lunes, 8 de julio de 2013

EL TRABAJO EN EQUIPO. El ejemplo de los hoplitas


Ya en el siglo VIII a.C., pese a lo ligero del armamento y la escasa cohesión de los pisahormigas, las armas defensivas fueron desarrollándose. En realidad, la aparición de los hoplitas –infantería provista de armamento pesado-  no supone sólo un tema de orden militar, sino que también tenía connotaciones sociales y económicas.

            Al parecer, los primeros que desarrollaron la técnica de disponer de una infantería pesada que luchaba como un todo orgánico fueron las tropas asirias. De ellas aprendieron los ejércitos griegos procedentes de Jonia. Pasarían los siglos hasta que fuese posible que se incrementase sustancialmente el número de ciudadanos que se encontraban en condiciones de adquirir una coraza adecuada, con un yelmo y escudo de bronce. El crecimiento de la demanda coincidió con el de la oferta, pues en ese período se produjo un consistente desarrollo de la metalurgia del bronce que facilitó el recorte en los precios.

            Las corazas, junto a los aspectos técnicos, incorporaron detalles estéticos que completaban a los primeros. Así, por ejemplo, los yelmos de tipo corintio, ilirio, calcídico, etc., permitían ocultar la cara de los soldados. Esto no gustó del todo, pues en general los guerreros (los ejecutivos) aspiraban a que se valoraran sus logros individuales, sin confundirlos con el de los demás compañeros (socios o empleados que fuesen). Para evitar la caída en el anonimato, se diseñó un nuevo sistema, el de multiplicar las divisas heráldicas en los escudos. No se reconocería la faz, pero sería posible individualizar a los luchadores.

            No fue sencillo el desarrollo de este tipo de tropas (es decir, de la brega en equipo), y debieron de confluir diversas corrientes del progreso. De un lado, se incrementó la cifra de soldados que podían disponer de equipo pesado (el número de ejecutivos que contaban con la formación suficiente y no eran llaneros solitarios). Debió también de crecer la responsabilidad interpersonal y la cooperación para un trabajo en equipo: no bastaba ya que cada uno se lanzase a hacer la guerra por su cuenta, por muy brillante que fuese su actuación individual. Se hacía preciso que se formasen grupos de trabajo en los que cada uno ayudase a los demás a ir adelante, enfrentándose eficazmente a los enemigos (a la competencia).

            Casi dos siglos después de su aparición (y es que los cambios de cultura no son sencillos), se hizo posible que los hoplitas acudieran al combate siguiendo el compás de la música, lo que significa que se habían habituado a respetar el orden y la disciplina.

            La táctica habitual, cuanto menos en sus orígenes, fue la del choque frontal. La infantería de siempre, acostumbrada a esfuerzos individuales y descoordinados, nada podía hacer para defenderse del avance compacto de un grupo con unos ideales comunes y unos medios predefinidos para alcanzarlos.

            La dificultad surgía cuando se enfrentaban entre sí ejércitos de hoplitas. Ahí sí que la lucha se hacía más equilibrada. Todo dependía del grado de sacrificio y confianza de unos respecto a otros dentro de cada una de las falanges. En efecto, para no andar entretenidos en la propia defensa, era normal que el compañero de al lado protegiese con su escudo al siguiente soldado. De ese modo, éste podía ocuparse en actividades ofensivas pues alguien había que cuidaba de su seguridad, mientras él penetraba –a la vez que todos los demás- en el campo controlado por el enemigo.

            En Grecia, los hoplitas se convirtieron en fuerzas esenciales. Sin ellos resultaba prácticamente imposible declarar una guerra o plantear una defensa ante los ataques de grupos enemigos coordinados.

            Como no era barato adquirir el armamento y preparación (la formación) precisas, los que se equipaban adecuadamente (quienes se preocupaban por estudiar en una prestigiosa Escuela de Negocios...) se hacían plenamente conscientes de la gran relevancia que tenían en la sociedad (y por eso planteaban cada vez exigencias económicas más elevadas). Quienes se equipaban como hoplitas ascendían socialmente. Y así fue reconocido tanto por las leyes de Solón como por otros legisladores posteriores.

            Durante varios siglos, nadie contrarrestó su capacidad ofensiva y, cuando era preciso, también defensiva. El caballo tenía entonces un carácter de práctica deportiva para los más adinerados, o era un mero instrumento de transporte. Los hoplitas que estaban en condiciones de hacerlo, los utilizaban exclusivamente como medio para acarrear armas e impedimenta. En la batalla de Maratón –ya puesta como ejemplo en páginas precedentes- llegó a demostrarse que las flechas y otras armas arrojadizas prácticamente nada podían contra formaciones cerradas, en las que la principal preocupación era cubrir al compañero. Se hubiera considerado una traición abandonar a otros a su suerte...

            También se aplicó el modelo aquí descrito en las batallas navales. La ventaja principal de este modo de plantear la guerra no era tanto el equipo –que sin duda suponía una activo relevante- como el entrenamiento y la disciplina. Mientras tanto, quienes habían optado por la caballería y las tropas lígeras, no habían sido capaces de desarrollar técnicas tan seguras. Es más, durante mucho tiempo, a nadie se le ocurriría mejorar ese tipo de sistemas estratégicos para enfrentarse con una cierta solvencia a quienes aportaban ahora ideas tan novedosas y casi revolucionarias. En realidad, los cambios en el armamento se limitaron a perfeccionar la coraza del tipo anatómico y del yelmo tracio.

            Pero no había dedicación completa a la causa en Grecia: a saber, todo aquello tenía carácter no profesional. Una vez más el gran problema era no contar con el suficiente rigor, que no se improvisa. Junto a esto, los griegos no tenían la misma disponibilidad que los espartanos, que además de esforzarse sin descanso contaban con un número suficiente de esclavos ilotas y periecos. En el caso de los griegos, eran los principales proveedores de hoplitas los agricultores. Pero éstos sólo se dedicaban a funciones militares cuando no estaban atendiendo las tareas agrícolas. Algo semejante ocurría a artesanos y comerciantes.

            Hasta la entrada en la historia de Macedonia por la puerta grande, las batallas sólo se planteaban en campañas de verano, para requisar o destruir cosechas, pero casi nunca se desarrollaban en invierno.

            La introducción de las nuevas tropas (es decir, gente capaz de trabajar en equipo, con formación suficientemente consolidada) no fue rápida. Los nobles de Eubea siguieron luchando por muchos años con sus espadas; por su lado, los argivos demostraron un continuado apego a los petos acolchados.

            Filopemen (general griego y líder de la liga aquea), en Acaya, generalizó la estrategia hoplita. Beocia la aceptó, pero con un tipo específico de yelmo. Pequeñas localidades o incluso islas subcontrataron –cuando no podían disponer de ellos- a falanges de hoplitas. En el occidente griego tardaron mucho en entrar los nuevos sistemas. En Cumas, por ejemplo, la batalla se llevó a cabo con otros tipos de tropas: fue un combate de caballería contra infantería ligera.

            Para mejorar la eficacia de esta nueva infantería, se emplearon grupos de arqueros, que se esforzaban por mantener alejado o cuanto menos entretenido al ejército enemigo mientras las falanges de hoplitas desarrollaban su ataque. Tras la conclusión de la batalla de Maratón se llegó a reclutar esticas (de origen iranio) y más adelante a indígenas.

            La perfección de los arcos acabaría dando un notable peso estratégico a esta combinación de artillería ligera e infanteria pesada. Más adelante se incorporaría al armamento el sable corto, una especie de machaira, originada a partir de la falcata ibérica. Era un arma complementaria de los hoplitas, pues tras quedar inutilizada o perdida la lanza, se hacía posible seguir en la batalla.

            No fue poca la relevancia de estas nuevas ideas para la guerra, que para muchos estrategas de la época no suponían un beneficio sino incluso un daño para esa actividad, que combinaba aspectos lúdicos con otros patrióticos e incluso histriónicos. Para algunos se perdía el carácter de individualidad, la demostración del valor de cada persona, o también ciertas dimensiones estéticas.

            Sin embargo, en la guerra como en la paz, el trabajo en equipo, la defensa de los demás, el apoyarse mutuamente, se reveló y se sigue manifestando como un medio imprescindible para ir adelante. Si escasea la conjunción de fuerzas, se pierden energías, porque las economías de escala exigen renuncias a favor de nuevas metas. Rezaba un tango cantado por Jorge Cafrunen –que en paz descanse, tras ser atropellado por un camión-: ¡Ay del cristiano que ande solo!

            A decir de Aristóteles, los amigos son los miembros a través de los que resulta viable llegar donde a uno solo no le resultaría posible. Pero todo esto exige rectitud, disposición de colaborar, capacidad de delegar..., y demasiados son incapaces de dar participación a otros. Paradójicamente, muchos déspotas, sátrapas arrancados de su época, prometen colaboración y trabajo en equipo donde no hay sino una ambición desmedida, un orgullo herido, unas limitaciones físicas o intelectuales no correctamente asimiladas.

 

 

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Una anécdota

            No se sabe muy bien por qué, Ticio había llegado a ocupar un puesto de mando intermedio en una empresa que, aprovechándose del esfuerzo de muchos otros a lo largo de varias décadas, había logrado una buena imagen de marca en su sector.

            En un momento de ascensos, ignaro Ticio de su propia e intrasferible mediocridad, aspiró a puestos de más alto rango. Aunque tampoco la Alta Dirección estaba formada por lumbreras, hubo suficiente sentido común como para, cuanto menos, dejar a Ticio en su situación. Lo mejor hubiera sido degradarle, ascenderle hubiese sido un crimen contra la organización.

            Herido en su orgullo, Ticio no descubría desde entonces sino oportunidades de hacer la vida insoportable a su alrededor. Las dos docenas de personas que de él dependían sufrían los arrebatos de cólera –de inconsistencia- de aquel patán investido en autoridad. Dos brazos brutalmente arrancados a un trabajo medianejo se habían convertido en un turbador personaje, inventor de patrañas, diseñador de incordios para quien cayera bajo su mando.

            Fue contratado por aquella Compañía un muchacho joven, lanzado, de ésos que creen que se comerán el globo terráqueo (ignoraba todavía –ya no- que después se sentiría capaz de lograrlo con medio planeta; más adelante no se jalaría una rosca; para terminar considerando que el mundo se le iba a engullir a él...).

            Poco tiempo le faltó a Ticio para poner sus ojos envidiosos, dignos de un patán, en aquel muchacho. La tomó con él de tal forma que se propuso hundirle profesionalmente.

            Arteras fueron las mañas de aquel desventurado (porque lo más triste de un gañán es que tiene que sufrirse a sí mismo de continuo: los demás sólo deben hacerlo durante las horas del trabajo). Nada le pareció desproporcionado en su desigual lucha contra aquel que ningún mal le había hecho, más que el de ser más valioso que él, más audaz, con más proyección profesional.

            No teniendo en qué difamar (consiste esto en decir cosas malas de otro, reales y ocultas), acudió a la calumnia: proclamar de otro falsedades dañinas para su fama. Mintió desaforadamente, implicando a diversos inocentes en sus desvaríos. De aquel muchacho, casado y con un hijo, clamó tendencias homosexuales. Le acusó de prácticas mafiosas (sic). Nada le parecía suficiente para descalificar.

            Pasado el tiempo, Ticio siguió siendo un mando intermedio, mediocre, que iba solo por la vida. Incapaz de crear equipo, quienes no tenían más remedio que estar a su alrededor, más que trabajar con él procuraban esquivarle. El mejor deseo, que no estuviera cerca.

            El otro abandonó pronto aquel antro indigno. Es ahora responsable de una conocida empresa en la que se procuran cortar de raíz actuaciones como las que él tuvo que sufrir en su momento. Aquel trato injusto y malintencionado le sirvió para tener en menos la opinión de los demás y en más el procurar comportarse siempre con rectitud.

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