lunes, 10 de septiembre de 2012

LOS INFALIBLES. Los ejemplos de Anteo y Aquiles


- Admito todo, menos que se me lleve la contraria- fue el comentario de un empresario, al que vi cómo se le "calentaba" la boca al tratar a un subordinado.

            Gentes hay en la empresa que no han tenido la fortuna de tropezar con el fracaso. Eso les lleva a adoptar unas posturas de seguridad en sus propias opiniones que resultan grotescas. Pero mientras ellos ostentan el poder ¡ay de aquel que se atreva a llevarles la contraria!

            Puede darse el caso incluso en quienes han tenido la oportunidad de paladear que no siempre han estado en lo correcto o que cayeron en algún momento de su trayectoria: si están inmersos en una desmesurada confianza en sí mismos, el peligro de tornar a las andadas es tremendo.

            Era Anteo un buen mozo, nacido de alta alcurnia en Halicarnaso. Vivía como rehén en la corte de Fobio, tirano de Mileto.

            La esposa del dictador, Cleobea, no era mujer recatada. Fuera de toda justicia y sentido común, solicitó los amores de Anteo. Éste, más realista y respetuoso de su cuerpo y de su espíritu, se negó a las pretensiones.

            Reiteradas las solicitudes -¡hay que ver cómo se ponen ciertas mujeres!- no le quedaba más remedio al bueno de Anteo que inventar nuevas excusas:

            -Tengo miedo a que seamos descubiertos y castigados, alegaba.

            Cuando veía que ese argumento no causaba el efecto deseable, utilizaba otros:

            -Me parecería traicionar la hospitalidad que Fobio (no se atrevía siquiera a decir: tu marido, para no molestarla) me ofrece.

            Al comprobar que no lograba su objetivo, decidió, sin venir a cuento, vengarse. En realidad, el resentimiento más que contra Anteo iba dirigida contra sí misma, porque de algún modo era consciente de su miserable condición y de la grandeza de aquél al que pretendía.

            Cierto día, arrojó a un pozo una copa de oro de su propiedad. Ante su solicitud de rescate, no dudó el prisionero, y descendió para cumplir con el mandato de su ama.

            En ello estaba, cuando la cruel señora dejó caer sobre él una gran piedra, que le aplastó.

            Quienes están plenamente seguros de sus opiniones, sólo abren los ojos a la realidad cuando han destruido la organización y a un grupo de gente con ella. En ese momento, pasan de la arrogancia al hundimiento, y a veces a la desesperación y al llanto. Así fue también en este caso, y de forma radical,

            Cleobea, al ser consciente del mal cometido, se ahorcó. Tanto fue el sufrimiento de su marido, que algo debía de olerse, que cedió el trono a Frigio.

            Aquiles, por su parte, es habitualmente contrapuesto por su actitud violenta, esclava de sus bajas pasiones -entre las que se cuenta el orgullo-, a la prudencia de Ulises.

            Fue bañado de joven Aquiles por su madre. No se trataba de un chapuzón cualquiera, sino de volverle invulnerable. El agua elegida fue la del Éstige, el río infernal. Aquella corriente tenía la peculiaridad de hacer inmoral a quien allí se remojase. Sucedió, sin embargo, que en su afán de proteger de manera tan rígida y eficaz a su vástago, olvidó Tetis el talón, por el que sostenía a la criatura. Aunque se creyese perfectamente infalible, quedó el muchacho expuesto al error, como los demás, aunque sólo en ese lugar. Aquello tenía ventajas, pues le hacía menos frágil que los otros. El inconveniente era formentar en él la presunción, precisamente por considerarse diferente de los demás hombres, sus iguales.

            Pendenciero, no hubo guerra, disputa o polémica en la que Aquiles no figurase.

            Quirón trató de educarle en principios que le dieran solidez: el desprecio a los bienes del mundo, el horror a la mentira, la moderación, la resistencia a las malas pasiones, la disposición para soportar el dolor físico y moral... Junto a eso, se le alimentó con las entrañas de leones y jabalíes, con la esperanza de que se le comunicase el vigor de esos animales. También se le proporcionó médula de oso. Y por último, aunque con menos éxito, miel, para que consiguiese dulzura y persuasión.

            Entre otros hechos adjudicados a Aquiles, se cuenta que se dedicó al bandolerismo y a la piratería (¡cuántos negocios hay que se parecen a estafas, y cuántas estafas se parecen a negocios! ¡qué difíciles a veces la delimitación de fronteras entre unas y otros!), particularmente contra las islas y ciudades de Asia Menor. Uno de los objetivos principales de sus incursiones fue Tebas de Misia, que al final fue tomada por él. El rey Eetión, padre de Andrómaca, murió a sus manos, al igual que sus siete hijos. Y es que el "infalible" suele ser cazurro en sus decisiones, le faltan luces para rectificar y se empeña en llevar hasta el final ciertos propósitos de los que gentes más sensatas le aconsejan desistir.

            Junto con su gran amigo Patroclo, del que hablamos en estas páginas, se propuso realizar una razia contra los bueyes que en el Ida apacentaba Eneas.

            Acababa nuestro personaje de rechazar una nueva salida de los troyanos. Apolo se le acercó y le indicó que se retirase, que ya volvería en otra ocasión. Obstinado, se negó Aquiles a seguir una voluntad que no fuese estrictamente la suya: ¡tan seguro estaba de sus opiniones, que la de cualquier otra le parecía sin relevancia!

            Paris, el arquero, aprovechó esos momentos de tonta discusión (y es que la competencia nunca descansa por pequeña o insignificante que la piense el empresario), y disparó su arco. El propio Apolo dirigió la flecha al punto en el que Aquiles no era invencible. Aquel hombre cruel, que disfrutaba con el daño de los demás -las torturas y muerte de los prisioneros troyanos-, acabó pereciendo precisamente por no haberse dejado aconsejar por quien no buscaba más que su propio bien. Pero eso son incapaces de reconocerlo quienes más se obcecan en sus opiniones, sin aceptar que los demás tienen puntos de vista valiosos.

            Muchas veces lo mejor, en esas circunstancias será alejarse de esos personajillos para no verse arrastrados por las situaciones a las que les conducen sus fatales demostraciones de arrogancia, que algo tienen de pseudomesianismo.

**************************************

Anécdota

            Ticio era hombre bien formado. Tras sus estudios inciales, había completado en Estados Unidos la preparación más estrictamente empresarial.

            Después de trabajar como ejecutivo en una empresa constructora salió de allí, con alegría por parte de sus compañeros, que no soportaban la increíble arrogancia de aquel pedagogo metido a ejecutivo. Entre las muchas lindezas que debieron aguantarle, se encontraba la siguiente: en cierta reunión con el jefe de su jefe, y cuando éste último intentaba -como es lógico- demostrar lo bien que funcionaba su departamento, espetó:

            -Eres un sinvergüenza y un aprovechado. Soy yo el que valgo aquí, quien resuelve los principales trabajos, que tú sólo aprovechas para tu beneficio, sin tener en cuenta que yo soy quien se encarga de todo, y tú me explotas para tus trapicheos.

            Aquél nunca más se lo perdonó, como es lógico, porque, aunque fuese verdad -que no lo era- esa reacción sólo es propia de quien tiene algún serio problema de connotaciones psiquiátricas.

            Salió adelante con una empresa constructora en los momentos de expansión del sector en España en los años ochenta. Con los pingües beneficios que de allí obtenía se dedicó a comprar favores y, en la medida de lo posible, también amistades. Poderoso caballero es don dinero, y gentes hubo que se dejaron deslumbrar por los oropeles de aquel a quien sus empleados soportaban sólo hasta que encontraban otro trabajo al que irse.

            Los buenos tiempos acabaron y también sus trampas, sus compras de alcaldes o de concejales, sus regalos despampanantes para conseguir obras, etc.

            Dejó sin pagar empleados, colaboradores, socios, y hasta los coches de sus hijos, que habían elegido marcas y modelos totalmente desproporcionados para quien no pasaba de ser un pequeño empresario de provincias que había tenido suerte. El manejo de dinero en aquel quinquenio había trastornado aún más sus aires de grandeza. Y quien debía millones a porrillo por media península (y también en las islas), puso a nombre de sus hijos una nueva casa, sin tener para pagarla ni una décima parte de su valor. Era evidente que ya debía tanto que no le importaba encontrar nueva gente a la que también adeudar. Todo menos reconocer su fracaso y ajustar su nivel de vida. Como le gustaba repetir:

            -No puedo vivir con menos de un millón y medio de pesetas al mes.

            Lógico es, con las mariscadas con que le gustaba regalarse y regalar esporádicamente a sus "amigos" para demostrar su enorme capacidad adquisitiva. (Sólo en tarjetas de crédito era perseguido judicialmente por más de cinco millones de pesetas...).

            Con apariencias de grandeza aprendidas en la capital desde su llegada de una pobre ciudad de provincias del sur, se empeñó en orientar a otros en sus negocios. Lástima que sus colaboradores no supiesen los precedentes de aquel enfermo. No se aprecian totalmente las patologías hasta que no se contemplan de cerca.

            Estaba empeñado en lo fantásticamente que funcionaría cierto negocio de venta de perecibles. Analizado aquello con un poco de sentido común, no había manera de entender lo que su imaginación patrañera se empeñaba en creer, pero no estaba dispuesto a dar su brazo a torcer bajo ninguna circunstancia.

            Supe después que aquel que se las daba de hidalgo había tenido que salir por piernas de España, perseguido por los acreedores. Y ahora sus hijos siguen el mismo camino, sembrando tras de sí deudas en aquellos ingenuos que se dejan impresionar por que las cosas se afirmen con gran rotundidad o por una mariscada en un buen restaurante. ¡Pobrecillos!, tener que convivir siempre con su lamentable fanfarronería. ¿Cuándo serán capaces de darse cuenta de que son falibles? ¿Cómo hacerles ver que su genialidad sólo se encuentra en sus sueños? Tal vez no caigan en terrenos más sólidos que su fantasía hasta que acaben en la cárcel. Algunos tienen esa fortuna, y allí cuentan con la oportunidad de reflexionar sobre la vacuidad de una vida dedicada a huir hacia adelante, haciendo daño a quienes se cruzaron con ellos.

No hay comentarios:

Publicar un comentario