domingo, 8 de julio de 2012

LA ETICA EN LOS NEGOCIOS. Los ejemplos de Anfitrite, Anquémolo, Apríate e Hímero.


En ciertas Escuelas de Negocios suele embromarse afirmando que la asignatura Ética de los Negocios debería más bien ser denominada Ética o Negocios, como si el ámbito de las relaciones mercantiles poco o nada tuviera que ver con esa ciencia-arte en que la ética consiste.

Existen diversos modos de abordar lo que esta materia sea. Pueden apuntarse los siguientes:

            1.- El conjunto de normas dictadas por una autoridad superior para regular lo que está bien y lo que está mal (ética de normas);

            2.- Los deberes que uno se autoimpone para sentirse bien consigo mismo, aunque sólo sea por la vivencia de "las obligaciones cumplidas" (ética de deberes);

            3.- Grupo de hábitos operativos que fortalecen la primera naturaleza (o subestante)  mediante una segunda (o supraestante), que facilitan alcanzar los objetivos propuestos (ética de virtudes); o

            4.- Coordenadas de posibilidad que permiten la felicidad de la persona (ética eudemonística).

En realidad, es probable que la ética no sea en sentido estricto ninguna de estas posibilidades por separado sino más bien la suma armónica de todas.

En cualquier caso, sin ética no se puede vivir. Incluso quienes rechazan cualquier normativa, acusándola de heterónoma, acaban por "inventarse" una, aunque sea poco estable, que les permita vivir con ciertas orientaciones. Sólo los locos aseveran que no ha de existir un mínimo modo de regular esa bestia (pequeña o grande) que llevamos dentro. Una pandilla de maleantes, por ejemplo, considerará adecuado el hecho de robar en una tienda, o de asaltar a una viejecilla por la calle, pero juzgará gravemente incorrecto que alguien del grupo denuncie a los demás a las autoridades. Alguien podrá autojuzgar con benevolencia mentir para conseguir objetivos que considera relevantes para sus intereses, pero reaccionará con mal cuerpo al verificar que alguien ha intentado engañarle ¡a él!

 De vivir o no la ética se derivan consecuencias -buenas o malas, depende- aunque no sea ésta la causa de que uno se esfuerce o se deje llevar. Sirven como motivación para el comportamiento diario el saberlo, aunque no sean el motor último.

Varios ejemplos se acumulan. Anfitrite es conocida en la mitología griega como la emperadora del Mar, "La que rodea el mundo". Vivía, junto con sus hermanas -las Nereidas- hijas del matrimonio feliz formado por Nereo y Doride. Llevaba una vida normal, sin complejos mogigatos pero no era tampoco casquivana. Bailaba cierto día cerca de la isla de Naxos, casta ella, cuando el rey Posidón la vio y se sintió inclinado a poseerla. Huyó la pudorosa muchacha, no dispuesta a ser mancillada, y se ocultó en el fondo del Océano, más allá incluso de las Columnas de Hércules.

Los Delfines, siempre atentos a lo que sucede (como la prensa del corazón de hoy en día), la descubrieron. De manera solemne la trasladaron, ahora sí honradamente, vencidas las malas impaciencias, hasta Posidón. Éste, contento porque había verificado la validez ética de su pretendida, la hizo esposa, y junto a él reinó. Su rectitud la hizo parangonarse con Hera (mujer de Zeus) y Perséfone (esposa del rey de los muertos).

Anquémolo, por el contrario, no supo respetar unas mínimas referencias éticas. Hijo de Reto, rey del pueblo itálico de los marrubios (Italia Central, junto al Lago Fucino), pensó que para el "éxito" hay atajos. No consideró que él debiese respetar regla ninguna. ¡Para eso era hijo del supremo jerarca! Dejándose arrastrar por sus más bajas pasiones, se unió a su suegra Casperia. Reto, su padre, conocido el suceso -porque todo llega a saberse tanto lo bueno como lo malo, y particularmente esto último-, condenó al sinvergüenza. Huyó Anquémolo junto a un amigo de pendencias, Dauno. Al fin, porque los malos hechos se pagan, acabó muriendo de forma poco afortunada luchando contra Eneas.

El bien hace menos ruido que el mal, pero mucho hay (y había), a pesar de que dejarse llevar por el ansia de alcanzar objetivos a corto plazo sea más llevadero que proponerse metas a medio y largo plazo. Apríate era otra muchacha modelo, que no tenía más culpa que la de ser bella (y en esto se parece a esas propiedades en forma de dinero, joyas, acciones, obligaciones..., que atraen la mirada y se convierten en objeto de deseos de los hombres que en la historia han sido).

No dispuesto a esperar -y pensando que para él había atajo (como han pensado siempre los bandoleros de guante blanco)-, Trambelo, hijo de Telamón, decidió hacerse con ella, cuando paseaba la mozuela por una finca de su padre, acompañada por algunas criadas. Ante la violencia, sólo una fuerte voluntad aguanta, y las siervas huyeron despavoridas. Lo  fácil para Apríate hubiese sido ceder a las pretensiones injustas del asaltador, pero se resistió. Cansado el malvado, la arrojó al mar, donde murió. Los cielos castigaron al muchacho que, por lo demás, no era malo en lo suyo (¡cuántas veces la competencia técnica no va acompañada de una rectitud ética!: otro gallo nos cantara si así fuera...). Fue Aquiles el encargado de la sentencia, a su vuelta de una expedición de piratería. Enterado tras su muerte de la alta alcurnia del fallecido, Aquiles le erigió una tumba en la playa, que sirvió para recordar su capacitación técnica y su inmoralidad práctica.

No es que la ética de los negocios se reduzca, ni mucho menos, a evitar los abusos sexuales, pero los griegos -tal vez por ser los más gráficos- ponen éstos muchas veces como modelo de lo que debe ser un comportamiento recto. Porque, por ejemplo, robar a otros, aunque sea desde un despacho, incluso aunque el otro no sea consciente, es un acto de violencia siempre injustificada.

Saltarse las reglas de la licitud no deja, en ningún caso, a nadie indiferente. Eso, por mucho "callo" que se tenga en el alma. Hímero (nieto de Zeus a través de Lacedemón) debía ser un "bicho" de mucho cuidado. Un día llegó incluso a abusar de su hermana. Fueron tales los remordimientos (buen motor cuando se orienta en la dirección correcta, no como en este caso) que se arrojó al río Maratón: se llamó así hasta que pasó a denominarse Eurotas.

 Entonces, y ahora, queda mucho por delimitar en la ética económica. ¿Es lícito despedir a una persona cuando los directivos ganan sueldos desproporcionados? ¿Puede pedirse sobriedad franciscana a los empleados mientras los ejecutivos derrochan en comilonas y viajes fuera de todo sentido común? Muchos gobernantes deberían recordar que también en nuestros días es Fray ejemplo el mejor predicador. No se buscan tanto teorías como modelos motivadores que estimulen los deseos de una mejora, de un comportamiento más recto, de una brega más exigente... Sólo el líder bueno podrá llegar a ser un buen líder. Los otros comportamientos antes o después -muchas veces antes- se desmoronan, causando daño a propios y extraños.

************************************

Una anécdota

 Era Cayo un probo funcionario, sin especiales cualidades. Me sorprendió por eso su arraigada amistad con un empresario de postín. Un día que pasó a recogerme aquel potentado en su jaguar (de esos que en los días de niebla desde el capó no se ve el maletero), le interrogué:

            -¿Cómo es posible que tengas tanta amistad con Cayo, si la diferencia social es tan profunda y vuestras ocupaciones tan dispares?

            Sonrío y respondió:

            -Porque es un tipo honrado y yo no.

            Ante mi cara de incredulidad, continuó:

            -Era Cayo encargado de juzgar en cierto concurso de adjudicación de un servicio para el ministerio en el que trabaja. Atendiendo escrupulosamente a las especificaciones, acabó por darnos a nosotros el contrato.

Hasta ahí no conseguía yo entender el porqué se su unión casi fraternal. La explicación del enigma vino enseguida:

            -Una vez que estaba adjudicado, pasé a verle para "agradecerle" lo que había hecho. Le dejé un talón personal de muchas cifras encima de la mesa y lo empujé hacia él. Suponía su sueldo bruto de por lo menos cinco o seis meses.

            -¿Qué es esto?, preguntó perplejo.

            -Un detalle de agradecimiento por lo que has hecho por mi empresa.

            -Nada más que respetar la ley, respondió, haciendo resbalar de nuevo el regalo en dirección a mí.

 Pensé que no lo había entendido, prosiguió Cayo, y se lo ofrecí de nuevo. Cogió aquel papel que podía suponer un respiro económico importante -estaba entonces y ahora endeudado, como tantas familias de clase media baja- y con decisión rauda lo rompió en pedazos pequeños y los tiró a la papelera.

            -A partir de entonces, concluía este emprendedor poco escrupuloso, no quiero separarme de Cayo, porque no se encuentran muchas personas como él ni dentro ni fuera de la administración pública.

           

No hay comentarios:

Publicar un comentario