lunes, 28 de enero de 2013

DEBATES CARENTES DE FUNDAMENTO

Se encuentra en la opinión pública un debate acerado entre la efectividad de lo público y lo privado. Algunos mitifican lo primero y otros defienden acérrimamente lo segundo. En mi opinión, se trata de una porfía envenenada, desde sus propias raíces, por lo ideológico. Resulta sorprendente el grado de ceguera que puede introducir en el juicio el interpretar rígidamente la realidad como respuesta a presupuestos muchas veces a-racionales, cuando no irracionales.
Mitificar lo público manifiesta no solo ignorancia, sino también la fanática creencia de que instituciones sin aparente afán de lucro cumplirán mejor su función. De otro lado, intransigentes defensores de la gestión privada consideran que sólo lo gobernado con sentido de rendimiento económico dará mejor resultado. Tras trabajar en docenas de organizaciones públicas y privadas de cuatro decenas de países de todos los Continentes, considero falaces la mayor parte de los argumentos esgrimidos por unos y otros.
 
Las organizaciones, nacionales o multinacionales, públicas o privadas, deben ser gobernadas sin perder nunca de vista los resultados que han de ofrecer a la vez que –parafraseando a Kant- crean las condiciones de posibilidad para la vida honorable de todos los implicados.
 
Existen instituciones públicas ejemplares, y otras perversas. Al igual sucede en el ámbito de lo privado. Es más, también en instituciones de servicios, incluso de carácter religioso o aparentemente altruista, se encuentran estructuras al servicio de la persona, y otras están orientadas únicamente a la mayor gloria de quienes allí se hicieron con el poder y aspiran a hacer comulgar a los demás con ruedas de molino.
 
La clave no se encuentra en el nombre, ni en la propiedad, ni el supuesto objetivo, ni en el sector, ni el país…, sino en la filosofía de fondo de impregna cada organización. Es precisamente sobre esa ontología primigenia sobre lo que debe establecerse el debate, y no sobre la titularidad de la propiedad, el país de procedencia o el ámbito en el que se desarrolla la actividad. Dicho de manera brutal: ¿qué me importa que quien asesine se califique como nazi o como comunista, como fascista o como socialista? O al revés, ¿qué relevancia tiene que quien ofrece soluciones reales a las necesidades sea agnóstico, ateo, católico, protestante o budista? O de otro modo, ¿es que por haber nacido en Eslovaquia, en Ecuador, en Filipinas, en Estados Unidos o en España mis propuestas tienen un valor añadido (o una menor valía) solo por ese hecho?  

El día en el que la guía de nuestros juicios sea la  verdad y no el prejuicio ideológico -nacionalista, racista, político, o sencillamente la ignorancia o la idiotez- habremos dado un gran paso adelante.  

Mientras eso no suceda, mucha gente se pasará la vida –más bien la perderá- haciéndoles la autocrítica a los demás.

 

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