lunes, 13 de agosto de 2012

LOS CAÍDOS EN LA BATALLA EMPRESARIAL. El ejemplo de los Suplicantes


            Hay dos tipos de caídos en la permanente guerra en la que un proyecto mercantil consiste. Unos lo son literalmente, es decir, fallecen con las botas puestas. Otros van muriendo para la organización o por errores propios o por envidias ajenas. Antes de empezar las reflexiones sobre ambas posibilidades, mencionaremos un suceso real ocurrido en un gran Consultora.

            Uno de los socios, recién jubilado, regresó a los pocos días para ver a cierta persona que hasta poco antes había sido uno de sus subordinados:

            -Mira, le explicó, en casa no aguanto. Llevo años trabajando a un ritmo endiablado y ahora se me caen las paredes encima. Tras tanto tiempo en el que me he llevado perfectamente con mi mujer, el exceso de convivencia hace que salten chispas. Se me ha ocurrido una solución: podría echar una mano aquí. Por supuesto, sin cobrar.

            El otro, hasta hacía no mucho siempre en apariencia dócil, saltó como una víbora:

            -Tú no has entendido una cosa, casi gritó de malas formas...

            Su antiguo jefe se sorprendió ante lo desabrido del comienzo de la frase. Pero aún tenía mucho que escuchar:

            -Lo que deberías de comprender es que tú, para nosotros, has muerto.

            Ese suceso debería hacer reflexionar a esos ejecutivos agresivos que se entregan con armas y bagaje, para descubrir demasiado tarde que la fidelidad a la empresa no tiene por qué implicar la pérdida de las amistades, de la familia, de un razonable ocio, y, en definitiva, del sentido común.

            Existen dos tipos de muerte en el ámbito de las relaciones mercantiles: la física y la socio-psicológica. Es decir, la caída en desgracia con la consiguiente expulsión de la organización o el abandono, en una esquina, del ejecutivo que se desvió de la línea oficial.

            Etra, hija de del rey de Trecén (Piteo) y nieta, en consecuencia, de Pélope, era la madre de Teseo. A través suyo surgen los derechos del héroe al trono. Como todos los humanos, tuvo sus momentos buenos y otros comportamientos -que soslayamos- no tan ejemplares. Para lo que ahora nos ocupa, Etra acudió a Deméter, guardiana de los hogares  y diosa maternal de la tierra, para que se permitiera a algunas madres enterrar a sus muertos:

            -Han sufrido un terrible mal: se han quedado sin hijos, pues han muerto en torno a las puertas de Cadmo sus siete nobles vástagos a quienes condujo Adrasto, rey de los argivos, que deseaba asegurar para su yerno, el exiliado Polinices, la parte que le correspondía de la herencia de Edipo.

            Sus madres quieren enterrar los cadáveres de los que murieron en el combate, pero los que ahora mandan tratan de impedírselo y ni siquiera quieren acceder a que se los lleven, conculcando con ello las leyes divinas.

            Los cantores reconocen que la situación es desagradable, y que debería permitirse sepultar a los difuntos. Pero, en cualquier caso, y suceda lo que suceda, alaban el hecho de que se piense en los muertos: que el llanto por los muertos a los vivos adorna. Y no sólo por lo de expresión de sentimientos que supone, sino porque, como se lee en algunos cementerios: donde te ves, me vi; donde me ves, te verás.

            A pesar de lo delicado de una situación, es conveniente no perder la cabeza. Así lo recuerda Teseo, con una expresión, cuya última parte debería ocupar los frontispicios de los centros de poder de todo el mundo (¡cuánto queda por hacer para establecer adecuados cauces a la comunicación interpersonal!):

            -Descubre tu cabeza, deja de llorar y habla, que si no es por medio de la lengua nada llega a término.

            Teseo es el héroe por excelencia del Ática. Ocupa un puesto paralelo a Heracles, que lo es para los dorios. Vivió probablemente una generación antes de la guerra de Troya. Aunque algunos unifican en un mismo plano histórico los sucesos de unos y otros -la búsqueda del velloncino de oro, la guerra contra las Amazonas...-, se debe más a armonizaciones artificiales que a una cronología creíble.

            Sea como fuere, Teseo sabía lo que se traía entre manos. Sus consejos, lo hemos visto en el que dio a su madre, son certeros. Aciertan con los aspectos esenciales de la realidad. Así, cuando Adrasto, rey de Argos, cuya leyenda se encuentra unida a la expedición de los Siete contra Tebas, manifiesta que ha tenido un comportamiento impropio por miedo a la violencia de otros, le responde Teseo:

            -Seguiste tus impulsos en vez de tu razón.

            ¡Cuántas veces en las tácticas y en las estrategias faltan esas perspectivas amplias del mundo que permiten enjuiciar sin apasionamientos ni precipitaciones lo inmediato y lo a medio y largo plazo! ¿Dónde quedan en demasiadas ocasiones el desarrollo de esos planes de viabilidad que darían solidez a un proyecto? ¿Por qué tantas veces los hombres nos empeñamos en no contemplar más que lo inminente en vez de vislumbrar lo venidero? Nos falta, en fin, prudencia, es decir, esa capacidad de procul-videre, de ver lejos, que da sensatez y proporciona luces. Así, de un plumazo, pone las cosas en su sitio: la muerte es algo doloroso pero, situada en su lugar correcto evitando bloqueos, impulsa a la acción.

            -Yo alabo -dice- al dios que arrancó nuestra vida de un estado confuso y bestial: primero nos puso dentro el entendimiento y luego de darnos la lengua como mensajera de palabras -de forma que comprendiéramos el sentido de las mismas- nos entregó el sustento de los frutos y a los frutos las líquidas gotas del cielo para alimentar lo que nace de la tierra, para regar su vientre.

            Con esa visión de la realidad, critica a quienes actúan sin pensar, a quienes se dejan engatusar por fáciles victorias (en la guerra o en la empresa):

            -Te dejaste arrastrar por unos muchachos que se complacen con la honra y atizan las guerras contra justicia. Destruyen a los ciudadanos, uno con tal de mandar un ejército, otro por sentirse superior teniendo poder en sus manos, otro por sacar provecho sin pararse a mirar si el pueblo recibe daño al soportar la guerra...

            ¡Quién no diría que está describiendo lo que sucede con esa segunda -o tercera- generación de una empresa familiar, que no lleva adelante los proyectos porque cae, por ejemplo, en una simplona fanfarronería, o porque sencillamente no calcula el alcance de las medidas que implantan en sus organizaciones!

            Teseo, en un nuevo alarde de sabiduría, describe las tres clases de ciudadanos, que bien podrían ser de empresarios[1]:

            -Los potentados son inútiles y siempre deseosos de poseer más; los que carecen de medios de subsistencia son terribles y, entregándose a la envidia la mayor parte de su vida, clavan sus aguijones en los ricos, engañados por las lenguas de malvados demagogos.  De las tres clases, la de en medio es la que salva a las ciudades, pues guarda el orden que imponen los Estados.

            Hoy diríamos: los ricachones, que ignoran lo que no sea acumular, la burguesía y los desheredados.

            En su labor de dirección estratégica, Teseo recibe la visita de un Heraldo, que establece un concurso de sentido común. Afirma:

            -El tiempo enseña que la reflexión es superior a la precipitación.

            Y añade, refiriéndose sin duda a los sofistas, es decir a quienes han ascendido en la escala de gobierno no por aportar valor, sino por no tener sino apariencia:

            -Es dañino para los hombres superiores el que un villano alcance prestigio por ser capaz de contener al pueblo con su lengua, alguien que antes no era nadie.

            Teseo no se queda atrás en el acierto de sus precisiones, con un canto al Estado de Derecho, es decir, a aquellas organizaciones en las que uno sabe a qué atenerse, y no se encuentran sometidas a la frívola arbitrariedad de unos gobernantes ignorantes cuando no inicuos:

            -Nada hay más enemigo de un Estado que el tirano. Pues, para empezar, no existen leyes de la comunidad y domina sólo uno que tiene la ley bajo su arbitrio (...). Cuando las leyes están escritas, tanto el pobre como el rico tienen una justicia igualitaria. El débil puede contestar al poderoso con las mismas palabras si le insulta; vence el inferior al superior si tiene a su lado la justicia.

            La libertad consiste en esta frase: “¿quién quiere proponer al pueblo una decisión útil para la comunidad?” El que quiere hacerlo se lleva la gloria, el que no, se calla.

            Al cabo, interviene Adrasto, con una expresión que manifiesta una sensatez de la que con demasiada frecuencia se encuentran ayunos muchos directivos:

            -El alma humana es la única pérdida que no pueden recobrar los mortales, una vez que se ha gastado. Que para el dinero hay medio de recobrarlo.

            Cuando se vive demasiado pendiente de los resultados del momento, se dejan de lado las realidades que dan sentido a la existencia, y al trabajo. ¿No sucede siempre que cuando se conoce de forma apropiada hacia dónde se dirige la compañía y cada uno de los miembros dentro de ella, resulta más fácil tomar las decisiones estratégicas y, en consecuencia, implantar tácticas adecuadas?

            Mala señal, entonces y ahora, recibir alabanzas. O se está muerto o pronto se estará. Los actos en honor de alguien son un anticipo del epitafio. En el caso que nos ocupa, éste fue el panegírico:

            -¿Ves este cadáver robusto al que ha atravesado el rayo? Es Capaneo. Su fortuna era abundante, pero en modo alguno se jactaba de ella. Su orgullo no era mayor que el de un hombre pobre. Huía de quienes se vanagloriaban en exceso de sus mesas y desprecian la frugalidad, pues decía que el bien no se encuentra en alimentar el vientre, sino que basta una mesa moderada. Era un amigo de verdad para sus amigos, estuvieran presentes o no, y el número de éstos no era grande. Su carácter, sincero; bien hablado de lengua: nunca dirigió palabra violenta ni a esclavos ni a ciudadanos.

            Ahora me refiero en segundo lugar a Eteoclo, ejercitado en otra clase de virtud. Era joven y carente de riquezas, pero ya tenía en la tierra argiva numerosos honores. Aunque muchas veces sus amigos le ofrecieron oro, no lo aceptó en su casa para no envilecer sus costumbres bajo el yugo del dinero. Odiaba a los delincuentes, no a la ciudad, pues a su juicio en nada era culpable una ciudad que tuviera mala fama por causa de un mal conductor.

            El tercero de éstos, Hipomedonte, tuvo esta naturaleza:

            Ya de niño ponía su audacia no al servicio de los placeres de las Musas y de una vida muelle. Por el contrario, habitaba en el campo, se complacía en dar virilidad a su cuerpo con el rigor y, cuando iba de caza, gozaba con los potros y tendía el arco entre sus manos porque deseaba ofrecer a su ciudad un cuerpo útil.

            Poco después, Adrasto reflexiona sobre uno de los puntos fundamentales en la existencia -ya comentado en estas páginas-: motivos por los que no merezca entregar la vida tampoco justifican el ir adelante con la cabeza alta. Todo esto sin empeñarse en injustificadas batallas: alejados de la guerra conservaréis en paz vuestras ciudades con ciudadanos pacíficos. Poca cosa es la vida y es preciso recorrerla hasta el final con la mayor tranquilidad posible y lejos de la desgracia.

            Ifis, por su parte, comete el error de considera que dos oportunidades para la vida serían muy útiles. Dice así:

            -¿Por qué no les es posible a los mortales ser jóvenes dos veces y dos veces viejos? Si algo no va bien en casa podemos enderezarlo con posteriores reflexiones, pero la vida no podemos. En cambio, si fuéramos dos veces jóvenes y viejos, podríamos rectificar en caso de error el tener dos vidas. Cuando yo veía a otros formar familia, deseaba tener hijos y me consumía de deseo. Si hubiera llegado a este momento y experimentado qué significa el que un padre se vea privado de sus hijos, nunca habría alcanzado la desgracia que ahora me aflige: el engendrar y dar vida al joven más excelente y verme ahora privado de él.

            Olvidaba, sin embargo, que el deseo de repetir las experiencias, supondría reducir el valor de la apuesta que supone vivir una única e insustituible vez. El hecho de que exista un límite claro y definitivo, permite la existencia de metas. Si no hubiera un fin -aunque no conozcamos el momento: morscerta, hora incerta-, no habría posibilidad de plantearse retos. Siempre podría hacerse más tarde...

            Antes de acabar su discurso, Ifis rectifica el hilo de sus consideraciones: sin una orientación clara, la vida pierde buena parte de su sentido:

            -Cómo odio a quienes quieren alargar su vida y pretenden desviar el curso de la muerte con comida, bebida y magia, cuando debían desaparecer muriendo y dejar lugar a los jóvenes, una vez que de nada sirven en su tierra (sin que esto sea en ningún modo una justificación para la eutanasia).

            Las contradicciones, en cualquier caso, se superan con mayor facilidad si hay confianza en un más allá, posterior al umbral de la muerte. No sucede en esta situación, y por eso claman los coros:

            -¡Se han ido, ya no existen! -¡Ay de mí, padre! -Se han ido.

            No está de más, por esto, recomendar a los directivos que realicen el esfuerzo de preparar a quienes les sustituirán en el futuro.


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Una anécdota

            Era Ticio un emprendedor de fuste. Compatibilizaba su trabajo en varias Compañías con conferencias, seminarios... Le gustaba encontrarse en contacto con las nuevas generaciones. Disfrutaba con su trabajo. Estaba lleno de proyectos, tanto empresariales como personales.

            Hablamos de modos de enfocar planes de viabilidad empresarial, que era la actividad a la que dedicaba buena parte de sus afanes en la empresa de consultoría últimamente constituida. También charlamos de un posible sastre, sobre algunos alumnos comunes, y en torno a los mil avatares de los que se charla cuando comienza a cuajar una amistad.

            Un día no apareció en el trabajo. Poco después fue trascendiendo la noticia: un infarto le había conducido con urgencia a una Unidad de Cuidados Intensivos. Pocas jornadas más tarde llegó el mazado definitivo: había fallecido. Fácil resultó saberlo, porque empezaron a brujulear panegíricos donde hasta pocos días antes no había sino silencio y, en su caso, algún comentario hiriente, soso y/o malintencionado.

            Dejando todo lo que tenía entre manos, me dirigí al tanatorio. Me encontré, casi a punto de salir, con un directivo de la universidad privada en la que impartía algunas sesiones. Le comenté que iba a dar un último adiós a aquella persona. Ni se inmutó. Saludó y siguió su camino, sin la menor intención de detener sus pasos para prestar atención a aquella realidad de la que San Agustín decía: nada ve el hombre más frecuentemente que la muerte; nada olvida el hombre con más facilidad que la muerte.

            Ante su cadáver recé. Nadie había. En todo el tiempo que estuve -no fue poco-, ninguno de sus compañeros de la universidad, ni de los otros trabajos en los que desarrollaba su actividad apareció por allí.

            Supe luego que otras dos o tres personas se habían acercado más tarde. Y eran muchas docenas las que conocía en los ambientes educativos o empresariales. Recordé aquello del poeta:

            -Qué solos se quedan los muertos...

            Qué fácil resultará verificar las verdaderas amistades en esos momentos en los que ya nadie esperará nada de nosotros, porque ya no se estará en condiciones de devolver los favores...

            Los griegos ponían en las tumbas, deseando ventura al finado ante el Juicio: STTL: Sit tibi terralevis. Y no olvidaban tampoco, como último detalle de afecto, el poner una moneda en la boca de los muertes, porque consideraban que éstos debían pagar el viaje a Caronte, el barquero que surcaba el río Aqueronete, que marca la separación entre la vida y la muerte.

           

           





[1] Seguimos las traducciones más habituales, pero hay que aclarar que en el griego original no existía la contradicción de anunciar tres clases y luego limitarse a dos. Sucede que en los textos manejados así se transcribe. En cualquier caso, esa clase intermedia, aquí omitida, es la burguesía, tan bienquista en el mundo helénico, porque era la que proporcionaba estabilidad a la polis.

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