lunes, 21 de enero de 2013

FAMILY MAN


 
Título: Family Man
Director: Brett Ratner
Intérpretes: Nicolas Cage, Téa Leoni, Don Cheadle y Jérémy Piven.
Año: 2000

  

            Jack Campbell (Nicolas Cage) es un triunfador. Su deportivo es de los que hacen historia. El trato que recibe de sus subordinados es el de alguien que ha logrado triunfar en la vida.

Todo comenzó cuando, en 1987, no quiso renunciar a un viaje para mejorar su situación profesional, a pesar de que su novia Kate (Téa Leoni) le solicitó, incluso en el mismo aeropuerto, que no fuera a trabajar a Londres al Barclay’s Bank. Él pensó que podía superar aquella separación y emprendió el vuelo. Pero la distancia enfría el amor, y al cabo del tiempo ya ni se acuerda de su chica y se dedica a gozar de su dinero, con el que, entre otras cosas, también compra soluciones para sus necesidades biológicas.

Muchas cosas se pueden decir de Campbell. La más evidente que Brett Ratner quiere plantearnos –al estilo Capra- es que no es feliz. Su vida se mueve entre objetos de gran precio, pero sin corazón, ni emociones, ni capacidad de dar respuesta a las íntimas necesidades del ser humano. Un día, en las Navidades del 2000, su secretaria (Mary Beth Hurt) le pasa una nota de una llamada de su antigua novia. Aunque piensa responder, cambia de idea. Le trae recuerdos lejanos, que no tiene interés en revivir.

De repente, todo cambia en ese mundo tan especial en el que Campbell se encuentra. En vez de en su habitación de lujo, pasa a estar en el ambiente de la familia a la que renunció años atrás para conceder rienda suelta a sus ambiciones profesionales. Los demás parece que lo tienen asumido, pero él es un ‘paracaidista’ en esa casa de Téaneck (Nueva Jersey).

Intenta de manera desaforada volver a su viejo mundo. Con terminología filosófica, podría decirse que los futuribles se han hecho realidad en esta ocasión, y él ‘ve’ y vive lo que habría sido de su existencia de haber tomado decisiones diversas de las que adoptó años atrás.

En medio de esta confusa situación aparece un personaje: Cash (Don Cheadle)  viene a representar al Ángel de la Guarda, que quiere que descubra el verdadero sentido de su vida, no el de una existencia volcada sobre sí mismo.

Los cambios son abismales. Ya no está todo el mundo a su servicio. Es él quien tiene que esforzarse por servir a los otros. Su perspectiva de la existencia cambia radicalmente.

Al inicio, el sentimiento es de pleno rechazo de aquello que no entiende, ni desea, ni esperaba. También su hija se da cuenta, y no acaba de entender la frialdad de un progenitor que está mucho más centrado en sí mismo que en las necesidades que ella tiene: fundamentalmente la de afecto desinteresado.

Poco a poco, la visión del mundo de Jack va transformándose. Añora menos el lujo, la adoración hipócrita de los subordinados, y acepta la nueva situación en la que vender neumáticos y atender a los suyos es lo que centra su quehacer y el sentido de su vida. 

Pero, como Cash le explica, aquello tiene un límite temporal. Vuelto a su lujoso apartamento, intenta por todos los medios localizar a Kate. Pero, ¡oh, sorpresa!, ésta, cuando él la abandonó camino de Europa, se convirtió no en una amable ama de casa, sino en una agresiva y triunfadora abogada.

Los dos añoran esa vida que podría haber sido y que sin embargo no fue, porque uno de ellos decidió que era más importante lograr sus objetivos profesionales que atender a sus necesidades afectivas.

Este metraje contiene interesantes enseñanzas:

1.- El trabajo es importante: ¡hay que ganarse la vida! Pero, el trabajo es para vivir; no se trata de vivir para trabajar.

2.- Convertirse en un workaholic es una alternativa demasiado tentadora en un mundo en el que lo que más se valora con frecuencia (al menos en apariencia) es el triunfo profesional y los grandes rendimientos económicos.

3.- La vida afectiva tiene que tener un equilibrio. Se logra en cierto modo a base de mutuas cesiones. Quien siempre intenta imponer su opinión, rompe la armonía del mejor de los hogares. Por el contrario, quien establece un estilo de mutuo servicio logra un ambiente de grata convivencia.

4.- La sonrisa de un ser querido (en este caso de la cría pequeña) compensa por todos los sinsabores que es preciso afrontar para sacar adelante el hogar. Lo que más se aprecia en la vida es algo desinteresado, no lo que es fruto de una mera relación do ut des.

5.- El lenguaje no verbal es tan importante o más que el verbal. Estar atento a lo que hace el crío exige entrega y generosidad. Esto lo aprende un ejecutivo agresivo que sólo entendía de resultados en su compañía de Wall Street.

6.- Saber ‘perder el tiempo’ cuando es necesario forma parte de la existencia. La mocita reconoce a su padre precisamente cuando éste se entretiene sin límite egoísta en lo que a ella le interesa. Su comentario es aplastante:

-Tú eres papá.

7.- ¿Para qué es necesario disponer de cantidades ingentes de dinero, si no hay nadie con quien compartirlo, nadie con quien gastarlo, no en una juerga sino en mutua compañía?

La película, que tiene bastante de sentimentalismo made in America apunta, sin embargo, con un lenguaje actual a esa disyuntiva que muchos se plantean más o menos explícitamente: renunciar al éxito por la familia; o a ésta por aquél.

Caben, en fin, dos preguntas:

1.- ¿No es posible lograr una vida armónica en la que se logre suficiente dinero para desarrollar la propia existencia, siendo así feliz?

2.- ¿No debería repensarse el sistema económico en su conjunto, para facilitar las condiciones de posibilidad de una vida honorable?

Quizá tanto empeño por maximizar rendimientos accionariales no sea sino el fruto de un egoísmo convertido en realidad institucional. Un poco más de generosidad, fruto del sentido común, resolvería muchos de los grandes problemas de nuestro tiempo.

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