lunes, 10 de junio de 2013

LA RELATIVIDAD DE LOS TRIUNFOS. El ejemplo de Cimón, Tucídides, Herodoto (y Grant)


Cimón, hijo del Milcíades, tuvo muchos toros que lidiar, en buena media a causa del éxito de su padre en la batalla de Maratón. No había sido  fácil, ya de tiempo atrás, la situación de la familia. Así suele suceder en todas las sagas. Pero cada uno tiende a vivir los obstáculos propios como si fueran los únicos en la historia del mundo. No está de más por eso recordar -antes de deternernos en la enseñanza que nos ocupará- a los ancestros.

Ayax era hijo de Telamón. Durante la guerra de Troya casó con una cautiva: Tecmesa, hija de Teleutante, rey frigio. De aquel amor nació Eurísaces. Todo prometía una familia feliz, porque tras haber reinado en Salamina se había dirigido con doce naves hacia Troya. Era reconocido como el guerrero más valiente tras Aquiles. Descrito como robusto, alto, apuesto, sabía mantener la calma en medio de las circunstancias de mayor tensión. Era también conocido por lo pesadamente armado que siempre iba. Su escudo contaba con siete pieles de buey superpuestas. La capa octava, exterior, era una placa de bronce.

Todo se estropeó cuando le fueron negadas las armas de Aquiles. Tetis (la más famosa de las nereidas, divinidad marítima e inmortal), hija de Nereo y de Dóride, había prometido ese armamento o al más valiente de los griegos o a quien más terror hubiera producido en los troyanos. Para conocer quién sería el agraciado se interrogó a los prisioneros, quienes, parece ser que por despecho, denominaron a Ulises y no a Ayax. Esa noche, quien debía haber asumido su derrota con hombría de bien, sin darle mayor importancia (todo el mundo, incluso los más poderosos están sujetos a alguna contradicción y es bueno  que se asuman sin particulares aspavientos), enloqueció y aniquiló los rebaños que habían de alimentar a sus conciudadanos. A la mañana siguiente, recuperada la lucidez, en vez de rectificar, ahondó en su error y, al ser consciente de la enajenación por la que había pasado decidió quitarse la vida.

La decisión de autoprivarse de la existencia es lamentablemente adoptada por algunos empresarios y/o ejecutivos (con más frecuencia en ciertas culturas orientales) para no sufrir el bochorno por las actuaciones cometidas. Varios comentarios merece esa actuación:

            1.- Manifiesta cobardía, porque como reza el refrán: a lo hecho, pecho...;

            2.- Se procura solucionar un mal con otro aun mayor;

            3.- El suicidio  es una especie de desprecio universal a todas las bellezas de la naturaleza, al bien de la creación entera. Es un intento de aniquilación de todo el planeta concretado en uno mismo;

            4.- Es imposible juzgar lo que acaece por la mente de una persona que adopta esta solución final. En muchos casos será "explicable" por una enajenación de la que no resultará culpable (al menos así lo sospecho de las personas que he conocido y tratado, y que años después he sabido que habían optado por esa alternativa: ¿quién puede juzgar con cierta objetividad los sufrimientos, por ejemplo, de quien padece una profunda depresión?).

Ayax, momentos antes de adoptar semejante decisión, confió a su hijo -el mencionado Eurísaces- a Teucro. En su regreso a Salamina de Ática, su tío Teucro dispuso que viajaran en barcos distintos. Y como siempre hay alguien que se molesta por las decisiones de otros, el rey Telamón entró en cólera, que se concretó en el destierro del pobre Teucro. Transcurrido algún tiempo, junto con su hermano Fileo, optó por entregar la isla de Salamina a los atenienses, y toda su familia allí se estableció. Como ya hemos señalado, de este tronco nacería Milcíades y, de éste Cimón, en quien nos detenemos ya.

El reconocimiento de un triunfo dura poco, porque, como he desarrollado en otros lugares, la guadaña de la envida está siempre al acecho de quienes osan pretender salir de la mediocridad de su entorno. Así sucedió con Milcíades. Tras la victoria ya narrada de Maratón, Milcíades recibió el encargo de recuperar la isla de Paros. Con la agilidad y prontitud de quien cuenta con el hábito operativo del servicio, emprendió enseguida viaje. Estamos hablando, aproximadamente, del otoño del año 488 o la primavera del 489.

 No se andó con chiquitas nuestro héroe, pues en pleno ataque, siempre al frente de sus leales, fue gravemente herido. Pero a pesar de todo la campaña acabó en fracaso. No se le perdonó. La verdad y la justicia son eternos fugitivos en busca del campo del vencedor. Al llegar de vuelta a Atenas, la familia de los alcmeónidas se la tenía guardada y fue acusado de "haber decepcionado al pueblo". Resulta curioso que quien nada ha hecho, eche en cara a quien trabaja aquello que ha intentado: muchos ladran mientras otros cabalgan. Pero ¿dónde estaban los orígenes de esa saga de vengadores? Sorprendentemente era una familia no ateniense. Sus raíces se encontraban en el Peloponeso, y el fundador -de nombre Alcmenón- no era otro sino un hijo de Silo, nieto de Néstor. Sucedió que el padre de Alcmenón -Silo (se ve que la valentía no era virtud de los vástagos por no serla tampoco del progenitor)- huyó del Peloponeso al ser atacado éste por los Hercalidas. Refugiados en Atica se convirtieron en más papistas que el papa...

También eso sigue sucediendo. ¿No resulta peculiar que los más nacionalistas -es decir, esas gentes unidas por una profunda ignorancia sobre su pasado y un común odio en su presente- sean muchas veces personas residentes en esas tierras sólo en tiempos muy recientes? Muchas veces se adoptan posturas maximalistas para ocultar la propia fragilidad. Entre los más crueles se encuentran los más débiles. Algunos de los jerarcas nazis más despiadados con los judíos -se habla incluso del propio Hitler- eran ellos mismos semitas...

Milcíades, el antiguo héroe, fue obligado a comparecer en camilla ante aquellos miserables desagradecidos. No satisfechos con esa vergüenza humillante, le condenaron al pago de una notable indemnización.

Sea por la infección de su herida, sea por la indignidad a la que había sido sometido, sea por la suma de tanta iniquidad padecida, falleció el general antes de haber saldado la multa impuesta. Su hijo Cimón, con dignidad heredada de su progenitor, cumplió por su padre, y hasta lo último, aquella inicua sentencia. Eso sí, transcurridos algunos años -como buen descendiente- rehabilitó la memoria de padre, y Fidias le incluyó dentro del grupo de prohombres de la patria cuyas estatuas figurarían a partir del año 465 en Delphi.

En el fondo, poco hay que preocuparse por la opinión ajena. Que alaban, que exulten; que critican, que calumnien. Poco importa siempre que se actúa con rectitud y que las decisiones que se tomen sean las que corresponden a cualquiera que procurar ir siempre con la cara por delante, trabajando  esforzadamente.

Quien pretendiese explicar a todos el porqué de sus comportamientos no haría sino perder el tiempo miserablemente, porque siempre hay personas empeñadas en no entender lo por otros realizado. Puede ser que en buena medida porque no son capaces de entender -porque ellos no pueden vivir así- que existen quienes en sus actuaciones contemplan realidades más altas que los frutos más inmediatos o los comentarios de quienes les rodean.

Vivir demasiado pendiente de la opinión de los demás es, en fin, causa de conflictos permanentes, porque lo que a uno parezca oportuno a otro le resultará impropio. Tal vez opinarían menos si trabajasen más, porque ya se dijo que la gente, cuanto menos piensa, más habla...

Falta en los más vulgares la suficiente memoria histórica para valorar a los demás por su trayectoría -con objetividad-, de ahí el fenómeno tan habitual en las democracias del inagurating: los políticos precisan aparentar que mucho se hace.

Resulta más honesto, antes de charlar vacuamente, informarse, preguntar, ser sólidos... Las masas se parecen con demasiada frecuencia a veletas agitadas por medios de comunicación ausentes de ideas, ansiosos más bien de protagonismo vanidoso.

Ser buscadores de la Verdad, contempladores de la Belleza, enamorados del Bien, resulta más arduo que dejarse arrastrar por rumores promovidos por indocumentados. Pero la felicidad la reciben como premio aquellos que en sus actuaciones no vuelcan acíbar sino suavizan aristas. Y todo eso exige un profundo autodominio, para adoptar una postura más crítica con respecto a las propias actuaciones y más acogedora con respecto a los demás.

Aprender a buscar la objetividad es todo un reto. Tucídides, al igual que Herodoto, eligieron el tema de la guerra como su leitmotiv. Cada uno escogió para sus escritos el enfrentamiento más de moda del momento. Tucídides afirmaba con plena seguridad que la guerra del Peloponeso era la más importante de toda la historia vivida por la humanidad. Sorprendentemente, Herodoto afirmaba exactamente lo mismo, pero... del enfrentamiento con Persia.  Dando un gran salto en los tiempos, hasta nuestro siglo, encontramos algo parecido cuando un historiador como Michael Grant, tan empeñado en dar "sus" interpretaciones sobre la historia, critica desaforadamente a Tucídides por considerar que éste es "culpable" de ofrecer opiniones muy personales sobre los hechos por él descritos. Y es que la objetividad es muy difícil, por no decir absolutamente imposible.

Y, ¿qué decir, en fin, de Pericles? Tantas veces alabado a lo largo de su existencia, en torno al año 430 antes de Cristo, unos sucesos totalmente imprevisibles acabaron con lo que era su aparente buena suerte constante. Declaróse una peste en Atenas, de la que no conocemos otros detalles que los ofrecidos por Tucídides, que no permiten pronunciarse exactamente sobre su origen. También dos hijos de Pericles fallecieron de aquel mal. Pero eso no le libró de las iras de la muchedumbre: el pueblo tiene que culpar siempre a alguien de los males que le acaecen. Así, sin venir especialmente a cuento, fue acusado de desfalco e incluso multado. Aunque un año más tarde, en el 429, se le devolvió a su cargo, ni la enfermedad ni los disgustos borraron totalmente sus huellas. A los seis meses falleció, tras haber vivido con plenitud esa especie de montaña rusa que es para muchos la existencia, particularmente en el mundo de los negocios.

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Una anécdota

            -Lo ha dicho Cayo.

            -Cayo ya lo ha visto.

            -Coméntalo con Cayo...

            -Si Cayo lo dice...

Éstos eran los comentarios habituales -casi obsesivos- de cierta empresa. Era Cayo, además de buen amigo mío, un empresario con suerte. Muchas personas de diversos países de Europa y América acudían a verle. Todos querían compartir ideas y proyectos con aquel que tanto había logrado.

En más de una ocasión, a última hora de la mañana o de la tarde, me llamaba, si me encontraba entonces por allí.

            -Acompáñame hasta el coche, me pedía, para que no me paren por el camino.

Tantos eran los que se apiñaban en aquellas salas de espera lujosa e incluso se apostaban en las escaleras para comentar algo con aquel "genio" al que todos adoraban.

Transcurridos pocos años de aquellas escenas, algunas decisiones empresariales equivocadas, el engaño de algunos ejecutivos chapuceros, la situación económica general, y la mala fortuna, se aliaron para hacer tambalear aquel imperio, valorado poco antes en varias muchos millones de euros.

Los mismos que antes le alababan, ahora le despreciaban. Quienes antes no tenían más que palabras de júbilo y exultación, pasaron a despreciarle, a maltratarle, como si de un delincuente se tratase.

En medio de la tormenta, bastantes veces invité a almorzar a aquel Cayo con quien antes todos querían compartir conversación y de quien se huía entonces como si fuese un apestado. Llegó a decirme, en diversas ocasiones:

            -Amigo fiel, amigo fiel...

Cuando estas líneas se escriben, aquel Cayo caído, comienza poco a poco a levantarse. Aduladores y aprovechados -algunos de entonces y otros nuevos- comienzan a acercarse de nuevo. Para mí, era, fue y será Cayo, un amigo. Para muchos, era una fuente de prebendas, luego nadie y ahora otro futuro surtidor de ventajas.

Pienso que muchos nunca sabrán realmente quién es Cayo. Y tampoco quiénes son ellos.

1 comentario:

  1. Cuando deciden abandonar Atenas (con lo puesto), ante la invasión de Jerjes, el aristócrata Cimón se desprende de todas sus insignias y pertenencias. Incluso de su caballo y su perro.
    Pero el perro salta al mar para seguir al trirreme dónde íba su amo. Ésto dice Valerio Massimo Manfredi ( AKROPOLIS) que lo cuenta Heródoto. En mi edición de los "9 libros de la Historia" ( Ed EUROLIBER, S.A.), no lo encuentro". gRACIAS Y SALUDOS

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