lunes, 15 de abril de 2013

LEYENDAS DE PASIÓN


Título: Leyendas de pasión

Director: Edward Zwick

Intérpretes: Brad Pitt, Anthony Hopkins, Aidan Quinn, Julia Ormand y Harry Thomas.

Año: 1994

 

 

 
 
El Coronel William Ludlow (Anthony Hopkins) abandonó el ejército decepcionado por el trato que el gobierno norteamericano daba a los indios (es de las escasas películas realizadas en EE.UU en las que se hace algo de autocrítica sobre este punto tan lacerante de su historia). No fue ése su último fiasco. Al cabo de no mucho tiempo, ya instalados en Montana, su mujer decide tornar a Europa, donde aseugra encontrarse más a gusto, como si ése pudiese ser el criterio definitivo de una decisión de tal envergadura. Abandona así a la familia, a la que se dirigirá a partir de ese momento por carta, salvo esporádicas visitas. En una de esas misivas -¡increíble!- llega a acusar a su marido de ser ‘demasiado’ responsable en la formación de los vástagos... Desde luego más que ella, que los abandona como si haberlos tenido no implicase el gustoso deber de prepararlos para la vida.
La ausencia de la madre se hace notar enseguida en el clan, porque el padre dominaba probablemente el arte de adiestrar soldados, pero de formar hijos sabía más bien poco: todo pretende resolverlo en función del ordeno y mando. Los hijos -el mayor, Alfred (Aidan Quinn), Tristan (Brad Pitt) y el pequeño, Samuel (Henry Thomas)-, cada uno a su estilo, van desarrollando su personalidad. En todos se aprecia la falta de un punto de referencia afectivo, y muy particularmente en el caso de Tristan. Su vida será el hilo conductor del metraje, que emplea la técnica de un narrador –el indio que atiende a la familia-, para explicar los amplios saltos temporales que van sucediéndose.
Tristan es, con mucho, el más fuerte. Dentro de sí, se nos explica, alberga (como todo el mundo, pero quizá un poco más radicalizadamente) dos voces: la propiamente humana y la del oso, que le llevará periódicamente a comportarse alógicamente, abandonando familia, compromisos, promesas...
Samuel, el más joven, se enamora de Susane (Julia Ormond), extraordinariamente frágil, quizá por haber quedado huérfana de muy pequeña. Llegada al rancho, la presencia del ‘salvaje’ Tristan hace cambiar las cosas. Como a toda mujer, la fuerza le agrada. Y, como a todas, le gusta gustar, cosa que consigue con el salvaje Tristan. Piensa, en su ingenuidad, que logrará domar aquella fuerza telúrica. Amargas serán, con el tiempo, sus sucesivas desilusiones. Entre tanto, en una torpe conversación, Tristan aconseja a Samuel que ‘conozca’ a su novia antes de la boda. Esos conocimientos, por lo general, nada bueno traen después... Aquí, en cualquier caso, nada sucede por el momento.

Pero no sólo se ha enamorado Tristan, también Alfred, el mayor, ha quedado prendido de la chica. Antes de que nada pueda suceder, se lanzan a la aventura de participar en la primera Guerra Mundial, a pesar de la firme oposición de su progenitor. En el fondo, quizá, a éste tampoco le desagrada del todo que sus hijos se arriesguen, aunque hasta el último momento pretende detenerlos. También él tiene una clara preferencia, la de Tristan: es el más indomable, y eso le atrae.
Llegados al frente, una voz en off sigue leyendo las cartas que cruzan el Atlántico. Muy interesante: lo que se pensaba que podía ser razón de morir, decepciona grandemente a los hermanos más guerreros, el mayor y el menor. Sólo en el frente reconocen su ingenuidad, y se autoculpan por no haber hecho caso a su progenitor. ¡Cuántas veces sucede esto, que uno se da cuenta de la razón que tenían sus padres demasiado tarde...!
 En general, las guerras son una insensatez arracional en las que la humanidad purga los pecados de una generación... La Primera Guerra Mundial fue un ejemplo especialmente sangriento, pero seguimos sin aprender. Allí dejará su vida Samuel a pesar de los desesperados esfuerzos de Tristan por salvarle.
Mientras, padre y futura nuera procuran acercarse al hogar formado por los sirvientes, para hallar allí el calor de hogar que ellos solos no generan.
La vida sigue: el corazón de Samuel es enterrado de vuelta a casa, Alfred regresa con él y se enamora de la moza (y ésta le da calabazas inicialmente), Tristan opta por seguir sus tendencias y recorre el mundo en busca de un sentido para sí mismo. Todo eso, después de haber ‘conocido’ a la novia del hermano. Luego, la sangre salpicará a la familia también en Montana, porque el tráfico de alcohol con el que Tristan se gana la vida tiene demasiados competidores poderosos y dispuestos a todo.
Muchas son las enseñanzas de esta película para el mundo de la empresa:
1.- Cuando los negocios no se atienden, dejan de ir bien. Éste es el caso de la explotación ganadera de la familia, arruinada por la bajada de precios, y por las escasas dotes del padre para los negocios.
2.- En cualquier negocio –lícito o ilícito- alguien llegó antes. Y el que empieza ve con malos ojos el intento de desembarco de un competidor.
3.- La autoridad consiente los negocios irregulares de uno, pero no los de otro. Así, apoyan a la competencia de Tristan, pero a éste le ponen todas las dificultades.
4.- Para desarrollar un negocio con visos de estabilidad, es precisa un cierto equilibrio emocional. De lo contrario, en el momento más inesperado todo lo organizado puede saltar por los aires.
5.- Difícil resulta muchas veces encontrar un político honrado, porque los campos en los que se ve obligado a pactar rayan muchas veces –velis, nolis- con lo irregular. Así lo denuncia el coronel con gran amargura cuando su hijo Alfred se introduce por primera vez en política.
6.- Los lazos de la sangre, por muchas diferencias que puedan establecerse, tienen un grandísimo peso. Así, en los momentos de mayor dificultad, Alfred acabará saliendo en defensa de la familia, a pesar de los problemas que eso le provocará en su desarrollo profesional.

7.- Las explicaciones de ayer no siempre funcionan mañana. El coronel está obsesionado, a causa de su experiencia, en que todos los que se acercan al gobierno son parásitos. Algo de razón no le falta, pero también se encuentran personas que hacen carrera política con honradez, sin afanes de injustas prebendas.
8.- La vida (la Providencia, en realidad) hace que la existencia acabe equilibrándose. Alfred triunfa en política y en los negocios, pero fracasa en la vida afectiva, en la que Tristan destaca... Por eso, a nadie hay que envidiar.
Aunque la película tiene algunas explicaciones algo histriónicas, es un gran largometraje, en el que contemplar el auto descubrimiento sucesivo de las personas. En el caso de Tristan, porque, tal como se explica (y sirve para todos), vivía entre este mundo y el otro.

 

 

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