lunes, 11 de marzo de 2013

EL RESENTIMIENTO. El ejemplo de Euristeo


Gentes hay en el ámbito empresarial –y en el mundo en general- que, incapaces de centrarse en sus ocupaciones, se dejan arrastrar por una peculiar paranoia, que manifiestan en forma de agresividad. Diversas son las causas de esa lamentable situación –afirmarse a base de negar a otro u otros-, y es muestra de alma pequeñita.

Yolao (antiguo alto ejecutivo) era hijo de Ificles (el fundador de la estirpe) y sobrino de Heracles (uno de los socios). En su juventud, había trabajado con su tío en diversas batallas (iniciativas empresariales diríamos aquí y ahora). Cuando los proyectos se les desbarataron, los hijos de Heracles (es decir, los primos de Yolao) fueron objeto de persecución por parte del nuevo hombre fuerte del momento: Euristeo. Encontró éste una marioneta (en forma de Consejero Delegado y ahora también portavoz) encargada de realizar el trabajo sucio: Copreo. Cuando Yolao se retiró con sus primos a territorios más seguros (otra empresa puesta en marcha para sacar adelante a la familia), reciben la visita del títere malvado.

            -Oh, hijos, hijos! Cogeos de mis ropas. Aquí veo al mensajero de Euristeo caminando hacia nosotros, que no deja de perseguirnos, errantes, privados de todo país. ¡Oh objeto de odio! ¡Así te mueras tú y el hombre que te ha enviado! ¡Cuántas veces ya al noble padre de éstos le has anunciado desde esa misma boca!

            El malhadado heraldo responde con cínica ironía:

            -Piensas quizá que es hermoso el sitio en que te has sentado y que has llegado a una ciudad aliada, porque desvarías.

            Y pasa enseguida a la amenaza, arma arrojadiza que emplean los más rastreros en las entidades mercantiles:

            -Es preciso que tú te levantes para dirigirte a Argos, donde te aguarda la pena de lapidación.

            Yolao se dirige en primer lugar a sus nuevos socios, aludiendo también a su pertenencia a la correspondiente asociación profesional:

            -¡Oh vosotros que habitáis Atenas desde hace largo tiempo! ¡Defendednos! A pesar de que somos suplicantes de Zeus, protector del ágora, se nos hace violencia y pisotean nuestras diademas. ¡Ultraje para la ciudad y deshonra hacia los dioses!

De hecho, y no es casualidad, cuando un gobernante desea hacerse con el poder, opta por uno de los siguientes métodos:

            1.- Implantar una policía persecutoria, que oprima y reprima cualquier movimiento libre de los ciudadanos que pretende –o ha logrado- someter.

            2.- Mucho más frecuente resulta en nuestros días, el intento de reducir a la persona a interlocutor aislado. Para eso, se desintegra la familia, se minan los colegios profesionales, y, en general, cualquier movimiento asociativo.

La razón más fuerte para defender a los nuevos socios es la existencia de principios inviolables:

            -Es natural, extranjero, respetar a los suplicantes de los dioses, y que tú no abandones la sede de las divinidades a causa de una mano violenta. Pues la venerable justicia no consentirá tal abuso.

El baboso vocero, impertérrito a ese tipo de argumentos, pasa a la sutil amenaza: promete paz si la justicia es inmolada en el altar de la vergüenza:

            -Es hermoso, de seguro, tener el pie a salvo de dificultades, por haber tomado una decisión más conveniente.

Quien no tiene la fuerza de la razón, acude con facilitad a la razón de la fuerza, de la intimidación, del ultimátum chantajista.

No se corta siquiera ante la presencia del Presidente de la Institución en la que Yolao y sus sobrinos se encuentran ahora, Demofonte. Éste, de un golpe, se da cuenta de la calaña del individuo con el que trata, y es que el abusón pendenciero es fácil de reconocer: aunque la mona se vista de seda...:

            -En verdad, tiene de griego el vestido y la disposición de sus ropas, pero las obras son propias de una mano bárbara.

El portavoz no tiene pelos en la lengua: primero promete y engatusa, pero al ver que no logra, pasa a la amenaza:

            -De nuestra parte te es posible recibir lo siguiente: el poderío tan importante de Argos y toda la fuerza de Euristeo para apoyar a esta ciudad.

Cuántas veces un empresario ha oído términos semejantes sobre la conveniencia de traicionar, por ejemplo, a su proveedor habitual –de quien ninguna queja tiene- y pasarse a la competencia, que promete y amenaza. Así siguió nuestro heraldo:

            -Si te ablandas por atender las palabras y lamentos de éstos, el asunto va a derivar en un combate de lanza. Pues no pienses que dejaremos este pleito sin contar con el hierro.

Las intimidaciones por todos los males que pueden acaecer de no escuchar a las peticiones-amenazas recuerdan tanto las apocalípticas palabras de Hayek en La fatal arrogancia como las de Huxley en Un mundo feliz.

            Continúa nuestro hombre:

            -Hazme caso. Sin darme nada, sino permitiendo que me lleve lo mío, gánate a Micena, y que no te pase lo que soléis hacer: que, siendo posible elegir por amigos a los mejores, prefieras a los que son peores.

            Corifeo ofrece el sentido común que parece faltar en este discurso resentido y nervioso. Pretende con su intervención denunciar el grave error que supondría caer en la precipitación. Y es que es preciso el desapasionamiento y la objetividad. Situaciones anímicas, por cierto, poco frecuentes:

            -¿Quién podría decidir un juicio o reconocer una razón, antes de comprender claramente el relato de ambas partes?

La intervención es ejemplo de mesura. Entre otras cosas porque huye explícitamente de ese mal tan frecuente en las organizaciones: el panegírico inmerecido a quien hace cabeza. Sólo los más vanidosos necesitan continuas dosis de incienso quemados ante sus eminentes pronunciamientos. Y cuando otros no les alaban suficientemente, son ellos los encargados de recordar a los demás sus extraordinarias capacidades. Lo que en realidad producen es hilaridad. Así lo expresa:

            -Es odioso elogiar demasiado, y sé que me he molestado personalmente muchas veces ya, por ser elogiado en exceso. 

Sus palabras son serenas, llanas, claras, sin afectación:

            -Si va a ocurrir eso (la entrega de los inocentes) y escogen tus razones (se dirige al mensajero), ya no considero yo libre a esta Atenas. Yo sé de la voluntad y la naturaleza de ellos. Estarán dispuestos a morir, pues entre los hombres nobles se aprecia la vergüenza antes que la vida.

 Al cabo, concluye, dirigiéndose a Demofonte:

            -De ninguna manera deshonres a los hijos de Heracles después de haberlos acogido en tus brazos. Muéstrate familiar de éstos, hazte su padre, su hermano, su amo...

La respuesta de éste es modelo para quienes están dispuestos a afrontar sacrificios en beneficio de la justicia, aunque lo más sencillo fuese ceder a los abyectos. Se refiere primero a la defensa de principios irrenunciables como debe haber en toda civilización. Es el referente sobrenatural:

            -Tres caminos de tu desgracia me obligan, Yolao, a no rechazar a tus extranjeros. Lo más importante, Zeus, a cuyo altar estás acogido con este conjunto de niños.   

En segundo término aparece la explicitación del pacta sunt servanda, coadyuvado en este caso por la importantísima virtud de la gratitud:

            -...el parentesco y la obligación previa por parte nuestra de hacer bien a éstos en agradecimiento a su padre...

            Por último, se alude a la dignidad y a la libertad  (last but not least):

            -...y el honor, por el que hay que preocuparse ante todo. Pues si dejo que este altar sea saqueado a la fuerza por un extranjero, parecerá que no habito una tierra libre y que he entregado traidorametne los suplicantes a los argivos por vacilación. Y eso casi merecería la horca.  

No se da por vencido el mensajero, y acude al sibilino y poco elegante argumento de forzar la conciencia de Demofonte, confundiendo -¡una vez más y desde entonces cuántas hasta nuestros días!- el objeto moral con el físico. Hay gente que negará que haya realizado una mala acción al mover su dedo sobre el gatillo, forzándolo hacia atrás. En realidad, ha asesinado, aunque trate de distraer a su conciencia como si una mera actuación fisiológica (retrasar levemente el índice) no tuviera relevancia ética. Así lo dice nuestro heraldo:

            -Tú échalo de tus fronteras, y, luego, desde allí nos los llevaremos.

            Su trapacería es descubierta de inmediato, y por eso se le espeta:

            -Eres torpe de nacimiento, si albergas proyectos que corrijan los de la divinidad. 

A la vez que Demofonte muestra toda su rectitud de alma al afirmar que él y los suyos están dispuestos a sufrirlo todo con tal de que, cuanto menos él, no cometa ultraje contra los dioses. Lo fácil sería actuar contra su conciencia, pero él no lo hará... Paradigma diáfano para quienes están dispuestos a vender su alma y a los suyos con tal de incrementar ganacias... 

La situación sigue encrespándose, hasta que el hombre bueno, el mediador que no debe faltar en ninguna negociación, interviene:

            -Vete (le dice al heraldo). Y tú, señor, no le pongas las manos encima.  

El agradecimiento emocionado estalla en la intervención de Yolao:

            -¡Oh hijos! Hemos llegado a una prueba de amigos. Si un día alumbra para vosotros el regreso a la patria y poseéis el palacio y los honores de vuestro padre, considerardlos siempre salvadores y amigos y, acordándoos de esto, jamás alcéis una lanza enemiga contra su país, sino considerad su ciudad la más amiga de todas. Para vosotros son dignos de ser honrados aquellos que nos han librado de tener por enemigos una tierra tan grande (...) al vernos como mendigos errantes. Pero, sin embargo, no nos entregaron ni expulsaron del país. Yo, tanto vivo como muerto, cuando muera, con gran elogio te ensalzaré, oh amigo (...); que, como bien nacido, conservas por la Hélade la fama de tu padre, y que, nacido de padres nobles, en nada te has vuelto, por ventura, pero que tu padre, junto con otros pocos.

Efectivamente, concluye con una de las mejores alabanzas: quien a sus padres parece, honra merece. Aunque tiene un cierto tono pesimista, pues considera que muy pocos son quienes lo logran:

-Entre muchos –afirma- apenas se puede encontrar a uno que no sea inferior a su padre.  

Corifeo, en una intervención que parece como quitar importancia a lo realizado, ensalza más aún lo acaecido: no se trata de un hecho puntual, sino de un comportamiento habitual en esa tierra:

            -Desde siempre esta tierra decidió ayudar a la gente apurada a quien asiste el derecho. Por ello ha soportado ya infinitos trabajos en defensa de los amigos; y también ahora veo aquí cercana la contienda.  

Pero las buenas acciones no bastan para asegurar el futuro. Por eso, Demofonte, hombre práctico, agradece las promesas:       

-Bien has hablado y presumo, anciano, que luego éstos se portarán de tal modo. Se recordará el favor,

pero pone manos a la obra de inmediato:

-Yo haré una reunión de ciudadanos y los alinearé para recibir con numerosa tropa el ejército de los de Micenas. Primero mandaré espías hacia él, para que no me sorprenda en su ataque. Pues en Argos presto está todo hombre para acudir a la alarma. Tras reunir a los adivinos haré un sacrificio. Y tú marcha a palacio con los niños (...). Pues hay personas que se encarguen de tu cuidado, aunque yo esté ausente.
 
Yolao agradece las atenciones, pero, como creyente que es, considera importante, a pesar de las incomodidades que suponga, acudir al creador para que les ayude en esas circunstancias enrevesadas:

-No podría yo dejar el altar. Sentémonos ya aguardando aquí suplicantes para que tenga buen éxito la ciudad. Cuando se libre gloriosamente de esta contienda, iremos a tu palacio. Tenemos por aliados dioses no peores que los de los argivos, señor. Pues patrona de ellos es Hera, esposa de Zeus, y de nosotros, Atenea. Afirmo que también cuenta eso para el buen éxito: conseguir el favor de unos dioses mejores. Que Palas no soportará ser vencida.  

No siempre los colaboradores están dispuestos a cooperar en las necesidades de la organización o de otros miembros de la misma. Prefieren defender su status quo. Preocupados por la opinión pública y no por la defensa de los principios, están más inclinados al consenso que al esfuerzo:

-Ya ahora –piensa Demofonte- pueden verse amargas reuniones, diciendo unos que era justo defender a los extranjeros suplicantes, pero acusándome otros de locura.

Contentar a todo el mundo es imposible. Y eso, sin olvidar que el futuro va labrándose con el presente:

-Si hago cosas justas, cosas justas me pasarán.

Frente a los condescendientes, siempre aparece alguien con disposición de ayudar a los demás, de sacrificarse por el bien ajeno. En esta situación desesperada, Macaria se presenta voluntaria, para reducir los sufrimientos de Yolao y los suyos. Una vez más se verifica que es posible confiar en las personas (al menos en algunas):

-Al escuchar tus gemidos he salido –dice la muchacha al desconsolado Yolao-, no porque se me haya encargado hacer de embajadora de mi estirpe (...). Me preocupo la que más por mis hermanos y quiero informarme sobre ellos y sobe mí misma por si alguna pena, añadida a las desgracias de antes, muerde tu corazón.

Se desahoga entonces el desafortunado:

-A mí me dice –se refiere a Demofonte-, no a las claras, pero lo dice de algún modo, que, si no encontramos alguna salida de esto, busquemos algún otro país, y que él quiere salvar esta tierra.

Macaria está dispuesta a ofrecerse para proteger a aquellos inocentes de la injusticia:

-¿No es verdad que es mejor morir que obtener ese destino sin merecerlo? (se refiere a una existencia sin alicientes, la propia de los cobardes). Venced a los enemigos. Que hay aquí una vida que se ofrece voluntaria y no mal de su grado. Proclamo que muero en defensa de mis hermanos y de mí misma. Pues, por cierto, al no tener apego a mi vida, acabo de confirmar el descubrimiento más hermoso: dejar la vida con buena fama.

Anticipando algo en lo que años más tarde insistirá Aristóteles, Macaria habla de la relevancia de adoptar ciertos modos de vida desde la juventud, para irlos asentando paulatinamente:

-¡Oh! Pásalo bien, anciano, pásalo bien y edúcame a estos niños de la siguiente manera: listos para todo, como tú; en nada más, pues tendrán bastante. Trata de salvarlos, consérvate lleno de celo para que no mueran. Somos hijos tuyos. Hemos sido criados por tus manos. Ves que tambén yo ofrezco mi juventud propia del matrimonio, dispuesta a morir en vez de ellos. Y vosotros, compañía de mis hermanos que me asistís, que seáis felices y que gocéis de todo aquello por lo que será degollada mi vida.

En todas las decisiones, especialmente en las de quienes tienen asumida responsabilidad sobre los demás, resulta fundamental no perder el tiempo cuando es preciso actuar decididamente. Así lo recuerda explícitamente unos de los servidores:

-Ares odia ante todo a los que tardan.

Y en otra demostración de gran sentido común, recomienda el servidor no envidiar a quien aparenta ser feliz, hasta que uno lo vea muerto. Que efímeras son las vicisitudes de la fortuna.

Al final, como muchos que se han dejado dominar por la pasión incontrolada de la ira, Euristeo paga sus penas en forma de muerte violencia. Se cumplió un refrán que refleja lo mil veces sucedido a lo largo de la historia: quien a hierro mata, a hierro muere. Quien maltrata a otros aprovechando su potestas acaba pagando sus desvaríos, muchas veces con el mismo mal que el procuró para otros.

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Una anécdota

Cayo y Ticio coincidieron en la misma Universidad. En algo se parecían: en la esperpéntica corporalidad con la que la madre naturaleza les había dotado. Eran, por decirlo en román paladín, casi dos cuasimodos. Algo les diferenciaba, mientras uno era una mediocridad, él otro era una cabeza brillante. Paralelamente, el primero procedía de familia adinerada; el segundo, de gente sin posibles.

Era uno rencorosillo y no aceptaba las ironías, no siempre bienintencionadas de sus compañeros. El otro, haciendo gala de su superior razonar, solía concluir:

            -Nunca se ha medido al hombre por su belleza sino por sus neuronas, e ignoraba a los denigradores.

Pasaron los años. La inteligencia prevaleció. Venció en oposiciones, hizo dinero, incrementó su prestigio. Todo se volvieron alabanzas. Como si nunca se hubiese ridiculizado su figura, acumuló amigos. Era Ticio, cuando le conocí, hombre bueno, reconocido no sólo en España sino también allende las fronteras.

Cayo, utilizando influencias, pidiendo favores, apoyándose en sus endebles blasones (a todo el que podía le narraba que era Grande de España), fue situándose. Pero dentro de sí incubó resentimientos. No olvidó. Ya en edad madura llegó a un puesto de dirección en una universidad privada. Desde allí, aplicando el dicho de que la vendetta è un piatto che si manga freddo, intentó ridículas venganzas contra sus antiguos detractores (más bien, jueces imparciales). Producía su patétito comportamiento respuestas de interno desprecio. Externas no, porque ante la más ligera muestra de que no se le rendía suma pleitesía, sus subordinados sufrían sus ridículos -pero molestos- embates. Siempre hablaba de participación, pero era un triste dictador, sin cualidades para dirigir.

Quien no sabe perdonar, quien es resentido, acumula en su haber el desprecio interno, cuando no el irónico comentario de quienes se ven sometidos a sus simplonas maquinaciones. Fue, en fin, un esclavo de su propia memoria enferma. Vio agravios donde sólo había comportamientos más honrosos que él suyo. Y para crearse una cohorte de aduladores, repartió prebendas de forma ilegal. Quienes las recibieron le siguieron como se marcha tras una gallina clueca. Pero sólo para bromear después sobre aquel directivo que estaba convencido de que la lealtad se compra. No sabía que la fidelidad se merece. Pero nunca quienes tienen el corazón pequeñito, del tamaño de una almendra... podrida.

1 comentario:

  1. Hay unos cuantos Euristeos y Euristeas por ahí sueltos...

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