domingo, 13 de mayo de 2012

LA DISCRECION EN EL GOBIERNO. El ejemplo de Anquises, del peluquero de Midas, Anquises, Dión, Filoctetes y Herse

Parte importante de la acción directiva es controlar la propia lengua: a saber, decir lo que hay que decir, a quien debe hacérsele saber, cuando hay que transmitirlo, en el momento oportuno y en el modo adecuado. Que a alguien se le caliente la boca es mala cosa, porque de esa incontinencia verbal brotan muchos males: algunos inesperados, otros previsibles. Una vez que se ha ofendido a alguien, resulta complicado arreglar las cosas. Difícilmente todo volverá a ser como antes, porque se habrán infligido heridas en el alma, que son más arduas de curar que las del cuerpo.
Entre los que han hablado de la importancia de dominar el afán por comunicar lo que se sabe (y a veces también lo que se ignora), encontramos este texto del siglo I:  “si ponemos frenos en la boca de los caballos para que nos obedezcan, y así dirigimos todo su cuerpo; y si también en las naves –aunque sean grandes y las empujen vientos fuertes- un pequeño timón las dirige adonde quiere la voluntad del piloto, del mimo modo, la lengua es un miembro pequeño, pero va presumiendo de grandes cosas. ¡Ved qué poco fuego basta para quemar un gran bosque! Así también la lengua es un fuego, un mundo de iniquidad; es ella, de entre nuestros miembros, la que contamina todo el cuerpo y, encendida por el infierno, inflama el curso de nuestra vida desde el nacimiento.
Todo género de fieras, aves, reptiles y animales marinos puede domarse y de hecho ha sido domado por el hombre; sin embargo ningún hombre es capaz de domar su lengua”.
Sucedió que el rey Midas deambulaba errante por los bosques (mala cosa la de andar perdiendo el tiempo, pues es origen de muchas complicaciones). Transitaba cerca del monte Tmolo en el momento en el que el dios de la montaña acaba de pronunciar una sentencia, consistente en proclamar a Apolo vencedor de cierta lid.
Metiéndose donde no le llamaban (y éste fue un segundo y profundo error, porque cada uno debería dedicarse a lo suyo -zapatero a tus zapatos-, ya que los problemas empiezan cuando  uno, en mala hora, decide salir de su habitación, es decir, de las ocupaciones que le son propias), se atrevió Midas, en su complejo de gobernante -ignaro de que cada uno tiene su ámbito de influencia-, a dictaminar que aquella sentencia era injusta y desproporcionada.
Apolo, molesto porque Midas aspirase a cambiar el sentido  del premio, adjudicándoselo a Marsias, optó por castigarle haciéndole crecer unas importantes orejasde asno. Fue aquello -con perdón de los burros- manifestación de que quien se mete donde no le llaman es más un animal que un racional.
Bajo una tiara, procuró el Monarca ocultar aquella miseria que patentizaba su afán por meterse donde nadie le había convocado. Sólo el peluquero estaba al tanto de aquellos hechos, y para estimular su discreción se le amenazó con la muerte en el caso de que se fuera de la lengua. Pero, abrumado por la "relevancia" de lo  que sabía, y carente del hábito de la discreción, se vio tentado a transmitir a alguien aquello que él conocía. Muchas veces el correr la voz de ciertas informaciones confidenciales responde a un factor de vanidad: considerar que otros se quedaran perplejos de los datos de los que uno dispone, frente a la ignorancia de los mismos por parte de otros.
Ni corto ni perezoso, haciendo un agujero en el suelo, confió a la Tierra que el rey Midas -el hombre poderoso y envidiado- también tenía sus defectos (nadie hay grande para su mayordomo). El secreto de las orejas monstruosas fue puesto en la palestra, pues, de forma inmediata, unas cañas que crecían por allí comenzaron a proclamar: Midas, el rey Midas, tiene orejas de asno... El viento que por allí pasaba fue convertido en altavoz de aquel peculiar fenómeno.

Hoy hubiesen sido los medios de comunicación de masas los encargados de proclamar en todas las direcciones del universo lo apenas susurrado por alguien. Pero es que no puede solicitarse discreción a nadie si uno no ha sabido ejercitarla. Difícil equilibrio éste, por otra parte, porque la amistad se basa precisamente en el intercambio de intimidades. El radicalmente reservado es prácticamente imposible que se encuentre en condiciones de calar fuertemente en la amistad. Pero quien todo lo comunica es como si no fuese amigo de nadie. Una vez más, el correcto equilibrio se manifiesta como un difícil reto para cualquiera. Más aun, sabiendo que en el mundo de los negocios, "cantar" más de la cuenta puede dañar gravemente una organización.
¿Quién no sabe que rumorear que determinada sociedad está en problemas dificultará sus relaciones con proveedores -que no querrán mantener y mucho menos ampliar el crédito-, con bancos -que no permitirán incrementar las líneas de descuento-, con clientes, que aspirarán a aprovecharse de los momentos de debilidad que atraviesa la entidad?
También Anquises sufrió las consecuencias de no haber sabido callar. Sucedió lo siguiente: era él padre de Eneas e hijo de Capis y Temiste. Amado por Afrodita, que lo había visto cerca de Troya mientras Anquises se dedicaba a su trabajo -apacentar el ganado-, se hubiera resistido si aquella hubiese ido de frente. Por eso, con armas que las mujeres saben esgrimir a la perfección, se acercó simulando lo que no era: se presentó como hija de Otreo, rey de Frigia. Hizo surgir la lástima en Anquises proclamando que había sido raptada por Hermes, quien la había transportado luego a los prados del Ida.
Olvidado de la fidelidad que debía a Eripis, su esposa, de quien ya había tenido algunas hijas, entre otras Hipodamía (en honor de la cual Pélope instituyó en Olimpia una celebración quinquenal relacionada con Hera, diosa del matrimonio), se unió a la amante oportunista.
Conseguido su propósito, reveló entonces la perversa quién era en realidad, a la vez que solicitaba discreción ahora del violado, pues si Zeus llegaba a saber que el muchacho era hijo de una diosa, lo aniquilaría.
Bajo los efectos del vino -que es uno de los más radicales estimulantes contra la defensa de lo que no debe ser transmitido-, Anquises se jactó de sus amores: mala combinación la de la vanagloria y las libaciones: si es difícil ser discreto, resulta prácticamente imposible en esas circunstancias.
Faltó tiempo para que Zeus supiera de aquello, y de un rayo dejó cojo (según otros, ciego) a quien no había sido capaz de mantener en silencio lo que de no haberse sabido hubiese beneficiado a muchos, empezando por él.
Era Dión un rey laconio, casado con Anfítea (hija de Prónax). De su amor surgieron tres hijas: Orfe, Lico y Caria. Apolo, de paso por Laconia, había sido recibido en esa casa con todo afecto y confianza. A cambio de la atención recibida, el dios prometió a las hijas el don de la profecía, pero con la condición de que no traicionasen a los dioses ni tampoco pretendiesen averiguar lo que no era de su competencia (¡magna petición ésta!).

Cayó también Dionisio por aquella casa y se enamoró perdidamente de Caria, quien no le hizo ascos. Cuando volvió a pasar por allí, las otras hermanas estaban altamente escamadas, y -a pesar de las advertencias perentorias de Apolo y Dionisio- triunfó su curiosidad y espiaron cuanto pudieron. El castigo llegó en forma de transformación en rocas. Caria quedó libre de aquella penalización, y fue convertida en nogal fructífero, pasando a rendírsele culto bajo el nombre de Artemis Cariatis.
Filoctetes, en fin, fue solicitado por Heracles para que le ayudase a quemar la pira del Eta. Le pidió además que no comunicase a nadie el lugar. Filoctetes juró eterno silencio. Más tarde, sin embargo, al ser interrogado, acabó cantando la gallina, no directamente, pero sí golpeando con el pie en tierra en el sitio en que habían tenido lugar los hechos. Sin pronunciar palabras -muchas veces se reconocen los hechos sin abrir la boca-, faltó al juramento. Fue castigado por ello con una terrible herida en un pie, causada probablemente como venganza por Heracles, al permitir que le cayera en el pinrel una flecha envenenada (empapada en la sangre de la hidra de Lerna) de la aljaba. Y es que hablar más de la cuenta trae siempre consecuencias: cuanto más habla la gente, menos piensa...
Herse, en fin, era una de las hijas de Cécrope y Aglauro, de la familia real de Atenas. A sus hermanas Pándroso y Aglauro, les fue confiada la custodia de Erictonio. Pecaron de indiscreción las tres hermanas, al parecer acuciadas por Herse. Atenea, en justo castigo por aquella malsana curiosidad las volvió locas y el trío se precipitó desde lo alto de las rocas de la Acrópolis.

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Una anécdota
Era Ticio un joven emprendedor, con multitud de contactos conseguidos con el apoyo de cierto personaje convertido en su ángel protector. Para asegurar su futuro, su "padrino" le facilitó la llegada a una titularidad universitaria (era él catedrático de esa materia y en esa facultad, y se saltó toda la lista de pretendientes para sacar adelante a su hombre). Tras eso, le facilitó una empresa ya constituida.
Ticio, que no era tonto, sacó provecho de aquello, y estaba ya razonablemente consolidado tanto en el mundo universitario como a través de sus clases (que hacía que otros facturasen: los impuestos, ya se sabe, aunque luego se las diese de gran puritano y asegurase que había que pagar hasta el última euro) en una entidad privada, además de dirigir proyectos en ésos y en otros ámbitos.
Muchas eran las ofertas que le llegaban de colaboración, y como era trabajador y esforzado, gentes había que acudían a él en busca de Alianzas Estratégicas.
Pero Ticio tenía -y tiene- un gran vicio. Es un eterno correveidile, un alcahuete reconocido, casi con profesionalidad. No hay palabra que se le diga que no sea empleada, muchas veces incluso en contra del confidente. Desde su pedestalillo disparaba venablos ofensivos con datos que a él habían llegado por medio de otros, que a su vez habían logrado esa información con promesa de no transmitirlos.
Aquel que podía ser persona de relevancia, en cuanto es conocido su afán por ser un metomentodo, produce "alergia". Pocas cosas hay más desagradables que verificar que lo que se dijo bajo promesa aceptada de reserva es prácticamente publicado al poco tiempo. Ese demencial defecto incapacita para el gobierno. Y si el afectado por él es precisamente un directivo, vale la pena retirarse cuanto antes de aquel ambiente malsano, que daña a quienes se acercan, porque el mal de la indiscreción es pegajoso y enturbia las aguas más limpias.

Del caldo de cultivo de una vanidad sin control y una lengua afilada surgen virus dañinos para la convivencia. Hasta la mejor de las atmósferas se transforma en aire irrespirable cuando las personas que allí se mueven carecen de los hábitos precisos para una convivencia sensata.

Javier Fernández Aguado

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