Era Midas rey de
Frigia. Muchos son los sucesos de su vida que han llegado hasta nosotros. Para
lo que nos interesa nos centraremos en dos.
Se cuenta que iba
nuestro personaje de camino cuando encontró a Sileno. Y merece la pena detenerse
por un momento en éste. Además de ser un término genérico aplicado a cualquier
sátiro entrado ya en años, era también el nombre de uno de los hijos de Pan
(Hermes) y de una ninfa. Al parecer poseía una gran sabiduría, pero sólo la
transmitía a los humanos cuando era obligado por la fuerza. Se le atribuía la
paternidad de Folo, el centauro, que habría sido engendrado de una ninfa de los
fresnos. Era particularmente feo Sileno, con nariz chata, mirar de toro, y una
espectacular barriga. Se le representaba cabalgando en un asno, al que se
sostenía con la poca lucidez que le quedaba en medio de una monumental
borrachera.
Es precisamente en
situación de haber libado en exceso como lo encontró Midas. Cuando se le pasó
un tanto la melopea y despertó, Midas le rogó que le transmitiera algo de su
sabiduría. Ésta fue la respuesta del empedernido borrachín:
-Eustebes -la ciudad
piadosa- y Máquimo -la ciudad guerrera- se encontraban fuera del mundo de los
humanos. Los primeros estaban siempre alegres, y al llegar la hora de la muerte
la aceptaban entre risas. Los otros eran por naturaleza guerreros y ya desde su
nacimiento se encontraban perfectamente armados. Desde ese momento hasta el
final de su existencia no hacían otra cosa sino combatir.
Ambas poblaciones
contaban con inmensos recursos de metales preciosos y nadaban en la abundancia.
Un día -prosiguió
Sileno- decidieron visitar la tierra de los griegos. Navegaron a través de los
Océanos y arribaron al país de los Hiperbóreos (eran éstos gentes aparentemente
felices, residentes de una región de clima templado, un verdadero territorio
para la utopía: dos cosechas anuales, vida sana y al aire libre, extrema
longevidad que concluía con contento en una muerte dichosa...), y al
contemplarlos y compararse con ellos, pensaron que aquellos personajes vivían
en triste condición. Tanto que decidieron no seguir investigando y regresaron
directamente a su punto de procedencia, de donde nunca deberían haber salido,
pues sólo merece la pena aprender de aquellos modelos que han alcanzado un
equilibrio armónico que mejore las condiciones en las que uno personalmente se
encuentra.
Crítica feroz ésta sin
duda a la parcial felicidad que los humanos logran y con la que sin embargo
pronto se contentan.
Ovidio, en la
Metamorfosis, recoge otra versión de este mismo encuentro entre Midas y Sileno,
coincidente sólo en la situación lamentable en la que es hallado el segundo.
Como siempre de
juerga, quedó al fin agotado y dormido Sileno lejos del séquito de Dionisio. En
medio de la resaca aún no superada, fue encadenado por los súbditos de Midas y
conducido a la presencia del rey. Éste, como gobernante avezado, y consciente
de que sacaría ventaja de aquella situación, ordenó que fuese inmediatamente
liberado, estableciendo así las primeras coordenadas para una posible
negociación que condujese a una Alianza Estratégica. Se dispusieron los dos a
salir en busca del cortejo de Dionisio, porque no parecía que Sileno estuviese
en condiciones todavía de encontrarlo por su cuenta y riesgo.
-Gracias, Majestad,
dijo enseguida Sileno. A este gesto generoso (y es lo que esperaba Midas), sólo
puedo responder atendiendo a aquello que me pidáis.
Carcomido por la
avaricia, no lo pensó mucho el monarca:
-Desearía -respondió-
que aquello que tocase se transforme de forma inmediata en oro.
Así le fue concedido.
No cabía en sí de
contento. Pronto sería la cabeza coronada más rica de la tierra. Y enseguida la
más poderosa, porque -en su ingenuidad- pensaba que con oro cualquier cosa es
comprable.
No se marchitó su
alegría hasta que llegó la hora del almuerzo. Al intentar comer algo, y según
habían sido sus deseos, aquello se convertía en el noble metal, y se hacía así
inservible para su fin natural.
Comenzando a sentir
los pinchazos del hambre, fue en busca de Dionisio:
-Ayúdame, oh dios, y
retirad de mí este don que pensé beneficioso
y he descubierto profundamente pernicioso.
De nuevo fue escuchada
su petición.
-Vete a lavar cara y
manos en la fuente del Pactolo.
Así lo hizo de
inmediato el escarmentado ambicioso, y quedó libre de aquel don que había
considerado tan beneficioso hasta que lo había descubierto mortal.
Quizá uno de los
peores males que agita la sociedad occidental es el reducir todo a un precio (demasiados
lo han intentado).
Semejante pretensión
se manifiesta en modos, dichos y comportamientos. Ya no se pregunta:
-¿Qué ese esto?
Es más extraño que se
afirme:
-¡Qué gran belleza!
La cuestión es
habitual y lamentablemente:
-¿Cuánto te ha
costado?
Mercantilizarlo todo
tiene un gran "coste", el de perderse el sabor de lo gratuito, de lo
que no es comprable.
Desde un punto de
vista empresarial, adquirirá el empresario -o el ejecutivo- la presencia física
de empleados, incluso la sonrisa, si así lo prescribe la cultura de la
Compañía. Pero la lealtad se merece, los afanes por gastarse, por más de lo que
es razonablemente solicitable, no se comercializan: son recibidos sin ningún
coste cuando el interesado ha sabido previamente entregarse.
Reducir las sociedad,
y las relaciones interpersonales en general, a un permanente do ut des, hace que se pierda lo mejor
de la vida. La mayor parte de los mejores intercambios -la sonrisa de un niño,
el beso de la amada, el ánimo de un amigo...- no tienen contraprestación
económica. Es más, se deteriorarían gravemente si se pretendiese marcársela.
Quien se empeña en una
labor de cuantificación universal, nubla su visión para lo mejor de la
existencia. ¿Qué cuesta una flor en sazón en una tarde de primavera en un
jardín? ¿Qué ha de pagarse por un tramonto
en Roma? ¿Cuál es la contraprestación por una conversación interminable con un amigo que abre horizontes inesperados para el
propio quehacer?
Se paga al psiquiatra,
se abona a una prostituta..., pero ni esa atención es desinteresada, ni los
gestos que se realicen con una meretriz son amor. Porque la atención entonces
prestada no se refiere propiamente a la persona sino al dinero que abona por
aquellos comportamientos. Todo se queda en mero pseudo, en una representación de algo que no se siente, y que se
omitiría si faltase un abono predeterminado.
Cuando uno de los
principales intereses de un ejecutivo es saber lo que gana su interlocutor;
cuando la atención prestada lo es en función de una remuneración -como hacen
algunos bancos, que han establecido filtros en sus ordenadores para dar
prioridad a las cuentas corrientes más orondas, con desprecio evidente al resto
de los clientes- algo grave está pasando. Estamos sustituyendo la contemplación
de la Belleza, la búsqueda de la Verdad y el disfrute del Bien, por una
cuantificación reptante, que instrumentaliza a las personas. Esa
"objetivación" crematística del interlocutor es uno de los peores
procesos reductivos de una civilización.
Es preciso valorar lo
que se hace, y tomar decisiones en una u otra dirección, porque sólo quienes
nada tienen que hacer cuentan con tiempo suficiente para todo. Pero esa
obsesión por controlar el minuto tiene sus límites, entre otras cosas, porque
hay que descansar. Pero, sobre todo, porque desconocemos el número de minutos
que nos ha sido concedido vivir. Por lo demás, de un buen cuadro, de una
escultura, de una novela..., ¿quién se atreverá a decir cuál es su precio?
Independientemente de lo que por ellos se pague, su valor dependerá de muchos
factores. Entre otros, la capacidad que hayan tenido de "arrastrar" a
los demás hacia arriba, hacia esas esferas de la contemplación a las que los
griegos aspiraban por considerarlas mejores.
Como el rey Midas,
ojalá los obsesionados por ese proceso reductivo y morboso, se den pronto
cuenta de su patología -primer medio imprescindible para librarse de ella- y
pongan luego los medios para volver a mirar a su entorno con mirada limpia,
ojos claros, y mente serena. Porque una de las consecuencias que tiene el mal
de Midas es que es fácil perder el norte y adquirir más y más bienes (aquí
habría que calificarlos como "males"), que obstaculizan el volver a descubrir
personas y no sueldos; arte y no millones de euros en un cuadro.
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Una anécdota
Ticio todo lo
sopesaba; para él, todo tenía un precio. Le gustaba recordar aquel cínico
comentario:
-En esta vida no todo
es el dinero, comentaba uno.
-Es verdad, respondía
el otro; también hay cheques, oro, letras de cambio...
Su gran interés al
conocer a una persona, era primordialmente cuánto valía la casa del
interlocutor, qué coche tenía, cuánto ganaba... Lo demás le traía sin cuidado.
Concedía un trato absolutamente desigual según la clase social de la que
procediese el interlocutor, llegando a ensalzar comportamientos impropios de
gente adinerada, y despreciando acciones sublimes de alguien con escasos
recursos.
Su vida parecía
placentera, hasta que un día se acumularon desgracias: la más importante el
fallecimiento de varios parientes próximos.
Aquello le desconcertó
profundamente. Más, cuando verificó que gentes que de él nada esperaban, a los
que previamente había tratado con insultante desapego, fueron quienes más se
aprestaron a consolarle. Otros, sin embargo, a quienes había
"comprado" con agasajos, se apartaron de él sin interés ninguno.
Poco a poco fue
descubriendo que los criterios con los que había venido moviéndose hasta el
momento no eran defendibles universalmente. No todo el mundo aceptaba su modo
de calibrar lo interesante y lo que no lo era. Aún hoy sigue perplejo ante
aquellos sucesos, y -aun con ramalazos del pasado- cuando entra en contacto con
alguien, procura captar más bien el tipo de persona que es y no lo llena o
vacía que se encuentre su cartera, o su cuenta corriente, o los fondos de
inversión que ha ido creando con el tiempo.
Javier Fernández Aguado