrificio de algún noble. Isqueno, ciudadano de Olimpia, hijo de Gigante, se ofreció voluntario. Fue objeto después de público reconocimiento, siendo enterrado en la colina de Crono. Se celebraron en su honor juegos fúnebres.

Cuando el oráculo solicitó también una víctima humana con ocasión de la guerra de los Dioscuros contra el Ática, Márato se sacrificó voluntariamente. Grandes honores le fueron tributados por su generosidad.

Andaba Nausícaa lavando las ropas para toda la familia junto con algunas criadas. Mientras jugaban, despertaron a Ulises que por allí andaba recién llegado de un naufragio. Se acercó éste cubierto con algunas ramas, porque había quedado desnudo en su lucha con el mar por salvar la vida. 

Todas huyeron menos Nausícaa que le dio de comer, le prestó ropas, y luego riñó a las criadas por no auxiliar a un necesitado. Luego, ayudó a Ulises indicándole el camino. Tuvo la debilidad de proponer matrimonio al náufrago, pero éste, casado como estaba en Ítaca, agradeció las atenciones y siguió su camino.

Javier Fernández Aguado

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