lunes, 11 de junio de 2012

LA LIMITADA FELICIDAD DE LA RIQUEZA. El ejemplo de los Hiperbóreos


LA LIMITADA FELICIDAD DE LA RIQUEZA. El ejemplo de los Hiperbóreos

Los Hiperbóreos son un pueblo mítico, idealmente ubicado en el extremo septentrional: más allá del viento Norte, lugar desde donde sopla el Bóreas. Tras el nacimiento de Apolo, su progenitor, Zeus, le indicó que debería dirigirse a Delfos. Desobedeciéndole, montado en su carro tirado por cisnes, encaminó sus pasos hacia el país de los Hiperbóreos, y allí se estableció durante algún tiempo. Más tarde se estableció en Delfos, no sin haber realizado una entrada solemne y triunfal. Enseguida puso orden en su territorio. Mató con sus flechas a un dragón -Pitón o Delfine, depende su nombre de las tradiciones-, teóricamente encargado de proteger un antiguo oráculo de Temis, pero que se entregaba a todo tipo de desmanes en el país, enturbiando manantiales y arroyos, robando los ganados, asaltando a los aldeanos, y asolando la fértil llanura de Crisa. Además, gustaba el malvado guardián de asustar a las ninfas.

Cada diecinueve años, periodo que los astros precisan para efectuar una revolución completa y regresar a su inicial posición, el dios se trasladaba de nuevo al país de los Hiperbóreos. Y allí, todas las noches, entre el equinocio de primavera y la salida de las Pléyades (aquellas siete hermanas que, divinizadas, se convirtieron en las siete estrellas de la constelación homónima), se le oía cantar sus propios himnos, acompañado de la lira que él mismo hacía sonar.

Tras el exterminio de los Cíclopes, artífices del rayo con el que Zeus había matado a su hijo Asclepio, Apolo escondió la flecha instrumento de su venganza en el gran templo circular en el que se le honraba justo en el centro de la capital de la tierra de los Hiperbóreos.
Ciertos ritos del culto apolíneo son asociados a los fundadores de esta civilización. No sólo Leto sería uno de ellos, sino que también habrían surgido allí los objetos sagrados de Apolo que se veneraban en Delos. Al parecer, hasta allí los llevaron, envueltos en paja de trigo, dos doncellas, Hipéroque y Laódice, que fueron escoltadas por cinco caballeros. Fallecieron al final de su trayecto, y desde entonces se les rindieron honores divinos en aquella ciudad.

La influencia de los Hiperbóreos llegó hasta Delfos. Dicen algunos queOlén, uno de ellos, instituyó el Oráculo. Sería, de ese modo, el primer profeta de Apolo y el introductor del empleo del hexámetro en los vaticinios.

También intervinieron cuando los gálatas atacaron Delfos. Se les adjudicaban varias actuaciones milagrosas que atemorizaron a los enemigos. Una de ellas fue la aparición de dos fantasmas armados hasta los dientes, que habrían sido Hipéroco y Laódoco.

Más adelante, en la época clásica, los hiperbóreos comenzaron a ser descritos como los residentes de una región ideal, de clima dulce y agradablemente templado. Se habría tratado de una especie de mundo feliz, del país de la utopía. Se acostumbraron aparentemente a vivir con lo que tenían, pero pedían más de lo razonable para desarrollar una vida honorable. Al cabo, de todo les sobraba. Recogían dos cosechas al año, hacían vida al aire libre, en los campos y en los bosques sagrados. Disponían también de profundos conocimientos de magia: volaban, descubrían tesoros perdidos...

Tan notable era su longevidad, que los viejos, cuando consideraban haber disfrutado ya suficientemente se arrojaban al mar desde un alto acantilado, con la cabeza coronada de flores y contentos de enfrentarse con la muerte.

Pero en un ambiente en el que se prometía ser alegría y felicidad, no todo marchaba, porque pretendían más de lo que era sensato desear. Como ya hemos recordado, se cuenta que en cierta ocasión que Midas, el rey de Frigia del que hablamos en otros lugares, se había encontrado a Sileno. No se hallaba éste en buen estado, pues tras descuidar la sobriedad, había quedado dormido y solo.

Al despertar Sileno, Midas le solicitó que le hablase y le transmitiese la sabiduría. Por una vez, parece que la sinceridad que a veces se produce en una resaca, ofreció algunas luces de interés.

Además de conceder los dones ya narrados, habló Sileno de dos localidades situadas fuera del mundo. Una se llamaba Eusebes -la ciudad piadosa-; la otra era Máquimo, la ciudad guerrera. En la primera, los habitantes eran siempre felices, y concluían su existencia entre carcajadas. Los moradores de la otra vivían en un permanente combate. Ya se veía desde el nacimiento, pues llegaban completamente armados.

Reinaban sobre territorios muy extensos, y no prestaban especial atención más que a sus actividades piadosas o guerreras.

Reunidos un día, decidieron conocer lo que sucedía en la tierra. Y hacia allí se encaminaron. Cruzado el océano desembarcaron en la civilización de los hiperbóreos que, a decir de los mortales, son los más felices de los hombres, entre otros motivos porque disponen de una cantidad no pequeña de recursos.
Sin embargo, al ver la triste condición de los humanos, y conocer que eran los que todo el mundo consideraba como los más felices del entorno, decidieron regresar a su tierra de origen. Entre otras, se llevaron la conclusión de que la acumulación de bienes no era un motivo seguro de contento.
Tal vez descubrieron que existe una diferencia radical entre los bienes materiales y los espirituales. Los primeros son indivisibles: el que alguien tenga más implica necesariamente que él otro no pueda disponer de eso mismo. Es más, precisamente esos esfuerzos por acumular, por contar con nuevos medios, provocaba en no pocas ocasiones la distorsión de las relaciones. Se producían competencias del todo improcedentes entre personas que hubieran debido preocuparse por un idéntico objetivo vital.
Los bienes espirituales -la sabiduría, el contento, los anhelos altos, la amistad, los deseos de libertad...- son participables por muchos. Es más, en la medida en que son compartidos, aumentan en todos los que se sienten vinculados por ellos. Generan nuevas fuentes de “riqueza” en la medida en que más personas se ven implicadas. Son, así, bienes en sentido más profundo que los meramente crematísticos, porque incrementan su grado de bondad y la capacidad de dar sentido a otros.
Sólo de ese modo se entiende que, por ejemplo, una herencia pueda ser causa no de mutuo contento sino, por el contrario, de enfrentamientos entre quienes se vieron por ella beneficiados. Lo que uno tiene, cuando es formulado en términos de posesión indivisa, es causa de obstáculos y luchas, porque se considera que lo que uno obtenga no podrá ser en absoluto motivo de satisfacción para los demás.

Tal vez sea ésta la causa de tantas situaciones de tensión innecesaria en nuestra civilización. No es verdad que el dinero no da la felicidad pero sí compra algo bastante parecido. El contento es un don recibido, no una realidad plenamente lograda, ni en sentido estricto “adquirible”.

La felicidad es, en cierta medida, llevarse bien con los otros, con el mundo y con nosotros mismos. De esas tres relaciones, probablemente es la tercera la más ardua. Por eso, cuando se logra, las otras dos brotan sin dificultad. Quien se acepta, no espera más de lo que es razonable anhelar, ni columbra expectativas desproporcionadas: su ilusión no se ve defraudada porque apunta a realidades que no escamotean promesas.

Para el hombre, la felicidad no es un bien dado, sino una meta dificultosa y deseable. En ocasiones parece acercarse; otras, se difumina en las nieblas de la dificultad. Es reto que se plantea necesariamente, y ha de procurarse alcanzarla con sabiduría. Tiene mucho más que ver con una permanente conquista de cierto sabor pacífico que con un fruto plenamente poseído. Felicidad es tarea y también el don que surge de ese esfuerzo. La felicidad es una especie de respuesta semejante a la que recibe el amado de su amada, que no se impone, se espera. Por eso, nunca da resultado la búsqueda en directo de la felicidad, pues si así se pretende, la persona se carga de un fardo de egoísmo que impide el objetivo al que se aspira. Dicho de otro modo, el cumplimiento de normas y obligaciones -incluidas las morales- es condición necesaria, pero no suficiente, para el contento.

No se encuentra la felicidad en la acumulación de propiedades, como la experiencia sociológica muestra. Es -con palabras de Julián Marías- una realidad planeada: a eso precisamente corresponde la felicidad como imposible necesario. Nuestra vida consiste en el esfuerzo por lograr parcelas, islas de felicidad, anticipaciones de la felicidad plena. Y ese intento de buscar la felicidad se nutre de ilusión, la cual, a su vez, es ya una forma de felicidad.

Surge de alcanzar una meta, un objetivo, un deseo, cuya obtención era improbable. A pesar de su carácter proyectivo, no se encuentra en el pasado ni en el futuro. Su tiempo propio es el presente. Pero no una actualidad cualquiera, sino una llena de proyectos y esperanzas.
Para demasiados, se encontraría en la mera placidez. De ese modo, nada habría más preciado que una vida placentera. Frente a esas consideraciones, coincido con los clásicos en la afirmación de que ideales por los que no merezca la pena morir tampoco justifican el vivir.
Se encuentra necesariamente en relación con las potencias más altas del hombre: su inteligencia y su voluntad. Por eso, ha de consistir en buena medida en conocer la verdad y amar el bien.
La angustia en la que se debaten muchos contemporáneos no es sino una muestra más de la urgente necesidad de indicar cuáles son los caminos por los que es posible. A decir de Bernanos, tantos que se juzgan prácticos, conquistadores de los bienes terrenos, padecen una desazón profunda: dan la impresión de correr en pos de la fortuna, pero lo que hacen no es correr en pos de la fortuna, sino huir de sí mismos.
Una última precisión: guía las acciones de las personas, pero no tiene, en sí misma, capacidad normativa: el ansia de felicidad no es, por sí solo, criterio de actuación. Las coordenadas para la vida no se encuentran en la búsqueda de la dicha, sino que son ajenas -por más que se encuentren anexas- a ella.
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Una anécdota
Sucedió, por casualidad, el mismo día. Cayo, empresario, hablaba de las inquietudes familiares y profesionales por las que atravesaba. En realidad, casi siempre -si se tenían en cuenta sus palabras- estaba al borde de la quiebra en todos los terrenos: profesional, afectivo, económico...

            Declaró:

            -Sin x (era una cifra significativa, de varias cifras: algunos viven todo un año con eso) no llegamos en casa a fin de mes. Tenemos que andar trampeando, pidiendo periódicamente algún crédito personal...

            Al hablar sobre los posibles recortes -ya que había pedido consejo, se le daba-, comenzó a refunfuñar:

            -Imposible, en ese capítulo no hay nada que hacer.

            Ante otra sugerencia:

            -No, ¿cómo vamos a prescindir de tener una cadena de música y una televisión en cada cuarto?

            Respondía a otra propuesta:

            -Tenemos que comer todas las semanas en un restaurante de esas características...

            Agotado el repertorio, siguió Cayo con sus angustias.

            Esa tarde, Ticio manifestó sus desazones:

            -Tenemos problemas para llegar a fin de mes, pero vamos saliendo siempre adelante. Es cuestión de apretarse el cinturón.

            Eran sus ingresos menos de la mitad de los del empresario de la mañana. El número de hijos, el mismo. Lo que variaba era su concepción de la vida. No necesitaba aparentar, ni ir de vacaciones a grandes playas con hoteles carísimos, ni tener media docena de aparatos de televisión...

            Era, sobre todo, una persona normal. De ésas que nadie consideraría otra cosa que un talento medio. Pero su gran suerte es que había encontrado su lugar en el ciclo de la vida; y tal vez lo más importante: había aceptado esa situación.

            Cuando algún crédito parecía agobiarle, se apoyaba en su mujer, que, siempre animosa, le aseguraba que, al igual que en los veinte años precedentes, saldrían adelante. La esposa de Cayo, por el contrario, siempre se encontraba insatisfecha, cualquier joya le parecía insuficiente para lucirla en el sucesivo encuentro social...


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