domingo, 24 de junio de 2012

UN DÍA DE FURIA de Joel Schumacher


Título: Un día de furia

Director: Joel Schumacher

 Intérpretes: Michael Douglas, Robert Duvall, Barbara Hershey, Tuesday Weld, Rachel Ticotin.

 Año: 1993

Temás: Afectividad. Comunicación. Desempleo. Patologías. Trabajo profesional. Violencia.




D. Fens (Michael Douglas) se dirige hacia la casa de su esposa, Beth (Barbara Hershey), de quien se divorció tiempo atrás. La excusa elegida es el cumpleaños de su hija. En medio de un atasco en una autopista, falla el aire acondicionado del coche. 

Con maestría, Joel Schumacher describe la situación de saturación a la que va llegando D. Fens en medio del tráfico, el calor, el ruido... La suma de circunstancias disparan un proceso de paranoia agresiva de la que posteriormente se dan precedentes para encuadrar la difícil personalidad del protagonista: se manifiesta más claramente algo que ya se incubaba. Uno de los elementos de la explosión de sentimientos que se sucederán, es la situación de búsqueda de empleo. 

Harto de esperar, D. Fens hace lo que todos hemos deseado en muchas ocasiones: abandona el coche en medio de la calzada y continua el camino a pie. Desafortunadas circunstancias van complicando la situación. El intento de llamar por telefóno desde una cabina se ve frustrado por la carencia de monedas. Al acudir a lograr cambio, un tendero coreano niega arbitrariamente la colaboración y pretende aprovecharse de la necesidad del cliente (la película no está exenta de toques xenófobos: se pregunta en varias ocasiones, de forma más o menos explícita: ¿dónde está quedando la América de hombres blancos, de  los Waps?).

La sociedad insolidaria provoca el primer estallido de violencia irracional. Ésta, más que un ataque a los otros, va planteándose en diversos momentos como manifestación de la necesidad de diálogo de D. Fens. Ya que no consigue establecer relación por vías normales (su paranoia se lo dificulta) procura hacerlo mediante la amenaza, la intimidación y el uso de la fuerza.

La carencia de equilibrio afectivo en la vida de D. Fens (que en realidad se llama Bill, pero que ha adoptado su peculiar nombre por el tiempo que estuvo trabajando en el departamento de defensa) se manifiesta también en detalles exteriores: en concreto, en la carencia de calzado adecuado o en el aspecto desastrado de su presencia: camisa de manga corta con corbata, gafas de concha pasadas de moda, etc. 

Un segundo encuentro, con dos miembros de una banda de hispanos, ayuda a incrementar –contra su voluntad- la carga de violencia. En este caso, es la defensa de sus intereses lo que provoca una reacción airada en nada prevista por quienes pensaban sacar fruto de aquel blanco en su territorio. 

Concluido ese segundo desencuentro, surge de nuevo la necesidad de hallar refugio “en el hogar”. Acudir a casa, reencontrar la paz, no son opcionales, sino elementos imprescindibles de una vida lograda. Y así incluso en medio de su pérdida del sentido de la realidad- lo vivencia D. Fens. Aunque las relaciones afectivas entre el hombre y su mujer parezcan definitivamente rotas, la existencia de una hija sigue uniéndoles.

El desproporcionado y esperpéntico ataque de los hispanos concluye con un D. Fens aprovisionado de armas con las que seguir adelante en su lucha por la vida.

Su entrada en una hamburguesería es todo un canto a la rigidez de un sistema que, por exceso de lógica, se convierte en irracional. Llegar tres minutos tarde de la hora prevista provoca que no pueda disponer del desayuno al que aspira: ya se ha acabado el tiempo; ahora sólo se sirven almuerzos, es la reiterativa respuesta de los empleados. ¡Cuán necesaria sigue siendo el proceso de empowerment! Los trabajadores reflejados en el metraje ni siquiera huelen esa posibilidad, son meros cumplidores de normas dictadas desde arriba...
En esa misma escena, la crítica de la diferencia entre publicidad y realidad de los productos es sencillamente genial. 
En estas circunstancias, comienza a narrarse la vida de Martin Prendegest (Robert Duvall), policía en su último día de trabajo, que se adjudica el caso. Su situación de calzonazos con respeto a una mujer hiperdominante está bien descrita. No así sus relaciones con el resto de los guardianes del orden.
Un nuevo apunte sobre lo invivible de la sociedad mercantilizada es la manifestación solitaria de quien se autoproclama delante de un banco económicamente inviable. Pronto será detenido por la policía. Antes de desaparecer, pide al protagonista que no le olvidé.
La incomunicación de D. Fens, confesada también por su madre, le lleva a no aceptar ninguna valla sea física o moral. Su paso por el exclusivo campo de golf o por la urbanización de lujo adyacente (cercana a los suburbios atravesados), apunta a la existencia de esas dos Américas de las que pocas veces se habla. 

En su intento de vuelta a casa, secuestra a una familia, con la que se desahoga:
            -Iré a mi casa, mi mujer me cogerá de la mano y hablaremos de muchas cosas

A estas alturas, bien se sabe que esa situación es utópica, pero la esperanza le sigue animando a ir adelante. 
Confesará poco después:
            -Vuelvo a casa tras un duro día de trabajo.
Y dirigiéndose a su hija:
-Me han robado tu cariño. No me lo volverán a quitar. 

El policía Prendergest, que ha sido sistemáticamente despreciado por sus compañeros y su superior, una vez que resuelve positivamente el caso, es acogido como el gran tirunfador. Y es que las organizaciones (la excepción es la familia) aspiran a contar con vencedores, a quienes se ensalza, incluso excesivamente. Tal vez porque quien  encumbra al victorioso, pretende “pegarse a su rueda”.

Muchas son las enseñanzas de esta película, entre las que destaco dos:

1.- La necesidad de toda persona de encontrar un ámbito adecuado para el desarrollo de la propia afectividad.

2.- El trabajo como elemento moderador; el desempleo facilita el dispararse de distimias que de otro modo podrían controlarse.

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