lunes, 8 de octubre de 2012

LA AMISTAD EN LA EMPRESA. El ejemplo de Patroclo y Aquiles




      
 Patroclo era hijo de Menecio (uno de los argonautas y el primero en rendir honores divinos a Heracles, en Opunte) y nieto, por esa rama, de Egina y Actor. Tenía parentesco con Aquiles, quien era, por su padre Peleo y por su abuelo Éaco, bisnieto de esa misma Egina. La madre de Patroclo era Esténele, hija de Acasto.


Había vivido desde su infancia en la corte de Peleo. Jugando un día a las tabas, mató Patroclo a un compañero suyo, Clitómino, hijo de Anfidamante. Aunque parecía accidental, fue preferible que pusiera tierra por medio. Así lo hizo, siendo recogido por Peleo, quien le presentó a su medio pariente Aquiles. Juntos estudiaron, entre otras ciencias, la de la medicina. Algunos afirman que estaba ligado también por el juramento de Tindáreo, pero si lo aseguran por el hecho de que fuera a Troya, no era necesario. Tal era su amistad con Aquiles por entonces que le hubiera seguido hasta el fin del mundo. Sobre algunos comentarios que defienden que esa amistad tenía carácter de homosexualidad, podría alegarse que hay gentes que son capaces de ver comportamientos retorcidos aun en las actuaciones más rectas. Tal vez no entienden que la verdadera amistad puede ser limpia, inmensa y respetuosa.

En el desembarco de Misia, Patroclo se encontraba junto a su compañero del alma, batallando contra Télefo (hijo de Heracles y Auge). Y es que los mejores amigos acuden en los tiempos de dificultad sin ser llamados; y en las épocas de vacas gordas sólo si son convocados.Non recuso laborem, podría haber sido el lema de Patroclo referido a su amistad con Aquiles.

Junto con Diomedes (el compañero más fiel de Ulises), recuperó el cadáver de Tersandro (muerto precisamente por Télefo). Al ser herido por una flecha, Aquiles lo dejó todo para estar junto al lecho del dolor y ayudarle en lo que fuese preciso.

Los hechos de armas de Patroclo son innumerables, y muchos ligados a su amistad con Aquiles. Entre otros: participó en la toma de Lirneso y en la incursión con la isla de Esciros; entregó Briseida a los heraldos de Agamenón, etc.

Cuando los griegos se encontraron en situación de alto riesgo, Aquiles le envió a Néstor en demanda de noticias. Al regresar junto a Aquiles, le manifestó con claridad la grave situación en que se encontraban los suyos, y le solicitó o que volviese otra vez a la lucha olvidando rencillas personales o que cuanto menos le permitiese a él le hacerlo, al frente de los mirmidones (pueblo tesalio sobre el que reinaba Aquiles). Aunque Aquiles no se decide a entrar en la gresca, le dio permiso para hacerlo él e incluso le dejó su propia armadura.

Así entró Patroclo en los enfrentamientos. Fueron sus víctimas primeras: Pirecmes, Aréiloco, Prónoo, Téstor, Erilao, Erimante, Anfótero, Epaltes, Tlepólemo, Equio, Piris, Ifeo, Evipo, Polimelo, Sarpedón, Trasidemo, Esténelo, Adrasto, Elas, Mulio y Pilartes. Ante tanta escabechina, se retiran los troyanos. Apolo trata incluso de detener a Patroclo, lanzado en la persecución. Mata a Cebrión, auriga de Héctor, pero éste acaba con el feroz atacante. En torno al cadáver, a quien el vencedor ha despojado de su armadura divina, comienza un sangriento combate.

Antíloco, hijo de Néstor, acude a comunicar las tristes nuevas a Aquiles. Abrumado por el dolor de la pérdida de su amigo, también por no haber estado junto a él en el momento en que más le necesitaba, se lanza sin armas en medio del barullo. Su sola presencia espanta al enemigo, que huye atropelladamente.

Mata Aquiles a Polidor, hermano de Héctor, y éste procura vengarlo. Pero su brazo, como sin fuerza, no logra sino que su lanza llegue casi sin impulso a los pies del héroe que llora por su gran amigo.

Para retrasar el momento fatal de la venganza, Apolo rodea por un instante con una nube a Héctor. Aquiles, profundamente afectado por la muerte de su compañero de aventuras parece no encontrarlo.Pero cuando los troyanos se atropellan en la retirada, Héctor queda solo ante la puerta Escea. Sus padres, que contemplan con terror la escena, le gritan que se refugie en la ciudad, pero como si estuviese sordo, espera a Aquiles a pie firme.

Su valentía se vuelve imparable terror cuando observa el rostro de Aquiles, con las marcas de dolor tras haber visto el cadáver de Patroclo. Dan por tres veces vuelta a las murallas, en persecución agónica.De repente, Atenea, tomando la figura de su hermano Deífobo, le anima a presentar batalla. Cuando lo hace, Atenea desparece, y se encuentran los mortales enemigos frente a frente. Zeus, en el Olimpo, parece haber pesado en la balanza del Destino el futuro de los dos luchadores, y a Héctor le ha llegado el momento de dirigirse hacia el Hades.

Héctor suplica a Aquiles que cuanto menos, tras matarle, entregue su cuerpo a Príamo, su padre. En un gesto de injusta ceguera, le niega incluso esa pequeña satisfacción. Héctor, en ese momento, con la clarividencia de quien pronto se enfrentará con el Juez Universal, le anuncia que pagará por aquello muriendo enseguida.

Aquiles, haciendo caso omiso, lo remata. Luego, tras horadarle los tobillos, ata el cadáver a su carro con unas correas de cuero y lo arrastra alrededor de la muralla, bajo la mirada de los asediados, como si aquello pudiese resucitar al amigo perdido. Más tarde abandona el cuerpo sin protección ninguna para que sea pasto de las alimañas. A tanto llega la cruel escena que incluso los dioses se apiadan, y Zeus envía a Iris para que solicite a Aquiles la devolución de los restos al padre del finado. En esa situación, se presenta Príamo y, tras pagar una abundante suma, recupera los despojos. Doce días de tregua le permitieron celebrar dignamente funerales por uno de los mayores defensores de la ciudad, en ceremonias encabezadas por Andrómaca (esposa de Héctor e hija del rey de Tebas de Misia, Eetión, cuya capital había sido saqueada por Aquiles antes de comenzar el noveno año de la guerra de Troya), Hécuba (segunda esposa de Príamo) y Helena (esposa de Menelao, causa de la guerra toda en Troya).

Aquiles, en parte aplacado, celebró unos dignos funerales por su amigo, sacrificando a doce jóvenes troyanos apresados por él en los márgenes del Escamandro. Hizo erigir un gran monumento funerario en el mismo lugar donde había estado colocada la pira funeraria.

Tras su propia muerte, y siguiendo sus instrucciones, sus cenizas fueron mezcladas con las de su amigo Patroclo. Y, a decir de la tradición, siguen ahora viviendo, junto a Helena, Ayax de Telamón y Antíloco, en la Isla Blanca, en la desembocadura del Danubio.

Pocos hay que consigan vivir como amigos en el mundo de los negocios. Mucho se utiliza el término, pero en demasiadas ocasiones carente de su sentido profundo. La verdadera amistad es no considerar posible la existencia del mundo sin la de aquel (si es amor, la de aquella) a quien uno ama. El dinero tiende a enturbiar las relaciones, porque no es infrecuente que aparezca el ansia de aparentar, el deseo de acumular, el anhelo de tener siempre nuevos ingresos...

La amistad exige estar por encima de esas circunstancias materiales. Precisa de tiempos para la reflexión, para la contemplación, para compartir aquellos deseos y pensamientos que ni lejanamente serían expuestos a pública consideración. Es la amistad una de aquellas realidades que hacen más llevaderas la existencia en esta tierra.

Fomentar la amistad en el ámbito de la empresa no es sencillo, pero cuando se logra se hace mucho más fácil la convivencia, y el esfuerzo se realiza sin considerarse "mártir", sino con el sano afán de colaborar a crear las condiciones de posibilidad de una felicidad cumplida para los demás miembros de la Compañía.
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Una anécdota
Cayo, como director de una entidad bancaria, había acumulado multitud de interesantes sucesos. Siempre recordaba un principio fundamental que les había comentado en diversas ocasiones su director de zona:
            -Todos los días hay alguien que entra en la sucursal intentando engañaros. Puede ser cualquier. A veces el que va mejor vestido y tiene mejor apariencia. ¡No lo olvidéis!
            El número de sinvergüenzas que lo habían intentado con él era butrido. Entre otras muchas, narraba la siguiente anécdota:
            -Un día llegó un hombre impecablemente vestido que acababa de dejar un impresionante cochazo en la puerta de la sucursal. Su propuesta era en apariencia razonable:
            -Una empresa multinacional está instalando cerca de Madrid una planta de montaje. Todo va estupendamente, pero por diversos motivos estamos a punto de padecer una tesión de tesorería. Para superarlo necesitamos un crédito puente, pero como somos todavía poco conocidos en España no pretendemos que una sola entidad se implique en el proyecto. Preferimos que sean varias a la vez. Para su entidad, habíamos pensado únicamente en sesenta mil euros.
            Cayo, el bancario, quiso ver los locales, y a la mañana siguiente fue acompañado a Torrejón de Ardoz. Allí encontró todo lo anunciado: una nave que estaba siendo preparada por cinco o seis impecables operarios. Todo parecía en orden; los implicados -tras haber llevado a cabo la entidad financiera las verificaciones oportunas en el RAI, Asnef, etc.- parecían estar limpios.
            Sin embargo, la intuición le hizo retrasar la operación. Varios compañeros suyos, directores de sucursal del mismo barrio, no quisieron esperar para no perder la oportunidad.
            Al final -es fácil adivinarlo- era todo un montaje. La nave estaba abandonada y había sido forzada la entrada y aquél era el primer golpe de esa nueva banda de ladrones de guante blanco.
            Cuando hemos charlado sobre ésta y otras aventuras, suele comentar lo siguente:
            -A pesar de los pesares, sigo teniendo confianza en los demás. Varios conocidos y algunos que consideraba amigos han intentado aprovecharse de mi posición, obteniendo dinero que no tenían intención de devolver. Obviamente he tomado precauciones cada vez mayores, y además verifico con más atención cada caso. Pero que alguien te engañe no significa que le debas quitar la oportunidad al siguiente. Eso sería romper una de las reglas básicas de la convivencia humana, que consiste en que todo el mundo tiene la posibilidad de ser buena persona, y de ser apreciado como tal, prescindiendo de lamentables experiencias precedentes.

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