martes, 9 de abril de 2013

LA TEMPLANZA EN EL GOBIERNO. El ejemplo del Cíclope.

Narra Eurípides que Odiseo, a su vuelta de Troya, llevado por malos vientos, atraca en tierras propiedad del Cíclope. ¿Qué encuentra allí? En primer término a Sileno (el Consejero Delegado).

No era Sileno hombre de sanas costumbres. Aun consciente de las malas consecuencias que produce una existencia no templada, no se había sentido capaz, desde la lejana juventud, de moderar sus intemperancias:

            -Oh Bromio (epíteto habitual del dios Dionisio[1]), por tu culpa tengo que soportar penas sin cuento ahora. 

Odiseo llega como potencial cliente. Desea adquirir alimentos para él y sus hombres.

Como todo aquel que es dominado por sus propias carencias de equilibrio, Silenio se prepara para, sin prevenirles de las maldades de su amo, tratar de hacer negocio, a la vez que colma su curiosidad (tendencia descontrolada también en cualquiera ayuno de sobriedad material y/o espiritual). Comenta con otros compañeros (empleados):

            -No saben qué clase de hombre es nuestro amo Polifemo, para haberse atrevido a poner el pie en esta morada hostil al huésped y haber llegado, para su desgracia,  a la mandíbula antropófaga del Cíclope. Mas tranquilizaos, para que nos podamos enterar de dónde vienen a esta roca siciliana del Etna.

Odiseo (el cliente) desconoce la calaña de su interlocutor. Su pregunta es inocente. Desea realizar una transacción y seguir adelante:

            -¿Podríais indicarme –pregunta- de dónde sacar agua corriente, remedio de nuestra sed, y si alguno quiere vender provisiones a marineros que están necesitados?

En ese momento descubre que los interlocutores no son los mejores:

            -¿Qué es lo que veo? Me parece que hemos caído en la ciudad de Bromio; estoy viendo aquí junto a la cueva un grupo de Sátiros.

 

A pesar de todo, decide comportarse, como siempre, con rectitud:

            -Empiezo por saludar al más anciano.

            Sileno, tras satisfacer sus afanes de fisgoneo, y despreocupado de los intereses de Cíclope (el accionista), decide hacer negocios por su cuenta:

            -Lo haré (la venta), sin preocuparme mucho de mis amos, pues me volvería loco de contento con apurar una sola copa (ha encontrado el objeto de su trueque: alimentos por vino), dándote a cambio los rebaños de todos los Cíclopes.

 Como sucede a quien se deja arrastrar por sus bajas pasiones, no falta la incontinencia sexual:

            -Bien loco está –añade- quien no se alegra bebiendo, cuando entonces es posible que ésta (y se señaló al miembro viril) se empine y acariciar un pecho y prado dispuesto a ser palpado con ambas manos, y es posible la danza y el olvido de los males.

Y es que quien está obsesionado por el propio placer –lo que Joubert denominaba “la felicidad de una parte del cuerpo”-, se hace incapaz de contemplar la realidad con amplitud. Su visión se reduce al personal interés y capricho. Consideran por eso los autores griegos que quien no es capaz de gobernarse a sí mismo difícilmente estará en condiciones de dirigir a otros...

La llegada del dueño (Ciclope) rompe los planes arteros del administrador:

            -¿Quién es esa multitud que veo junto a los establos?, le inquiere. ¿Han ocupado el país piratas o ladrones?

Sileno, como persona habituada a la traición, no duda un instante en cambiar de bando. Utilizando como excusa su rostro inflado por la bebida previamente consumida, clama entre lágrimas de cocodrilo que surcan sus mejillas hipócritas:

            -¡Ay de mí, siento fiebre roto como estoy por los golpes, desdichado!

Pregunta entonces el dueño:

            -¿Por causa de quién? ¿Quién se entrenó con tu cabeza para el pugilato, anciano?

No duda en acusar al inocente:

            -Por culpa de éstos (y apunta su dedo hacia los griegos), Cíclope, porque trataba de impedirles que te despojaran de lo tuyo.
 
Su inventiva trapacera no tiene límites, y carga su argumentación de falsedades:

            -Ellos se llevaban tus bienes y, aunque yo me oponía, se comían el queso y sacaban fuera los corderos. Y andaban diciendo que te atarían con un collar de tres brazos y, delante de tu ojo central, te sacarían las entrañas a la fuerza y con un látigo molerían a golpes tu espalda y, luego, atándote a los bancos de la nave y cargándote en ella, te venderían a alguno, para levantar piedras con una palanca o arrojarte a un molino.

Ante semejantes desatinos, la otra parte intenta poner algo de sentido común en esa especie de caos en que se ha convertido la inicial negociación:

            -Cíclope, escucha también, a tu vez, a los extranjeros –se defiende Odiseo-. Nosotros, necesitando comprar comida, nos hemos acercado a tu cueva, después de haber abandonado la nave. Los corderos que ves nos los estaba vendiendo ése por un vaso de vino y, después de haber probado la bebida, nos los entregaba, conformes ambas partes y sin mediar violencia alguna. Nada de lo que éste afirma tiene sentido, pues que fue sorprendido vendiendo, a escondidas tuyas, lo que te pertenece.

 

A pesar del alegato del cliente y del testimonio de Corifeo -yo te he visto con mis propios ojos vendiéndoles las provisiones. ¡Que muera mi padre si miento en lo que digo! Pero no eches la culpa a los extranjeros-, el dueño sigue confiando en su Consejero Delegado. Tal vez porque la ralea de los miembros de la Alta Dirección es casi siempre semejante.

 

Ante el cariz que toma la situación, Odiseo acude al corazón del Cíclope y también a las leyes que han de regir las relaciones mercantiles (en este caso, de los que se encuentran en dificultades en el proceloso océano):

            -Existe la costumbre entre los mortales (...) de acoger como suplicantes a los que sufren los embates del mar, entregarles dones de hospitalidad y socorrerlos con vestidos, pero no la de clavarlos alrededor de asadores que se usan para ensartar a los bueyes y llenar así tu estómago y tu mandíbula.

 

Concluye con una amenaza-recuerdo de carácter ético:

            -Frena la avidez de tu mandíbula, prefiere la piedad a la impiedad, pues las ganancias vergonzosas responden con castigo a la mayoría de los hombres.

 

La visión de Cíclope es netamente mercantilista, ajena a cualquier punto de referencia más sólido:

            -La riqueza, hombrecito, es dios para los sabios. Lo demás es rumor y bellas palabras.

 

Su desprecio de cualquier principio es tan apabullante como lamentable. Junto a eso se trasluce un patético descreimiento:

            -Yo no tiemblo ante el rayo de Zeus, extranjero, yo no sé en qué Zeus es un dios superior a mí. Lo demás no me interesa y, como me trae sin cuidado, escucha: cuando desde arriba se derrama la lluvia, en esta casa tengo refugio cubierto y me engullo un ternero asado o bien algún animal salvaje...

 

Como todo hombre inmoderado, no faltan groserías en su lenguaje:

            -...empapado bien mi estómago horizontal, después de apurar un ánfora de leche, hago resonar con pedos mi túnica, haciendo un ruido que puede competir con los truenos de Zeus.

 

La voracidad –sea por la cantidad de lo que se come o por su calidad: hay hasta cinco tipos de gula- no está ausente en gente desequilibrada:

            -Yo no sacrifico a nadie que no sea yo –a los dioses, ni hablar- o la más grande de las divinidades: esta tripa que veis. Pues beber y comer cada día, eso sí que es Zeus para los hombres sabios, y no entristecerse por nada.

Junto a esa vulgaridad, manifiesta su menosprecio por las leyes que regulan las relaciones entre los hombres:

            -En cuanto a los que establecieron las leyes, abigarrando la vida de los hombres, los invito a pudrirse. Yo no dejaré de hacer el bien a mi persona, ni de comerte a ti. Como dones de hospitalidad recibirás, para que yo no pueda granjearme así reproche, fuego, esta agua (...) y un caldero que, cociendo, envolverá a las mil maravillas tu carne mala de digerir.

La falta de lealtad es considerada por Odiseo peor incluso que los males sufridos por sus hombres en la guerra de Troya:

            -¡Oh, Palas, oh soberana diosa nacida de Zeus, ayúdame ahora, ayúdame, pues he llegado a peligros mayores que los de Ilión y estoy al borde del abismo!

Pero el héroe homérico emplea las propias perversidades de su interlocutor para salir de la difícil situación en la que se encuentra. La destemplanza del Cíclope será precisamente la causa última de su perdición. Así narra a sus compañeros cuál ha sido su experiencia junto al malvado:

            -Cuando yo me di cuenta de que él le tomaba gusto (al morapio), le serví otra copa, pensando que el vino lo heriría y en seguida pagaría su castigo. Y entonces se ponía a cantar y yo, derramando una copa tras otra, le calentaba las entrañas con la bebida. Y se puso a entonar, junto a mis compañeros de navegación que gemían, una canción sin armonía, y la cueva retumbaba.

Corifeo, ante el posible éxito de los planes de Odiseo, vuelve a traicionar a su superior:

            -¡Oh amigo queridísimo –le dice-, si pudiésemos ver ese día en el que hubiéramos logrado escapar de la impía cabeza del Cíclope!

Tanto se entusiasma el judas en esta nueva acción, que se interroga jubiloso:

            -¿Será posible que yo, como en una libación ofrecida a la divinidad, pueda tocar el tizón que ciega los ojos? Pues deseo participar en este crimen.

Ante las dudas de Odiseo por su fuerza física para ayudarle en su plan, proclama muy seguro de sí mismo:

            -Como si tuviese que levantar el peso de cien carros, con tal de que consigamos ahumar el ojo del Cíclope, que mala muerte tenga, como a una abeja.

Odiseo manifiesta su grandeza de ánimo al juzgar el complicado trance. Sus compañeros de aventura (los socios y/o empleados) están por encima de cualquier otra consideración:

            -No tengo la intención de salvarme yo solo, abandonando dentro a mis amigos, y eso que podría huir, pues ya estoy fuera de las profundidades de la cueva. Pero no es justo que me salve solo abandonando a mis amigos, con los que vine aquí.

¡Cuántas veces, sin embargo y desafortunadamente, las puñaladas no hay que esperarlas de la competencia (de los Cíclopes), sino de los que deberían ser leales compañeros de camino! Habitualmente, los mayores enemigos no se encuentran fuera: están dentro de la organización. Son los no dispuestos a arrimar el hombro, los que cacarean mientras otros ponen, quienes envidian a los que producen, erigiendo obstáculos viles... Innumerables carcajadas me produjo la mediocridad de cierto directivo de una entidad académica que riñó a uno de los profesores porque hacía demasiadas fotocopias. En realidad, aquel personaje nefando no había publicado prácticamente nada en su vida (y lo poco que se conocía era de una calidad lamentable), mientras que el reñido era uno de los próceres de su ciencia: la historia económica. Y es que demasiadas veces el gobierno está en manos de individuos anodinos, de visión corta y vuelos gallinaceos... Odiseo sería un buen paradigma para que lo imitasen y desaprendiesen sus maneras de niñatos envidiosos, de mente estrecha y corazón acomodado a la mezquindad.

En el caso que nos ocupa, a pesar de la buena voluntad de Odiseo, la cobardía ha hecho estragos. Éstos son los clamores que escucha:

            -Nosotros estamos muy lejos, delante de la puerta, para poder impulsar el fuego hacia su ojo.

Y otros, cuya mentira es aún más paticorta: sonrojamos de vergüenza ajena al oírles:

            -Nosotros hace un momento que nos hemos quedado cojos.

Alguno arguye otras patrañas de acoquinados:

            -A mí me ha ocurrido lo mismo, pues, a fuerza de estar de pie, nos ha dado un calambre en los pies no sé por qué causa.

Como sin cansarse de desvirtuar, proclaman los últimos:

            -Nuestros ojos están llenos de polvo o de ceniza, sin saber de dónde ha venido.

Llega la paciencia de Odiseo hasta el límite ante tanta bajeza:

            -Éstos que tengo aquí son unos cobardes y unos aliados de tres al cuarto.

Corifeo sigue aún con su doble juego, siempre cerca del sol que más calienta, pero sin arriesgar nada, a no ser una imaginación desbordante:

            -Yo conozco un encanto mágico de Orfeo verdaderamente estupendo para que el tizón, pentrando en el cráneo sin que nadie lo impulse, pueda quemar al hijo de la Tierra, el de un solo ojo.

Odiseo, como tantas veces en la vida, echa mano de aquellos pocos en los que uno puede apoyarse a lo largo de su existencia:

            -No tengo más remedio que recurrir a mis propios amigos, concluye.

El sátiro, permanente cínico, se alegra de la valentía de aquel a quien aparentemente ayuda. (Buena lección es siempre no embarcarse en proyectos sino con aquellos dispuestos a perder lo mismo que uno en cualquier iniciativa...). Concluye, pues, con una expresión típica de la época, que hacía referencia a ciertos personajes del Asia Menor que eran empleados habitualmente como mercenarios, refiriéndose a Odiseo:

            -Correremos el peligro a expensas del cario.

            Actúa, por fin, Odiseo, mientras otros, desde la barrera, entonan:

            -¡Vamos, vamos, impulsad con valor, rápido! ¡Quemad el párpado de la bestia devoradora de huéspedes! ¡Ahumad, quemad al pastor del Etan! ¡Da vueltas, tira! ¡Cuidado, no sea que, presa del dolor, te haga algo a la desesperada!

El Cíclope cae entonces en la cuenta de que fue su falta de templanza –el exceso de alcohol en este caso- lo que le ha impedido permanecer vigilante. Corifeo lo explicita:

            -Terrible es el vino y duro de vencer.

Ni siquiera en su desgracia es capaz del malvado de aprender la lección. Sus descomedimientos se concretan ahora en una reacción del alma: el odio:

            -Arrancando un trozo de esta roca, lo arrojaré sobre ti y te destrozaré con tus compañeros de navegación. Iré arriba, a lo alto del acantilado, aunque esté ciego, arrastrándome con el pie por esta cueva de doble salida.

Corifeo, por su parte, como tantos traidorzuelos, halagadores del poderoso del momento, carentes de principios sólidos, se pasa definitivamente al bando de Odiseo, no por ser él, sino por haber vencido:

            -Nosotros acompañaremos en la navegación a este Odiseo, y serviremos en el futuro a Baco.

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Una anécdota

Era Cayo un hombre brillante en su actividad. Pertenecía a cierta Asociación profesional. Muchas veces se había pensado, tanto allí como en otras sedes, ofrecerle la posibilidad de ocupar un puesto de mayor relevancia. Uno era, sin embargo, el punto débil de nuestro hombre: el buen comer, acompañado de un excesivo beber.

No había reunión en la que Cayo no se atiborrase de morapio. Ocasiones no faltaban, porque a cierto nivel corre el tinto con generosidad en cuanto se reúnen los directivos. Al principio todo marchaba bien. La conversación era ágil, los temas se iban discutiendo y decidiendo a buen ritmo.
 
Tras la primera cerveza, una segunda. Tras ésa, caía la tercera. Entraba luego con buen riego el primer plato. En el segundo los problemas eran cada vez mayores. Si alguien sugería con delicadeza limitar aquel exceso, el destemplado se ponía hecho un basilisco:

            -No soy un niño. Dejadme en paz, refunfuñaba ya de forma casi ininteligible.

Pasado el rato, ya en los postres, no faltaban casi nunca un par de wiskhies. En varias ocasiones tuvo que ser acompañado a su casa.

La brillantez de aquella mente se veía empañada por ese hábito lamentable que le condujo a una patología importante: un alcoholismo crónico, del que le resultó imposible remontar. Perdió importantes oportunidades profesionales, tuvo problemas familiares, y los amigos se alejaron, porque resultaba humanamente desagradable verle engullir con ansiedad y sobre todo agarrarse de forma tan intemperada a cualquier botella repleta de alcohol.


Ha ido desapareciendo de los foros profesionales. Quizá -ojalá me equivoque- continuará bebiéndose su significativo patrimonio familiar.
          



[1] Bromio era un término onomatopéyico que significaba “quien causa estrépito”. Aludía sin duda al bullicio provocado por el cortejo orgiástico del dios Baco (Dionisio).

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