lunes, 18 de marzo de 2013

GATTACA


Título: Gattaca

Director: Andrew Nicoll

Intérpretes: Ethan Hawke, Jude Law, Uma Thurman, Alan Arkin, Xander Berkeley, Loren Dean, Gore Vidal.

Año: 1997

 
           
 
 Un mundo ‘ideal’ modelo Huxley es el entorno en el que se desarrolla este interesante metraje, en el que se analizan posibles situaciones que llegarían a producirse si la técnica genética no recibe con cierta celeridad una buena dosis de sentido común.
 Los niños, en la época en la que se desarrolla la película -¿quizá dentro de unos cien o ciento cincuenta años?-, son producidos ‘a la carta’. Los padres deciden cómo serán sus vástagos, aunque sea a costa de desechar aquellos óvulos fecundados que no cumplen con los requisitos deseados. La vida ha dejado de tener sentido. Únicamente cuenta la plena satisfacción de los proveedores de semen y óvulos, como si de meros sementales se tratase. La ciencia se encargará del resto... Se olvida, una vez más, que la unión entre un hombre y una mujer, si no tiene bien presente la idea de compromiso, no pasa de ser un mero intercambio de humores corporales (o a veces ni siquiera eso).
Vincent Freeman (Ethan Hawke) ha llegado al mundo –a decir de la película- como un ‘hijo de Dios’ y no como un producto de la tecnología. Eso le implica acumular algunas imperfecciones, que le llevarán probablemente a vivir menos que otros, incluido su hermano Anton (Loren Dean), por quien es sistemáticamente despreciado.
A pesar de sus orígenes poco científicos, Vincent está ansioso de ser enviado al espacio, porque ya la tierra se ha quedado pequeña para quienes desean aventuras. Para lograr su objetivo, logra la ayuda de Jerome Morrow (también Ethan Hawke), una de esas personas perfectamente diseñadas, pero que quedó paralítica al ser atropellado por un coche.
Vincent tiene que aplicarse a fondo, porque los controles son exhaustivos: todos los días se verifica la sangre, la orina, y periódicamente otros restos corporales, como los pelos o trozos de piel... Todo debe obtenerlo falsificado, pero con significativa fuerza de voluntad va avanzando en su propósito.
Cuando ya el despegue parece muy cercano, uno se los directores del centro Gattaca es asesinado. Casualmente a Vincent se le cae una pestaña, y se descubre que hay un ser inferior en el entorno de esa catedral del conocimiento genético. La llegada de la policia complica las cosas. Al final, es descubierto el asesino, el responsable del centro, que no quería que su siguiente misión fuese entorpecida por aquel pejiguero mando intermedio.
A pesar de todo, Vincent sigue adelante. En ese camino se suceden interesantes circunstancias. Por ejemplo, ante su enamoramiento con una de las responsables de la ‘pureza’ de los participantes en el programa, deciden ambos que los aspectos genéticos son accidentales, y que el amor tiene unas propiedades que la tecnología no podrá nunca entender.
El médico encargado de controlar la orina es mucho más espabilado de lo que parece. De hecho, como confiesa casi en la conclusión, él sabía desde el primer momento que Vincent no era quien decía ser. A pesar de todo, él mismo no cree en un sistema tan milimetrado y prescinde de esos ‘detalles’ para que el muchacho siga adelante en su propósito. Quizá, como deja entrever, porque él también tiene un hijo considerado ‘imperfecto’ por el sistema.
En esta lucha por eliminar el yo-no-válido, se establecen unas nuevas clases sociales claramente diferenciadas. Pero lo que una artificial tecnología intenta establecer, es sistemáticamente desbaratado por la realidad de la vida, en la que la lógica tiene una importancia grande, pero también muchos otros aspectos alógicos, como el corazón, los sentimientos, la lealtad, etc.
Cuando se re-establece una vieja disputa natatoria entre los hermanos Freeman, Vincent acaba ganando. Su explicación es muy sencilla:
            -Yo no me reservo nada para el regreso.
Eso le permite alcanzar metas mayores a las de su perfecto allegado.
Esta película ha sido objeto de muy diversas reflexiones, porque –a decir verdad- es de las que tiene la virtualidad de hacer pensar.
Quizá pueda destacarse la validez de su crítica de un mundo en el que sólo es admitido lo perfecto. La tecnología, carente de puntos de referencia éticos, se vuelve contra el propio hombre que la diseña y se venga de él, deshumanizándolo.
Merecería la pena que esos científicos empeñados en una carrera genética sin normas claras de actuación, contemplaran uno de los panoramas a los que puede llegar a conducir su mediocridad existencial, por mucho que sus concocimientos científicos sean indudables y profundos.
En el mundo de Gattaca, como en el actual, hay que tener en cuenta que el exceso de perfección desagrada. Aprender a moverse en medio de aguas turbulentas, y en concreto a gestionar imperfección es de los retos más apasionantes para los directivos de todos los tiempos, también los de nuestros días.
Algunas de las conversaciones pueden ser calificadas de antológicas. Por ejemplo, cuando Vincent y Jerome hablan de lo que cada uno ha hecho por el otro. Vicent afirma:
            -Tú me has dado tu cuerpo.
            Jerome responde enseguida:
            -Tú me diste tu sueño.
Y considera esto último más relevante que lo primero. Quizá sea un buen mensaje para cualquier totalitarismo, incluido el científico: es posible acabar con las personas, pero nunca será posible liquidar sus sueños, porque éstos siguen de generación en generación. Y en ellos, más que una vida perfectamente definida y científicamente impecable, se desea alcanzar la felicidad, que contiene elementos fundamentales de cierta indefinición, de azar...
 

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