martes, 17 de abril de 2012

LA MERCANTILIZACION DE LA SOCIEDAD. El ejemplo de Midas.

            Era Midas rey de Frigia. Muchos son los sucesos de su vida que han llegado hasta nosotros. Para lo que nos interesa nos centraremos en dos.

            Se cuenta que iba nuestro personaje de camino cuando encontró a Sileno. Y merece la pena detenerse por un momento en éste. Además de ser un término genérico aplicado a cualquier sátiro entrado ya en años, era también el nombre de uno de los hijos de Pan (Hermes) y de una ninfa. Al parecer poseía una gran sabiduría, pero sólo la transmitía a los humanos cuando era obligado por la fuerza. Se le atribuía la paternidad de Folo, el centauro, que habría sido engendrado de una ninfa de los fresnos. Era particularmente feo Sileno, con nariz chata, mirar de toro, y una espectacular barriga. Se le representaba cabalgando en un asno, al que se sostenía con la poca lucidez que le quedaba en medio de una monumental borrachera.

            Es precisamente en situación de haber libado en exceso como lo encontró Midas. Cuando se le pasó un tanto la melopea y despertó, Midas le rogó que le transmitiera algo de su sabiduría. Ésta fue la respuesta del empedernido borrachín:

            -Eustebes -la ciudad piadosa- y Máquimo -la ciudad guerrera- se encontraban fuera del mundo de los humanos. Los primeros estaban siempre alegres, y al llegar la hora de la muerte la aceptaban entre risas. Los otros eran por naturaleza guerreros y ya desde su nacimiento se encontraban perfectamente armados. Desde ese momento hasta el final de su existencia no hacían otra cosa sino combatir.

            Ambas poblaciones contaban con inmensos recursos de metales preciosos y nadaban en la abundancia.

            Un día -prosiguió Sileno- decidieron visitar la tierra de los griegos. Navegaron a través de los Océanos y arribaron al país de los Hiperbóreos (eran éstos gentes aparentemente felices, residentes de una región de clima templado, un verdadero territorio para la utopía: dos cosechas anuales, vida sana y al aire libre, extrema longevidad que concluía con contento en una muerte dichosa...), y al contemplarlos y compararse con ellos, pensaron que aquellos personajes vivían en triste condición. Tanto que decidieron no seguir investigando y regresaron directamente a su punto de procedencia, de donde nunca deberían haber salido, pues sólo merece la pena aprender de aquellos modelos que han alcanzado un equilibrio armónico que mejore las condiciones en las que uno personalmente se encuentra.

            Crítica feroz ésta sin duda a la parcial felicidad que los humanos logran y con la que sin embargo pronto se contentan.

            Ovidio, en la Metamorfosis, recoge otra versión de este mismo encuentro entre Midas y Sileno, coincidente sólo en la situación lamentable en la que es hallado el segundo.

            Como siempre de juerga, quedó al fin agotado y dormido Sileno lejos del séquito de Dionisio. En medio de la resaca aún no superada, fue encadenado por los súbditos de Midas y conducido a la presencia del rey. Éste, como gobernante avezado, y consciente de que sacaría ventaja de aquella situación, ordenó que fuese inmediatamente liberado, estableciendo así las primeras coordenadas para una posible negociación que condujese a una Alianza Estratégica. Se dispusieron los dos a salir en busca del cortejo de Dionisio, porque no parecía que Sileno estuviese en condiciones todavía de encontrarlo por su cuenta y riesgo.

            -Gracias, Majestad, dijo enseguida Sileno. A este gesto generoso (y es lo que esperaba Midas), sólo puedo responder atendiendo a aquello que me pidáis.

            Carcomido por la avaricia, no lo pensó mucho el monarca:

            -Desearía -respondió- que aquello que tocase se transforme de forma inmediata en oro.

            Así le fue concedido.

            No cabía en sí de contento. Pronto sería la cabeza coronada más rica de la tierra. Y enseguida la más poderosa, porque -en su ingenuidad- pensaba que con oro cualquier cosa es comprable.

            No se marchitó su alegría hasta que llegó la hora del almuerzo. Al intentar comer algo, y según habían sido sus deseos, aquello se convertía en el noble metal, y se hacía así inservible para su fin natural.

            Comenzando a sentir los pinchazos del hambre, fue en busca de Dionisio:

            -Ayúdame, oh dios, y retirad de mí este don que pensé beneficioso  y he descubierto profundamente pernicioso.

            De nuevo fue escuchada su petición.

            -Vete a lavar cara y manos en la fuente del Pactolo.

            Así lo hizo de inmediato el escarmentado ambicioso, y quedó libre de aquel don que había considerado tan beneficioso hasta que lo había descubierto mortal.

            Quizá uno de los peores males que agita la sociedad occidental es el reducir todo a un precio (demasiados lo han intentado).

            Semejante pretensión se manifiesta en modos, dichos y comportamientos. Ya no se pregunta:

            -¿Qué ese esto?

            Es más extraño que se afirme:

            -¡Qué gran belleza!

            La cuestión es habitual y lamentablemente:

            -¿Cuánto te ha costado?

            Mercantilizarlo todo tiene un gran "coste", el de perderse el sabor de lo gratuito, de lo que no es comprable.

            Desde un punto de vista empresarial, adquirirá el empresario -o el ejecutivo- la presencia física de empleados, incluso la sonrisa, si así lo prescribe la cultura de la Compañía. Pero la lealtad se merece, los afanes por gastarse, por más de lo que es razonablemente solicitable, no se comercializan: son recibidos sin ningún coste cuando el interesado ha sabido previamente entregarse.

            Reducir las sociedad, y las relaciones interpersonales en general, a un permanente do ut des, hace que se pierda lo mejor de la vida. La mayor parte de los mejores intercambios -la sonrisa de un niño, el beso de la amada, el ánimo de un amigo...- no tienen contraprestación económica. Es más, se deteriorarían gravemente si se pretendiese marcársela.

            Quien se empeña en una labor de cuantificación universal, nubla su visión para lo mejor de la existencia. ¿Qué cuesta una flor en sazón en una tarde de primavera en un jardín? ¿Qué ha de pagarse por un tramonto en Roma? ¿Cuál es la contraprestación por una conversación interminable con un amigo que abre horizontes inesperados para el propio quehacer?

            Se paga al psiquiatra, se abona a una prostituta..., pero ni esa atención es desinteresada, ni los gestos que se realicen con una meretriz son amor. Porque la atención entonces prestada no se refiere propiamente a la persona sino al dinero que abona por aquellos comportamientos. Todo se queda en mero pseudo, en una representación de algo que no se siente, y que se omitiría si faltase un abono predeterminado.

            Cuando uno de los principales intereses de un ejecutivo es saber lo que gana su interlocutor; cuando la atención prestada lo es en función de una remuneración -como hacen algunos bancos, que han establecido filtros en sus ordenadores para dar prioridad a las cuentas corrientes más orondas, con desprecio evidente al resto de los clientes- algo grave está pasando. Estamos sustituyendo la contemplación de la Belleza, la búsqueda de la Verdad y el disfrute del Bien, por una cuantificación reptante, que instrumentaliza a las personas. Esa "objetivación" crematística del interlocutor es uno de los peores procesos reductivos de una civilización.

            Es preciso valorar lo que se hace, y tomar decisiones en una u otra dirección, porque sólo quienes nada tienen que hacer cuentan con tiempo suficiente para todo. Pero esa obsesión por controlar el minuto tiene sus límites, entre otras cosas, porque hay que descansar. Pero, sobre todo, porque desconocemos el número de minutos que nos ha sido concedido vivir. Por lo demás, de un buen cuadro, de una escultura, de una novela..., ¿quién se atreverá a decir cuál es su precio? Independientemente de lo que por ellos se pague, su valor dependerá de muchos factores. Entre otros, la capacidad que hayan tenido de "arrastrar" a los demás hacia arriba, hacia esas esferas de la contemplación a las que los griegos aspiraban por considerarlas mejores.

            Como el rey Midas, ojalá los obsesionados por ese proceso reductivo y morboso, se den pronto cuenta de su patología -primer medio imprescindible para librarse de ella- y pongan luego los medios para volver a mirar a su entorno con mirada limpia, ojos claros, y mente serena. Porque una de las consecuencias que tiene el mal de Midas es que es fácil perder el norte y adquirir más y más bienes (aquí habría que calificarlos como "males"), que obstaculizan el volver a descubrir personas y no sueldos; arte y no millones de euros en un cuadro.

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Una anécdota

            Ticio todo lo sopesaba; para él, todo tenía un precio. Le gustaba recordar aquel cínico comentario:

            -En esta vida no todo es el dinero, comentaba uno.

            -Es verdad, respondía el otro; también hay cheques, oro, letras de cambio...

            Su gran interés al conocer a una persona, era primordialmente cuánto valía la casa del interlocutor, qué coche tenía, cuánto ganaba... Lo demás le traía sin cuidado. Concedía un trato absolutamente desigual según la clase social de la que procediese el interlocutor, llegando a ensalzar comportamientos impropios de gente adinerada, y despreciando acciones sublimes de alguien con escasos recursos.

            Su vida parecía placentera, hasta que un día se acumularon desgracias: la más importante el fallecimiento de varios parientes próximos.

            Aquello le desconcertó profundamente. Más, cuando verificó que gentes que de él nada esperaban, a los que previamente había tratado con insultante desapego, fueron quienes más se aprestaron a consolarle. Otros, sin embargo, a quienes había "comprado" con agasajos, se apartaron de él sin interés ninguno.

            Poco a poco fue descubriendo que los criterios con los que había venido moviéndose hasta el momento no eran defendibles universalmente. No todo el mundo aceptaba su modo de calibrar lo interesante y lo que no lo era. Aún hoy sigue perplejo ante aquellos sucesos, y -aun con ramalazos del pasado- cuando entra en contacto con alguien, procura captar más bien el tipo de persona que es y no lo llena o vacía que se encuentre su cartera, o su cuenta corriente, o los fondos de inversión que ha ido creando con el tiempo.


Javier Fernández Aguado

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