lunes, 9 de septiembre de 2013

LA SEXUALIDAD EN LA EMPRESA. El ejemplo de Príapo y Nicea.


            Tres son los niveles de la formación en la empresa. En primer lugar, los meros datos. En esta etapa nos encontramos con una enumeración de sucesos aislados sin razón ni conexión ninguna. Cuando esas información son sistematizadas, se habla de una enciclopedia, un vocabulario, etc. De algún modo se han organizado aquellas referencias. Pero, como es evidente, con un montón de palabras no se escribe una novela, como tampoco se logra aunque se disponga de los vocabularios del mundo entero. Es preciso algo más, mucho  más. Y eso es formación, entendiendo por ésta la capacidad de recrearnos a nosotros y al entorno, de reinventar la realidad y a nosotros dentro de ella.

            Desafortunadamente, en el mundo de la empresa, sea por pereza -en forma de acidia o en forma de hiperactividad, que no es sino manifestación de lo mismo-, sea por carencia de preparación intelectual, o por escasez de tiempo, pocos se ocupan de completar aquella formación que recibieron en la Universidad, en las Escuelas de Negocios, etc.

            Eso da lugar a que, habitualmente, los temas de conversación propios de un ambiente empresarial sean:

            1.- El sector, del que poco a poco se llegan a conocer con detalle, hasta lo inverosímil;

            2.- Las manifestaciones de riqueza o del éxito: coches, motos, caballos, planes de vacaciones...;

            3.- Actividades sexuales. Antes sólo lo hacían los hombres con respecto a las mujeres, pero hoy en día muchas y muchos participan en esa especie de concurso tácito consistente en ver quién ha cometido más ‘audacias’. Frecuentemente se echa mano de la imaginación para completar sucesos que ni de lejos se han llevado a cabo, ni se llevarían aunque surgiese la ocasión.

            Príapo era el dios por excelencia de la ciudad de Lámpsaco, en Asia. Su representación habitual era la que muchos ejecutivos desearían: en el entrepierna, mucho más que un medio de traer hijos al mundo, sobre todo un instrumento de placer mil veces reiterable y de tamaño desmesurado. 

            ¿Qué había sucedido con Príapo? El descomunal miembro viril fue causado por Hera (como se recuerda en otros lugares, era ésta la hermana de Zeus, grande entre las sublimes diosas olímpicas. Era la hija mayor de Crono y Rea. Al igual que sus demás hermanos y hermanas -a excepción de Zeus- fue tragada por Crono, pero devuelta a la vida por la astucia de Metis y la potencia de Zeus).

            Llegada Afrodita a territorio de los etíopes, causó sorpresa a los dioses por su gran hermosura. Zeus, entusiasmado por aquella aparición no lo pensó dos veces y se dispuso a "conocerla". De aquellas relaciones una nueva persona se estableció en el vientre de Afrodita. Pero la envidia incubada por Hera se encontraba causada por el temor a que aquella criatura reuniese la belleza de la madre y el poder del padre. Así, tocó el vientre de Afrodita y nació el niño deforme.

            Llamativo debía ser aquel instrumento reproductor, porque la madre temió que tanto su hijo como ella se convirtieran en el hazmerreír de los habitantes de los alrededores. Decidió desembarazarse del problema, abandonando el niño en un monte.

            Descubierto por unos pastores, lo criaron y establecieron en aquel extraño fenómeno el culto a la virilidad. (Como si ésta tuviese una raíz estrictamente fisiológica. No sabían aquellos -ni muchos de nuestros contemporáneos tampoco- que vir tiene su raíz etimológica en vis: fuerza. Y que someterse al placer venéreo como un fin en sí mismo es un modo de debilitarse para la toma de decisiones).

            Príapo fue incluido en el cortejo de Dionisio, y se le representaba habitualmente con un asno. Lo de incluírsele junto al dios de la viña, del vino y del delirio místico fruto de la ebriedad tiene su sentido, pues normalmente el descontrol en una pasión va unida a otras muchas. Pero, ¿por qué lo del asno?

            Existen dos razones: la mitológica y la real. Empecemos por la primera. Durante cierta celebración en honor de Dionisio, Príapo tropezó con la ninfa Lotis, de quien trató de abusar aprovechando el sueño, pues despierta, ésta se resistía una y otra vez a aquel pertinaz y molesto acoso. En el momento en que estaba a punto de culminar sus libidinosos deseos, cuando ésta yacía pacíficamente entre las ménades, el asno de Sileno  se arrancó con un fuerte rebuzno, que volvió a la lucidez no sólo a la amenazada sino a los que por allí se hallaban. A partir de entonces, se le representaba siempre acompañado del correspondiente asno. Lotis, por su parte, a salvo de las amenazas de Príapo, solicitó ser transformada en planta -harta quizá de ciertos humanos-, y acabó convertida en arbusto de flores rojas: el loto.

            La segunda de las razones -la real- es que aunque muchos se ríen como con complicidad envidiosa de las obscenidades (lo que debe quedar fuera de la escena, pues es ob-sceno), en el fondo no sienten sino desprecio por quienes han sustituido su inteligencia por sus órganos genitales. Y es que el autocontrol es un medio imprescindible para una buena acción directiva.

            Es obvio que siempre ha habido gentes con complejo de sátiros (aquellos genios que acompañaban el cortejo de Dionisio, con larga cola, y un miembro viril en situación de erección y desproporcionado), pero la inmensa mayoría de las personas sitúa cada función en  el lugar y circunstancias que les son propios. En concreto: la sexualidad en su ámbito adecuado, y les disgusta que se tome a chacota algo tan serio y profundo como es la capacidad de traer nuevos ciudadanos al mundo.

            Aunque sólo sea por vergüenza, o por hipocresía -el culto que el vicio rinde a la virtud- sería bueno que los más obsesos, aquellos que no saben desarrollarse equilibradamente, hiciesen un esfuerzo por dominar cuanto menos su lengua, dejando a los más sanos vivir razonablemente en su ambiente de trabajo, sin dañar a otro con un mal gusto muchas veces enfermizo y acomplejado.

            A veces, aunque parezca sorprendente, los iniciales acosos acaban bien. Nicea recibió los de Dionisio, quien la había visto desnuda (¡que importante mirar sólo lo que se puede desear!). Rechazó la muchacha las sugerencias, y amenazó con hacerle lo mismo que a su anterior novio, Himno (mal carácter tenía la moza, porque le había matado a flechazos).

            Dionisio no era de los que se queda parado ante la primera negativa. Transformó en vino el agua donde se bañaba ella, sabiendo lo cerca que está el perder el control con el alcohol de perder también el del propio cuerpo. Adueñada de ella, nació una hija, Télete.

            Quiso Nicea suicidarse, pero luego, pensándolo mejor, acabó haciendo las paces con su atacante, con quien llegó a tener abundante prole, incluido Sátiro.

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Una anécdota

            Era Cayo un buen ejecutivo, con deseos de triunfar. Sus ansias por destacar en los estudios de postgrado que había decidido compatibilizar con su exigente trabajo, se veían sin embargo enturbiados por arranques de pereza en apariencia inexplicables. Y también por un importante descontrol en su carácter para el que no encontraba motivos fundados.       Tenía éxito entre sus compañeros por la cantidad de bromas de sal gorda que sembraba una y otra vez. A todo parecía encontrarle un doble sentido que de un modo u otro acababa siempre con referencia al aparataje sexual de hombres o mujeres.

            Pasó el tiempo. Rompió con su mujer, y se fue con una secretaria de la empresa en la que trabajaba. Aquello no duró tampoco mucho tiempo, y cuando volví a encontrarle, estaba a punto de romper con la tercera convivente.

            Solía andar siempre de alegre jarana, como si aquello no le afectase antropológicamente, como si aquellas cuestiones fuesen motivos para la risa y la broma, para la chanza sin límite.

            Un día, sin embargo, comentó:

            -En el fondo sé que estoy profundamente errado. Y por dos razones. La primera es de carácter netamente económico. Ahora, cuando veo una mujer, no la observo ni siquiera con placer, lo único que en realidad contemplo es como si llevase colgado un inmenso cartel que rezase: "Otra pensión más".

            Y se explayó sobre los notables costes que le suponía aquella "afición" suya al placer libidinoso.

            Luego, continuó:

            -En el fondo hay más. Envidio a quienes son capaces de mirar a una mujer sin desearla (sólo sabía expresarse así o con expresiones aún más groseras que soslayo). ¡Ojalá me hubieran enseñado a ver personas y no cuerpos!

            Los mismos que antes con él se reían -en realidad se burlaban de él-, ahora nada querían saber de sus malos tragos. El pobre hombre (por no decir, que sería más propio, el pobrecito animal) empezó entonces una etapa de recuperación para volver a ser persona. En esos propósitos anda.

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