lunes, 12 de agosto de 2013

LA IMPORTANCIA DE LA INFORMACION. El ejemplo de Temístocles.


            Temístocles se batió el cobre en las filas de Milcíades en la batalla de Maratón. Buena lección sin duda para aquellos que aspiren a convertirse en empresarios por cuenta propia. Pero también para cualquiera, porque quienes aspiren a ser intraemprendedores (motores en sus propias empresas, independientemente de la función que desarrollen) han de esforzarse primeramente por escuchar lo que otros han realizado. Así se comportó nuestro hombre.

            Caído en desgracia el antiguo general (en el año 489) comenzó, como suele acaecer, la pelea por la sucesión. Y es que salvo pocas excepciones de personas que no necesitan del ejercicio del mando para sentirse autorrealizadas o autosatisfechas, casi todo el mundo, de un modo u otro anhela ocupar puestos de preeminencia (a veces pienso que sólo para mostrar sus vergüenzas en público: su carencia de preparación para trabajar seriamente, su escasa inteligencia: más vale parecer tonto que hablar y demostrar que uno lo es...). Eso no ha cambiado a lo largo de los tiempos. Razón por la que no pocos puestos de dirección se encuentran ocupados por patantes profesionales.

            Modo habitual que tienen los molondros de actuar es contratar molondrinos, para que de ese modo se note menos su personal insipiencia. En el caso de los griegos el método consistía en eliminar a los valiosos. Cuando no era posible, conveniente, u oportuno, incluso físicamente, se recurría al expediente del ostracismo. Consistía éste en que cada ciudadano escribía el nombre de aquel a que recusaba en un trozo de arcilla. Si el número de ostraka superaba el de seis mil, la persona que más veces figuraba en aquellos documentos, era exiliada. Tenía diez días para tomar las de Villadiego, y una década debía transcurrir antes de regresar a su tierra.

            Por los restos encontrados, parece que Temístocles estuvo en varias ocasiones al borde del exilio, pero fue librándose por los pelos.

            Con una notable perspicacia estratégica -no todo lo habitual que se debiera en el mundo de la empresa-, nuestro hombre animó a reducir ciertos costes -el reparto de dividendos entre los accionistas- en pro de la edificación de mejores defensas, pues sospechaba (y no sin razón), que los persas desearían tomar venganza por los sucesos de Maratón. A base de esfuerzo, y superando una oposición en absoluto indiferente, logró la construcción de más de ciento treinta barcos, que, unidos a los setenta trirremos de que ya disponía Atenas, suponían una flota razonablemente grande.

            El tiempo corrió a su favor, pues se sucedieron la muerte de Darío I, la rebelión de los egipcios (486) y la de los babilonios (482). Pero todo llega en esta vida, y por fin Herfes I (486-455) se dispuso vengar la humillación precedente.

            El Congreso panhelénico del año 481 contó con la presencia de las treinta y una Ciudades Estado que decidieron aliarse en defensa de sus intereses frente a los ataques del persa invasor. No faltaron disputas entre los aliados. El enfrentamiento, incluso por cuestiones futiles, es algo eternamente presente en las relaciones interpersonales e interinstitucionales.

            Tras no pocos dimes y diretes, se optó por la posición de Termópilas para establecer los seis mil hoplitas que supondrían la principal fuerza de choque contra los invasores. La marina se estableció en la costa tesalonicense.

            Comenzada la guerra, las cosas no marcharon bien para los griegos. La posición dominante de los persas parecía consolidarse con el paso de las horas. Aquella gran multinacional estaba a punto de comerse a los pequeños comercios, aunque éstos se hubiesen presentado conjuntamente organizados (al menos en su apariencia externa).

            Leónidas I, rey de Esparta, al mando de las tropas de tierra, dio un ejemplo de valentía notable. Al frente de unos pocos hombres presentó batalla, mientras que permitía que el grueso de las fuerzas -que de otro modo podrían ser barridas- se replegasen.

            Ese acto heroico salvó la vida de muchos atenienses que, ante el cariz que tomaban las circunstancias, se retiraron de la ciudad, que poco más tarde conoció los horrores del hierro y el fuego. En esa situación, que cualquier hubiera denominado como grandísima desgracia, Temístocles se mantuvo firme:

            -No sucede nada, aseguró a sus conciudadanos, nos quedan las naves.

            Luego, tomó decisiones estratégicas sorprendentes.

            En primer lugar, desanimó a los espartanos de que construyeran nuevas defensas. Lo realmente importante era acabar con su flota, porque de otro modo en cualquier momento y circunstancia podrían atacar las ciudades por muy atinadamente que éstas hubiesen sido construidas.

            Además, hizo uso de la información como arma de guerra. En concreto, temiendo que Jerjes optase por retirarse en unas circunstancias en las que él necesitaba una victoria, siquiera para animar a sus compatriotas y colaboradores, hizo saber al Persa, proporcionándole información falsa, que los griegos estaban divididos entre sí, y que sería una estupidez retirarse de la campaña ahora que la victoria estaba al alcance de la mano.

            Jerjes I, dejándose arrastrar por la ambición y no confirmando la bondad de aquellos datos (¡ay la precipitación en las decisiones!), se puso en marcha para lo que él consideraba el punto final de aquellos enfrentamientos. Cegado por la seguridad en sí mismo y sin hacer especial caso de sus consejeros, se dirigió contras las naves comandadas por nuestro hombre.

            Elegido el lugar por Temístocles, los navíos persas, más ligeros, fueron empitonados cruelmente por los fuertes espolones griegos. Doscientos barcos perdidos, frente a los cuarenta helénicos no hubieran justificado una derrota, pues la superioridad persa seguía siendo patente. Pero no sólo los datos deben ser tenidos en cuenta, sino también los "estados de ánimo". En efecto, la moral de los invasores se encontraba por los suelos. Jerfes no tuvo más remedio que ordenar la retirada.

            Temístocles, por el buen manejo que hizo de su información (no me refiero a consideraciones éticas sino a las técnicas), fue recibido con aires de héroe nacional en Atenas. Su fama también se celebró por Esparta, como nunca hasta aquel momento había sucedido (ni volvería en sentido estricto a repetirse). Tucídides afirmó que gracias a la batalla de Salamina, Grecia siguió existiendo.

            Todo parecía marchar bien para el general victorioso. Pero, entonces como ahora, no se perdona el éxito. Una sucesiva propuesta de Temístocles fue tomada como excusa por sus enemigos para acusarle de imprudencia y de no atender a las verdaderas necesidades de su patria. Falsedades y medias verdades se arremolinaron en una orquestada campaña de descrédito (¿cuántas veces ha contemplado la humanidad algo semejante?).

            Condenado por fin al ostracismo, también los espartanos se sumaron a los ataques contra el antiguo héroe. Haciendo leña del árbol caído, el triunfador de antaño acabó condenado a muerte, en rebeldía, por los que hasta poco tiempo antes le habían "jaleado". Huyendo por Asia Menor, acabó negociando con Artajerjes, nuevo rey de Persia, que le concedió mando sobre algunos territorios, hasta que falleció en torno al año 462.

            No todas las informaciones son coincidentes. Mientras Herodoto insiste en el mal carácter, tono imperativo y despótico de Temístocles, Tucídides se fija en otros aspectos: la visión estratégica, la capacidad de arrastre, la facilidad de palabra, el carisma persuasivo...

            Como para cada persona, la paradoja forma parte esencial de la existencia. Nadie es nunca tan bueno que a todos se lo parezca, ni tan malo que todos le rechacen. Además, cada cual opta por narrar la historia como a él le ha ido, y los protagonistas son ensalzados o vilipendiados en función de percepciones no excesivamente profundas por parte de los observadores. Que no son, en fin, totalmente objetivos.

            Una característica más -aunque no se sabe si estrictamente querida- tuvo nuestro personaje. Gracias a su actuación, los remeros -procedentes habitualmente de las clases más desfavorecidas de Atenas- se hicieron un hueco en el panorama laboral tras la victoria de Salamina. Hasta ese momento, sólo la clase media, que formaba los cuerpos de ataque de los hoplitas habían sido públicamente reconocidos.

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Una anécdota

            Ticio era un inventor nato. Siempre andaba con nuevos proyectos en la cabeza. Las ideas, por lo general, eran buenas, aunque no siempre practicables. En la ocasión que nos ocupa, el proyecto era interesante: un ingenioso sistema de seguridad diseñado específicamente para yates.

            Tras la luminosa idea, fue mejorando los prototipos, con el consiguiente gasto de tiempo y dinero. Cuando ya lo tuvo todo más o menos decidido y resuelto, acudió a amigos y conocidos para hacerles partícipes y proponerles inversiones en aquello que se prometía como una empresa en la que sería fácil ganar millones a paladas.

            Puestas manos a la obra, se abrió oficina en Manhattan, además de la de Madrid, y se comenzó una campaña publicitaria en los medios que parecían más adecuados. Se contrataron secretarias, ayudantes, vendedores... Todo, a decir verdad, un poco a lo grande para no haber siquiera empezado la explotación.

            Después de dos años, uno de los inversores se encontraba desolado porque se proponía ahora una nueva ampliación de capital: la cuarta, si no recuerdo mal. Tras concederme los poderes oportunos acudí a la Junta General. El ambiente es calificable cuanto menos de lúgubre.

            -Lo único que quiero es que me devuelvan mi dinero, repetía monótonamente uno de los accionistas.

            -Eres un estafador, murmuraba entre dientes quien a su lado estaba, dirigiéndose al inventor-empresario.

            -Con este nuevo desembolso todo marchará a las mil maravillas, reiteraba una y otra vez el promotor.

            El caso está en que allí se habían gastado cien millones de pesetas y sólo se habían vendido pocas docena de aquellos inventos.

            Acabada aquella junta, que más bien pareció una algarada, charlé largo y tendido tanto con la persona que me había confiado la defensa de su participación como con el empresario. Llegamos a la conclusión de que el único modo de saber si aquello podía o no marchar era viajar a Estados Unidos y mantener entrevistas con ejecutivos claves del sector, además de con la persona que se encargaba de los intereses de la Compañía allende los mares, donde, por cierto, sólo se habían vendido dos o tres de aquellos instrumentos. Y eso tras un par de años de sueldo, alquiler de oficina, etc.

            La Cámara de Comercio, siempre dispuesta a apoyar iniciativas exportadoras financió la mayor parte de aquel periplo de dos semanas de duración, y organizó también un buen número de entrevistas con empresarios norteamericanos.

            Todavía conservo el informe que presenté a mi regreso, tras recorrer quince ciudades americanas y reunirme con docenas de empresarios del sector, desde Florida a Boston, pasando por Baltimore, Washington, Nueva York, Fort Lauderdale, Boca Raton, Chicago...:

            Estados Unidos -siempre contemplado desde España, reunión tras reunión, como el mercado feliz al que dirigirse- estaba en la práctica cerrado. Tenían estupendas alternativas. La legislación no ayudaba en nada a este tipo de soluciones, la oficina abierta en Nueva York era atendida pocas horas por semana por una persona que tenía su propio trabajo además de un par de hijos, etc.

            ¿Para qué seguir? Lo que siempre había faltado era un mucha información para tomar decisiones acertadas.

            Por lo demás, en aquella empresa, ya no se hablaba sólo de dinero, pues habían llegado a enfrentamientos personales entre los accionistas (tuve que asistir a uno de ellos, profundamente desagradable).

            Cumplida mi función y presentados los resultados, me aparté prudentemente de aquel avispero. Nunca más he vuelto a saber de aquellos que, un poco mejor informados, podrían haberse, cuanto menos, ahorrado algo más de cien millones de pesetas e innumerables disgustos.

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