lunes, 18 de febrero de 2013

LA FUERZA DEL CARIÑO


Título: La fuerza del cariño

Director: James L. Brooks

Intérpretes: Shirley Mac Laine, Debra Winger, Jack Nicholson, Danny De Vito, Jeff Daniels y John Lithgow.

Año: 1983
 
Shirley MacLaine es una madre obsesionada por el bienestar de su hija. Quizá el problema se encuentre en que, al menos en alguna medida, más que quererla, se ama a sí misma reflejada en la chica. Esa ofuscación pesará como un inoportuno lastre a lo largo de la vida de la muchacha, Debra Wigner. No es que falten consejos apropiados, como por ejemplo la distancia vital existente entre la hija y el novio de ésta. Pero al formularlos más que otra cosa por no permitir que la moza se aleje, pierde eficacia el aviso.
El vecino de MacLaine es un ex-astronauta borrachín y mujeriego, Jack Nicholson, que acaba también por encandilar a la aparentemente fría protagonista.
La vida va desarrollándose, en parte con las subidas y bajadas propias de toda existencia, y en cierta medida orientada por la fijación pansexualista de muchos productos de Hollywood. Parecería que lo fundamental es lograr alguien con quien acostarse y retozar, independientemente de la edad y circunstancias. Con todo, la conciencia –juicio próximo de moralidad- no está ausente ni siquiera aquí, y el empleado de banca que enreda con Debra Wigner reconoce que, a pesar del goce obtenido, algo le indica que aquello ha sido –los dos están casados- sencillamente un adulterio.
Muchas son las enseñanzas de este metraje, para la vida en general, y para el mundo empresarial en particular:
            1.- Toda formación ha de realizarse esencialmente en la libertad. Pretender controlar –manipular- a otras personas no es quererlas, es un tipo de narcisismo. Es lógico que la gente se resista a aceptar pasivamente esa situación.
            2.- Las mejoras profesionales –en el caso del marido de Debra Wigner se concreta en una titularidad de literatura en una lejana universidad de Nebraska- hay que procurar juzgarlas con objetividad, para que haya rectitud en las decisiones. En el caso que nos ocupa, el viaje sólo enmascara un ‘ligue’ que el buen mozo desea mantener con Janisse. Eso, a pesar de tener ya tres criaturas.
            3.- En la enseñanza hay tiempo para estudiar, para profundizar, para ilustrarse. El coste habitual de la disponibilidad de tiempo y del ‘enriquecimiento’ cultural es la escasez de retribución. De hecho, como bien se refleja en este caso, la familia se pasa el día lampando para llegar a fin de mes.
            4.- Los hijos tienen reacciones que a veces son capaces de desanimar al más pintado. En el caso que nos ocupa, Tony, el mayor, se comporta de manera netamente egoísta, considerando que todos los demás lo son –empezando por su madre- sencillamente porque no se pasan el día pensando en él.
            5.- Las peleas entre los padres acaban afectando a los muchachos, que toman partido –sin entender bien las razones- por uno de los dos progenitores.
            6.- La contraposición entre el ambiente rural y el urbano es soberbiamente explicado en el viaje de la ya enferma Debra Winger a Nueva York, donde su amiga del alma la acoge para que se ‘despeje’ en medio de su enfermedad terminal.
La crítica de una sociedad en la que el pudor no existe –con gran descaro hablan de los divorcios, los abortos o incluso de una herpes vaginal- es devastante. ¿Qué confidencialidad puede darse ahí? ¿Cómo surgirá la verdadera confianza cuando todo, indiscriminadamente, es expuesto a la luz pública? No se trata de secreteos, sencillamente del razonable respeto de la intimidad ajena, que tanto en Nueva York, como en muchos sitios teóricamente más respetables parece haberse diluido.
            7.- Las miradas de perplejidad de las neoyorkinas a la recién llegada, sencillamente porque no ha trabajado profesionalmente, por dedicarse a sus hijos, son de antología. Ellas, con sus trajes última moda, sus peinados esperpénticos y sus prisas, parecen, sin embargo, absolutamente carentes de un refugio afectivo.
            8.- Al final, acaba diferenciándose entre la necesidad biológica no controlada y el verdadero amor. Así, a pesar de los devaneos de unos y de otros, a la hora de la verdad, a punto de dejar ya la tierra, Debra reconoce su loco amor por su marido. Y éste, a pesar de sus lamentables ‘escapadas’ también reconoce la diferencia entre éstas y el auténtico cariño.
            9.- La muerte es una realidad insoslayable. Obviarla es un intento vano, porque antes o después acaba presentándose. Tener las maletas preparadas siempre es un buen sistema para vivir en paz con uno mismo y con los demás.
            10.- Toda persona necesita una justificación de sí misma, por muchas que hayan sido sus limitaciones, y también un motivo para mirar al futuro. Aquí son los críos, para los que sólo hay atención, aprecio y cariño, a pesar de sus respuestas insolentes. Cabe entender que, en buena medida, porque la formación que les fue proporcionada no ha sido la adecuada.
            11.- Las reacciones desabridas de algunos enfermos no han de ser tenidas en cuenta. A veces se cantan allí verdades que han permanecido latentes: ya cerca del final de sus jornadas terrenas, la moza le espeta a su madre, cuando ésta insiste en sus sentimientos respecto al ex-astronauta: ¿no serás nunca capaz de preocuparte por algo que no seas tú misma?
            12.- Todo el mundo necesita un confidente. En este caso, la relación madre-hija no es la mejor del mundo pero, en los momentos de mayor dificultad, acuden la una a la otra. Resulta antológica la conversación de MacLaine con las enfermeras, que se retrasan a poner un calmante.
La explicación de una de ellas, como si el tema no le afectase, es:
            -No es mi paciente.
Devolver humanidad al trabajo en los hospitales es uno de los retos pendientes para el milenio recién estrenado...
            13.- La felicidad está hecha de detalles pequeños. Por ejemplo, la corbata que el profesor se niega sistemáticamente a ponerse, porque considera que sería una claudicación ante los deseos de la suegra. Luego, sin embargo, cuando va a visitar a su ya agonizante esposa, se la pondrá como muestra de su cariño por ella.
Se echa en falta una referencia al más allá. Parece como si en Hollywood estuviera prohibido abordar cuestiones que no fueran la inmediatez. Hablar sensatamente de Dios en una película –podría decirse parafraseando a una autora rusa- puede resultar demasiado preligroso en ambiente tan romo como aquél.

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