Parte
importante de la acción directiva es controlar la propia lengua: a saber, decir
lo que hay que decir, a quien debe hacérsele saber, cuando hay que
transmitirlo, en el momento oportuno y en el modo adecuado. Que a alguien se le
caliente la boca es mala cosa, porque de esa incontinencia verbal brotan muchos
males: algunos inesperados, otros previsibles. Una vez que se ha ofendido a
alguien, resulta complicado arreglar las cosas. Difícilmente todo volverá a ser
como antes, porque se habrán infligido heridas en el alma, que son más arduas
de curar que las del cuerpo.
Entre los que han hablado de la
importancia de dominar el afán por comunicar lo que se sabe (y a veces también
lo que se ignora), encontramos este texto del siglo I: “si ponemos frenos en la boca de los caballos
para que nos obedezcan, y así dirigimos todo su cuerpo; y si también en las
naves –aunque sean grandes y las empujen vientos fuertes- un pequeño timón las
dirige adonde quiere la voluntad del piloto, del mimo modo, la lengua es un
miembro pequeño, pero va presumiendo de grandes cosas. ¡Ved qué poco fuego
basta para quemar un gran bosque! Así también la lengua es un fuego, un mundo
de iniquidad; es ella, de entre nuestros miembros, la que contamina todo el
cuerpo y, encendida por el infierno, inflama el curso de nuestra vida desde el
nacimiento.
Todo género de fieras, aves,
reptiles y animales marinos puede domarse y de hecho ha sido domado por el
hombre; sin embargo ningún hombre es capaz de domar su lengua”.
Sucedió
que el rey Midas deambulaba errante por los bosques (mala cosa la de andar
perdiendo el tiempo, pues es origen de muchas complicaciones). Transitaba cerca
del monte Tmolo en el momento en el que el dios de la montaña acaba de
pronunciar una sentencia, consistente en proclamar a Apolo vencedor de cierta
lid.
Metiéndose
donde no le llamaban (y éste fue un segundo y profundo error, porque cada uno
debería dedicarse a lo suyo -zapatero a tus zapatos-, ya que los problemas
empiezan cuando uno, en mala hora,
decide salir de su habitación, es decir, de las ocupaciones que le son
propias), se atrevió Midas, en su complejo de gobernante -ignaro de que cada
uno tiene su ámbito de influencia-, a dictaminar que aquella sentencia era
injusta y desproporcionada.
Apolo,
molesto porque Midas aspirase a cambiar el sentido del premio, adjudicándoselo a Marsias, optó
por castigarle haciéndole crecer unas importantes orejasde asno. Fue aquello
-con perdón de los burros- manifestación de que quien se mete donde no le
llaman es más un animal que un racional.
Bajo
una tiara, procuró el Monarca ocultar aquella miseria que patentizaba su afán
por meterse donde nadie le había convocado. Sólo el peluquero estaba al tanto
de aquellos hechos, y para estimular
su discreción se le amenazó con la muerte en el caso de que se fuera de la
lengua. Pero, abrumado por la "relevancia" de lo que sabía, y carente del hábito de la discreción,
se vio tentado a transmitir a alguien aquello que él conocía. Muchas veces el
correr la voz de ciertas informaciones confidenciales
responde a un factor de vanidad: considerar que otros se quedaran perplejos de
los datos de los que uno dispone, frente a la ignorancia de los mismos por
parte de otros.
Ni
corto ni perezoso, haciendo un agujero en el suelo, confió a la Tierra que el
rey Midas -el hombre poderoso y envidiado- también tenía sus defectos (nadie
hay grande para su mayordomo). El secreto de las orejas monstruosas fue puesto
en la palestra, pues, de forma inmediata, unas cañas que crecían por allí
comenzaron a proclamar: Midas, el rey
Midas, tiene orejas de asno... El viento que por allí pasaba fue convertido
en altavoz de aquel peculiar fenómeno.
Hoy
hubiesen sido los medios de comunicación de masas los encargados de proclamar
en todas las direcciones del universo lo apenas susurrado por alguien. Pero es
que no puede solicitarse discreción a nadie si uno no ha sabido ejercitarla.
Difícil equilibrio éste, por otra parte, porque la amistad se basa precisamente
en el intercambio de intimidades. El radicalmente reservado es prácticamente
imposible que se encuentre en condiciones de calar fuertemente en la amistad.
Pero quien todo lo comunica es como si no fuese amigo de nadie. Una vez más, el
correcto equilibrio se manifiesta como un difícil reto para cualquiera. Más
aun, sabiendo que en el mundo de los negocios, "cantar" más de la
cuenta puede dañar gravemente una organización.
¿Quién no sabe que rumorear que
determinada sociedad está en problemas dificultará sus relaciones con
proveedores -que no querrán mantener y mucho menos ampliar el crédito-, con
bancos -que no permitirán incrementar las líneas de descuento-, con clientes,
que aspirarán a aprovecharse de los momentos de debilidad que atraviesa la
entidad?
También
Anquises sufrió las consecuencias de no haber sabido callar. Sucedió lo
siguiente: era él padre de Eneas e hijo de Capis y Temiste. Amado por Afrodita,
que lo había visto cerca de Troya mientras Anquises se dedicaba a su trabajo
-apacentar el ganado-, se hubiera resistido si aquella hubiese ido de frente.
Por eso, con armas que las mujeres saben esgrimir a la perfección, se acercó
simulando lo que no era: se presentó como hija de Otreo, rey de Frigia. Hizo
surgir la lástima en Anquises proclamando que había sido raptada por Hermes,
quien la había transportado luego a los prados del Ida.
Olvidado
de la fidelidad que debía a Eripis, su esposa, de quien ya había tenido algunas
hijas, entre otras Hipodamía (en honor de la cual Pélope instituyó en Olimpia
una celebración quinquenal relacionada con Hera, diosa del matrimonio), se unió
a la amante oportunista.
Conseguido
su propósito, reveló entonces la perversa quién era en realidad, a la vez que
solicitaba discreción ahora del violado, pues si Zeus llegaba a saber que el
muchacho era hijo de una diosa, lo aniquilaría.
Bajo
los efectos del vino -que es uno de los más radicales estimulantes contra la
defensa de lo que no debe ser transmitido-, Anquises se jactó de sus amores:
mala combinación la de la vanagloria y las libaciones: si es difícil ser
discreto, resulta prácticamente imposible en esas circunstancias.
Faltó
tiempo para que Zeus supiera de aquello, y de un rayo dejó cojo (según otros,
ciego) a quien no había sido capaz de mantener en silencio lo que de no haberse
sabido hubiese beneficiado a muchos, empezando por él.
Era
Dión un rey laconio, casado con Anfítea (hija de Prónax). De su amor surgieron
tres hijas: Orfe, Lico y Caria. Apolo, de paso por Laconia, había sido recibido
en esa casa con todo afecto y confianza. A cambio de la atención recibida, el
dios prometió a las hijas el don de la profecía, pero con la condición de que
no traicionasen a los dioses ni tampoco pretendiesen averiguar lo que no era de
su competencia (¡magna petición ésta!).
Cayó también Dionisio por aquella casa y
se enamoró perdidamente de Caria, quien no le hizo ascos. Cuando volvió a pasar
por allí, las otras hermanas estaban altamente escamadas, y -a pesar de las
advertencias perentorias de Apolo y Dionisio- triunfó su curiosidad y espiaron
cuanto pudieron. El castigo llegó en forma de transformación en rocas. Caria
quedó libre de aquella penalización, y fue convertida en nogal fructífero,
pasando a rendírsele culto bajo el nombre de Artemis Cariatis.
Filoctetes,
en fin, fue solicitado por Heracles para que le ayudase a quemar la pira del
Eta. Le pidió además que no comunicase a nadie el lugar. Filoctetes juró eterno
silencio. Más tarde, sin embargo, al ser interrogado, acabó cantando la gallina, no directamente,
pero sí golpeando con el pie en tierra en el sitio en que habían tenido lugar
los hechos. Sin pronunciar palabras -muchas veces se reconocen los hechos sin
abrir la boca-, faltó al juramento. Fue castigado por ello con una terrible
herida en un pie, causada probablemente como venganza por Heracles, al permitir
que le cayera en el pinrel una flecha envenenada (empapada en la sangre de la
hidra de Lerna) de la aljaba. Y es que hablar más de la cuenta trae siempre
consecuencias: cuanto más habla la gente, menos piensa...
Herse,
en fin, era una de las hijas de Cécrope y Aglauro, de la familia real de
Atenas. A sus hermanas Pándroso y Aglauro, les fue confiada la custodia de
Erictonio. Pecaron de indiscreción las tres hermanas, al parecer acuciadas por
Herse. Atenea, en justo castigo por aquella malsana curiosidad las volvió locas
y el trío se precipitó desde lo alto de las rocas de la Acrópolis.
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Una anécdota
Era
Ticio un joven emprendedor, con multitud de contactos conseguidos con el apoyo
de cierto personaje convertido en su ángel protector. Para asegurar su futuro,
su "padrino" le facilitó la llegada a una titularidad universitaria
(era él catedrático de esa materia y en esa facultad, y se saltó toda la lista
de pretendientes para sacar adelante a su hombre). Tras eso, le facilitó una
empresa ya constituida.
Ticio,
que no era tonto, sacó provecho de aquello, y estaba ya razonablemente
consolidado tanto en el mundo universitario como a través de sus clases (que
hacía que otros facturasen: los impuestos, ya se sabe, aunque luego se las
diese de gran puritano y asegurase que había que pagar hasta el última euro) en
una entidad privada, además de dirigir proyectos en ésos y en otros ámbitos.
Muchas
eran las ofertas que le llegaban de colaboración, y como era trabajador y
esforzado, gentes había que acudían a él en busca de Alianzas Estratégicas.
Pero
Ticio tenía -y tiene- un gran vicio. Es un eterno correveidile, un alcahuete
reconocido, casi con profesionalidad. No hay palabra que se le diga que no sea
empleada, muchas veces incluso en contra del confidente. Desde su pedestalillo
disparaba venablos ofensivos con datos que a él habían llegado por medio de
otros, que a su vez habían logrado esa información con promesa de no
transmitirlos.
Aquel
que podía ser persona de relevancia, en cuanto es conocido su afán por ser un
metomentodo, produce "alergia". Pocas cosas hay más desagradables que
verificar que lo que se dijo bajo promesa aceptada de reserva es prácticamente
publicado al poco tiempo. Ese demencial defecto incapacita para el gobierno. Y
si el afectado por él es precisamente un directivo, vale la pena retirarse
cuanto antes de aquel ambiente malsano, que daña a quienes se acercan, porque
el mal de la indiscreción es pegajoso y enturbia las aguas más limpias.
Del
caldo de cultivo de una vanidad sin control y una lengua afilada surgen virus
dañinos para la convivencia. Hasta la mejor de las atmósferas se transforma en
aire irrespirable cuando las personas que allí se mueven carecen de los hábitos
precisos para una convivencia sensata.
Javier Fernández Aguado